Dominicana de pura cepa — Confesiones de un fotógrafo en Nueva York (12/18)

Confesiones eróticas de un fotógrafo en Nueva York
Relato 12 de 18 · Ver índice de la serie

Era una tormenta tropical con toda su fuerza y movimiento. Caminaba al son del merengue, No hablaba, gritaba. Gesticulaba con las manos, con el cuerpo. Era directa, sin ningún pulimento, un diamante en bruto, una hoguera chisporroteando que lo consumía todo a su paso. Imposible ignorarla, imposible dejarla pasar sin contagiarse de esa energía. Estatura mediana, trigueña oscura, cabello rizado, tupido, largo, alborotado, como toda caribeña la sangre de sus antepasados africanos le corría por las venas moldeándole el cuerpo con su característico trasero grande, redondo, como dos sandias que movía de lado a lado al caminar.

Se casó muy joven, y muy joven comenzó a parir, 5 hijos contaban cuando la conocí. Los chiquillos deambulaban por el pequeño apartamento del Alto Manhattan como micos enjaulados destruyendo todo a su paso. Cada que podía salir sin los críos sentía un alivio liberador, era un bálsamo que la reconfortaba, no quería llegar al desastre que usualmente le esperaba al abrir la puerta del apartamento.

La vi por primera vez viajando en el tren en Manhattan. llevaba una cámara fotográfica, estaba tratando de colocarle un nuevo rollo. Al verla pasar trabajo me ofrecí a ayudarla. Comenzamos a charlar, al momento me contagie de su vitalidad. Nos reímos como viejos amigos, en pocos minutos me contó de su vida, de sus hijos, de su Santo Domingo, del hacinamiento con su familia en el diminuto apartamento donde vivían. Antes de despedirnos la invite a pasar por el estudio.

Una tarde, como a la semana del encuentro se dejó caer por el estudio, vestía muy informal, camiseta ancha y descolorida, pantalón largo de franela, también muy suelto y sandalias. No llegaba a cumplir los treinta años. Me acompaño un buen rato. Hablaba comiéndose el final de las palabras, en especial las eses y con muchos modismos de su isla. Me hacía reír con sus ocurrencias. La invite a cenar a un restaurante dominicano muy conocido por su chicharrón de puerco y arroz con frijoles. Comió con ganas, guardo para llevarle sus hijos, estuve tentado de comprarle un plato extra para sus muchachos, pero me dio un poco de vergüenza.

Siguió yendo a visitarme cada vez que podía, cada vez sentía más curiosidad por ella. La imaginaba desnuda en la cama jadeante y sudorosa. Era el sátiro que me espoleaba para que me le insinuara, para que le propusiera. Pero no encontraba como llegar a esa playa y anclar mi barco. Un día, pasado más de un mes de conocerla la llamé porque estaba cerca de su apartamento, quería invitarla a comer. La note contenta de oírme. Salió al rato, lucia unos pantaloncitos cortos que le llagaban arriba de los muslos. Impresionante y provocadora para mi gusto. Apenas me vio comenzó a saludarme en voz alta, casi que, a los gritos, me bajé del carro resuelto a encontrarla a medio camino para silenciarla. Se abalanzó a abrazarme efusivamente diciéndome. -Si Mahoma no va a la montaña, la montaña viene a Mahoma. Caminamos abrazados, le abrí la puerta del carro, se subió.

El sátiro me urgía; entre verle los gruesos muslos acanelados e incitantes y mirar el camino mientras manejaba se me iba la mente en estrategias y encerronas para llevarla al redil. En un movimiento dominado por el demonio de la lujuria que habita en mí, le pase la mano por los apetecidos muslos. -Chico que hacé’. -Que tenés unas piernas muy bonitas y quería sentirlas, le dije sin retirar la mano mirándola a los ojos. Soltó una carcajada estridente mientras se acomodaba mejor en el asiento para quedar casi frente a mí.  - ¡Yooo!!!, con cinco hijos, e’toy hecha un desastre, ¿tu e’tá loco? -Loco por tenerte- respondí apretándola más. - ¿Verdá’, en serio, te gusto chico? -Ven, vamos a un motel y lo conversamos seriamente. -No sé, me da pena de que te desilusiones al verme desnuda, -si sos hermosa y muy provocativa-, le dije. -Respiras sexo por los poros, ven vamos-, le repetí. -colombiano coqueto, yo sabía que era’ un tigre. E’ta bien pero un rato nomá’, tengo cosa’ que hacé’. 

Encontramos un motelito en el camino, entramos. Llegó directo a bañarse, la espere fantaseando como saldría y que le haría. Salió con la toalla sujeta arriba de los pechos, se acostó en la cama. -Y ahora que chico, deja de mirarme y ven que me da frío, estiro los brazos para abrazarme. Le quite la toalla, el trigueño cuerpo se mostró ante mí. Los pechos cenizos remataban en unos pezones que tenían la huella y el alargamiento de cinco boquitas alimentándose desesperadamente, el estómago mostraba surcos estirados y encogidos en cinco ocasiones. Pero ella con su ciclónica fuerza, con su arrolladora personalidad que sobresalía sobre los residuos de sus embarazos se convirtió en una fiera primitiva dispuesta a la copula. Acaricie su sexo mientras la besaba, era una oscura, humedad y enmarañada mata de vellos que se extendía en ramificaciones bajándole por los muslos y subiéndole por el vientre hasta el ombligo. Estaba en estado natural. Iba a comenzar mi recorrido habitual, pero ella no me dejó, se puso sobre mí en cuclillas, su sexo absorbió mi virilidad, sentí como si entrara a un horno encendido, me invadió un calor, un ardor arrebatador que tuve que aferrarme a la cama para no descargarme todo en ese instante, pero ella embestía con delirio, gritaba con furia, jadeaba con desespero, se movía con frenesí. No pude más, doblegó mi resistencia, me diluí en sus entrañas, me dejé ir como en un profundo pozo sin fondo en una noche sin luna.  

Fui su esclavo, su marioneta, me uso, yo era pasivo y ella la activa, la que dirigía la siguiente posición, la próxima jugada. Tigre muévete, más duro tigre, tigre así, así, duro, no pares, ahí voy tigre, tengalooooo me gritaba inundando mi virilidad con un chorro de placer, para con un abrazo triturador estremecerse, luego en un espasmo elevarse y caer empapada en sudor extenuada en la cama.

Sabía lo que quería y sabia como obtenerlo, solo había que obedecerle. Se dio el gusto que quiso, se llenó de mi por todas partes, me exprimió fuerza y virilidad. Salimos unas cuantas veces más. Sus labores de mama, mis ocupaciones y lo lejos que estábamos nos fueron distanciando hasta el punto de que un día dejamos de llamarnos. Pero la recuerdo por su autenticidad, por su primitivismo, nunca volví a encontrar una como ella.


Comentarios

Entradas más populares de este blog

Un hermano tardio

Reflexiones de una larga vida, decadencia y ocaso

La jauría