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Un hermano tardio

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  — La procesión se lleva por dentro — nos dijo la última vez que lo vimos. Estábamos en Cali, parados en la esquina de la Avenida Roosevelt, justo donde está la panadería La Covadonga, que era nuestro desayunadero habitual en la ciudad. Éramos Lucas, Patita, mi hermana Piedad y yo conversando con nuestro medio hermano Enrique. De palabra fácil, profundo y coherente en sus análisis, tocamos temas de filosofía, existencialismo, teología, cultura, arte, viajes, vida y muerte. El hombre era intenso y beligerante en sus argumentos; los defendía con voz exaltada, como si estuviera arengando a un grupo de estudiantes para ir a una manifestación. Sus manos de artesano, largas, volátiles como alas de mariposa, aleteaban al ritmo de la conversación y sus ojos, verdes esmeraldas, centelleaban tratando de penetrar en tus pensamientos a medida que argumentaba, para adivinar tus opiniones.   Muchos años atrás, en los comienzos de la pubertad, salía de mi casa en el tradicional barrio de Sa...

La Prehistoria de la Carne: El despertar de la especie virtual

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Ya no importa el lugar: en la sala de embarque de un aeropuerto, en un parque cuidando los niños, o la tranquila placidez de la playa, el ruidoso autobús, en el vecindario paseando el perro, en casa viendo TV, o cocinando, cenando en familia, en un velorio, en la fiesta más animada, en el gimnasio, en el trabajo, estudiando; todos, absolutamente todos, desde el bebe que aprende a coger algo con sus manitas inciertas, hasta el anciano de pulso tembloroso, compartimos la misma postura: el cuello inclinado y la mirada absorta. Conectados cerebro y teléfono, por un cordón umbilical invisible, unidos en magnética fijación, no se piensa, no se procesa, no se analiza; solo pasan ante sus dilatadas pupilas infinitas imágenes una tras otra; video clips en cascada interminable, nada retienen, nada interesa, siguen avanzando como en una carretera cuando ven pasar los postes de la luz a un ritmo constante a través de la ventanilla del auto, nada atractivo de verdad…, pero no pueden dejar de mirar....

La jauría

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  Aparcó el SUV justo frente al garaje de la casa y se dispuso a pulsar el dispositivo automático para abrir la puerta e ingresar el carro. El día había sido agotador; más de 12 horas de trabajo; una refrescante ducha y la mullida cama le susurraban al oído que lo esperaban para consentirlo. Recostó la cabeza en el respaldo del auto mientras veía subir la puerta del garaje silenciosamente. Mientras la puerta subía con su parsimonia habitual, giró el cuello un par de veces para disminuir la tensión y relajar el estrés del arduo día. Inesperadamente el crepitar de una estampida, un estruendo de patitas en tropel y el aullido de una jauría en diferentes decibeles lo alertaron; se incorporó sobre el timón sin dar crédito a la surrealista escena que se sucedía ante sus ojos.    Salieron del garaje, como quien libera una bandada de gallinas de la jaula, casi volando en todas las direcciones, más de una decena de perros como si les hubieran prendido fuego a las colas. En su asom...

Acerca de la sobre valorada belleza

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  Salió desnuda de la ducha, sin importarle el agua que le escurría por el cuerpo y empozaba el piso; se paró frente al espejo, se auscultó detenidamente. Estaba en los cuarenta; el hijo que había parido le dejó estrías en los pechos, el bajo abdomen y las caderas. Era la triste imagen que el bruñido espejo le devolvía. De joven, su delgada contextura le hacía resaltar las nalgas, que, redondeadas y firmes, sobresalían al final de la espalda. Ahora, el implacable Dios Cronos le abultaba el cuerpo, le crecía el abdomen; y las piernas, otrora delgadas y firmes, se ajamonaron adquiriendo volumen y flacidez. La piel, trigueña y bronceada, perdía brillo. Tomó sus pechos con las manos y los sopesó; los notó descolgados, flácidos. Con un gesto de tristeza y decepción giró suavemente el cuerpo hasta quedar de espaldas al espejo. La húmeda cabellera negra, adherida a su espalda, chorreaba agua que descendía en surcos por la hendidura de la columna vertebral, llegando a los glúteos, donde el...

Reflexiones de una larga vida, decadencia y ocaso

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  Las notas graves y quejumbrosas del deep blues se deslizan con lentitud por el aire quieto del gazebo, como si arrastraran consigo el peso del tiempo. Sobre mi cabeza, coronando el cenit, las ramas generosas del árbol de mango tejen una bóveda protectora contra un sol invernal que, aunque débil en sus rayos, aún intenta sofocar la guarida de mi inspiración. Retengo el vino —seco, robusto, de carácter— en el paladar; luego lo dejo descender despacio, permitiendo que impregne los sentidos y despierte a Calíope la musa de la prosa y poesía. Es una tarde cualquiera dentro de mi tránsito terrenal, un invierno más entre tantos otros. Y sin embargo, no lo es. Esta tarde presiento el umbral del séptimo piso: una vuelta más de la rueca en el delirio de estar vivo. Setenta años pesan. Duelen al despertar, crujen al incorporarse, pero también certifican que seguimos aquí, que aún caminamos por esta tierra y somos capaces de gozar —con plena conciencia— de los placeres que ofrece. A pesar de...