Un hermano tardio
—La procesión se lleva por dentro — nos dijo la última vez que lo vimos.
Estábamos en Cali, parados en la esquina de la Avenida Roosevelt, justo donde está la panadería La Covadonga, que era nuestro desayunadero habitual en la ciudad. Éramos Lucas, Patita, mi hermana Piedad y yo conversando con nuestro medio hermano Enrique.
De palabra fácil, profundo y coherente en sus análisis, tocamos temas de filosofía, existencialismo, teología, cultura, arte, viajes, vida y muerte. El hombre era intenso y beligerante en sus argumentos; los defendía con voz exaltada, como si estuviera arengando a un grupo de estudiantes para ir a una manifestación. Sus manos de artesano, largas, volátiles como alas de mariposa, aleteaban al ritmo de la conversación y sus ojos, verdes esmeraldas, centelleaban tratando de penetrar en tus pensamientos a medida que argumentaba, para adivinar tus opiniones.
Muchos años atrás, en los comienzos de la pubertad, salía de mi casa en el tradicional barrio de San Nicolás de aquella época, para jugar con mis amigos, cuando en el parque, que quedaba enfrente de la casa, vi a mi papá conversando con un joven rubio y apuesto; al verme, se tensó un poco, pero luego, como si reaccionara a un impulso, me llamó. —Mijo, ya tienes 15 años; es tiempo de que conozcas a Enrique, tu hermano mayor—, lo dijo a boca de jarro y sin preámbulos. No recuerdo muy bien si nos dimos la mano, si nos miramos levantando la ceja a manera de saludo, o si simplemente asentí con la cabeza, ni si me quedé parado observándolo. Lo que sí recuerdo claramente es que, al terminar de charlar con su hijo, se me acercó para decirme que no le contara nada a mi mamá sobre esto pues se disgustaría mucho. Para mi papá y para mí hasta ahí llegó el tema; nunca volví a saber de mi supuesto hermano mayor.
Volvieron a pasar los años, esta vez hacia adelante, me casé, tuve una hija y luego emigré hacia los Estados Unidos, específicamente a la ciudad de Nueva York; llegaron muchos veranos, soporté muchos inviernos, me divorcié, me casé de nuevo y tomé rumbo hacia la ciudad del sol, Miami, a comenzar una nueva vida.
La existencia de mi medio hermano cayó en el olvido; el cruel tiempo que todo lo borra hizo su trabajo y se perdió ese recuerdo de pubertad en los vericuetos de mi cerebro; hasta que un día, mis hermanos, no sé cómo desenterraron no solo un hermano; cuatro más: una, la hermana mayor, Lucero viviendo en España, dos más, hermanos entre sí, hombre y mujer; Magola y Nelson viviendo en Cali y el ultimo, un varón viviendo también Cali, el cual no quiso tener contacto con nosotros.
Ahí volvió a resonar el nombre de Enrique, el hermano mayor, pues lo mencionaban como quien me daba una noticia en exclusiva, la cual, para mí, era como la canción del periódico de ayer de Héctor Lavoe. Mis hermanos comenzaron a tener contacto con ellos con frecuencia, pero yo me mantuve al margen, no porque no quisiera conocerlos ni rechazarlos, sino porque viajaba muy poco a Colombia y me enredaba en el día a día, sin pensar mucho en ellos. Además, prefería tenerlos enfrente cuando los conociera y no por teléfono.
Volviendo al pasado, cuando mi papá murió, Enrique se presentó al velorio y acompañó el féretro al cementerio. Para sorpresa de mi mamá, que siempre supo de ese hijo de antes del matrimonio y obstinada se negó a aceptarlo, y mucho menos a conocerlo; toda la familia lo reconocía, lo saludaba y le daba el pésame con la calidez y afecto del hijo que pierde a su padre.
Enrique, después de las condolencias recibidas, logró escabullirse y fue directo hacia mi mamá; se acercó, casi que la levantó del asiento para, con un fuerte apretón, abrazarla en un impulsivo gesto que pareció interminable. Mi mamá no tuvo tiempo de reaccionar, ni mucho menos de impedirlo; pero en ese apretón, en ese abrazo impensado y espontáneo de Enrique, volcaron todas sus emociones reprimidas, todos sus miedos escondidos, sus rechazos y ausencias para sellar una unión que perduró hasta la muerte.
