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Escribo para mi

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  Sentarse a retroceder el calendario, volver a los orígenes después de haber vivido tanto, es una labor ardua. Por más que lo intente, muchas historias —demasiadas vivencias— quedarán ocultas bajo miles de recuerdos que nunca volverán a salir a la luz. Los acontecimientos remotos se pierden en los vericuetos de la memoria, se extravían en los archivos del pasado y se cubren con un manto nebuloso que ya no logro penetrar. Sin embargo, cuando me siento a escribir, la música me ayuda a evocar recuerdos y el vino me devuelve remembranzas. Entonces comienzan a llegar las historias. Es como si un corto video se proyectara en mi mente y reviviera una escena durante apenas unos segundos. Tengo que atraparla antes de que desaparezca. Tecleo frenéticamente, sin detenerme a corregir la gramática ni la ortografía. Es la piedra de mármol en bruto que el escultor talla, tosco y obsesivo; es el primer boceto sobre el lienzo que el pintor traza, poseído por sus demonios creativos. Cuando me deten...

Huellas en la nieve

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  La claridad lunar, reflejada en la nieve que caía copiosamente, iluminaba espectralmente la calle cuando descendí del tren y bajé las escaleras rumbo a casa. Era una imagen surrealista, monocromática: el blanco del manto de nieve que empezaba a cubrirlo todo contrastaba con el negro de los rincones de la calle. Ante mí se desplegaba una fotografía en blanco y negro, casi sin tonos de gris intermedios. Regresaba de Manhattan al filo de la medianoche. Estudiaba fotografía comercial; las clases terminaban a las diez de la noche y debía tomar dos trenes para llegar a Astoria, un barrio de Queens donde la comunidad griega se había asentado mucho tiempo atrás. Al salir de la estación, un frío glacial me golpeó el rostro. La ventisca, que levantaba la nieve del suelo, casi me arrebató el maletín y la cámara fotográfica que llevaba en las manos. Me guarecí con la gabardina y la bufanda, me calé el gorro de lana, ajusté los guantes y comencé a caminar por la calle desierta. No había bajad...

La piña (casos de la vida real)

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  A través de los ventanales de la oficina la vi moverse de un lado a otro por la acera del frente, como buscando una dirección. Llevaba una piña en la mano. Cuando por fin descubrió nuestra oficina, una sonrisa sospechosa se dibujó en sus labios y cruzó la calle con paso decidido. Mientras se acercaba, tuve tiempo de observarla. Debía rondar los cincuenta y cinco años. Era rubia, delgada, de elegante figura, vestida con un conjunto de lino blanco color crudo que ondeaba suavemente con la brisa. Su rostro, sin maquillaje, dejaba ver unas facciones finas y una piel madura que irradiaba seguridad y una jovialidad difícil de explicar. Entró riéndose, saludando con la mano que tenía libre, mientras con la otra sujetaba la piña contra su pecho. —Hola, soy Jane, la dueña de la tienda de juguetes sexuales para adultos. Se dirigía a mí. Le tendí la mano para saludarla. Su mano era suave, delgada y cálida. Intenté retirarla enseguida, pero ella prolongó el apretón unos segundos más, clavand...

Cavilaciones breves

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  Hoy, mientras veía con mis hijos el fallido partido de Colombia contra Suiza, me quedé observándolos como si quisiera guardar la escena antes de que se me escapara: se paraban, caminaban, se angustiaban, sufrían y gritaban ante cualquier intento de gol de la Selección Colombia. Nacieron en este grandioso país que está venido a menos, y aun así llevan en el cuerpo una emoción que los conecta con otra tierra. Yo les recalco que el imperio se está desmoronando, que solo durará 250 años, mucho menos que el Imperio Romano o el Imperio Otomano, y ni qué decir de los milenarios imperios chinos o suramericanos, como los aztecas, incas o mayas; me miran y se ríen con incredulidad. Aman este país, en el cual abrieron sus ojos por primera vez; pero sus raíces, sus ancestros —nosotros, sus padres y su familia— los llevan también a sufrir por la camiseta amarilla, a ponerse de pie para cantar el himno nacional y a corear la canción de “Mami, prende la tele, enciende la radio, que hoy juega la...

Apología de la abundancia

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  Donde quedó el gusto por la redondez, por la curvatura perfecta de unas caderas contoneándose lascivamente al pasar por tu lado, por la esfericidad de un cuerpo que camina con soltura, por la turgencia de unos pechos voluptuosos, prontos a escaparse de la cárcel del brasier ajustado; por la combadura de unos muslos desafiantes y provocadores al caminar. Se nos perdió el apetito por la carne (el vegetarianismo llegó hasta el sexo); la abundante voluminosidad de las opulentas es motivo de vergüenza. El ostracismo las relega al rincón menos luminoso y escondido del bar, de la reunión o de cualquier evento social; por vergüenza, por discriminación, por no encajar en los famélicos moldes estéticos del presente. La placentera y lujuriosa compañía de un exuberante cuerpo ya no es sinónimo de orgullo ni de placer; es crítica, es murmullo al pasar, es la lastimera frase de “pobrecita” , es la mirada de conmiseración, lanzada por unos segundos al paciente diagnosticado con una enfermedad c...

Un hermano tardio

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  — La procesión se lleva por dentro — nos dijo la última vez que lo vimos. Estábamos en Cali, parados en la esquina de la Avenida Roosevelt, justo donde está la panadería La Covadonga, que era nuestro desayunadero habitual en la ciudad. Éramos Lucas, Patita, mi hermana Piedad y yo conversando con nuestro medio hermano Enrique. De palabra fácil, profundo y coherente en sus análisis, tocamos temas de filosofía, existencialismo, teología, cultura, arte, viajes, vida y muerte. El hombre era intenso y beligerante en sus argumentos; los defendía con voz exaltada, como si estuviera arengando a un grupo de estudiantes para ir a una manifestación. Sus manos de artesano, largas, volátiles como alas de mariposa, aleteaban al ritmo de la conversación y sus ojos, verdes esmeraldas, centelleaban tratando de penetrar en tus pensamientos a medida que argumentaba, para adivinar tus opiniones.   Muchos años atrás, en los comienzos de la pubertad, salía de mi casa en el tradicional barrio de Sa...

La Prehistoria de la Carne: El despertar de la especie virtual

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Ya no importa el lugar: en la sala de embarque de un aeropuerto, en un parque cuidando los niños, o la tranquila placidez de la playa, el ruidoso autobús, en el vecindario paseando el perro, en casa viendo TV, o cocinando, cenando en familia, en un velorio, en la fiesta más animada, en el gimnasio, en el trabajo, estudiando; todos, absolutamente todos, desde el bebe que aprende a coger algo con sus manitas inciertas, hasta el anciano de pulso tembloroso, compartimos la misma postura: el cuello inclinado y la mirada absorta. Conectados cerebro y teléfono, por un cordón umbilical invisible, unidos en magnética fijación, no se piensa, no se procesa, no se analiza; solo pasan ante sus dilatadas pupilas infinitas imágenes una tras otra; video clips en cascada interminable, nada retienen, nada interesa, siguen avanzando como en una carretera cuando ven pasar los postes de la luz a un ritmo constante a través de la ventanilla del auto, nada atractivo de verdad…, pero no pueden dejar de mirar....