La aristócrata esposa del torero — Confesiones de un fotógrafo en Nueva York (11/18)
Relato 11 de 18 · Ver índice de la serie
Tenían la gastada estampa de los decadentes, de los que fueron y no son, de los que van cuesta abajo marchitándose en su miseria. Buscaban perpetuar sus glorias pasadas con unas fotos. El con su traje de luces, ella con su vestimenta taurina completa, desde el sombrero Cordobés hasta las botas Flamencas. Acordamos una fecha para que el obturador de la cámara los perpetuara para la posteridad.
Llegaron cargados de maletas, supuse que la sesión iría para rato así que me dispuse a tener paciencia. Se tomaron su tiempo para vestirse y maquillarse. El torero estaba en los setentas, espigado, alto, con ademanes sobre actuados, parecía una caricatura hecha de un solo trazo, nariz alargada, pelo engominado y un poco encorvado, salió caminando del vestidor como si le estuviera dando la vuelta a la plaza de toros y el público lo ovacionara. Sentí pesar por el peso que llevaba en los hombros de glorias pasadas, lo estaban carcomiendo en su vejez. Ella salió vestida con elegancia de aristócrata. Pañoleta roja al cuello, blusa blanca de seda, pantalón azul oscuro con prenses, llevaba terciada al hombro una bota taurina. Era alta de esbelta figura, movimientos delicados, se le notaba que procedía de familia adinerada. Conservaba el brillo de una belleza inusual, estaría en los sesentas, pero parecía de cincuenta o menos. Hablaba en voz baja, pausadamente como escogiendo cada palabra que pronunciara. Daba gusto escucharla. En un periódico local les habían prometido un reportaje, quería estar preparada con las fotos, por eso estaban en el estudio.
Mas que todo, las fotos eran para el torero. Ella con la delicadeza de sus modales lo ayudaba en las poses, le componía el traje, lo consentía amorosamente. Mas que amor, era una abnegación sin límites la que le profesaba. A veces se me acercaba para insinuarme una que otra pose o fondo diferentes. En su juventud había estudiado un poco de fotografía, en especial le gustaban las tomas en blanco y negro. Hice unas cuantas, para complacerla, además la dejé que usara la cámara a su antojo, empleamos luces intensas para trabajar con las sombras. Estaba contenta, por un momento dejó de centrar su atención en el torero y fue ella, la fotógrafa, la que quiso ser y no pudo. Miraba los equipos, los lentes, usaba un angular, cambiaba al otro, interponía diferentes filtros en los lentes, reía y tomaba fotos, hasta me propuso acompañarme al cuarto oscuro para participar del revelado de los rollos y la impresión de las imágenes. Le prometí que cuando llegara el día, la llamaría para hacerlo juntos. Se puso feliz, sorpresivamente saltó de la alegría, me abrazó. Reaccionó, me soltó, volvió a guardarse en su coraza de la mujer de hablar pausado y movimientos aristocráticos.
Regresó a la hora acordada para acompañarme al cuarto oscuro. Había estado pensando en ella mientras se llegaba el día, la veía como una señora muy refinada viviendo en una burbuja de cristal, en un mundo inalcanzable para mis terrenales y mundanos deseos. Por eso cuando entramos al cuarto oscuro, entré con la mayor inocencia del caso, estaba dispuesto a portarme como un caballero que sabe respetar a una dama.
Su estupor ante las maravillas del revelado de las fotos la embelesaban como una niña descubriendo la magia de la alquimia por primera vez. Ver ante sus ojos la transmutación de los elementos químicos la deslumbraba, descubrir como la imagen iba materializándose en el papel fotográfico puesto en la cubeta del líquido revelador la extasiaba. Sólo opte por mirarla en silencio mientras la dejaba hacer el trabajo. Ahora el admirado era yo. La tenue luz roja le reflejaba un brillo inaudito en los ojos, la piel nórdica del rostro absorbía el monocromático reflejo de la bombilla luciendo irreal, fantasmagórica.
