La paisa otoñal y sensual — Confesiones de un fotógrafo en Nueva York (13/18)
Relato 13 de 18 · Ver índice de la serie
Como buen sabueso había aprendido a detectar los inconscientes mensajes que enviaban las mujeres cuando las conocía. Un sutil movimiento insinuante, una leve reacción de gusto al rozarlas, al posarles mi mano sobre el hombro un imperceptible fluctuar del deseo, al abrazarlas una anhelante ansia de más. Al mirarlas descubría en sus ojos, ansiedad, apetito, frustración, total indiferencia o rechazo, de acuerdo con eso avanzaba o me retiraba. Vivía para eso, pensaba en eso y actuaba para eso: ¡Fornicar!
Así sucedió con la paisita cuando llegó por el estudio. Quería unas fotos para pasaporte, nada del otro mundo, un trabajo de cinco minutos y adiós te vi. Estaría en los 45 o más, de sinuosas y onduladas formas, caminaba con cierta coquetería. Sabía lo que tenía, le gustaba que a su paso la desearan. Blanca de piel, cabello ensortijado castaño claro, alta e intimidante con su voluptuosa figura. Bajamos al estudio.
Por aquella época un amigo locutor barranquillero se había cambiado de ciudad, me dejo el apartamento donde vivía con dos meses pagos de arriendo, no quería entregarlo y dejarles la renta a los dueños. -Usalo, después lo entregas. - Me dijo riéndose a carcajadas a sabiendas en lo que lo iba a convertir. Un burdel personal. Compré una cama, una mesita de noche, un tocador de música, llené la nevera de licor. Quedó listo para mis invitadas de honor.
La paisita se ganó el privilegio de inaugurarlo. Tardé más de media hora para tomarle la foto, me demoré adrede mientras le conversaba, le alababa el cuerpo, la seducía. Aceptó sin rodeos, quedamos para el siguiente día en el apartamento. Antes de llegar al apartamento pase a comprar toallas, jabón, también compre un aceite para masajes y un poco de hierba, la paisita se lo merecía.
Sonó el timbre a la hora acordada, bajé a abrirle. Estaba despampanante, un ajustado jean blanco le apretaba el cuerpo de la cintura para abajo, arriba una floreada blusa de seda le resaltaba los pechos que escapaban de salirse del sostén al caminar. Se había bañado en perfume y cubierto de maquillaje. Confieso que me fastidian los perfumes y el exceso de maquillaje, prefiero los olores naturales, las pieles limpias, pero igual no discriminaba.
Después de revisar todo el apartamento nos sentamos en el único mueble disponible; la cama. Le destapé una cerveza, me serví un vino. -Así que esta es tú polvera, - me dijo riéndose. -Aquí las traes a todas, como que sos muy perro, ¿no? -Sos la primera- le expresé mientras me dirigía al baño por el aceite. -Estás de suerte, hoy es martes de masajes, desvístete que te voy a subir cielo, -Presumido, me contestó, para luego recriminarme mientras se levantaba de la cama ¿será que alguien me puede ayudar a desvestir aquí? Le desabotoné la blusa por la espalda, estaba salpicada de infinidad de pecas, se las besé con delicadeza mientras seguía con el pantalón, con un poco de esfuerzo logré bajarlo. Brotaron libres las dos redondeces de los glúteos, blancos, carnosos y gelatinosos.
Quedó expuesta su voluptuosa figura cubierta con un sostén ajustado que le abultaba y resaltaba los pechos y una diminuta braga de encaje negro cubriéndole casi nada de su sexo, sostenida toda ella en dos altos tacones. -Estas de portada de revista Playboy, le comenté. Enseguida caminó coquetamente por la habitación provocándome con su contoneo. Sabía lo que tenía, sabia como seducir, estaba ante una profesional, el lance iba a ser parejo.
Le di otra cerveza, encendí un porro, fumamos, la acosté en la cama boca abajo, me froté las manos con el aceite para calentarlas, luego le vertí un chorrillo en los pies, comencé el masaje. Suavemente con los pulgares le friccioné la planta de los pies para luego continuar con los dedos en movimientos circulares, pasé a los tobillos, los froté con las manos en tenaza subiendo hasta la pantorrilla, descendí nuevamente hasta los tobillos. Cuando noté la piel calentarse y tornarse rojiza ascendí a los muslos. Se los abrí un poco para masajearlos por separado. Los masajeé primero por la parte externa, llegando hasta las caderas para luego descender. Le susurraba obscenidades mientras la frotaba. Cuando subí con ambas manos por la parte interna de los muslos llegué hasta el sexo, lo rocé con los dedos ligeramente, descendí nuevamente, estaba húmedo. Repetí los movimientos varias veces, luego me concentré en los glúteos. Con movimientos circulares los friccioné, ella los apretaba en pequeños espasmos para después aflojarlos jadeante. Seguí con la espalda, el cuello, entre besos esporádicos y fricciones la sentí temblar agitadamente. La hice girar para que quedara con la espalda contra la cama. Encendí otro porro, la deje volar en alas del deseo y la fantasía, le coloqué una venda en los ojos y continúe de nuevo con el masaje. -Ahora vas a percibir sin ver, solo están mis manos y tu piel, déjala sentir, le dije quedamente al oído. Apretó las piernas, abrió la boca anhelante, la besé, trató de abrazarme, pero se lo impedí para continuar con el masaje.
Comencé en las sienes con movimientos circulares, bajé por el cuello, llegué a los hombros, le circulé los pechos con las manos, los pezones se fueron fraguando hasta endurecerse. Baje por el vientre que se movía acompasadamente con la agitada respiración, le quite la diminuta braga, apareció como una herida palpitante y roja el sexo afeitado completamente, desnudo como ella. Lo esquivé, seguí con los muslos, trató de separarlos en señal de entrega. La ignore, me concentre en las piernas. Comenzó a enardecerse, a mover las caderas acompasadamente, a apretar las piernas. En un arranque de placer se quitó la venda de los ojos, me agarró del cabello y me acercó a la abierta herida acuosa y apetente. Me aprisionó con los muslos, levantó las caderas, se aferró a la cama y como quien expulsa un tapón en un gemido inacabable me inundo de placer.
Después de un breve descanso para otra cerveza, le cedí el turno, se sentó de espaldas a mí, me acaballó, quedó frente a mí la panorámica de sus redondos y blancos glúteos aleteando como dos gigantes alas de mariposa, pareciera que de un momento a otro iban a emprender vuelo. En movimientos de rotación que fueron en aumento soltó anclas y volamos, esta vez juntos nos elevamos a los abismos del desenfreno y el éxtasis.
La gocé por varios meses, pero cuando comenzó a cuestionarme sobre las otras invitadas y yo a esquivarle respuestas le fue cambiando el carácter. El enojo y los celos nos amargaron los encuentros, decidí cortarla y emprender nuevas aventuras.
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