La viuda negra, masajista — Confesiones de un fotógrafo en Nueva York (14/18)
Relato 14 de 18 · Ver índice de la serie
En una panadería la conocí. Venia del entierro del esposo, andaba con la hija y el yerno. Era negra y vestía toda de negro. De edad indefinida. Alta, espigada, cabello cortado a lo militar, labios gruesos siempre sonrientes, ojos vivarachos y coquetos. Atrás tenía pegadas dos esferas con movimiento propio, que, al caminar, pareciera que fueran a caer al piso y salir rebotando. Tropezamos de casualidad y después de las disculpas entablamos conversación. Estaba estrenando viudez. No la noté afligida, tal vez se había quitado una carga de encima de un mal matrimonio a cuestas. Lo cierto es que era masajista y tenía un pequeño negocio en casa con máquinas de ejercicio, planes de dieta y adelgazamiento con vendajes y demás servicios. Intercambiamos tarjetas de negocio y quede de pasar para un masaje. Hasta ahí, todo bien, había que respetarle el luto, así que archive la tarjeta y me olvide.
Pasados unos días fue ella la que me llamó, que tenía un cupo disponible para por la tarde que, si podía ir, le dije que sí. Tenía rentado todo un segundo piso de una vieja casona en Jackson Heights. Un espacio amplio con máquinas para ejercicios, cuarto de sauna, bañera para hidromasajes y en un costado la camilla para los masajes. -Hola caleñito,- me dijo efusivamente pasándome una toalla pequeña, e indicándome el baño remató: -allá te puedes cambiar o duchar, sal sólo con la toalla. - Fui al baño y me desnudé, salí con la toallita. Me acosté en la tabla de masajes, era acolchonado con una abertura en la parte superior para descansar la cabeza y poder respirar, la cubría una funda de tela. -Ya regreso, relájate, - me dijo sobándome la cabeza. Vestía una trusa de lycra negra pegada al cuerpo que le resaltaba las redondeces y la firmeza de sus músculos, remataba con una pequeña camiseta de franela que le dejaba al descubierto el abdomen: simétrico y sin ningún gramo de grasa. Un estado físico bárbaro.
Bajó la tonalidad de la luz, puso música relajante, encendió incienso: el ambiente perfecto para un masaje… o para dos amantes, pensé para mis adentros. Toda una profesional con las manos. las deslizaba con una maestría por mi cuerpo que realmente me estaba abandonando al sueño, presionaba donde encontraba puntos de tensión, aflojaba en otros. hablaba suave, reía mucho, me contagiaba de su euforia. Cuando me puse boca arriba con la mínima toallita cubriendo mi virilidad, la aprecié en todo su esplendor, sudorosa acariciándome con sus manos mágicas, reaccioné involuntariamente con un abultamiento. Soltó una carcajada y acomodándome la toalla para que no se escurriera dijo: -Tranquilo caleñito, eso es normal, estas vivo. - -Vivo no!,- le contesté, -estoy muerto por ese culo tan bello que desde que llegué me tiene enfermo! y diciendo esto me incorporé para sentarme en la camilla. La toallita cayó al suelo, abrí las piernas, la traje hacia mí para aprisionarla y besarla. No reaccionó al instante, se dejó atraer y besar, pero después se soltó. -Que haces caleñito, respeta mi dolor de viuda. - dijo mientras se llevaba las manos a la boca en señal de asombro. No le solté la cintura, bajé las manos y por dentro de la trusa le apreté las redondas y macizas esferas. La pegué más a mi cuerpo. mis manos se deslizaron por las nalgas, estaba empapadas de sudor, eso robusteció mi masculinidad, le busqué la cara para besarla otra vez, se la descubrió y me ofreció los carnosos y oscuros labios para mi deleite. Espera me dijo zafándose de mi abrazo. -Voy a cerrar la puerta por si alguien viene.
Llegó hacia mí, la desnude. Era una escultural morena tallada en bronce, lubricada con el aceite de su transpiración, la acosté en la camilla, era mi turno de recorrerla, de saborearla con mis manos, con la boca, con mis ansias de arriba a abajo. No quedo cavidad sin degustar ni cima sin escalar. Tensaba el cuerpo arqueando la espalda al contacto de mi desaforado paso por su piel. Me senté en el suelo, se sentó sobre mi atenazando las piernas en mi espalda. Ardíamos en calor, hervíamos en deseo, resbalaban nuestros cuerpos, nos bebíamos nuestras secreciones, acompasados nos movíamos acelerando el ritmo y en un centrifugado mover de caderas estalle como un volcán dentro de ella inundándola de lava y ella rebosada de gozo se desbordo y me bañó con su naturaleza.
Fue una de mis mejores y más abnegadas amantes, una VIP, se entregó en cuerpo y alma a complacerme, a deleitarme con sus artes amatorias, siempre me buscaba, siempre se me aparecía dispuesta a entregarse toda sin importar el lugar. Por aquella época ya estaba dejando la fotografía para dedicarme a las artes gráficas y la publicidad. Tenía rentada una oficina en un segundo piso y trabajaba hasta muy entrada la noche en la computadora. Ella se me aparecía. En los inviernos más fríos llegaba a media noche sin avisar. Subía las escaleras, entraba envuelta en un pesado abrigo de piel, casi siempre llevaba una botella de Vodka y jugo de naranja, servía dos vasos con hielo, se paraba frente a mí, se abría el largo abrigo. Venia completamente desnuda, lo dejaba caer en el piso y sobre el comenzaba el desenfreno. Hasta el amanecer rendíamos homenaje al dios Baco y a la diosa Eros, luego, antes de clarear, le pedía un taxi, desaparecía escaleras abajo.
Así duramos unos cuantos años. -Mi caleñito mal agradecido, - me decía cuando pasaba el tiempo y no la llamaba. Pero el caleñito era una hoja al viento y siempre llegaban vientos que soplaban en otras direcciones cada vez más lejos. Así fue, un día el caleñito Voló para nunca más volver.
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