Terminamos, encendí la luz del cuarto, nos sentamos a esperar a que las fotos se secaran. Conversamos un poco, no cesaba de agradecerme el estar ahí, viviendo esa experiencia. Me acerqué, le tomé sus manos entre las mías, -usted siempre será bienvenida, le dije mientras se las apretaba. Me miró con una intensidad infinita que pareció una eternidad para mí. De pronto me soltó las manos y de nuevo se sentó, se le enrojecieron los ojos, desprendió unas cuantas lágrimas. Me acerqué con precaución, temeroso pues supuse que tomarle y apretarle las manos había sido algo indebido. -Estoy muy contenta, me dijo. A veces de felicidad también se llora, me recalcó mientras se secaba las lágrimas.
Salimos del cuarto oscuro, nos sentamos en el diván un rato. Tenía garbo; al caminar, al sentarse, al hablar. Era la clase de mujeres que intimida a cualquiera por lo inasequible, pensé mientras la observaba desenvolverse. Llevaban diez años en New York, El recrudecimiento de la violencia, las escaladas guerrilleras los habían hecho replegarse fuera del país. Amenazas de secuestro y la falta de protección del estado les impidió volver a la finca donde vivían, dejaron todo abandonado. Esperaban que un cambio de gobierno mejorara las cosas para poder regresar. Ella trabajaba desde la casa como modista y el en una fábrica, era algo modesto, pero les daba para subsistir, El torero no se había adaptado al exilio, vivía de una notoriedad perdida y olvidada. Ella por el contrario era más realista, llevaba todo el peso de la relación. Trataba de olvidar el pasado para sobrevivir en el presente, en lo que eran ahora.
Hablaba y hablaba, era como una cascada de cristalinos y suaves sonidos. La escuchaba sin interrumpir. -Mi esposo no ha podido superar el trauma de la cornada que lo dejó estéril e impotente en una de las corridas en la Feria de Manizales. - me dijo casi que en un susurro. Me quedé callado sin respuesta alguna. Hizo una larga pausa, continuo. -Es la primera vez que le cuento esto a alguien y en especial a un hombre, remató agachando la cabeza, sobándose las manos nerviosamente. -Siempre hay una primera vez, le dije concluyente. Me acerqué a tomarle las manos, luego con suavidad le levanté la cabeza para mirarla a los ojos. -Gracias por confiar en mí, le dije. -Usted es una mujer de admirar, cuente conmigo para lo que sea, le expresé mientras me levantaba y la abrazaba con ternura y aprecio. Se incorporó, me abrazó también. Fue un abrazo intenso. Sentí como su cuerpo se estaba despertando de un largo letargo y algo muy profundo comenzara a surgir de su ser más íntimo. La fragilidad de su cuerpo inactivo comenzó a palpitar, a respirar fuerte, percibí su pecho agigantarse como un mar embravecido. Levantó la cabeza tímidamente. En un suspiro hondo dejó rodar dos lagrimas por las mejillas. Se las bese, mis labios se empaparon de ese sutil sollozo. Bajé la boca para encontrar la suya, nuestros labios se abrieron, las lenguas se entrelazaron.
Con ese beso presentí lo que me esperaba. Una mujer que venía de atravesar un árido desierto con una pesada carga a cuestas; el torero castrado. Había llegado a un oasis, se iba a beber toda el agua que pudiera. Me prepare, no iba a ser en el estudio ni su apartamento. Encontré un motelito discreto y acogedor pasando el “Whitestone Bridge” en el Bronx. Fue una Fría mañana de invierno. Había estado muy temprano rentando el cuarto. Lo adorné con un ramo de rosas rojas, dejé un vino enfriándose en la hielera para cuando llegáramos, encendí la calefacción antes de salir.
Nos encontramos en un parqueadero comercial cerca del estudio. Antes de subirse al carro me hizo señas con la mano, me acerque, bajó la ventanilla del carro, la calefacción y un suave olor a perfume golpearon mi rostro. Estaba pálida, nerviosa, evitaba mirarme a los ojos. -Esto es una locura, no puedo hacerlo, me dijo tajantemente, tratando de cerrar la ventanilla para dejarme plantado. Con una sola llamada antes de salir de casa hubiera bastado para desistir, reflexioné; si está aquí es porque muy en el fondo lo desea, simplemente le falta convencimiento, supuse. -bájese del carro y vamos a tomar un café, está muy frío acá afuera, le dije poniéndole una mano en el hombro. -Un café, me replicó, acentuando la palabra café. -Si, un café, le contesté. Se subió a carro y puse rumbo al motel.
