La impenetrable — Confesiones de un fotógrafo en Nueva York (15/18)
Relato 15 de 18 · Ver índice de la serie
Otra VIP. Estaba casada con un cantante de Salsa, ambos Newyorricans. Fueron al estudio para las fotos de un nuevo álbum musical del cantante. Era un álbum tropical, querían fotos en el estudio y en exteriores. Ella hacía las veces de promotora, esposa y mama del cantante. Lo dirigía en todo, lo orientaba y le dictaba las pautas a seguir, el hombre solo cantaba y obedecía. Estuvimos en la playa tomando fotos, recostado en las palmeras, acostado en una hamaca, fue un buen trabajo y lo disfrute mucho. Después ella se encargó de la selección de fotos y la edición del álbum, a él no lo volví a ver. Con ella pasaba más tiempo, poco a poco me fue abriendo su corazón para contarme sus desdichas y frustraciones. Realmente llevaba una pesada carga a cuestas con el artista. Le promocionaba el disco y lo impulsaba en la carrera, él no trabajaba, solo se inspiraba para producir música, pero la competencia era despiadada y la inspiración muy poca.
Fui muchas veces su paño de lágrimas, su confidente, su amigo y luego me convertí en su amante. Era gordita. Estaba joven, menos de treinta, ojos de gata en celo, cachetes y labios gruesos y extremidades cilíndricas, se me asemejaba a Peggy la cerdita de los Muppets. De todos modos, tenía su gracia y era una buena amiga.
Un día que estábamos en el Alto Manhattan entregando las fotos a la disquera para la promoción del CD, estaba tan afligida y decepcionada que se soltó en llanto. La abracé, le besé la frente, le sequé las lágrimas y traté de consolarla. Entre mimos y abrazos le insinué ir a un motel para que estuviera más tranquila, durmiera un poco y se relajara. Aceptó.
Llegamos y eso hizo, se acostó a dormir. Me acosté al lado, la arrulle un rato hasta que se profundizo, no supe que hacer, me dormí también. Se despertó al rato más relajada, -Ay bendito, que calor colombianito, me voy a bañar. - Se dirigió al baño y comenzó a desvestirse sin cerrar la puerta. Me levanté y fui hasta ella, ya estaba en la ducha, la cortina de grueso plástico transparente impregnada de vapor difuminaba su voluminosa figura. -Voy a ducharme contigo, - le dije mientras me desvestía. -Vente chico, a ver si cabemos juntos aquí, - contestó abriendo la cortina para darme paso. Su grandiosa y enorme figura se arrinconó para hacerme espacio. Entré y apretujados, casi que fusionados comenzamos a ducharnos.
Era de piel apretada y firme, compacta en sus curvas, pechos sólidos y redondos. A pesar de su corpulencia no tenía un trasero prominente, pero estaba envuelta en un halo de inocencia y candidez que la hacían fascinante. En medio de la ducha y el chapoteo le di unos cuantos besos y la acaricié, reaccionaba con timidez y turbación. Nos salimos de la ducha porque por más piruetas que hice resultó impracticable cualquier avance en mis intentos amatorios por lo reducido del lugar.
Saltamos a la cama, se arropó, le quite la cobija, volvió y se acobijó, -me da pena chico, estoy muy gorda, - susurró arropándose de nuevo. Me metí dentro de las cobijas, mientras la adulaba. Que era una belleza al cuadrado, que de huesos estaba lleno el cementerio, que no me importaba lo que me demorara la iba a recorrer de lado a lado y que era bueno manejando en las curvas. La hice reír y relajarse. Aflojó, la desarropé de nuevo. Seguí halagándola, mimándola, disfrutaba entre risitas nerviosas para luego cohibirse de nuevo. -Es que no estoy acostumbrada a esto chico, me dijo arropándose otra vez. -Y tu marido?, -él no me toca hace años, dice que estoy muy gorda, -Nooo, no te creo, está ciego, no ve la despampanante mujer que tiene? -Lo nuestro es más bien una relación comercial, no de pareja, -entonces olvidate de él y diviértete, le acoté mientras volvía con mis impulsos amorosos.
Retomé el jugueteo y el arrumaco; entre caricias, besos y risitas se fue despreocupando de sus temores para entregarse al goce. Retozamos un rato. Como guía turístico la fui guiando a los lugares más interesantes y erógenos de nuestra geografía, como fisioterapeuta complaciente le fui acomodando piernas y brazos hasta lograr encajar mis ímpetus en su abultada figura. Era tupida e impenetrable. Me aclaró que tenía himen elástico, que eso le impedía tener relaciones, además le dolía cada vez que la arremetía. Paramos de hacer volteretas y estocadas, nos dedicamos a conversar. Al final fue más ternura que sexo, más mimos que desenfreno, más condescendencia que imposición.
Como dije al comienzo nos hicimos buenos amigos, en muy contadas ocasiones volvimos a acostarnos y tal vez eso hizo que nuestra amistad perdurara hasta el día de hoy. Actualmente vive en Puerto Rico, cada vez que voy con mi esposa y mis hijos, nos reunimos y disfrutamos como viejos amigos de historias pasadas.
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