Enrique iba a la casa todas las tardes religiosamente; acompañaba a mi mamá al cefecito con pandebono a las 5:00pm. Enrique iba con mi mamá a misa, al mercado; estaba presente en el día a día. Pareciera que ambos estaban recuperando el tiempo perdido; tiempo que por prejuicios sociales y morales de aquella época dejaron de compartir. Hablaban todo el tiempo, se contaban historias, anécdotas, se reían de nimiedades y al verlos, parecía que ese pasado de distanciamiento y estigmatización nunca hubiera existido entre ellos.
Cuando mi mamá entró al oscuro mundo de las tinieblas del alzhéimer, lo hizo acompañada de la mano de Enrique, con él cruzó ese umbral tenebroso del olvido que va arrojando al zafacón de basura uno por uno los momentos felices, las fechas, los disgustos, los cumpleaños, los hijos, los nietos, hasta dejar el cerebro vacío como el de un bebé.
Ahí estuvo Enrique presente como el hermano mayor que fue. Después, en los momentos finales de nuestra madre, Enrique y Piedad se reunían en el geriátrico donde estaba y le daban de comer como a la niña en la que se había convertido. La peinaban, le hablaban, le contaban historias, le mostraban fotos, le untaban crema por el cuerpo para hidratarle la reseca y frágil piel que le quedaba adherida a los huesos.
Fueron momentos difíciles, desesperanzadores, en los que el día a día era una batalla por sobrevivir, por respirar y avanzar al siguiente amanecer. Se aferró nuestra madre a la vida, ya sin nada que la atara a este mundo terrenal, obstinada como siempre.
Por esos días ocurrió la reunión de la que les hablaba al comienzo. Mi hijo Lucas lo escuchaba con atención, le seguía sus discursos vehementes y después, cuando nos despedimos, le apodó “el filósofo”. Yo por mi parte le agradecí de todo corazón lo que hacía por mi mamá, lo abracé con fuerza al despedirnos y le dije por primera vez: “Hermano Mayor”, sin saber que sería el último encuentro que tendríamos en esta vida.
Hablé sí, dos o tres veces con él por teléfono, creo que la última fue por su cumpleaños. Su voz, otrora enérgica y firme, era pausada, entrecortada y susurrante. Le noté un dejo de resignación, de rendición, como el náufrago que, aferrado a la tabla que lo sostiene a flote en la inmensidad del mar, comienza a soltarse lentamente, ausente de toda esperanza, dejándose arrastrar a las oscuras y profundas aguas del océano.
Por esos días habíamos comenzado a gestionarle la visa para venir a este país de turista, que era uno de sus sueños aplazados toda la vida. Ese tema no se tocó en la charla telefónica; ya era imposible: estaba conectado a un aparato de diálisis que le impedía cualquier desplazamiento o viaje.
De nuevo nos dijimos adiós, pero esta vez se notaba que no era un hasta pronto, sino una despedida definitiva. Al colgar la llamada, quedaron en el aire muchas cosas sin decirse; no hubo tiempo, no hubo más llamadas; la cuenta regresiva del reloj de la vida había comenzado para nuestro hermano mayor; él lo sabía y lo aceptaba. Se entregó a su destino, se dejó ir, entró en coma y dejó de respirar para siempre.
Enrique Alfonso Varela
Diciembre 5, 1947 - Mayo 11,2026
Q.E.P.D.

Excelente relato sobre Enrique a quien conoci. Fue una persona muy intersante para mi. Con charlas muy intersantes.Mauro Patricia Jose Vicente acompañandolos en su dolor por la muerte de tu hernano Enrique.Que Descanse en Paz y que brille para el la luz Perpetua.Marco Antono.
ResponderBorrarMi hermano mayor!! Fue un placer poder escuchar tu voz, pasar horas hablando contigo escuchando tu historia y compartir contigo la mía!!! Se que ahora estás perfumando el cielo, me encantaba escuchar tu voz, una cosa sé que nos veremos en el cielo un día y nos podremos dar ese abrazo que no lo hicimos aquí… has dejado una huella en mi corazón ❤️ te quiero 😘
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