Un Héroe Anónimo
Así como los sacerdotes consagraban su vida al servicio de Dios, él la había consagrado al servicio de la ciencia. Dos mundos opuestos que, como creyente, sabía surfear para no resbalar y hundirse en un mar de dudas.
Pero esta vez, recostado en las frías y blancas paredes del lavatorio, vacilaba. Su pericia, su destreza y la avanzada tecnología de la medicina habían sido inútiles, como inútiles serían los rezos que en estos momentos los familiares del paciente en la semioscuridad de la capilla del hospital imploraban en silencio, cada uno aferrado a sus plegarias como una tabla de salvación.
Hacia allá encaminaba sus pasos ahora, lentos, demorados, como queriendo nunca llegar a la capilla. No tenía palabras, no las encontraba y si las encontraba, no deseaba pronunciarlas. Llevaba una botella de agua en la mano para desbaratar el nudo en la garganta que sabía le atrancaría pronunciar la demoledora noticia. Había hecho este recorrido muchas veces, había dado la noticia otras más, pero cada vez el peso de la impotencia lo agobiaba, el esfuerzo lo hundía, la duda lo asaltaba.
Fuera quienes fueran los dolientes, no había palabras de consuelo, no había deidades que les dieran alivio, o una razón del por qué. La noticia, por más que tratara de suavizarla, golpeaba con la furia de un huracán. Él ahí, parado frente a los familiares, solo veía dolor y soledad. Sentía las angustiosas miradas implorando que les dijera que era mentira, que era un mal sueño, que todo estaba bien, que se estaba recuperando satisfactoriamente. Se sentía solo en esos momentos, como adherido al suelo sin poder moverse, desolado e insuficiente. Oía las voces lejanas, los llantos ausentes, como si estuviera en otro plano, en otra dimensión. Su mente se ausentaba para escapar del dolor, se aislaba como envuelto en una burbuja protectora en la que no entraba la amargura ni el duelo angustioso de los familiares. Así se protegía, pero no todas las veces; en ocasiones era tanta la carga emocional a su alrededor que la burbuja se desintegraba y todo ese tormento, esa congoja salía disparada como un enjambre de flechas a clavarse en su humanidad.
Amaba su profesión, de eso no había duda. En el quirófano lo daba todo, agotaba posibilidades. Era una lucha a muerte con la dama de la guadaña y sabía enfrentarla. Sus largos años de estudio, su experiencia, sus lecturas, investigaciones y fortaleza eran las armas que empleaba para arrebatarles de las huesudas manos a los pacientes que lograba salvar.
En esos momentos salía del quirófano triunfante, ansioso por dar la buena noticia. Aligeraba el paso. Ya le revoloteaban en la cabeza las frases de rigor que utilizaba: "La cirugía salió bien y el paciente está estable", "La operación fue un éxito y hemos logrado nuestros objetivos", "No hubo complicaciones, ya pasamos lo peor, ahora necesitamos que descanse y se recupere", o "Todo ha ido según lo planeado y estamos muy contentos con el resultado". Con sonrisa en los labios las pronunciaba. Recibía abrazos, escuchaba halagos; la esperanza y el triunfalismo reinaban en el ambiente y él se recargaba, se abastecía de combustible para poder avanzar en el mundo geriátrico que había escogido como especialidad. Se llenaba de satisfacción, como el soldado que da un parte a sus superiores de que no hubo bajas en el frente, que lograron contener al enemigo, que el invasor se retiró y que habían ganado esa batalla.
Conduciendo hacia la casa, repasaba mentalmente los acontecimientos del día. Estaba consciente de sobra de que lograr ganar una batalla no significaba ganar la guerra, pero era un bálsamo, una tregua en la lucha por sobrevivir, que él, como buen guerrero, sabía valorar y agradecer.
—Mañana será otro día—, pensó mientras abría la puerta de la casa y su pequeña hija salía corriendo a abrazarlo para preguntarle cómo había sido el día.

Impresionante realidad … los caminos se cruzan y se descruzan como en un telar de araña brillando a la luz del sol y la noche con las estrellas. Y ahí … Vamos, paso a paso descubriendo un nuevo amanecer 🌅
ResponderBorrar