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Mostrando las entradas de 2026

Apología de la abundancia

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  Donde quedó el gusto por la redondez, por la curvatura perfecta de unas caderas contoneándose lascivamente al pasar por tu lado, por la esfericidad de un cuerpo que camina con soltura, por la turgencia de unos pechos voluptuosos, prontos a escaparse de la cárcel del brasier ajustado; por la combadura de unos muslos desafiantes y provocadores al caminar. Se nos perdió el apetito por la carne (el vegetarianismo llegó hasta el sexo); la abundante voluminosidad de las opulentas es motivo de vergüenza. El ostracismo las relega al rincón menos luminoso y escondido del bar, de la reunión o de cualquier evento social; por vergüenza, por discriminación, por no encajar en los famélicos moldes estéticos del presente. La placentera y lujuriosa compañía de un exuberante cuerpo ya no es sinónimo de orgullo ni de placer; es crítica, es murmullo al pasar, es la lastimera frase de “pobrecita” , es la mirada de conmiseración, lanzada por unos segundos al paciente diagnosticado con una enfermedad c...

Un hermano tardio

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  — La procesión se lleva por dentro — nos dijo la última vez que lo vimos. Estábamos en Cali, parados en la esquina de la Avenida Roosevelt, justo donde está la panadería La Covadonga, que era nuestro desayunadero habitual en la ciudad. Éramos Lucas, Patita, mi hermana Piedad y yo conversando con nuestro medio hermano Enrique. De palabra fácil, profundo y coherente en sus análisis, tocamos temas de filosofía, existencialismo, teología, cultura, arte, viajes, vida y muerte. El hombre era intenso y beligerante en sus argumentos; los defendía con voz exaltada, como si estuviera arengando a un grupo de estudiantes para ir a una manifestación. Sus manos de artesano, largas, volátiles como alas de mariposa, aleteaban al ritmo de la conversación y sus ojos, verdes esmeraldas, centelleaban tratando de penetrar en tus pensamientos a medida que argumentaba, para adivinar tus opiniones.   Muchos años atrás, en los comienzos de la pubertad, salía de mi casa en el tradicional barrio de Sa...

La Prehistoria de la Carne: El despertar de la especie virtual

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Ya no importa el lugar: en la sala de embarque de un aeropuerto, en un parque cuidando los niños, o la tranquila placidez de la playa, el ruidoso autobús, en el vecindario paseando el perro, en casa viendo TV, o cocinando, cenando en familia, en un velorio, en la fiesta más animada, en el gimnasio, en el trabajo, estudiando; todos, absolutamente todos, desde el bebe que aprende a coger algo con sus manitas inciertas, hasta el anciano de pulso tembloroso, compartimos la misma postura: el cuello inclinado y la mirada absorta. Conectados cerebro y teléfono, por un cordón umbilical invisible, unidos en magnética fijación, no se piensa, no se procesa, no se analiza; solo pasan ante sus dilatadas pupilas infinitas imágenes una tras otra; video clips en cascada interminable, nada retienen, nada interesa, siguen avanzando como en una carretera cuando ven pasar los postes de la luz a un ritmo constante a través de la ventanilla del auto, nada atractivo de verdad…, pero no pueden dejar de mirar....

La jauría

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  Aparcó el SUV justo frente al garaje de la casa y se dispuso a pulsar el dispositivo automático para abrir la puerta e ingresar el carro. El día había sido agotador; más de 12 horas de trabajo; una refrescante ducha y la mullida cama le susurraban al oído que lo esperaban para consentirlo. Recostó la cabeza en el respaldo del auto mientras veía subir la puerta del garaje silenciosamente. Mientras la puerta subía con su parsimonia habitual, giró el cuello un par de veces para disminuir la tensión y relajar el estrés del arduo día. Inesperadamente el crepitar de una estampida, un estruendo de patitas en tropel y el aullido de una jauría en diferentes decibeles lo alertaron; se incorporó sobre el timón sin dar crédito a la surrealista escena que se sucedía ante sus ojos.    Salieron del garaje, como quien libera una bandada de gallinas de la jaula, casi volando en todas las direcciones, más de una decena de perros como si les hubieran prendido fuego a las colas. En su asom...

Acerca de la sobre valorada belleza

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  Salió desnuda de la ducha, sin importarle el agua que le escurría por el cuerpo y empozaba el piso; se paró frente al espejo, se auscultó detenidamente. Estaba en los cuarenta; el hijo que había parido le dejó estrías en los pechos, el bajo abdomen y las caderas. Era la triste imagen que el bruñido espejo le devolvía. De joven, su delgada contextura le hacía resaltar las nalgas, que, redondeadas y firmes, sobresalían al final de la espalda. Ahora, el implacable Dios Cronos le abultaba el cuerpo, le crecía el abdomen; y las piernas, otrora delgadas y firmes, se ajamonaron adquiriendo volumen y flacidez. La piel, trigueña y bronceada, perdía brillo. Tomó sus pechos con las manos y los sopesó; los notó descolgados, flácidos. Con un gesto de tristeza y decepción giró suavemente el cuerpo hasta quedar de espaldas al espejo. La húmeda cabellera negra, adherida a su espalda, chorreaba agua que descendía en surcos por la hendidura de la columna vertebral, llegando a los glúteos, donde el...