La esposa del Traqueto — Confesiones de un fotógrafo en Nueva York (4/18)
Relato 4 de 18 · Ver índice de la serie
Tal vez en los 45 o más, un poco descuidada al vestir, sin maquillaje, cabello desordenado, cuerpo amorfo, entró directo al estudio y me llamó aparte, quería una consulta en privado. El marido estaba en la cárcel, llevaba tres años e iba para largo tiempo, le había pedido unas fotos muy discretas, buscaba quien se las tomara y le entregara los negativos, las quería ese mismo día, me recalcó. No me explicó muy claramente que tipo de fotos requería, pero después de firmar el contrato bajamos al sótano.
Ya en el estudio sacó del bolso un collar en oro de cadena gruesa con un nombre enchapado en diamantes y lo puso encima del escritorio. Lo tomé, era pesado, el nombre medía como 3 pulgadas de largo por media de alto. -Es el nombre de mi marido, - me dijo. Me levanté para buscar un lente macro que me permitiera enfocar de cerca el collar, pero ella me detuvo. -Las fotos son para el collar claro que sí, me dijo y prosiguió, -Él quiere que yo lo luzca sobre mi cuerpo desnudo. Ahí si llamó mi atención, la mire detenidamente, no logre descifrar que clase de cuerpo había debajo de esa holgada ropa que usaba, la invite a pasar al vestidor mientras adecuaba el estudio.
Salió descalza con una levantadora de tela suave que usualmente usaban las modelos para cubrirse mientras descansan entre las sesiones fotográficas, era corta, le llegaba más arriba de las rodillas como a medio muslo. La observe venir hacia mí; las piernas lucían cilíndricas, sin definición, parecía que hubiera estado un poco pasada de peso y que estuviera adelgazando pues se le notaba la piel fofa. En el centro del estudio tenía un diván, hacia allá nos dirigimos. trate de recostarla ahí para que posara sugestivamente con la levantadora a medio abrir mostrando partes del cuerpo, pero ella se la quitó, se tendió en el diván, entreabrió las piernas, se puso el collar en medio con el nombre cubriéndole el sexo diciéndome: -así quiere las fotos mi marido, y separando con los dedos el espeso vello púbico que tenía acomodó mejor el collar, - Hágale con las fotos, aseveró nuevamente.
Como dije antes su cuerpo era blando, los pechos flácidos y alargados, el estómago algo abultado, con una visible cicatriz que semejaba una cesárea, no era para nada atrayente, pero así la quería el marido, así quería las fotos para soportar las largas noches de insomnio en la lúgubre celda en la que estaba confinado.
Fueron muchas fotos con el collar de protagonista: enredado en los pechos, con las manos sujetándolos para abultarlos y hacerlos más deseables, en la boca mordiéndolo provocativamente, lamiéndolo lascivamente, apretado entre las piernas, boca abajo empinando los glúteos con el collar en medio. En un momento dado en que se apretaba el collar con tanta fuerza sobre su sexo comenzó a moverse rítmicamente haciéndome suponer que tendría un orgasmo ahí mismo, pero abrió los ojos, me miró, se relajó. Al final de la sesión no quería ni tocar el collar porque el nombrecito había estado en cuanto agujero cabía perdiendo su brillo original.
Terminamos, quedo contenta; me repetía una y otra vez lo feliz que se pondría su marido al recibir las fotos. Estuvo pendiente de que le entregara los negativos, se llevó todo, se despidió no sin antes agradecerme la discreción. Al irse bajé al estudio, me puse a repasar las copias extras de las fotos que había hecho para mi colección privada.
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