La piña (casos de la vida real)
A través de los ventanales de la oficina la vi moverse de un lado a otro por la acera del frente, como buscando una dirección. Llevaba una piña en la mano.
Cuando por fin descubrió nuestra oficina, una sonrisa sospechosa se dibujó en sus labios y cruzó la calle con paso decidido.
Mientras se acercaba, tuve tiempo de observarla. Debía rondar los cincuenta y cinco años. Era rubia, delgada, de elegante figura, vestida con un conjunto de lino blanco color crudo que ondeaba suavemente con la brisa. Su rostro, sin maquillaje, dejaba ver unas facciones finas y una piel madura que irradiaba seguridad y una jovialidad difícil de explicar.
Entró riéndose, saludando con la mano que tenía libre, mientras con la otra sujetaba la piña contra su pecho.
—Hola, soy Jane, la dueña de la tienda de juguetes sexuales para adultos.
Se dirigía a mí.
Le tendí la mano para saludarla. Su mano era suave, delgada y cálida. Intenté retirarla enseguida, pero ella prolongó el apretón unos segundos más, clavando en mí unos ojos azules de una profundidad desconcertante. Sentí una ligera incomodidad y, con una sonrisa forzada, conseguí soltarme.
Había venido a recoger un trabajo de imprenta que le habíamos realizado. Nos explicó que se había desorientado buscando la dirección, pero que finalmente había dado con la oficina. Aprovechó para decirnos que siempre quedaba muy satisfecha con nuestro trabajo.
Mientras conversábamos, señaló la enorme caja que estaba junto a la puerta.
—Es esa.
—Permítame. Está muy pesada; yo se la llevo hasta el carro.
—Sería un placer.
Me agaché para levantar la caja, pero antes de hacerlo volvió a detenerme.
Levantó la piña frente a mí.
—Antes…
La miré sin entender.
—¿Y eso?
Sonrió maliciosamente.
—Es una ofrenda de mi casa… de mi huerto. Le va a encantar. Es muy dulce.
La recibí con ambas manos.
—Muchas gracias. La voy a disfrutar.
Pero ella no la soltó.
Sus dedos permanecieron rozando los míos mientras decía con voz pausada:
—La cultivo sin pesticidas ni venenos. Puede comérsela con absoluta confianza. Se va a deleitar.
Asentí.
Casi por reflejo acerqué la fruta a mi nariz y aspiré profundamente su aroma.
Sus ojos se iluminaron de excitación.
—¡Ah!… Es de los que huelen la comida antes de saborearla. Eso es digno de un verdadero gourmet.
Entonces aflojó lentamente los dedos y me entregó por fin la piña.
En ese instante sentí un leve estremecimiento recorrer su cuerpo. Fue apenas un segundo, casi imperceptible, aunque la cercanía hizo imposible ignorarlo. Yo, ingenuamente, lo atribuí al entusiasmo con que hablaba.
Tomé la caja y la acompañé hasta el automóvil.
Durante el corto recorrido caminó a mi lado sonriendo de una forma que no lograba interpretar. Era una sonrisa parecida a la de quien guarda un secreto delicioso o anticipa un placer inminente.
Al despedirse volvió a insistir:
—No olvide que esa piña salió de mi huerto. No cualquiera tiene el privilegio de probarlas.
—Le prometo que la disfrutaré y luego la llamaré para contarle qué me pareció.
Ella sonrió una última vez, subió al vehículo y se marchó.
Regresé a la oficina sosteniendo la piña bajo el brazo.
Mi jefe y un compañero estaban doblados de la risa.
No podían hablar.
Me miraban, luego miraban la piña, y volvían a estallar en carcajadas.
—¿Qué les pasa?
Sin responderme, me sentaron frente al computador.
En la pantalla aparecía un artículo con un enorme titular:
“En el ámbito de los clubes swinger, que una mujer le regale una piña a un hombre funciona como una invitación directa o una señal explícita de interés. La piña es el símbolo internacional de esta comunidad para denotar apertura al intercambio de parejas o juegos en grupo de erotismo y sexo”.
Leí el texto dos veces.
Sentí cómo el calor me subía desde el cuello hasta las orejas.
Mis compañeros seguían riéndose.
Uno de ellos me dio un codazo y preguntó entre carcajadas:
—¿No sabes lo que significa una piña para cierta gente?
El otro añadió:
—Y tú no solo la recibiste… ¡la oliste! Eso ya parece aceptación con ceremonia de bienvenida incluida.
Los dos estallaron nuevamente en risas.
Tomaron la piña, comenzaron a abrazarla, a darle besitos y hasta a mordisquearle las hojas como si fuera el trofeo de la oficina.
Balbuceé que todo era un malentendido, que Jane jamás había insinuado semejante cosa y que ellos estaban viendo fantasmas donde solo había una fruta.
Borré rápidamente el artículo de la pantalla y traté de volver al trabajo.
Inútil.
Cada vez que levantaba la vista encontraba a alguno de los dos sonriendo con picardía.
Aquella tarde nadie volvió a llamarla “la piña”.
Desde entonces pasó a ser la invitación.
Esa noche la fruta permaneció intacta sobre la mesa de mi cocina.
Cada vez que la miraba recordaba la sonrisa enigmática de Jane y aquellos ojos azules que parecían saber algo que yo ignoraba.
Confieso que tuve hambre varias veces.
Pero, por si acaso, preferí no pelarla.
Nunca se sabe cuándo una simple fruta deja de ser una fruta… y termina convirtiéndose en una propuesta que uno aceptó sin darse cuenta.

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