Reflexiones de una larga vida, decadencia y ocaso

 



Las notas graves y quejumbrosas del deep blues se deslizan con lentitud por el aire quieto del gazebo, como si arrastraran consigo el peso del tiempo. Sobre mi cabeza, coronando el cenit, las ramas generosas del árbol de mango tejen una bóveda protectora contra un sol invernal que, aunque débil en sus rayos, aún intenta sofocar la guarida de mi inspiración. Retengo el vino —seco, robusto, de carácter— en el paladar; luego lo dejo descender despacio, permitiendo que impregne los sentidos y despierte a Calíope la musa de la prosa y poesía.

Es una tarde cualquiera dentro de mi tránsito terrenal, un invierno más entre tantos otros. Y sin embargo, no lo es. Esta tarde presiento el umbral del séptimo piso: una vuelta más de la rueca en el delirio de estar vivo. Setenta años pesan. Duelen al despertar, crujen al incorporarse, pero también certifican que seguimos aquí, que aún caminamos por esta tierra y somos capaces de gozar —con plena conciencia— de los placeres que ofrece.

A pesar de ello, una nostalgia espesa me recorre. Quizás incluso un abatimiento silencioso frente a una sociedad que se me revela hostil, intolerante, erosionada en sus fundamentos éticos y morales. La mentira se normaliza, la mediocridad se celebra. Las multitudes avanzan como rebaños obedientes, siguiendo al que más grita, al que mejor insulta, al que divide con eficacia y exige lealtades ciegas a cambio de promesas vacías, ya sea en esta vida o en la promesa de otra vida en el mas allá.

Lo que sí observo con inquietud es ese instinto gregario, tan primario como persistente, que hace que la gente se sienta protegida y valorada en cualquier colectividad, secta o filiación política. En los albores de la humanidad, pertenecer a un clan o tribu significaba la diferencia entre amanecer con vida o terminar entre las fauces de un depredador. Agruparse era sobrevivir. Hoy ya no lo es, pero el precio a pagar sigue siendo alto: el ostracismo, la incomodidad ajena, el silencio impuesto.

Caminar en solitario sin pertenencia ni afiliación, sobrevivir sin deidades, sin creencias ni religión, sin nacionalismo ni bandera, es convertirse en un marginal, un desarraigado y en motivo de desconfianza y fácil señalamiento.

Aun así, siempre fui un lobo solitario. Esquivé adoctrinamientos, me escabullí de militancias, eludí bendiciones. Me refugié en los libros: esos artefactos subversivos que rompieron las cadenas de mi mente y me lanzaron, sin retorno posible, al territorio del pensamiento libre.

Tal vez este lamento no sea más que el síntoma natural de la transición entre la madurez y la vejez: esa frontera incómoda donde uno comienza a sentirse prescindible, obsoleto, fuera de época. De un mundo que ya no mide al ser humano por su calidad, sino por sus posesiones, por los lujos que ostenta o por la cantidad de “Me gusta” que logra acumular.

Yendo un poco atrás, al volver la mirada al pasado para hacer un balance, descubro que mi vida se fragmentó en tres etapas nítidas, casi geográficas, definidas tanto por el territorio como por la conducta. La primera se extendió desde mi nacimiento hasta los veintinueve años en Cali: una infancia y adolescencia atravesadas por la contracultura hippie y su consigna de Paz y Amor, que abracé con fervor, incluso dentro de un matrimonio prematuro. Fue la era de la despreocupación absoluta.

La segunda etapa transcurrió entre los treinta y los cuarenta y cinco años, en la caótica y frenética Nueva York. Allí viví una existencia desbordada, hecha de excesos, lujuria y libertinaje. Sobreviví a ella cuando la epidemia del sida me obligó a replegarme hacia la monogamia. Fue el tiempo de la liviandad total, pero también del riesgo constante.

Desde los cuarenta y cinco años hasta hoy, irrumpió en mi vida un ser humano inesperado y luminoso, de ojos grandes y sonrisa contagiosa. Llegó como un huracán: me arrancó de raíz de Nueva York y me elevó para depositarme, con una suavidad inesperada, en las soleadas y apacibles aguas del Atlántico, en el sur de la Florida. Con su llegada, mi vida disoluta dio un giro radical. Comenzó entonces la etapa de la fidelidad total.

Al contemplar estas tres estaciones comprendo que fui tres hombres en uno: opuestos, contradictorios, incluso irreconciliables. Superpuestos, sin embargo, terminaron por forjar al hombre que soy hoy: sereno, libre de urgencias, dueño de una vida plena y consciente. La lujuria y la pasión no desaparecieron; simplemente cambiaron de cauce. Hoy las entrego a la cocina, a la lectura, a la escritura, a la fotografía y al viaje.

En la cocina, como cualquier amante experimentado, olisqueo los alimentos como quien aspira el perfume en el cuello de una mujer. Deslizo la mano sintiendo la erótica firmeza de las carnes, la voluptuosa rugosidad de los vegetales, la sensual redondez de las frutas, como si recorriera la piel de una amante furtiva en busca de sus secretos. A fuego lento dejo que los ingredientes se encuentren, que los condimentos dialoguen, aguardando el instante y la temperatura exactos en que liberen su esencia y estallen en un hervor jubiloso.

He llegado hasta aquí sin proponérmelo, sin plan alguno. Tal vez elegí bien los caminos; tal vez simplemente me lancé al río —como tantas veces— y dejé que la corriente de la buena fortuna me condujera hacia puertos seguros, salvándome de naufragar o de desaparecer en el olvido hace ya muchos años.

Hoy sostengo un lema, un credo tatuado en la piel y ofrecido como consejo:

"Carpe Diem, Quam Minimum Credula Postero, Memento Mori".

Aprovecha el día, confía lo menos posible en el mañana, recuerda que morirás.

Y como postdata final: el dinero va y viene, siempre puede volver a ganarse. La vida va pero no viene. Es una sola. ¡Disfruta y viaja!

 




Comentarios

  1. Apreciado y recordado Escritor , gratamente leo tu más reciente y última obra de arte del año (creo ) y quedo enormemente sorprendido y admirado de la forma en que “una larga vida, decadencia y ocaso” me lleva a reflexionar acerca de lo que somos en este Plano terrenal y como vamos quemando etapas con El Paso del tiempo. Lo más importante es poder llegar a mirar por el espejo retrovisor de nuestra existencia y ver cómo Logramos dejar huella e impactar la vida de tantos seres humanos que nos han rodeado en esta bella marathon llamada vida. Este evidencio que es tu caso …

    GRACIAS en mayúsculas sostenidas por este excepcional contenido y por impactar nuestras vidas positivamente con cada Linea que imprimes digitalmente en este fantástico blog

    Att : Fredy Pérez Suárez

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    1. Fredy, tus comentarios son muy acertados y son el combustible que enciende el motor de mi escritura y creatividad, pues, si hay lectores, hay quien escriba.

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