La Prehistoria de la Carne: El despertar de la especie virtual
Ya no importa el lugar: en la sala de embarque de un aeropuerto, en un parque cuidando los niños, o la tranquila placidez de la playa, el ruidoso autobús, en el vecindario paseando el perro, en casa viendo TV, o cocinando, cenando en familia, en un velorio, en la fiesta más animada, en el gimnasio, en el trabajo, estudiando; todos, absolutamente todos, desde el bebe que aprende a coger algo con sus manitas inciertas, hasta el anciano de pulso tembloroso, compartimos la misma postura: el cuello inclinado y la mirada absorta.
Conectados cerebro y teléfono, por un cordón umbilical invisible, unidos en magnética fijación, no se piensa, no se procesa, no se analiza; solo pasan ante sus dilatadas pupilas infinitas imágenes una tras otra; video clips en cascada interminable, nada retienen, nada interesa, siguen avanzando como en una carretera cuando ven pasar los postes de la luz a un ritmo constante a través de la ventanilla del auto, nada atractivo de verdad…, pero no pueden dejar de mirar.
Este sistema dígito-neuronal actúa como una sonda de succión que, conectado al aparato, les vacía la mente, les ahueca el cerebro, pero siguen descargando imágenes con avidez, adentrándose cada vez más en un mundo digital, en un universo paralelo que los aleja de la realidad, los aliena y los convierte en zombis.
No me excluyo, a veces me uno al concierto de la inutilidad y me enchufo como el caracol a la piedra del río y quedo estático, absorto; esperando que el siguiente scroll me regale algo que valga la pena, aunque solo sea para escanearlo unos segundos antes de seguir avanzando hacia el siguiente y así, hasta el infinito
En un mundo utópico, que imagino no muy lejano, estaremos tan inmersos en la realidad virtual que volver al mundo material nos costará, nos decepcionará cada vez más y preferiremos diluirnos en esa fantasía inmaterial y perdernos en ese universo sin límites, apoltronados en un sofá sin salir de casa.
¿Qué futuro nos espera, no a nosotros, sino a nuestros hijos y sus hijos? Vivirán en ese mundo inventado por la ciencia y la tecnología; se irán despegando poco a poco de este mundo material para ingresar definitivamente a ese universo digital creado por los humanos. ¿Abandonarán sus cuerpos terrenales y, como la mariposa, dejarán la crisálida para salir volando, en forma de impulsos neuronales, a integrarse a una metamorfosis completa en esa realidad virtual que se convertirá en su mundo, su universo y su hábitat?
Visto desde el futuro, este presente tecnológico que disfrutamos ahora—tan avanzado, tan sorprendente— será para la humanidad virtual del futuro la prehistoria de su mundo, los comienzos del universo que crearon y motivo de estudio en universidades, de un pasado remoto donde éramos carne y hueso y existían las enfermedades, el hambre, el dolor y moríamos muy tempranamente; tal vez, digo yo, especulando.
Tal vez, así como nosotros estudiamos el pasado remoto de la humanidad y concluimos que somos el resultado de una larga y lenta evolución que salió arrastrándose del mar y a medida que se adentró en la tierra se fue irguiendo hasta caminar sobre dos pies, así nos estudiaran en ese tiempo los científicos del futuro en un laboratorio, y seremos para ellos solo un enjambre de larvas primitivas y salvajes que se arrastraban por la tierra, se mataban entre ellas, pero que gracias a una metamorfosis digital dimos el salto cuántico al universo virtual liberándonos de las cadenas materiales y leyes de la naturaleza, para vivir, por fin, en la libertad absoluta del código.
Estaríamos así entrando en la transición del “Homo sapiens” al “Homo digitalis”.

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