Una esposa ejemplar — Confesiones de un fotógrafo en Nueva York (6/18)
Relato 6 de 18 · Ver índice de la serie
Frente al estudio funcionaba un restaurante colombiano, el ayudante de cocina era un muchacho caleño, hincha del Deportivo Cali a morir. Gordito alegre y jovial, enamorado de su joven esposa e hija, una preciosa niña de unos cinco añitos con cabello dorado rizado espectacular. Casi siempre, antes de llegar al restaurante pasaba por el estudio para conversar de fútbol, de política y de chismes. De vez en cuando llegaba con la esposa, una trigueña esbelta, más alta que él, de la cual la hija había heredado el cabello dorado, aunque un poco más oscuro que la hacía muy atractiva. No llegaban a los treinta años, tal vez menos de veinticinco, eran la pareja perfecta, un matrimonio ejemplar.
Una tarde de tantas el buen amigo en medio de sus chistes y anécdotas me dijo que la esposa necesitaba unas fotos para un nuevo trabajo pues con el actual llegaba muy cansada a la casa; eso la estaba enfermando, por supuesto a él le afectaba. Quedamos para la siguiente semana.
El día acordado llegó y como todas, se apareció con su maleta llena de ropa, el marido la traía a cuestas. Bajamos al estudio, se acomodaron en el vestidor, él le seleccionó la ropa por colores y apariencia, luego se despidió de beso y abrazo muy tiernamente, no sin antes desearle suerte con las fotos. -Con la ayuda de Dios y las fotos que le vas a tomar, - me dijo, -mi mujercita conseguirá el nuevo trabajo, le caerán buenos clientes.
Quedamos solos, me dispuse a esperarla a que saliera del vestidor para las primeras tomas. Salió espectacular, me quedé mirándola de arriba abajo embelesado, fascinado, no supe que decirle, seguí sentado en el escritorio mientras ella se acercaba. Llevaba una lencería roja en seda y encaje. Que transformación, de la abnegada esposa trabajadora que entró a cambiarse, salió una seductora muchacha totalmente diferente. - ¿Como luzco, cree que me veo atractiva? -Si, se ve muy bella, su marido debe de estar feliz de tenerla por esposa, le respondí. -Él fue el que me escogió la ropa, es muy comprensivo conmigo, me aseguró.
Inicié la sesión de fotos. Eran para un catálogo, me explicó. Entre cambio de ropa y fotos me fue contando la historia de su vida. Llevaban dos años en los Estados Unidos, habían hecho la travesía por México para ingresar en la frontera. La niña tenía entonces dos añitos, anduvieron un mes con los coyotes sorteando toda clase de peligros y vicisitudes hasta llegar a Nueva York. No consiguieron trabajo tan fácilmente, durmieron en la calle, comieron sobras, el desespero los llevó a buscar cualquier clase de trabajo por denigrante que fuera. Poco a poco me fui dando cuenta de lo humilde que era, procedía del campo, por la forma de expresarse deduje que nunca fue a la escuela.
Él había comenzado unos meses atrás como ayudante de cocina en el restaurante de enfrente, ella consiguió un trabajo de masajista en un local a dos cuadras de distancia, era un antro de mala muerte, la clientela en su mayoría eran hombres solos que buscaban un escape a sus duras faenas diarias. La dueña del lupanar era una centroamericana vieja y regordeta sin escrúpulos que les exigía tratar bien a los clientes, además de complacerlos en todo. Ella se embolsillaba la mayor parte de las ganancias, las pobres muchachas solo se llevaban un mínimo porcentaje de dinero. Lo que si arrastraban para sus casas era la suciedad que sentían, el dolor que soportaban, la culpa que las carcomía al atender y complacer tantos desdichados en un día. Afortunadamente ella tenía a su fiel marido que abnegadamente la consolaba, le lavaba su cuerpo para limpiaba de todo pecado y la hacía dormir en sus brazos asegurándole que vendrían tiempos mejores.
Y los tiempos mejores habían llegado, me aseveraba mientras se desnudaba y escogía otra sugestiva y diminuta lencería para lucir en la siguiente foto. El catálogo, me dijo llena de esperanza con una sonrisa de triunfo, era para una empresa de “High Class Scort Services” que trabajaba con un exclusivo club en Manhattan. -Es otro nivel, me aseguro, un cliente al día, menos estrés, buena plata para poder darle a mi esposo y la niña la vida que se merecen.
Al rato llegó el sacrificado esposo, entre los tres escogimos las mejores fotos para imprimir el catálogo. El la consentía, la besaba, ella tiernamente le correspondía con susurros de “te quiero”.
Se fueron abrazados, contentos, esperanzados por que la suerte les había cambiado, -soplan vientos de abundancia, gracias a Dios, me dijeron al despedirse. Los vi alejarse hasta que doblaron la esquina.
¿Será que el amor verdadero alcanza para eso?, me pregunte. ¿Quién aguanta más en aras de la grandiosa e inquebrantable adoración que se profesan?, él que sabe que su adorable esposa se está prostituyendo, o ella que al hacer el amor con su esposo cierra los ojos y ve desfilar por su mente una y otra vez los clientes de la semana profanando su cuerpo. Era un dilema que no tenía idea como contestar.
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