La jauría
Aparcó el SUV justo frente al garaje de la casa y se dispuso a pulsar el dispositivo automático para abrir la puerta e ingresar el carro.
El día había sido agotador; más de 12 horas de trabajo; una refrescante ducha y la mullida cama le susurraban al oído que lo esperaban para consentirlo. Recostó la cabeza en el respaldo del auto mientras veía subir la puerta del garaje silenciosamente. Mientras la puerta subía con su parsimonia habitual, giró el cuello un par de veces para disminuir la tensión y relajar el estrés del arduo día. Inesperadamente el crepitar de una estampida, un estruendo de patitas en tropel y el aullido de una jauría en diferentes decibeles lo alertaron; se incorporó sobre el timón sin dar crédito a la surrealista escena que se sucedía ante sus ojos.
Salieron del garaje, como quien libera una bandada de gallinas de la jaula, casi volando en todas las direcciones, más de una decena de perros como si les hubieran prendido fuego a las colas. En su asombro no los contó. Con los ojos agrandados como platos, en un ataque de pánico y el pulso acelerado vio cómo se escapaban mientras la puerta subía y subía. Forcejeó unos segundos que le parecieron eternos tratando de desabrocharse el cinturón de seguridad con una mano, mientras que con la otra pulsaba repetidamente el control automático de la puerta tratando inútilmente de reversar la orden y cerrarla.
Para cuando logró apearse del carro, ya solo veía las patas traseras de los perros escabulléndose por entre los matorrales, saltando verjas, esquivando carros y huyendo hacia el bosque. Lo último que logró distinguir en la lejanía fueron unas cuantas colas alegres y peludas mimetizándose con la vegetación y el gris del atardecer; después, un silencio sepulcral se apoderó del lugar y una soledad infinita le recorrió el cuerpo.
Acto seguido, dando brinquitos, del garaje salió la empleada del servicio, pálida, despelucada y blandiendo una escoba en la mano como si fuera una espada medieval, llamando a los perros a gritos, a sabiendas de que no la iban a escuchar y mucho menos a hacerle caso. Se miraron acusativamente: —Dr. ¿Por qué abrió la puerta del garaje sin avisar, como siempre lo hace? —¿Por qué no me llamaron para avisarme de que tenían un batallón de perros en el garaje? — respondió él al borde del colapso.
Se repartieron la calle para comenzar la búsqueda y recuperación de los caninos; él tomó la dirección del bosque y ella se fue calle abajo en sentido contrario.
Eran, casi todos, de esos perritos encantadores solo en las fotos familiares; de raza pequeña, pelaje liso y largo, ojos vivaces de mirada recelosa, esquivos por naturaleza, bullosos y fastidiosos hasta la insoportabilidad, además de escurridizos y difíciles de atrapar.
Mientras avanzaba por la calle, girando la cabeza en todas direcciones, silbando a manera de llamado canino, pensaba en las dueñas de esas pequeñas bolas de carne y pelaje. Se imaginaba sus caras, asustadas, llorando y las miradas incriminatorias adjudicándole toda la culpa del desmadre. Y él, agachando la cabeza, sin saber qué decir, sin idearse cómo consolarlas, cómo lograr por arte de magia hacer aparecer esos animalitos que le estaban robando el preciado tiempo de descanso en su sofá preferido.
Tan distraído iba en la búsqueda que casi tropieza con uno de los fugitivos, el cual olisqueaba un envoltorio de chocolatina tirado en la acera. Actuó instintivamente arrojándose sobre la criatura que, al presentirlo y verlo en esa acción desesperada, en una jugada magistral digna de Maradona le hizo el quite para evitar el pesado cuerpo que caía sobre él a punto de aplastarlo, y escaparse nuevamente. Afortunadamente, cayó sobre el césped, amortiguando el aterrizaje. Entre madrazos y maldiciones se levantó del suelo sacudiéndose el pasto del cuerpo, luego escupió unas cuantas hebras de hierba y continuó la pesquisa.
Unos vecinos curiosos, al verlo levantarse del suelo ofuscado, se le acercaron; al enterarse de lo ocurrido, se unieron a la caza de los fugitivos.
Más vecinos se fueron añadiendo a la persecución a medida que avanzaban por las calles. Silbaban, gritaban, vociferaban hasta desgañitarse llamándolos por nombres que ni él conocía. Por todas partes hurgaban y escudriñaban en todos los rincones.
Los muy ladinos escuchaban, se dejaban ver, levantaban las orejas y esperaban, sentados en sus patas traseras, a que se acercaran; más al aproximárseles, los juguetones cachorros se escabullían entre salticos y carreras cortas para detenerse nuevamente y seguir con la jugarreta.
El Dr., en un momento en que quedó solo, muerto de sed, se escabulló hacia la casa por una botella de agua, más al aproximarse detectó varios carros aparcados en el garaje. Menudo problema tendría ahora, pensó al reconocer algunos de los vehículos de las mamás perrunas. Rodeó la casa yendo a la parte de atrás; entró por la piscina para evitar ser visto y huir de la confrontación.
Al tratar de salir de la casa con la botella en la mano detectó, al fondo en el patio, uno de los fugitivos, que estaba jugando entre unos arbustos; los ojos le bailaron de la alegría; pero con la experiencia anterior decidió acercarse sigilosamente sin hacer ruido para no alertarlo. Avanzó lentamente, paso por paso, esquivando hojas y ramas caídas para no hacer ruido; el inocente animalito seguía entretenido mordisqueando una ramita seca. Solo escuchaba el latido de su corazón golpeteando en el pecho por la excitación. Unos cuantos pasos más y llegaría, se fue agachando para caminar en cuclillas y poder atraparlo fácilmente. Otro paso más, se acortaba la distancia, un paso extra y comenzó a estirar los brazos para agarrarlo; una sonrisa triunfal se dibujó en sus labios, hincó las rodillas en el pasto para tener firmeza al sujetarlo, alargó más los brazos y tras; una ramita traqueó bajo su peso.
Brincó el condenado animalito, brincó el Dr. haciendo gala de una agilidad inusitada, saltó de nuevo el escapista y el Dr. saltó al unísono y lo atrapó en pleno vuelo. - ¡Te tengo! - gritó victorioso, pero para cuando giró la cabeza buscando dónde poner los pies en tierra firme, se vio por una milésima de segundo suspendido en el aire sobre la piscina. Cayeron, perro y Dr. a la piscina creando un oleaje y una turbulencia que resonó dentro de la casa.
Para cuando el Dr. salió a la superficie abrazando el perrito, al borde de la piscina estaban las mamás perrunas, los vecinos, la empleada del servicio y su esposa mirándolo con incrédulo asombro como si fuera un alienígena. Antes de esperar oír cualquier recriminación levantó el cachorro en vilo y lo mostró con orgullo victorioso, diciendo: —¡Lo tengo!
La esposa suspiró, se frotó las sienes y le dijo con una calma que le heló la sangre:
—Sal de ahí, ridículo. Ese es el único que no se escapó. El resto ya los trajeron los vecinos hace diez minutos.
Empapado, agotado y con el perro equivocado, salió de la piscina a cambiarse de ropa.


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