Perla mar de Chile (Obsesión fatal) — Confesiones de un fotógrafo en Nueva York (5/18)

Confesiones eróticas de un fotógrafo en Nueva York
Relato 5 de 18 · Ver índice de la serie

Siempre la observaba por las tardes pararse en la calle frente al estudio fotográfico para mirar hacia adentro a través de los cristales. Unas semanas después de verla muy seguido afuera observando por el ventanal decidí salir a preguntarle que se le ofrecía.

Era chilena, cantante, quería unas fotos artísticas para su CD que estaba por salir y al verme por la vidriera no fue capaz de entrar. Hacía muy poco que su hijo había muerto, estaba desconsolada, pero lo que más le afectaba era que yo me le parecía, por eso se paraba casi todas las tardes a contemplarme embelesada recreando a su hijo en mí. La hice entrar, la llevé a la oficina, le serví un vaso con agua para tratar de calmarla, pero apenas se sentó se desgajó en llanto. 

Estaría en los cincuenta o más, de una blancura nívea contrastante con la larga y abundante cabellera negra que le enmarcaba un rostro de amplia frente y facciones finas, rellenita, pero con curvas suaves y ondulantes, modulaba suave y pausado, de mirada penetrante y fija, casi se podría decir que no parpadeaba, era imposible resistir la intensidad de esos grandes ojos negros cuando te enfocaban. Hablamos un buen rato, casi todo el tiempo fue tratando de consolarla, de animarla, pero tan pronto se relajaba, volvía a gimotear, a contemplarme extasiada viendo la imagen de su hijo en mí.

De pronto, en un silencio incomodo en el que se me había acabado el repertorio de alivio, se levantó repentinamente, se abalanzó hacia mí para abrazarme fuerte. ¡Esta vez no sentí el sátiro de la lujuria jaloneándome para atacar a la indefensa presa, no! Sentí compasión, un inmenso pesar y desconsuelo con esa mujer, le sostuve el abrazo mientras le masajeaba la espalda con ternura. Fue un bálsamo relajante que la serenó, me dio las gracias, se despidió no sin antes prometerme que vendría para las fotos del CD.

Pasaron unos cuantos días, tal vez dos semanas en las cuales ya había dado por olvidado el incidente, cuando una tarde ya casi a punto de cerrar se apareció con el ropaje para las fotos, además traía consigo una guitarra. No la esperaba y menos así, sin una cita acordada, pero decidí salir de las fotos lo más pronto posible. Bajamos al estudio. Mientras arreglaba el escenario me comentó que ese iba a ser el último CD que grabaría, pues estaba decidida a internarse en un convento de por vida para llevar el luto de su hijo por siempre. Me pareció muy extrema la medida que estaba tomando, pero guardé silencio. Seguí absorto con los arreglos.

Salió del vestuario con una indumentaria que la hacía lucir como española “bailaora de flamenco”, llevaba el pelo recogido en una moña atrás. Se veía muy dueña de sí misma, muy profesional en las poses, de vez en cuando tomaba la guitarra, rasgaba algunas notas entonando canciones típicas de Chile. Hermosa y profunda voz poseía, al final de la sesión fotográfica tomó nuevamente el instrumento, me cantó “Si vas para Chile”, hacia catarsis, parecía en éxtasis, cantaba con pasión profunda, tal vez poseída por Euterpe la musa griega de la música.

Al terminar de cantar nos sentamos juntos, lucia una especie de capa o ruana típica de chile en lana cruda que le llegaba casi a los pies, la observe más de cerca, poseía una belleza antigua; con el pelo recogido hacia atrás en una trenza semejaba esas mujeres enigmáticas retratadas en sepia de tiempos pretéritos. Yo la miraba absorto mientras ella rasgaba la guitarra con pausas de silencio como en un dialogo íntimo. De pronto soltó la guitarra, la deposito suavemente sobre el escritorio, se levantó del diván, se paró frente a mí me tomó las manos atrayéndome hacia ella, quedamos frente a frente. 

