Una diosa esculpida en oro — Confesiones de un fotógrafo en Nueva York (16/18)
Relato 16 de 18 · Ver índice de la serie
Era época de primeras comuniones, estábamos abarrotados de trabajo. llegaban las mamas elegantemente vestidas con sus hijos inmaculados, de blanco trajeados. Las niñas con sus vestidos vaporosos en seda y encaje. Todos caminando sobre nubes; puros, libres de pecado, impolutos. Entre risitas ahogadas y murmullos los muchachos iban pasando al frente con el cirio, el librito y la camándula a inmortalizar el breve instante en que la cámara detenía el tiempo y lo guardaba en una imagen.
Generalmente trabajábamos sábados y domingos para estas fotos. Era un interminable ir y venir de familias felices de que sus hijos hubiesen recibido el sacramento de la comunión, se respiraba espiritualidad en el ambiente. Los muchachos ese día tan especial no podían decir malas palabras ni mentir, tenían el cuerpo de cristo adentro representado en una oblea del tamaño de una moneda de un dólar.
Entre todas las familias que esperaban su turno para las fotos había una que cautivo mi curiosidad. Estaba compuesta de la mama y sus dos hijos, una parejita de una pulcritud y elegancia que resaltaban en el grupo. La mama, muy joven, no llegaba a los treinta. Bajita, cabello reducido muy rubio, casi blanco, cuerpo simétrico, bien proporcionado, tenía enclavados en su bello rostro un par de ojos verde esmeralda que le fulguraban al mirar. Supuse que era gringa, lo cual me sorprendió pues el estudio fotográfico estaba ubicado en el corazón de la comunidad colombiana de Queens, Jackson Heights. Pero más me sorprendió al hablarle y escuchar su acento colombianísimo, habían emigrado de Pereira unos cuantos años atrás, el esposo era sastre, trabajaba desde el apartamento, tenía sus buenos contratos con varias tiendas de ropa que lo mantenían muy ocupado, le daban para vivir sin que ella tuviera que trabajar.
Cuando le llegó el turno de las fotos y estuve muy cerca de ella acomodándola para las tomas no pude controlar mi nerviosismo ante la muñeca de porcelana que tenía enfrente. La piel y más que todo, sus brazos estaban cubiertos de sutiles vellos dorados que centelleaban al contacto de la luz de los reflectores. Se me despertó el sátiro y comenzó a planear la estrategia, sentí que el sátiro afilaba los colmillos y se relamía lúdicamente.
Después de terminar las fotos me ofrecí a llevarla a la casa, era domingo, el servicio público de transporte era lento. Los hijos iban sentados atrás en el carro muy calladitos y obedientes, ella a mi lado conversando desprevenidamente, yo urdiendo el impúdico plan que la llevaría a mis brazos. Llegamos, solo atiné a decirle que, si podía llamarla algún día para tomar un café, pues me había parecido una excelente mama, además, le recalqué; de ser una mujer muy bella y joven para tener esos hijos tan bien educados. Me miró detenidamente, por un momento me sumergí en el oceánico verde de sus ojos quedando hipnotizado. No sé si fue una milésima de segundo o una eternidad, pero luego sentí una mano en mi hombro que me sacudía del letargo diciéndome que sí.
Un día, de un invierno lluvioso, cubierto con una densa bruma que auguraba nieve salimos a tomar el supuesto café. La recogí a dos cuadras de su apartamento, me esperaba enfundada en un grueso abrigo de piel que solo le dejaba al descubierto el rostro. Me bajé del carro para abrirle la puerta y ayudarla a subir, le di un beso en la mejilla al saludarla, estaba helada, pero sentí la suavidad de su piel en mis labios, un delicioso perfume la envolvía. La calefacción del carro les devolvió el color a las mejillas, muy pronto estábamos charlando animadamente, poco a poco me fui ganando su confianza, se abrió a conversar. Hablaba con la cadencia afectuosa de las paisas, daba gusto escucharla. Llegamos a la cafetería, nos sentamos en un sillón grande y mullido, quedamos muy próximos el uno del otro. Entre el café y unos ricos croissants se nos fue el tiempo. Llego la hora de irnos y no había hecho ningún avance en mis obscenas intenciones. Nuevamente en el carro, le rocé la mano intencionalmente, se la sentí fría, comencé a frotársela con la disculpa de calentarla. No opuso resistencia, seguí friccionándola, luego puso la otra mano sobre la mía, seguimos así todo el tiempo que duró el trayecto. Al abrirle la puerta del carro y despedirnos me acerqué para desabrocharle el cinturón de seguridad, quede muy cerca de ella, gire el rostro para mirarla, me fui acercando y me deje hipnotizar por las dos esmeraldas que le centelleaban: la besé, la tibieza de nuestros labios nos hizo olvidar momentáneamente el gélido viento que entraba. Estaba sellado el próximo encuentro.
