Acerca de la sobre valorada belleza
Salió desnuda de la ducha, sin importarle el agua que le escurría por el cuerpo y empozaba el piso; se paró frente al espejo, se auscultó detenidamente. Estaba en los cuarenta; el hijo que había parido le dejó estrías en los pechos, el bajo abdomen y las caderas. Era la triste imagen que el bruñido espejo le devolvía. De joven, su delgada contextura le hacía resaltar las nalgas, que, redondeadas y firmes, sobresalían al final de la espalda. Ahora, el implacable Dios Cronos le abultaba el cuerpo, le crecía el abdomen; y las piernas, otrora delgadas y firmes, se ajamonaron adquiriendo volumen y flacidez.
La piel, trigueña y bronceada, perdía brillo. Tomó sus pechos con las manos y los sopesó; los notó descolgados, flácidos. Con un gesto de tristeza y decepción giró suavemente el cuerpo hasta quedar de espaldas al espejo. La húmeda cabellera negra, adherida a su espalda, chorreaba agua que descendía en surcos por la hendidura de la columna vertebral, llegando a los glúteos, donde el transparente hilito se bifurcaba para sortear los múltiples hoyuelos que se le habían formado en las nalgas y seguir descendiendo por las piernas hasta el suelo; y hasta el suelo persiguió con la mirada el hilito de agua que bajaba, al tiempo que escaneaba su cuerpo con análisis crítico, con rabia, con frustración y vergüenza de si misma.
El desconsuelo se apoderaba de ella. Recién divorciada, sola, con un hijo a cuestas —pensaba para sus adentros—, no puedo verme así. Tengo que lucir atractiva; aún estoy joven, necesito un compañero para salir adelante. Además, cavilaba, al secarse lentamente con la toalla —mis amigas lucen mejor que yo, soy el hazmerreír en las redes sociales, tengo que hacer algo, no aguanto esta vida tan deprimente—.
Se vistió apresuradamente con lo primero que encontró: un jean azul raído y arrugado que estaba en el suelo y la camisa con la que había dormido la noche anterior. Sabía que estaba descuidando su apariencia física y que se alimentaba mal. Simplemente no tenía fuerza de voluntad para cambiar. Salió a la salita del pequeño apartamento donde vivía, acomodó un poco el desorden, corrió la cortina que dividía la sala de su lugar de trabajo y se sentó a esperar a la primera clienta del día para hacerle la manicure y pedicure.
Mientras permanecía sentada, dejó volar la imaginación; se vio bella, en un bikini diminuto, caminando por la playa, siendo la envidia de sus amigas al pasar y el deleite de los hombres que la observaban contonearse. Cerró los ojos para seguir soñando despierta, pero un sacudón la devolvió a la cruda realidad: era su hijo; le reclamaba el desayuno. Se levantó enfadada, encaminó los pasos hacia la cocina; mientras avanzaba, apartó con los pies los zapatos y los juguetes esparcidos por el suelo para evitar caerse. En el lavaplatos encontró un tazón aún con sobras de la noche anterior, lo lavó, le vertió leche para luego esparcirle los últimos vestigios de una caja de cereal, llamó a su hijo para que desayunara, le prendió el televisor para entretenerlo mientras atendía a la clienta que en ese momento tocaba la puerta.
El día se le fue rápido; recibió cinco clientas, dos le cancelaron, la última ni llamó para decir que no iba. Se recogió el cabello desordenado en una moña, salió con su hijo de compras al supermercado. Afortunadamente, el local estaba a tres cuadras del apartamento. Vivía una situación económica muy precaria, no tenía carro, no tenía comedor, las clientas eran pocas y su autoestima día a día se hundía más en el suelo.
Esa noche, antes de dormirse, recostada en la cama, sin sueño, revisaba las redes sociales, brincando de un sitio a otro sin interés particular. Paradójicamente no soñaba ni se ilusionaba con salir de sus afugias económicas; —Dios proveerá— era su decir ante los malos momentos. No buscaba más clientas, tampoco buscaba más ingresos, no aspiraba a comprar un carro, ni a llenar la despensa de comida para alimentar mejor a su hijo, ni para vestirlo adecuadamente. Esas nimiedades no la trasnochaban. Además, su hijo tenía un padre que debía meterse la mano al bolsillo para colaborar en la crianza.
La atormentaba, la desesperaba su decadencia física; aborrecía la imagen que el espejo le devolvía en las mañanas, al salir del baño. No se toleraba a sí misma, no quería a la persona en la que se había convertido con el paso de los años.