En el camino guardó silencio, se entretuvo mirando por la ventanilla, para traerla de nuevo al carro le comenté lo contenta y admirada que había estado en el cuarto oscuro revelando fotos, eso bastó para hacerla reír y conversar de nuevo dejando a un lado la idea de tomar café. Le sugerí de ir al motel para sentirnos más cómodos. -Pero no vamos a hacer nada, por favor, me dijo mirando para otro lado. -Claro, le respondí acariciándole la mano con ternura. Cogió mi mano entre las suyas y la apretó con fuerza.
Llegamos. Cerré la puerta tras mis espaldas. El lobo feroz se iba a dar un banquete, no con caperucita roja, con la abuela, pero una abuela añejada a la perfección, impoluta, guardada en el cofre del calvario su matrimonio. Con una veteranía de fruta madura, dulce y jugosa. La miré de reojo, estaba sonrojada. Le entregué las rosas alabando su belleza y confianza para estar ahí conmigo. Luego le serví una copa vino. Se la bebió de un sorbo, se sentó en la cama, seguía con el abrigo y la bufanda, la traje hacia mí para ayudarle con los aparejos de invierno, puse todo sobre el sofá que estaba en la esquina de la habitación, Nuevamente se sentó en la cama sin saber que hacer. La calefacción y el vino estaban haciendo efecto, estaba sofocada, me acerque para acariciarle la barbilla, no tenía maquillaje, no lo necesitaba, con los dedos le entreabrí los labios, la fui atrayendo, la bese. Se dejó, aun no participaba, la recosté con delicadeza en la cama mientras la seguía besando. Fui bajando con los besos por el cuello, subí para mordisquearle las orejas, la bese nuevamente, esta vez con más pasión, le arranque un suspiro, respiró hondo respondiendo a mi beso con avidez. Mientras nuestras bocas se devoraban le fui soltando los botones de la blusa, luego en un movimiento rápido me gire para quedar de espaldas contra el colchón y ella encima de mí, le solté el cabello que traía recogido, la seguí besando con el cabello cubriendo mi rostro, eso la excitó, entrelace los dedos en su pelo, lo halé, gimió, lo hale con más fuerza, me mordió los labios, se apretó a mi cuerpo, me miró con fuego en los ojos.
Le quite la blusa, la piel le ardía. Volví a girarme para colocarla bocabajo sobre la cama, le cubrí la espalda de besos, de mordiscos; gemía, suspiraba, se estremecía en pequeños espasmos. Llegué al pantalón, se lo fui bajando mientras la seguía besando y mordisqueando. Las blancas posaderas me tentaron a experimentar, les di una nalgada, gimió, les di más fuerte, clamó de placer, seguí con intensidad, grito de gozo al tiempo que las levantaba y me las ofrecía para que las profanara, me puse de rodillas, comenzó a friccionarse contra mí, con las manos las abrió, irrumpí con firmeza sus profundidades, la cabalgue sin freno, le solté la brida para que se encabritara, olvido el decoro, desbocados nos elevamos a alturas infinitas hasta llegar al delirio del clímax.
Nos bebimos la botella de vino, nos bebimos los besos, agotamos las caricias, consumimos nuestros cuerpos y agotados y deshidratados nos fundimos en un abrazo que sabíamos solo guardaríamos en la memoria porque al siguiente día otros cuerpos nos abrazarían antes de acostarnos.
Solo fue ese encuentro, no hubo más. Al despedirnos esa noche me dijo que era mejor así, que de seguir le haríamos mucho daño a otras personas, era un precio muy alto que pagar, que después le iba a pesar toda la vida. La entendí, aún faltaban más de quince años para que la mujer que cambiaría mi vida llegara. Nos dijimos adiós y gracias por todo.
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