Fue la siguiente semana. La recogí en el mismo lugar, la nieve se había desplomado con toda su blancura sobre la ciudad, era bien temprano, las calles aún permanecían integras en su monocromía. Había dejado los niños en el colegio, el sastre estaba atareado, ella tenía tiempo hasta bien entrada la tarde. Encontramos un motel no muy lejos de su casa, entramos. La calefacción del cuarto se me entró en la piel, me quite el abrigo, ella se sentó en la cama frotándose las manos con nerviosismo. -No sé qué estoy haciendo aquí, agachó la cabeza y continúo diciendo, -nunca había hecho esto, le tape la boca con mi dedo en señal de silencio, no era el momento de hablar de culpas o remordimientos. La hice callar, la bese, la seguí besando hasta que se relajó, le bese la frente, los ojos, las mejillas. Nos levantamos de la cama, comencé a desvestirla paulatinamente mientras le besaba cada parte del cuerpo que desnudaba.
Quedo expuesta toda su dorada belleza al natural, y sí que era bella. La tenue luz de la única lampara que iluminaba el cuarto la semejaba a una estatuilla de oro con dos incrustaciones de esmeraldas en su cara. La tome en mis brazos, la levante, abrió las piernas, las atenazo sobre mis caderas, dejo caer su pequeña figura sobre mi solida virilidad, poco a poco la absorbió por completo. Caminé hacia la pared, la puse contra ella. Se aferraba a mi cuerpo con ansia, con desespero, como naufrago recién rescatado de las aguas me oprimía con todas sus fuerzas. Se contraía en movimientos ondulatorios y repetitivos que iban en aumento mientras yo, desbocado arremetía con fuertes estocadas. De pronto en un espasmo prolongado me dijo entre sollozos, - ¡llegueeé!!!, se descargó toda, soltó el cuerpo. La acarree cargada a la cama, nos tumbamos a recuperar fuerzas.
Aún era de mañana, nos quedaba toda la tarde para retozar. Me dediqué a recorrer sus caminos, a encumbrar sus colinas, a extraviarme en su frondosa madriguera, sus tiernas oquedades me recibieron húmedas y palpitantes de apetencia. Casi toda la tarde nos amamos hasta que el cansancio nos venció, dormimos un poco. Nos despertamos justo para vestirnos e ir corriendo a recoger a sus hijos. Al salir, el viento frío de invierno nos volvió a la realidad de nuestras vidas. En silencio la conduje hasta el parqueadero. Un leve sentimiento de culpabilidad la circundaba. La dejé rumiar sus culpas. ¿Un -nos volveremos a ver? ¡Y un -yo te llamo!, selló nuestra despedida.
Éramos dos personas adultas, estábamos en el motel porque ambos lo acordamos. Casi nunca les preguntaba a mis amantes el motivo de sus infidelidades. Aparentemente eran matrimonios estables, parejas jóvenes con hijos adorables. Porqué lo hacían y porqué lo seguirán haciendo no me incumbe. Creo que es la condición humana, somos inquietos, siempre estamos insatisfechos buscando algo o alguien que nos satisfaga, tal vez ansiosos de más creyendo que lo que tenemos no nos basta, en definitiva, somos polígamos y lo seguiremos siendo hasta que la libido nos lo permita.
Supuse que había sido un encuentro fortuito, pero como a los quince días me llamó para decirme que, si la podía recoger en el mismo sitio, le dije que sí. Nuestros encuentros duraron casi dos años, algunas veces íbamos a comer, otras a caminar por el Central Park como una pareja de enamorados sin hijos y sin nadie que nos esperará en casa. Era una fantasía, un mundo ilusorio que un día cualquiera se esfumó para nunca más volver.
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