Justo antes de apagar el teléfono, una imagen le llamó la atención; una mujer testimoniaba cómo su vida se había transformado positivamente al someterse a la intervención quirúrgica de levantamiento de senos y firmeza de glúteos. Ahora era exitosa, triunfaba en los negocios y tenía pretendientes a los que escoger y desechar. No se despegó de la pantalla del teléfono hasta altas horas de la madrugada, viendo testimonios, comparando clínicas, revisando costos y sopesando opciones. Una y otra vez miraba la foto del antes y después superponiendo mentalmente su rostro al de ese cuerpo mientras por dentro se le crecía, se le agigantaba en el pecho el deseo de ser ella, de creer que este sería su testimonio en un futuro no muy lejano.
A diferencia de los días anteriores, se levantó alegre, motivada e ilusionada. En su cabeza revoloteaban ideas, unas fantasiosas y otras, en menor escala creíbles de cómo se levantaría el dinero de la intervención, para elevar autoestima, culo y tetas. Comenzaría por cortar gastos; realmente eran muy pocos, pero ayudarían. Las clases de inglés serían eliminadas. Para qué le servirían si su clientela era casi toda latina y además, un buen cuerpo abre las puertas donde sea, no era sino vestirse mostroncita, y ya, el mundo sería suyo, -pan comido-, pensó.
No contenía su excitación, una febril emoción le recorría el cuerpo, tan es así que en varias ocasiones pintó con esmalte uñas y dedos de algunas de sus clientas. No bien terminó la última cita del día, se dedicó en cuerpo y alma a revisar tarjetas de crédito para saber exactamente de cuánto dinero dispondría. Aplicó a otras tarjetas, de las muchas que le llegaban por correo y rechazaba para no endeudarse. Llamó a una de las clínicas que le parecía más confiable y concretó una cita.
La siguiente semana, entre nerviosa y excitada, llegó temprano al centro de estética para una evaluación. Apenas cruzó el umbral de la puerta, se sintió en el paraíso. Todas, pero todas, desde la recepcionista hasta la que repartía los tintos, incluyendo la del aseo, tenían unos cuerpos espectaculares. Cejas, ojos, bocas, papadas, pechos, estómagos, nalgas y siga bajando por esos cuerpecitos hasta llegar a los pies, no había un solo lugar en esos maniquíes andantes donde el doctor no hubiese estirado piel, aplicado bótox o hundido el bisturí.
Ella, tímida, acomplejada, avergonzada de su cuerpo natural y sin remiendos, se dejó hacer. La desnudaron, la midieron, la auscultaron, la palparon, la marcaron como se marca una res para seleccionar las partes más jugosas de sus carnes. Luego, con la estudiada amabilidad de las azafatas de primera clase, la condujeron, entre risitas y promesas, a la oficina del doctor para la estocada final.
El doctor, envolvente como un encantador de serpientes, simpático, afectuoso y bien parecido, la trató como si la conociera de toda la vida. La tuteo, bromeo, gesticulo, manoteo, camino alrededor de ella cual hipnotizador de prestigio y luego mirándola de frente le paso el lapicero para que firmara. Claudicó; firmó y firmó documentos sin leer, hoja que le pasaban firmaba, solo con la promesa de que al salir de la clínica después de la cirugía sería una mujer renacida, que con luz propia encandilaría al mundo por su belleza, por su esplendor, por su magnificencia. No lo podía creer, su sueño se estaba haciendo realidad.
Cuando llegó al apartamento, despertó del estado hipnótico en el que se encontraba; el cerebro dejó de segregar dopamina y la euforia desapareció por el peso de la deuda y el compromiso que había adquirido. Las tarjetas cubrían el monto de la operación, pero, y después, cómo, de dónde carajos pagaría esas cuotas mensuales tan altas. —Mi diosito proveerá— se dijo, se insistió, se repitió y con ese mantra se quedó dormida.
Se despertó a medianoche empapada en sudor, tiritando de frío o de nervios, no lo precisaba; se tomó la temperatura de todos modos para cerciorarse. Estaba normal, respiró tranquila, pero en ese instante le llegó al cerebro como una ráfaga de viento helado el preciso momento en que firmaba los documentos, uno tras otro, sin leer, sin saber, sin pensar, solo con el febril e irracional impulso de ser bella, de ser joven otra vez, de no caer en desuso; volvió a tiritar de nervios, de pánico.
Se desveló, no pudo conciliar el sueño. Los matutinos rayos del sol entraron por la ventana anunciándole que tenía otro día por delante. La euforia y la excitación de los días anteriores a la cita habían desaparecido; un amargor en la boca, una resequedad al salivar y un vacío en el estómago la perseguían a cada segundo. Trató, en un leve impulso, de tomar el teléfono y cancelar la cirugía, pero en su mente iban y venían las enfermeras y el personal del centro de estética, desfilando delante de ella, exhibiendo sus artificiales curvas, sus redondeces ficticias y sus pechos sintéticos desafiando la gravedad y la naturalidad. Invitándola a pasar, a seguirlas por el pasillo, a ser como ellas, a ser feliz y dichosa; soltó el teléfono y se dirigió a la salita a esperar clientas.
