Apología de la abundancia
Donde quedó el gusto por la redondez, por la curvatura perfecta de unas caderas contoneándose lascivamente al pasar por tu lado, por la esfericidad de un cuerpo que camina con soltura, por la turgencia de unos pechos voluptuosos, prontos a escaparse de la cárcel del brasier ajustado; por la combadura de unos muslos desafiantes y provocadores al caminar.
Se nos perdió el apetito por la carne (el vegetarianismo llegó hasta el sexo); la abundante voluminosidad de las opulentas es motivo de vergüenza. El ostracismo las relega al rincón menos luminoso y escondido del bar, de la reunión o de cualquier evento social; por vergüenza, por discriminación, por no encajar en los famélicos moldes estéticos del presente.
La placentera y lujuriosa compañía de un exuberante cuerpo ya no es sinónimo de orgullo ni de placer; es crítica, es murmullo al pasar, es la lastimera frase de “pobrecita”, es la mirada de conmiseración, lanzada por unos segundos al paciente diagnosticado con una enfermedad contagiosa, al cual es mejor tener lejos.
Mientras tanto, una creciente invasión de enjutas maniquíes se va apoderando de las calles, de los espacios públicos, de las redes sociales y de los escaparates de los almacenes; salidas casi todas de los quirófanos, engañando su verdadera constitución, su forma corporal; labios hinchados, pechos reconstruidos, nalgas levantadas, miradas extraviadas, buscando un reflejo, una superficie bruñida que les devuelva su escuálida figura para reafirmar su autoestima.
Las BBW (mujeres grandes y hermosas en inglés) pasan esquivando reflejos; solo unas cuantas, las más osadas, atrevidas y dueñas de sí mismas, caminan de frente, llevándose el mundo por delante, pues saben que arrollan con su presencia; invaden tu campo visual y deleitan tu glotonería.
Todo este preludio introductorio porque sentí fuertemente ese contraste; esa dualidad entre la opulencia de carnes y la escasez de estas en un reciente viaje que hice con mi esposa a la bella Quisqueya, la tierra del merengue, el jolgorio, la risa fácil y la irreverencia de las mujeres opulentas.
Santo Domingo, paraíso de la abundancia, de la redondez caminando. La exuberancia mágica del Caribe; el colorido y la voluptuosidad de la cultura afroantillana. La tonalidad de pieles que van del negro azuloso al dorado cobrizo de las mulatas; semejando un bosque otoñal salpicado de colores ocres, de pieles abrillantadas, aceitadas, neumáticas, ardientes, que van y vienen por las calles, que se contonean al son de las tamboras, que se asolean en las playas, que salen del mar chorreantes, jugosas, vitales, vibrantes, transpirando feromonas, oliendo a sexo, a desenfreno, a clandestinidad, a secreto bajo juramento.
Lo que experimenté fue un banquete visual, digno del emperador romano Claudio cuando celebraba las fiestas Saturnales en medio de copiosa comida y vino rodeado de opulentas bacantes y cortesanas ofreciendo sus artes amatorias.
Uno ve lo que quiere ver, lo que le gusta; el resto del vasto panorama lo ignora y lo rellena con sus fantasías. Tal vez por eso escribo y describo esto, porque mi copioso gusto por la exuberancia solo detectaba la profusión, la fastuosa y sensual redondez de las “Boteritos”. Obnubilado como estaba, en estado de éxtasis divino, mi mente acumulaba recuerdos, atesoraba momentos y guardaba imágenes, que ahora estoy vertiendo en el papel.
Caminé por las callejuelas de la colonial Santo Domingo, me perdí en sus recovecos, recorrí sus tropicales playas, me adentré en las tradicionales bodegas, me refresqué con la sabrosa y helada cerveza “Presidente”, saboreé la variada gastronomía de la isla y por supuesto disfruté y di rienda suelta a mi incurable adipofilia.
(Aclaración final)
Todo este caminar lo hice, y vale la pena puntualizarlo, de la mano de mi adorada esposa, que no es rellenita, que no es abundante, pero… la amo y eso me basta para ser feliz a su lado.

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