WANDERLUST
Wanderlust, vocablo alemán que describe a la persona que tiene un espíritu viajero, que ama recorrer el mundo y siente un deseo incontrolable por vivir nuevas experiencias en lugares desconocidos.
Sentado en la sala de embarque del aeropuerto de Miami, tras unas cuantas horas de espera, leyendo y tomando un reconfortante café, tuve tiempo de reflexionar sobre lo que la palabra “viajar” se había convertido en nuestras vidas. Que no solo era el hecho de estar apoltronados en un avión sobrevolando el globo terráqueo, disfrutando del tiempo libre. Era la germinación de una idea, el inicio en la planificación de los países a recorrer, la elección del tiempo a quedarse y la selección de los lugares de interés a conocer, entre otras variables. Todo un proceso que nos activaba la dopamina, ocupando gran parte de nuestros momentos libres, ya fuera hasta altas horas de la noche en los días laborales o los sábados y domingos frente al computador siguiendo youtuberos, blogueros, viajeros o leyendo reseñas de los países a visitar.
Estar ahí, esperando la llamada de abordaje, era partir a un lugar al cual habíamos ido muchas veces; era un viaje que había comenzado meses antes de tomar el avión. Virtualmente habíamos recorrido el país de nuestro destino varias veces, habíamos caminado por sus calles, recorrido sus paisajes, conocido su cultura y aprendido de su historia. Ahora simplemente se materializaba como un sueño anhelado que se concretaba ante nuestros ojos.
Y, por supuesto, en la medida en que se nos aproxima la fecha del viaje, la excitación nos crece en proporción directa. Patita casi siempre empaca y desempaca las maletas más de una vez; saca una blusa de manga corta para reemplazarla por una de manga larga según varia el pronóstico del tiempo en el lugar a visitar; luego cierra las maletas, las pesa meticulosamente, las abre por enésima vez, las rellena con más indumentaria, las vuelve a pesar y al final, la noche anterior, por si las dudas, saca todo el contenido como poseída por un frenesí intenso que no la deja estarse quieta y las reempaca, las vuelve a pesar y solo unas horas antes del viaje se tumba en la cama a tratar de dormir. Yo hago lo mismo con mi equipaje fotográfico; (sin la intensidad de ella, por supuesto) reviso la cámara, limpio los lentes, empaco las tarjetas de memoria, recargo las baterías, vuelvo y reviso, selecciono los cables, empaco el trípode y de nuevo reviso todo antes de acostarme.
Patita es un caso aparte, se transforma, le brillan los ojos, la agitación la invade. Compara aerolíneas, busca rutas alternativas, abarata costos en los tiquetes de vuelo, cambia destinos, agrega otros, se acelera, sueña, imagina, se transporta, se ríe, me abraza, me mira con complicidad y me dice: —¡Nos fuimos de nuevo, qué locos! -la retengo en mis brazos para decirle: -es la hodofilia; me interroga abriendo los ojazos inquisitivos que posee, -es el deseo incontrolable por viajar, por recorrer el mundo, es parte de lo que hacemos ahora mi vida, -le aclaro.
Verla poseída por ese anhelo de peregrinaje, de caminar por el mundo, de llegar a destinos lejanos, inimaginados y recreados solo en nuestra mente la rejuvenece; los dolores se le desaparecen, los males se le esfuman, es medicinal, es mágico: ¡es el elixir de la eterna juventud!
No sé realmente cuándo comenzó esta adicción a explorar el mundo. Tal vez cuando le perdimos el miedo a transitar solos por los caminos de la tierra, no tengo una fecha exacta. Fue un proceso que se dio con el primer peregrinaje, el cual emprendimos con el nerviosismo habitual de los primerizos. Nos aterraban los costos, nos atemorizaba la inseguridad, el hospedaje, la comida, la comunicación, el cambio de moneda; tal vez el miedo ancestral que tenemos los humanos a lo desconocido, a lo diferente, a lo raro.
Pero como el niño parado frente a la piscina, que tiene miedo de saltar por primera vez, se atemoriza, duda y se paraliza, más sin embargo apenas domine el miedo y salte, se dará cuenta de que lo disfruta y al final del día no habrá quien lo saque del agua por lo feliz y porque descubrió un placer que desconocía.
Eso nos pasó, dimos el primer paso y descubrimos que ese primer andar era solo el comienzo de una infinidad de caminos que teníamos por recorrer, por explorar y disfrutar.
Por eso, Patita en el vuelo de regreso, aun sin haber llegado a casa, ya me muestra nuevos destinos, nuevos retos, nuevas aventuras y yo, que veo en la distancia que el tiempo se me acorta, me calzo de nuevo las polvorientas y desgastadas botas viajeras, me tercio el morral en la espalda, alisto la cámara fotográfica y comienzo a caminar a su lado para vivir nuevas y excitantes experiencias descubriendo nuevos horizontes.

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