La incondicional — Confesiones de un fotógrafo en Nueva York (17/18)
Relato 17 de 18 · Ver índice de la serie
Merece un capítulo especial por su entrega absoluta, porque me abrió las puertas de su casa y su corazón sin horario ni restricciones. Porque me desaparecía por meses, llegaba por sorpresa y ahí estaba, esperándome con la tibieza de su cuerpo lista a cobijarme, no importaba la hora ni el día, siempre una sonrisa, siempre un plato de comida caliente en la mesa y lo más importante un lugar en la cama para que, “el caleñito desvergonzado”, como solía decirme, hiciera lo que le entraba en ganas con ella.
Fue en los tiempos de aprendiz de fotografía en Manhattan. Mientras estudiaba, también trabajaba en el laboratorio de revelado e impresión en la academia, de casualidad entró a estudiar una llanera de unos 45 años, rubia, contextura mediana, en el punto de maduración perfecto. De mirada triste y solitaria, envuelta en un halo de ternura que te creaba la necesidad de cuidarla y protegerla. Prontamente me convertí en su tutor en el estudio. Le ayudaba en todo, en el revelado de fotos, en la composición de las imágenes, en la selección de colores y fotos en blanco y negro. No era de fácil entendimiento, pero ponía mucha atención. A cambio siempre me llevaba comida; pandebono, buñuelos y a veces hasta chuleta valluna. Siempre estaba a mi lado, me fui acostumbrando a sus atenciones, a sus detalles, a su presencia silenciosa.
Salíamos a las 10 de noche de la academia. Comenzamos a irnos juntos en tren, usualmente la acompañaba hasta su apartamento, la dejaba en la puerta, luego me despedía sin entrar. Hasta que una noche llegando al apartamento se soltó un aguacero diluviano que me obligó a entrar para escampar y esperar a que amainara el torrencial. Serian como las doce de la noche, el recorrido del bajo Manhattan a Queens era largo. Estábamos empapados. Me pasó una toalla para que entrara al baño a desvestirme y secarme, luego me pidió la ropa para ponerla en la secadora. Fue al cuarto a cambiarse. Cuando salió me encontraba envuelto en la toalla junto al tocadiscos buscando música para colocar, salió vestida con una levantadora de seda que se le adhería al cuerpo mojado insinuando unas curvas rellenitas y tentadoras que despertaron mi curiosidad. -Que tal un vino para este vendaval, me pregunto. Moví la cabeza sin mirarla en señal de aprobación mientras depositaba la aguja en los surcos del más reciente disco de “El Puma”; “De punta a punta”. Sonó la música, la aterciopelada voz del cantante se dejó venir con la primera estrofa:
“Deja la luz encendida
Quiero mirarte desnuda
ahora no hay ninguna prisa y te amare de punta a punta” …
Se acercó con las copas, me pasó una. La levantadora le dejaba al descubierto el nacimiento de los pechos, aún tenía gotitas de agua que le bajaban juguetonas por las blancas colinas hasta perderse atrevidamente dentro de la ropa. -Y esa música? -La encontré por casualidad, le dije socarronamente, río nerviosamente, fuimos a sentarnos en el sofá. Cruzó una pierna sobre la otra, la tela del vestido se abrió descubriéndolas. Quedaron expuestas. Blancas, gruesas, en perfecta simetría con las pantorrillas, un poco de celulitis las salpicaban, pero se notaban firmes, remataban en unos pies bien cuidados donde resaltaba el rojo esmalte que cubría las uñas. El sátiro, lujurioso y hambriento se relamió mientras me aguijoneaba, la melodía incitaba.
“Quiero mirarte desnuda
ahora no hay ninguna prisa y te amare de punta a punta
palmo a palmo, beso a beso así...como imaginaba los dos en silencio” …
Y sí, quedamos en silencio. Fue un instante sagrado en que conectamos emocionalmente, en que nuestras miradas se magnetizaron, la piel se nos erizó acercándonos para fundirnos en un apasionado beso. El pudor y el recato nos abandonaron olvidando quienes éramos para entregarnos a lo que nos diferencia de los animales en la copula: el placer.
Nos paramos del sofá, toalla y levantadora cayeron al piso. La abrace con vehemencia. Afuera tronaba y llovía, adentro la llama de la pasión se enardecía. Nos dirigimos al cuarto tropezando entre besos y caricias. La tendí en la cama para contemplarla extasiado. Era una obra de arte, un desnudo de Tiziano. Me paré frente a ella, a sus pies, era tímida pero ansiosa. Quería catarla como a un buen vino. Escancearla con movimientos suaves para que soltara su esencia, para que brotaran sus jugos y bebérmela toda. De silencios ahogados y mirada delirante se dejó amar, se dejó arrastrar a mis lascivas complacencias, recorrió conmigo todos los caminos del placer, encendí la hoguera de su íntima guarida, como un leño ardiente entré enardecido a inflamarle la fogosidad a alturas infinitas. Se inundo de gozo, se vacío de deseo y se apagó. Se acurrucó como un bebe desprotegido buscando seguridad, la abrace, se quedó dormida.
A partir de esa noche su apartamento se convirtió en mi refugio, y su cuerpo en mi guarida. Fueron más de cuatro años en que iba y venía. Me desaparecía y aparecía. Invariablemente la encontraba dispuesta, sin un reproche, sin una queja me recibía con la calidez de siempre, perpetuamente dispuesta. No alcanzo a comprender la urgencia de compañía o el vacío tan inmenso que la invadía para que me aceptara en esas condiciones. Era una mujer trabajadora, entrando a la madurez con un cuerpo aceptable, independiente económicamente, de seguro llenaría las expectativas de cualquier hombre. Pero se aferraba a mí ignorando mis ausencias, abrigándome con su cuerpo en los momentos que compartíamos. El tiempo fue corrosionando mi pasión, lo predispuesto y fácil fue apagando la hoguera que al comienzo ardió con tanta vivacidad. El distanciamiento en mis visitas fue borrando el camino a su casa, hasta que un día lo borró para siempre.
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