Reflexiones de una larga vida, decadencia y ocaso
Las notas graves y quejumbrosas del deep blues se deslizan con lentitud por el aire quieto del gazebo, como si arrastraran consigo el peso del tiempo. Sobre mi cabeza, coronando el cenit, las ramas generosas del árbol de mango tejen una bóveda protectora contra un sol invernal que, aunque débil en sus rayos, aún intenta sofocar la guarida de mi inspiración. Retengo el vino —seco, robusto, de carácter— en el paladar; luego lo dejo descender despacio, permitiendo que impregne los sentidos y despierte a Calíope la musa de la prosa y poesía. Es una tarde cualquiera dentro de mi tránsito terrenal, un invierno más entre tantos otros. Y sin embargo, no lo es. Esta tarde presiento el umbral del séptimo piso: una vuelta más de la rueca en el delirio de estar vivo. Setenta años pesan. Duelen al despertar, crujen al incorporarse, pero también certifican que seguimos aquí, que aún caminamos por esta tierra y somos capaces de gozar —con plena conciencia— de los placeres que ofrece. A pesar de...