Una mamá alcahueta — Confesiones de un fotógrafo en Nueva York (3/18)
Relato 3 de 18 · Ver índice de la serie
Entró al estudio una mujer acompañada de su hija, una joven de quince años. Deseaba regalarle por su cumpleaños un portafolio fotográfico profesional. Le expliqué que necesitaríamos maquillaje, varios cambios de ropa y tiempo suficiente para preparar cada escenario.
Acordamos realizar la sesión una tarde, después de cerrar el local al público. En el estudio dispusimos los telones, las luces y la cámara de formato medio que utilizaba para los retratos. Comenzamos con fotografías de cuerpo entero y distintos fondos. La joven posó con atuendos variados: ropa vaquera, vestidos de ceremonia y otros conjuntos elegidos para el portafolio. La madre la ayudaba con los cambios y las poses.
Después de varias horas hicimos una pausa. Al reanudar la sesión, la madre propuso que tomáramos fotografías de desnudo de su hija. Apagué inmediatamente la cámara y las luces. Le expliqué con claridad que se trataba de una menor de edad, que no haría esa clase de fotografías y que la sesión había terminado.
La joven se vistió y subimos al mostrador. Mientras pagaba, la madre cuestionó mi profesionalismo porque ella había estado presente durante toda la sesión. Reiteré que mi responsabilidad profesional era mantener límites claros y proteger a la menor. La conversación terminó allí.
Aquel episodio me recordó que, detrás de la cámara, la responsabilidad del fotógrafo no consiste solamente en conseguir una buena imagen: también exige criterio, respeto y la firmeza necesaria para decir que no.
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