La india — Confesiones de un fotógrafo en Nueva York (18/18)
Relato 18 de 18 · Ver índice de la serie
Vivía cerca del estudio, casi que asomándome a la vidriera podía verla en el balcón del apartamento donde habitaba con la mama. Dos o tres veces había ido a revelar rollos fotográficos. Era alta, de risa coqueta, piel canela, ojos carmelitas, cabello negro azabache, sin ser flaca tenía un cuerpo moldeado de piernas largas, bien proporcionadas. Llegaba por el estudio, conversábamos de fotografía, le gustaba, quería aprender, me ofrecí a enseñarle, quedé de pasar al apartamento para comenzar las clases. Provenía del sur del continente americano, tenía en su ADN un alto porcentaje de sangre india que le daba un toque de salvajismo en su mirada. olía a selva, a especies vegetales, se movía como gato montaraz, alborotaba al sátiro que me obligaba a acercármele para olfatearle la piel para absorber su naturaleza.
Comenzamos a alternar las clases en su apartamento, siempre bajo la estricta vigilancia de la madre, otras veces en el estudio donde me sentía con más libertad y podía avanzar en mis devaneos carnales. Ella también, sin la mirada carcelaria de la autoritaria señora, actuaba con más naturalidad, permitía mis avances entre risitas y temblores.
Una mañana me llamó, quería comenzar las clases temprano. Que, si podía ir. Le dije que sí, que cortaba la llamada y pasaba al frente. Me abrió la puerta vistiendo unos shorts a media pierna de lino blanco que le resaltaban el color miel de los muslos, estaba recién bañada, olía a jabón, a piel fresca, el azabache pelo le brillaba oscuro y húmedo sobre los hombros, sus ojos avellana me miraban lascivamente. Me asío de la mano, me entró de un empujón cerrando la puerta con fuerza. -No tenemos mucho tiempo, mi mama salió con mi hermana al doctor, llegan en dos horas, - me dijo acercándose para ofrecerme los carnosos labios. Bese la jugosa boca, me abrazó, me apretujó, entre malabares y jadeos nos quitamos la ropa para caer en el sofá hechos un nudo.
La piel canela le caldeaba exudando su característico olor a hierbas del campo, me dispuse a recorrer sus veredas, a enredarme en sus matorrales y remontar sus empinadas alturas. Las firmes colinas de sus pechos remataban en dos uvas pasas gigantes, turgentes que se me ofrecieron acarameladas y gustosas. Sacié mi lujuria, comencé a descender a la gruta que ya empapada y ansiosa exhalaba un dulce aroma a trapiche. Me perdí en sus rincones, me sumergí en sus oscuras cañadas. Chorreantes de transpiración nuestros cuerpos se resbalaban, se unían, se separaban, se contraían, se absorbían en un paroxismo de éxtasis y locura que explotó en un clímax delirante y prolongado.
La mama iba al médico una vez por semana. Una vez por semana subía corriendo los tres pisos del edificio de en frente. Una vez por semana bajaba los tres pisos casi que temblando y extenuado. El aroma de su piel, fuerte y agreste se me quedaba impregnado durante todo el día como un perfume imposible de eliminar. Fuera del apartamento éramos dos amigos sin ningún vínculo emocional, dentro del apartamento éramos dos volcanes en erupción, dos locos delirantes de pasión.
Era joven, tal vez en los veinticinco, tenía la esperanza de encontrar un compañero estable que compartiera no solamente unas horas de excesos sino veinticuatro horas de convivencia. Un día como al año de estar subiendo las gradas corriendo, le llegó su príncipe azul. No nos dijimos adiós, espaciamos las visitas a los escasos momentos en que la mama no estaba y el novio tampoco hasta que poco a poco el hombre ocupó mi lugar.
Epilogo
Han pasado más de 35 años de estas aventuras. El fotógrafo de esos tiempos se diluyó entre moteles y alcobas ajenas, quedo extraviando en el tiempo. Ahora, en las tardes al caer el sol, en el otoño de mi paso por la tierra, me acomodo en el jardín de la casa, en calma a leer algún libro o escribir vivencias acompañado por un café. A veces llega y se sienta a mi lado el sátiro, el que me fustigaba en mis aventuras. Ya está viejo y desgastado, yo no me incita a la lujuria ni a la concupiscencia, ahora me trae a la memoria historias que se me han desdibujado, nos reímos de las locuras que perpetramos. Aún me recrimina por las oportunidades que dejé escapar. En esos instantes mi esposa, que también me acompaña, me observa de reojo diciéndome: -¿Viejo morboso, de que te estas acordando que te reís? La miro con la inocencia del niño que asombrado no sabe de qué le hablan, mas no le contesto. Le guiño un ojo al sátiro y lo despido rápidamente.
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