La flaca de los mandados — Confesiones de un fotógrafo en Nueva York (10/18)

Confesiones eróticas de un fotógrafo en Nueva York
Relato 10 de 18 · Ver índice de la serie

No sé cómo ni cuándo llegó al estudio, lo cierto es que de un momento a otro comenzó a ir por el negocio todos los días, nos hacia los mandados, compraba el café, entregaba pedidos, limpiaba el local, hasta atendía clientes. Era flaca y desaliñada, pelo corto, sin maquillaje, vestía siempre ropa desajustada, pantalones cortos, camisetas anchas, viéndola sin atención, presta a salir corriendo parecía un muchacho, estaría en los treintas. Solicita y apurada ante cualquier sugerencia o pedido.

La flaca, le decíamos. Flaca trae café, la flaca corría. Flaca se acabó el jabón, la flaca iba por él. Tenía la particularidad de mimetizare con el entorno y pasar desapercibida. En muchas ocasiones cuando la necesitaba para algún mandado, miraba alrededor para localizarla, pero ella estaba a mi lado, mas no lo había notado.

Pasaba desapercibida si… pero era mujer, mi olfato de perro cazador oteaba una posibilidad, el sátiro me fustigaba a curiosear.

Un día cualquiera bajé al estudio, la encontré cambiando un bombillo del vestidor. El espejo del tocador estaba enmarcado por una hilera de luces. La flaca estaba empinándose para alcanzar uno de ellos y reemplazarlo. Me acerque por detrás para ayudarla. La blusa le salía del pantalón, se le había subido. Pude ver por debajo unos incipientes pechitos que le colgaban como dos campanillas de árbol de navidad. Le metí las manos por debajo de la blusa, los atrapé. -Flaca te ayudo a sostenerte, le dije con malicia atrayéndola hacia mi mientras jugueteaba con los pezoncitos. Se sorprendió un poco, pero apenas la pegue a mi cuerpo, suspiro anhelante. -Que está haciendo, nos pueden ver, dijo sin ninguna convicción ni resistencia. -aquí no, repitió en un susurro inaudible. La solté un momento, fui a cerrar la puerta del vestidor, me espero quieta, con la blusa aun levantada mostrando las campanillas. Me acerque, la voltee de cara al espejo, ella puso las manos sobre el tocador mientras le bajaba los pantalones, la penetré.

La flaca se restregaba como gata consentida, era tan livianita que en cada embestida se levantaba del suelo, emitía unos suspiros largos y ahogados casi infantiles. En una de las estocadas soltó un quejido lastimero, me detuve para preguntarle si estaba bien. La flaca bajó el cuerpo para quedar apoyada en los codos levantando un poco más las caderas, sin decir nada me instigo a seguir. Seguimos con los embates y los quejidos ahogados hasta que de pronto se quedó quieta, tensó el cuerpo, apretó los muslos y en un suspiro silencioso llegó al cenit para dejarse caer bañada de placer.

La flaca se convirtió en la incondicional, la palangana de mis urgencias, la que estaba ahí en todo momento presta a todo, a cambio de nada. Flaca bajemos al estudio, la flaca bajaba. Flaca cerrá la puerta, la flaca corría a cerrarla, flaca de espaldas, flaca Arrodillate, la flaca obedecía. Flaca hoy voy a estar ocupado en el estudio con una modelo, no bajes, la flaca obediente aceptaba, se resignaba. 

Pero como lo fácil aburre y la monotonía cansa, llegó el momento en que la flaca me estorbaba, entre más se me ofrecía, más me fastidiaba, más la evitaba, hasta que amaneció el día en que me atreví a decirle que no volviera más por el estudio. Así como llegó, se fue y como todas las personas que solo se cruzan en nuestro camino por breves momentos, terminado el momento desapareció de mi vida. 


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