La estudiante gringa — Confesiones de un fotógrafo en Nueva York (2/18)
Relato 2 de 18 · Ver índice de la serie
Un día cualquiera pasó por el estudio para hacerme una propuesta: era estudiante de fotografía, quería hacer su práctica en el cuarto oscuro con el revelado de fotos y la impresión de imágenes en blanco y negro. Si le permitía hacerlo, a cambio me colaboraba en el estudio como empleada de medio tiempo. -“Good deal”, le dije.
Muy joven, delgada, pecosa con una rojiza cabellera abundante y ensortijada, de cara traviesa, movimientos ligeros, muy pronto se convirtió en una ayudante eficiente, además me agradaba ser su tutor. Casi siempre entrábamos juntos al cuarto oscuro, casi que a tientas hacíamos todo. El cuarto en sí era un recinto cuadrado pintado de negro en su totalidad, con mesas adheridas a las paredes donde estaban las ampliadoras para proyectar los negativos, las cubetas de revelado, un grifo para lavar los implementos, estanterías con químicos y abundante papel fotográfico sensible a la luz que solo se podía manipular en la oscuridad o a veces con ayuda de una débil luz roja que no los alteraba. No era muy espacioso, tal vez de 24x24 pies, así que en más de una ocasión al caminar nos rozábamos o nos encontrábamos frente a frente tan cerca que percibíamos nuestra respiración. Sentir su frágil cuerpo, friccionarlo, apartarlo suavemente para no chocar despertó nuevamente el demonio de la carne, mi sátiro de la lujuria.
La gringa, a pesar de su juventud, tal vez 22 años, ya estaba casada con un gringo también muy joven, pálido y desteñido como ella; llevaban como un año de convivencia. De vez en cuando el gringuito venía a esperarla al final del día para irse juntos.
Una tarde, casi que, al terminar la jornada, mientras el gringuito la esperaba arriba, nosotros seguíamos en el cuarto oscuro apurados para revelar e imprimir unas fotos, ella me ayudaba con el revelado mientras yo alistaba el papel fotográfico y adecuaba la ampliadora para imprimirlas. En un momento al pasar muy cerca nos apretujamos tanto que quedamos casi que abrazados. El sátiro me alertó, la libido se me disparó. Quedamos unidos, la rodeé con mis brazos buscando instintivamente besarla, me abrazó también, levantó su cara ofreciéndome la boca. Fue un beso intenso, largo; temblaba, se estremecía en pequeños espasmos; me agrado percibir ese frágil cuerpo adherido a mí, ansiosa, entregada. Entrelacé mis dedos en su pelo, le besé el cuello al tiempo que la mordisqueaba suavemente. Sus manos buscaban frenéticamente la correa de mi pantalón para desabrocharla. De pronto se soltó y me dijo: -Can I?, y se fue inclinando. Le permití hincarse sin contestarle; enredando su pelo entre mis manos la ayudé a bajar. A tientas, en oscuras, entre suspiros y gemidos se deleitó y atragantó.
Casi siempre, a partir de ahí nuestros encuentros fueron en el estudio, en la cómplice oscuridad del cuarto, sin preámbulos nos entregábamos a un disfrute silencioso de risas ahogadas y suspiros entrecortados, a la escucha de algún sonido fuera del cuarto oscuro que nos indicara la presencia de alguien. Y también casi siempre el joven esposo la esperaba pacientemente para irse juntos a casa.
Una tarde después de salir del cuarto oscuro extenuados y sudorosos me dijo a boca de jarro que había decidido embarazarse. Sorprendido trate de persuadirla, me dejo balbucear razones para disuadirla de esa locura, después soltó una carcajada; entre risas me explicó que era cuestión de ella y su esposo, que estaban pensando en un hijo así que nuestra relación se terminaba, dejaba de venir al estudio, pero, me recalcó, el fin de semana iba a estar sola en el apartamento, quería que fuera para despedirnos.
Mientras viajaba en el tren para llegar a su apartamento en El Bronx, meditaba a cerca del susto que me había hecho pasar con lo del hijo, desde ya sentía nostalgia de no volver a verla. Me abrió la puerta con una túnica larga en seda negra, estaba radiante, la ensortijada cabellera rojiza la tenía suelta sobre los hombros, las esmeraldas que tenía por ojos le brillaban expectantes, me ofreció su boca como la primera vez y como la primera vez se estremeció y tembló. Llegamos al cuarto, suavemente se desprendió de mí, dio unos pasos hacia atrás y dejó caer la túnica al suelo. Que espectáculo, aun cierro los ojos, la viva imagen llega a mí a pesar de que han pasado más de 30 años. Vestía lencería en negro, altos tacones de charol, medias oscuras veladas, ligueros. Un corpiño con escote pronunciado le resaltaba los anacarados pechos, la piel le contrastaba con las rojas llamas de la cabellera, el rizado y escarlata monte venusiano semejaba una fresa madura sobre una cremosa copa.
Delicada y frágil, pero con ganas de experimentar la fiereza pasional del “Latin Lover”, se entregó con curiosidad a explorarlo todo, a sentirlo todo. Pareciera que había visto antes algunas películas porno porque se sobreactuaba en poses y gemidos. De a pocos le fui encendiendo la piel, y con naturalidad se fue entregando a un goce y un deleite que la llevaron a alturas insospechadas de disfrute. Me bebí sus mieles, se bebió mis jugos. Juntos y acoplados descargamos nuestra naturaleza en un grito primitivo de placer.
Salí muy tarde en la noche del apartamento, iba extenuado. Fue la primera y la última vez que la luz radiante del día nos permitía gozar de nuestros cuerpos. Sumergirme en el verde manantial de sus ojos cada vez que la besaba, deleitarme con la roja gruta de su sexo y verla y apreciarla arrobado de placer. Sólo me quedó el recuerdo que el tiempo y otros amores se encargaron de sepultar hasta ahora que lo desenterré.
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