La modelo (Una lección aprendida) — Confesiones de un fotógrafo en Nueva York (1/18)

Confesiones eróticas de un fotógrafo en Nueva York
Relato 1 de 18 · Ver índice de la serie

Cuando abrió la puerta de la tienda y entró, me impresionó su desfachatez y la desbordante energía que irradiaba. Era una trigueña alta, delgada, de formas bien definidas. Quería un portafolio; desnudos me dijo, deseaba tener un buen recuerdo de su juventud. Quedamos para el fin de semana; -en la noche, me recalcó; que estuviéramos solos para mayor tranquilidad, además que traería una botella de vino para relajarnos un poco.

Mientras llegaba el fin de semana estuve pensando; más bien fantaseando las locuras eróticas que haría con ella, porque supuse, con unos vinitos en la cabeza y desnuda, cualquier cosa podría pasar. Llegó el tan esperado fin de semana y con él la tan anhelada modelo. Venía con unos jeans ajustados, zapatillas deportivas, camiseta corta, traía un maletín lleno de ropa interior, medias veladas, lencería y demás atuendos para la ocasión. Después de firmar el contrato, además de llenar otros papeles necesarios bajamos al sótano para comenzar la sección fotográfica.

La primera toma fue con unos jeans recortados casi al comienzo de los glúteos, medias veladas de malla oscura, camisa desabotonada mostrando parte de sus pechos, pelo alborotado y altos tacones rojo encendido. El ropaje que usaba dejaba ver su sangre caribeña y bullanguera, colores fuertes, combinaciones contrastadas y poses muy insinuantes. Poco a poco fue despojándose de la ropa mostrando sensualmente su armónico cuerpo de gacela. Firme, altas y torneadas piernas, glúteos redondos, ajustados a su atlética contextura, el vello púbico cortado en un perfecto triangulo negro, espeso como una oscura selva de infinitas posibilidades, abdomen plano coronado con unos pechos pequeños, redondos, altivos y turgentes, era toda una escultura de ébano, parecía tallada en madera.

Desnuda salió del vestidor para la sección final de las fotos, me acerqué, le acomodé un poco el pelo sobre el rostro para hacerla lucir más provocativa, entreabrió la boca separando los carnosos y rojos labios mostrando la blancura de sus dientes en una actitud provocadora. Le rocié la piel con un aerosol de agua mezclada con glicerina para que las gotitas de agua permanecieran en su cuerpo y no se evaporaran con la fuerte luz de los reflectores. Al contacto con el agua observé como su piel se erizaba y los oscuros pezones se despertaban entumeciéndose. Aproveché para pasarle otra copa de vino y relajarla un poco más.

Me serví también una copa que descendió por mi garganta acrecentando deseos, avivando apetitos. El demonio de la carne me tentó. El telón que usaba de fondo era una tela gruesa, tosca, estampada en colores ocres, que difuminados por el reflejo de la luz devolvían una tonalidad cálida que encendía la piel de la modelo semejando una bucólica escena otoñal. Había regado un puñado de hojas secas para darle más realismo, reacomodé un poco las luces, la recosté sobre unos fardos de hierba seca, comencé la sección. Ella se movía sensual y sugestivamente cada que obturaba la cámara. El demonio de la lujuria me seguía tentando. Volví donde estaba recostada sobre los fardos como la “Maja desnuda de Goya”, me acerque, le retire del muslo una pajita del fardo que se le había adherido. Le sentí un leve estremecimiento, envalentonado por los vinos y por mis demonios que desencadenados me empujaban y excitaban, avancé un poco más, puse levemente mi mano sobre su muslo, comencé a ascender hacia las caderas…

Craso error, la modelo se tensó e incorporó, se cubrió con una manta que había cerca, se me acercó y mirándome fijamente a los ojos me dijo: - ¡Que pretende, si no se siente capaz de seguir terminamos ya! El ardor que excitaba mi cuerpo se inflamó, pero de vergüenza. Turbado y apenado, le pedí disculpas, le dije tontamente que no era mi intención, que era un malentendido, pero sobraban las disculpas, la acción había sido muy obvia. Seguimos las tomas, pero ya se había perdido la confianza modelo-fotógrafo, no se actuaba con naturalidad, se forzaban las poses, se fingían las sonrisas, se esquivaban las miradas. Terminamos con las fotos más por compromiso que por el placer de hacer mi trabajo. Las primeras fotos fueron fantásticas, aun las conservo por ahí, las ultimas un desastre. El aprendizaje fue enorme, me sirvió de ahí en adelante en todos mis trabajos fotográficos.


 

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