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La piña (casos de la vida real)

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  A través de los ventanales de la oficina la vi moverse de un lado a otro por la acera del frente, como buscando una dirección. Llevaba una piña en la mano. Cuando por fin descubrió nuestra oficina, una sonrisa sospechosa se dibujó en sus labios y cruzó la calle con paso decidido. Mientras se acercaba, tuve tiempo de observarla. Debía rondar los cincuenta y cinco años. Era rubia, delgada, de elegante figura, vestida con un conjunto de lino blanco color crudo que ondeaba suavemente con la brisa. Su rostro, sin maquillaje, dejaba ver unas facciones finas y una piel madura que irradiaba seguridad y una jovialidad difícil de explicar. Entró riéndose, saludando con la mano que tenía libre, mientras con la otra sujetaba la piña contra su pecho. —Hola, soy Jane, la dueña de la tienda de juguetes sexuales para adultos. Se dirigía a mí. Le tendí la mano para saludarla. Su mano era suave, delgada y cálida. Intenté retirarla enseguida, pero ella prolongó el apretón unos segundos más, clavand...

Apología de la abundancia

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  Donde quedó el gusto por la redondez, por la curvatura perfecta de unas caderas contoneándose lascivamente al pasar por tu lado, por la esfericidad de un cuerpo que camina con soltura, por la turgencia de unos pechos voluptuosos, prontos a escaparse de la cárcel del brasier ajustado; por la combadura de unos muslos desafiantes y provocadores al caminar. Se nos perdió el apetito por la carne (el vegetarianismo llegó hasta el sexo); la abundante voluminosidad de las opulentas es motivo de vergüenza. El ostracismo las relega al rincón menos luminoso y escondido del bar, de la reunión o de cualquier evento social; por vergüenza, por discriminación, por no encajar en los famélicos moldes estéticos del presente. La placentera y lujuriosa compañía de un exuberante cuerpo ya no es sinónimo de orgullo ni de placer; es crítica, es murmullo al pasar, es la lastimera frase de “pobrecita” , es la mirada de conmiseración, lanzada por unos segundos al paciente diagnosticado con una enfermedad c...

Reflexiones

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  Es tan bello, tan hermosamente increíble hacer el amor con la persona que amamos, la cual deseamos con cada átomo de nuestro cuerpo; en la que creemos que sin ella no podríamos vivir, ni respirar un segundo en la vida; y es que no entiendo a los moralistas, a los religiosamente adoctrinados, que fieles a unos preceptos anacrónicos y antinaturales se aferran a mutilarle al cuerpo su natural necesidad de sentir, de desear; a cercenar el placer, el gusto del contacto físico, del beso, de la caricia, de la copula.   Y que no me vengan a decir que el sexo antes del matrimonio es “pecado” y que las mujeres quedaran deshonradas y que nunca jamás ningún hombre se fijara en ellas con buenas intenciones por que han perdido su virginidad y que su cuerpo ha sido mancillado y que no merecen que alguien las respete y las ame. Juzgar y condenarlas al ostracismo es demeritar su valía por el simple hecho de no tener el himen intacto, es degradarlas a un nivel muy inferior al de los anima...

Palabras sueltas

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  EN MI MENTE (In memory of Charles Goldstein) En mi mente señora he escalado sus turgentes y altas cimas, me he sumergido y extraviado en sus hondonadas. Sediento he bebido de sus humedales para después exhausto y durmiendo, no querer despertar de esta quimera nunca, jamás!   En mi mente señora han rozado su piel mis manos febriles, sus carnes mi ardiente y golosa boca han saboreado. Mi imaginación las fantasías más eróticas ha recreado, y mi lengua… ansiosa y certera ha vencido su pudor, encendiendo candiles. Le advierto señora; no lea esto porque el fuego de mi pasión quema, que, como hierro candente su piel quedara tatuada con mi impronta. Porque tengo manos de artesano y curiosidad de explorador. Además, no le digo en vano señora, que tal como es usted, siento atracción. Con su historial, con huellas de batallas en su corazón, en su piel,   tal vez con las alas rotas, pero con hambre y sed de lujuria, ¡llena de pasión! BREVE EN CUENTRO (To Alfred B.) Sin hipocresías ...

Subiendo tapias... bajando bragas.

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El muchacho del relato anterior, el fisgón, llegó con su historia a mi mente como un chispazo de creatividad, un golpe de imaginación, o tal vez un recuerdo olvidado de una vivencia remota. Lo cierto es, que puede que lo haya vivido o no, puede que lo narré mitad recuerdos y mitad ilusión. No sé, pero la historia como decía nuestro Gabo, no se cuenta tal cual como sucedieron los hechos, sino como uno la recuerda y la escribe, con sus lagunas de memoria y sus quimeras irrealizables. Por eso voy a crear un personaje, un muchacho picaresco y travieso, con una alta dosis de morbo juvenil e irreverencia para que sea el protagonista de mis fantasías eróticas, de mis recuerdos juveniles y así poder aquietar mi conciencia y la de mi esposa que cree, al leerme que fui un chico precoz y libidinoso que me dedique a asaltar camas, violentar cerraduras y abrir puertas. Edgitar, le voy a llamar. Ese día, muy al filo de la media noche, Edgitar se despertó, miró el relojito de mesa que tenía junto a l...