Se sumergió, en los espacios libres mientras esperaba al siguiente turno a buscar en las redes sociales testimonios, reafirmando con fotos de antes y después que la decisión tomada era la correcta, que no estaba siendo egoísta al invertir ese montón de plata en ella y no en su hijo, descuidando la economía del precario hogar.
Leyó artículos de belleza, de estética, revisó por enésima vez los testimonios de la clínica, los comentarios, releyó la biografía de los doctores, los videos de las clientas agradecidas y satisfechas, se dio ánimos, proyectó su imagen al futuro; bella, hermosa, despampanante, vislumbró las caras de sus amigas verdes de la envidia y hasta creyó escuchar los piropos que los hombres le susurraban al pasar; con eso le basto para saber que era la decisión correcta, -inclusive; sin exagerar, aseveró que era la más importante y mejor decisión que había tomado a lo largo de toda su vida-. Durmió esa noche a pierna suelta. La vanidad había triunfado sobre la cordura.
El día señalado, salió de madrugada, aún no clareaba; dejó al niño dormido, le dio un beso en la frente, se lo encomendó a una vecina y salió del apartamento. De pronto, mientras bajaba las escaleras hacia el parqueo, sintió un sobresalto. Un presentimiento, un pensamiento fatalista, un que tal si…, si le pasara algo, si se complicara la cirugía, si no despertara de la anestesia. Reversó los pasos y entró nuevamente al cuarto, abrazó a su hijo, lo apretó contra su pecho, lo llenó de besos, le prometió volver, cuidar de él, estar a su lado por siempre. Lo soltó suavemente; él, adormilado, se arrellenó en la cama, abrazó la almohada y siguió durmiendo.
Tardó unos minutos en reconocer dónde estaba, el cuarto era blanco inmaculado, intentó incorporarse, un dolor agudo en la espalda y el pecho la retuvo. En ese momento entraron dos supermodelos que resultaron ser las enfermeras de recuperación. Le indicaron, como recitando un poema infantil, a dúo y en voz cantarina el procedimiento a seguir para el cuidado y el método establecido para una perfecta mejora. Maquillados los cuerpos, maquilladas las voces, salieron del cuarto, así como entraron, glamorosas y suspendidas en el tiempo.
Todo había sido tan rápido que pensó que aún estaba esperando para ser operada, solo el dolor le confirmaba que ya la habían intervenido quirúrgicamente. A sus espaldas escuchó una voz varonil que en tono eufórico le decía: —¿Cómo te sientes, mi princesa bella? ¿Ya se nos despertó la preciosura? — Era el doctor que venía a hacerle un último chequeo para darle de alta y mandarla a casa. Le dijo que la cirugía había sido exitosa, que había quedado con un cuerpo de quinceañera, que no se iba a reconocer en el espejo, le acomodo el pelo que le caía en el rostro, le hizo una leve caricia en la mejilla y le prometió verla en dos semanas, no sin antes decirle con ademanes proféticos que no la iba a reconocer cuando entrara por la puerta del consultorio de lo transformada y bella que estaría.
Sentada en la salita, mientras esperaba a la siguiente clienta, miraba a su alrededor; habían pasado tres meses desde la cirugía. Aún le faltaba el comedor; los juguetes y los zapatos seguían esparcidos por el piso, las afugias continuaban, el trabajo escaseaba y las deudas la agobiaban. Las tetas, erguidas y turgentes, eran la admiración de las clientas, que muertas de envidia las palpaban y tocaban para sentir su dureza y redondez. El redondo culo no se quedaba atrás, pues se levantaba del taburete en el que trabajaba y giraba sobre si misma para que lo admiraran las mismas clientas que como Santo Tomas de Aquino tenían que tocar para creer.
Solo en las mañanas, cuando salía de la ducha chorreando agua, se deleitaba frente al espejo, se admiraba, giraba en un solo pie como bailarina de ballet apreciando su desnudez desde todos los ángulos. Tal como lo deseo las tetas y el culo se habían elevado, solo que, y ahora lo vislumbraba claramente, con eso no bastaba para dejar su miseria, para soltar las amarras que la ataban a la pobreza; entendió que se necesitaba mas que belleza para triunfar, captó que el sentido común, el estudio y un mínimo de inteligencia eran los ingredientes necesarios para avanzar en la vida y que después combinando bien esos elementos la autoestima y el éxito llegarían por si solos, no con un bisturí, ni en un centro de estética.

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