La joven esposa desatendida — Confesiones de un fotógrafo en Nueva York (9/18)

Confesiones eróticas de un fotógrafo en Nueva York
Relato 9 de 18 · Ver índice de la serie

La juvenil pareja llegó con él bebe recién bautizado, querían unas fotos profesionales para perpetuar el sagrado momento. Bajamos al estudio para cumplir con mi trabajo. El esposo, un trigueño bajito, un poco subido de peso se sentó en la primera silla que encontró. -El sobrepeso lo agita demasiado, me comentó la esposa. Ella era también trigueña, cabello azabache, lizo, muy largo, la cara alargada con unas prominentes cejas espesas, frente amplia, pómulos salientes unidos por unos labios gruesos, carnosos, jugosos. Al hablar los humedecía involuntariamente con la lengua, era una peligrosa tentación para mi sátiro.

Hicimos las fotos, el esposo casi no participó por estar cansado y sentado. Ella siempre con su bebe cargándolo, acomodándolo para las fotos, conversando conmigo muy animadamente. Después de la toma de fotos, nos pusimos de acuerdo para llevarle las pruebas en la siguiente semana a su apartamento para mayor comodidad de ella y él bebe

El día acordado la llamé para confirmar la cita, me comentó que el esposo no estaba, -no se preocupe, voy otro día, le dije inmediatamente. Me insistió que fuera, que ella escogía las fotos, que estaba mejor así. Y así fue, llegue con el cartapacio de fotos bajo el brazo. Me recibió en levantadora, recién se había bañado, terminaba de darle pecho al bebe. La maternidad, los abultados pechos, el cabello mojado, los labios húmedos la hacían demasiado provocativa para mi sátiro que comenzaba a espolearme para que actuara. Nos sentamos en la sala, puse las fotos en la mesa de centro, ella comenzó a seleccionar las mejores para ampliarlas.

Entre foto y foto nos reíamos, conversábamos animadamente aprovechando que él bebe dormía plácidamente. Estábamos sentados muy cerca, la rozaba intencionalmente para medir su reacción, me le acercaba para mostrarle detalles de las fotos. Aspiraba sutilmente el olor de su piel, del cabello mojado Me invadía el aroma de la leche materna que producían los pezones recién succionados. Las feromonas que secretaba me indicaron que estaba deseosa de sexo. Liberé el sátiro para que se desbocara. -Su marido debe de estar muy feliz, la maternidad la hace bella… y sexy. Le dije mientras me acercaba a quitarle un mechón de pelo que le cubría la frente. Giró el rostro para mirarme, me ofreció jugosa la boca entreabierta, la bese a borbollones.

Nos incorporamos, le desabotoné la levantadora, quedaron al descubierto los hinchados pechos lactantes, voluminosos, de aureola agrandada por la maternidad, por los oscuros y rugosos pezones goteaba leche, los abarqué con mis manos, me sacié mientras ella gemía de placer. Le bajé las bragas, la tumbé en el sofá, quedó al descubierto su sexo, frondoso, exuberante, oscuro, húmedo como una tupida jungla tropical; avancé por esa maraña hasta encontrar la gruta donde estaba incrustado el rubí, lo bruñí para hacerlo centellear. Ella se aferraba con sus manos ansiosamente al sofá, a mi espalda, a mi cabello, se soltaba a ratos y me clavaba con fiereza las uñas. Yo seguía buceando en la gruta, aullaba, clamaba por más y más, en un instante arqueo su cuerpo como si fuera a levitar, contrajo los músculos, en un intenso espasmo soltó el dique que sostenía la represa de la abstinencia, de sus resequedades. Me inundo con su esencia en un interminable desagüe que poco a poco fue apagando su voz y sus movimientos hasta quedar completamente desmadejada. Pasamos a la cama, él bebe dormía, la mama gozaba, mi sátiro se deleitaba.

Fue una amante entregada, intensa y apasionada que me brindó tardes inolvidables. Tal vez suponíamos que ese momento podría ser el último por eso era tan sublime, como si en cada beso, en cada caricia nos estuviéramos despidiendo. Así fue, una tarde pasé por su apartamento para visitarla, me abrió un desconocido, al preguntar por ella me dijo que él era el nuevo inquilino, que no sabía nada de los anteriores ocupantes.  


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