-Quiero pedirle un último favor, si me lo permite, antes de ingresar al monasterio, me lo dijo hipnotizándome con la inmensa vastedad de sus ojos negros. Se acercó, pude sentir la respiración entrecortada, expectante, le solté las manos para poner las mías sobre sus hombros y guardar cierta distancia, un leve estremecimiento le recorrió el cuerpo. -¡Hágame el amor!, lo soltó así, sin ambivalencias, sentí como si de repente hubiese abierto la puerta de una sauna y me dispusiera a entrar, el fogaje del deseo me inundo. -Quiero estar con un hombre antes de hacer mis votos de castidad, sentenció mientras apretaba su cuerpo al mío trenzando las manos en mi espalda. El sátiro de la lujuria rompió las cadenas que lo ataban a la cordura, se desbocó, le solté los hombros, bajé las manos a los glúteos y la apreté contra mí. Me ofreció la boca jadeante, anhelante, absorbí su cálido aliento en ese hambriento beso como llenando un vacío de soledades enormes e insomnios eternos que la atormentaban.

Reaccioné y me contuve, forcejeé tratando de deshacer el nudo de abrazos y caricias en que nos encontrábamos, la aparté. Me miró desconcertada. Traté de bajar la calentura; por mi mente pasaron un sin número de dudas, ¿por qué a mí, por qué tan fácilmente, que busca? Pensé en una demanda por acoso sexual, estaba en el trabajo, me podría acusar fácilmente de ello, o estaba enferma o loca. Me enfríe. Le mentí prometiéndole que fuéramos otro sitio, otro día, en otra ocasión. Me ofrecí a llevarla al apartamento.

En el camino hablamos banalidades, creo que esquivando el incidente. Cuando llegamos noté que no había vuelto a mencionar al hijo ni mucho menos a el parecido que encontraba conmigo, me entraron más dudas y desconfianza. Subí con ella llevándole la pesada maleta a cuestas, entramos, era un pequeño estudio en Astoria, un suburbio griego de Queens. Estaba en penumbras, encendió una lampara de pie estilo Tiffany, la tenue luz reflejada por los cristales de colores le dio un aspecto de secretismo y complicidad a la sala. fue directamente al refrigerador, sacó una botella de Merlot, sirvió dos copas. Estaba depositando la maleta en el suelo cuando se acercó, me ofreció la copa. Dudé, di un paso atrás negando con la cabeza y buscando la puerta de salida. Pero la copa estaba fría, el vino estaba servido, la intimidad del ambiente lo merecía. Me la bebí de un tajo.

La sala no tenía muebles, solo una gruesa y mullida alfombra en el centro, cojines y almohadones regados por doquier, incensarios en las esquinas, veladoras aromáticas, me senté en el suelo recostándome en los cojines. Encendió las veladoras, prendió los inciensos, puso música suave, relajante. Me sirvió la tercera copa de vino. El vino que olvida penas, alegra corazones, aviva pasiones comenzó a adormecer mi cordura despertando a mis alocados sátiros. Fue al cuarto, volvió vistiendo un kimono japonés de seda estampado con flores llamativas en fondo rojo. Se sentó frente a mí con las piernas dobladas a un lado, sacó de un pequeño cofre de madera que estaba sobre la alfombra una bolsita y un papelillo amarillento y rectangular, esparció un poco del contenido de la bolsita sobre el papel, lo enrolló, lo encendió, aspiró intensamente el humo, me lo pasó.

Fumamos y bebimos. El decoro se nos cayó, la ropa también, rodamos por la alfombra enredados en un nudo sexual indescifrable, cabalgó toda la noche sobre mi llegando al paroxismo de la locura en cada orgasmo. Pareciera que no hubiera un mañana para ella, quería consumirlo todo en ese instante, disfrutarlo todo, experimentarlo todo hasta más allá de toda cordura. El goce de los cuerpos desnudos, el vino que encendía pasiones más la hierba que aletargaba y extremaba las emociones se fueron diluyendo a medida que la noche avanzaba hasta que desperté al otro día sin saber dónde estaba ni con quien. Despacio, sin mucho ruido me levanté, me vestí. Me escabullí.

Para mi había sido un encuentro de una noche un "in and out" dado por terminado. Para ella, apenas comenzaba. A los dos días llegó con una caja de chocolatinas y unas flores. Fue directo a abrazarme sin importarle las personas a mi alrededor. La esquivé con cortesía, suavemente la llevé fuera del negocio para decirle que no se apareciera inesperadamente en horas laborales, que me llamara antes de intentar venir. Se molestó, me sacó en cara "lo nuestro", que en qué quedaba lo de la otra noche, la pasión, los besos, ¡qué éramos el uno para el otro!, ¡qué este amor no se podía acabar así!, qué yo estaba confundido, que me iba a dar unos días para que recapacitara y que ya volvería.

No fueron unos días, al siguiente se apareció, entró haciendo caso omiso de lo hablado el día anterior, parecía que la conversación anterior no se hubiera dado, llegó contenta, como si fuéramos una pareja feliz, un noviazgo perfecto o tal vez un matrimonio ejemplar. Pero no se demoró, - ¡mi amor, te espero en casa esta noche, prepare una cena especial para ti, no tardes! Dio media vuelta y se marchó. Quede atónito y la gente a mi lado más que sorprendida. Trate, durante el día de olvidar el asunto, pero me fue imposible, la veía entrando mil veces por la puerta riendo a carcajadas con los ojos desorbitados, eso me asustaba más a cada minuto.

Llegó el siguiente día y con él mi angustia, mis ojos no se despegaban de la puerta, pero no apareció, al final del día me relaje. Al terminar la jornada, muy tarde en la noche, cerrando la puerta del estudio sentí una voz a mis espaldas y a alguien que se abalanzaba para abrazarme. Asustado me desprendí del abrazo para girar y enfrentarme a la persona que suponía era. Tenía el rostro desencajado y los ojos rojos, tal vez de llorar. - ¿Por qué me haces esto mi amor?, me recriminó tratando de acercarse de nuevo. La aparté y retrocedí, le dije que estaba equivocada, que lo nuestro solo era un encuentro casual, nada más. Que ambos teníamos caminos diferentes, que nos habíamos encontrado en un cruce y que aquí nos despedíamos. De nada valió, arremetió con más fuerza, comenzó a vociferar llamando la atención de la gente que pasaba cerca de nosotros. Trate de llevarla a una calle lateral de la avenida para evitar el escándalo, ella aprovechó para tomarme el brazo y caminar como una pareja feliz. Avanzamos por la calle mientras le hablaba para disuadirla de su obsesión, pero no escuchaba, no entendía, me contestaba ignorando mi rechazo, la lleve a la estación del tren, opte por ceder un poco prometiéndole que mañana hablaríamos con más calma. La observé alejarse por la ventanilla del tren, le vi en el rostro una angustia, una soledad infinita que me auguraban que mi pesadilla apenas comenzaba.

Extremé las medidas de precaución en el estudio, mantenía la puerta de la calle cerrada para librarme de visitas sorpresa, en las noches salía por la puerta de atrás. Funcionó para evitar encontrármela, Pero casi todos los días se paraba en frente de la vidriera mirando hacia adentro. Era como un solitario naufrago perdido en una pequeña isla en medio del mar oteando el horizonte para divisar algún barco que la rescatara. Ese barco fui yo, había llegado a la desértica playa, la había rescatado, la había subido a la embarcación solo una noche para después abandonarla a su suerte en la desolada isla otra vez. Mas sin embargo ahí estaba, parada, con lluvia, con sol, carcomiéndome la conciencia, acrecentándome la compasión. En varias ocasiones trató de entrarse al abrirle la puerta a los clientes. Se me estaba agigantando la pesadilla, tenía que buscar una solución rápida y definitiva.

Cuando llegué a la comisaría de Elmhurst en Queens y le dije al encargado que estaba ahí para una querella por acoso sexual, sin quitar la vista del papel que tenía en las manos me preguntó quién era la acosada por que tenía que estar presente para la denuncia. -El acosado soy yo, le dije vergonzosamente mientras me acercaba el para que me escuchara. Levantó la vista del papel y me observó de arriba abajo incrédulamente. Entre risitas me indico una ventanilla a la cual tenía que acudir, fui hacia allá, había unas cuantas muchachas haciendo la línea, me ubique detrás de ellas tímidamente tratando de pasar desapercibido. Luego llegaron dos señoras a la cola muy parlanchinas tratando de entablar conversación, pero no les di el chance de averiguar el chisme.

Nunca lo supe, pero supongo que la orden de restricción le debió llegar a sus manos porque a partir de ese momento no volví a verla parada frente al estudio. Fue un alivio muy grande deshacerme del acoso de aquella pobre mujer, aunque a veces pienso que sería de ella, la paranoica, la obsesionada que me brindó una de las noches más demenciales y eróticas de mi vida.


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