El banquete de la abundancia — Confesiones de un fotógrafo en Nueva York (7/18)

Confesiones eróticas de un fotógrafo en Nueva York
Relato 7 de 18 · Ver índice de la serie

En el mismo restaurante del frente trabajaba una mesera gordita, joven, menos de veinte años, rubia de ojos claros, Rebozaba alegría, juventud e inocencia. Pero por dentro parecía un volcán a punto de estallar. Lo notaba en los ojos cada vez que la miraba; con picardía me le acercaba a hablarle, percibía un torbellino de pasiones sin aflorar que se agigantaban en su pecho. Me aproximaba más para decirle al oído indecencias y provocaciones que la hacían cerrar los ojos, ruborizarse y suspirar profundo. Parecía sacada de “Rome”, la película de Fellini con sus opulentas orgias repletas de obesas odaliscas bañadas en vino, comida y sexo, o así me la imaginaba en medio de mis sueños más pervertidos.

Lo cierto era que estaba obsesionado con ella. Me propuse hacerle un estudio fotográfico recreando un banquete romano. Me di a la tarea de asecharla. Cada que la veía llegar al restaurante salía del estudio a saludarla efusivamente, entre piropos, indirectas y adulaciones la fui llevando suavemente al brete. Por aquellos tiempos yo era un depredador hambriento, olfateaba la víctima, le seguía la huella como los perros de caza oteando el aire para ir acorralándola. Poco a poco le derrumbaba prejuicios, le esquivaba rechazos, le cortaba escapes llevándola al final vencida y confinada al altar de los sacrificios: la cama, donde la ofrendaba a Eros en un festín digno de Calígula.

Así fue, en poco tiempo bajamos al estudio, una noche en que todos se habían ido a sus casas. Ella y yo solos. Esa voluptuosa redondez hecha mujer bajando las gradas delante de mí. El sátiro de la lujuria danzaba alborotado en mi interior tratando de salir a hacer de las suyas, yo lo persuadía cerrando los ojos, respirando suave y acompasadamente, necesitaba darme tiempo para encender la hoguera donde la iba a calentar de a poquitos con suaves mimos con leves caricias. Cómo el plato principal del banquete que era. requería ser adobada con las más afrodisiacas especies de mi repertorio.

Atenúe las luces del estudio, la conduje al vestidor, le escogí una túnica blanca, la puse frente a mí, le solté el cabello, comencé a desabotonarle la blusa pausadamente, me miró sin decir nada, como resignada a su destino. Puse mis manos en los desnudos hombros, fui deslizándolas por los brazos. Al irla rozando la piel se le fue erizando, le apreté las manos un momento. Seguí con el pantalón, se lo fui bajando mientras me iba hincando, llegue a los pies, le levante delicadamente una pierna para despojarla de la prenda, luego hice lo mismo con la otra pierna. Me levante aspirando el olor de la piel recién descubierta, de su sexo húmedo y anhelante, Puse el pantalón a un lado, le tome las manos nuevamente, estaba jadeante, le dije que saliera con la túnica puesta y sin ropa interior. La sentí trepidar, le solté las manos, la dejé deseosa esperando más de mí. Salí del vestidor, le estaba avivando la pasión de a poquitos, ya casi iba a estar en el punto de cocción perfecta. 

¡Y salió Afrodita del vestuario!, Llevaba una diadema de laureles en la frente, vestía la túnica de seda blanca anudada a la cintura con un cordón dorado que le resaltaba las opulentas caderas, iba descalza, los pies eran aporcelanados y diminutos, un manjar para cualquier fetichista. Se paró frente a mi diciéndome: -Que me va a hacer?, habló con una vocecita inocente y nerviosa. El sátiro de la lujuria sacó las pezuñas, avanzó relamiéndose hacia ella, pero lo contuve. Aún faltaba, necesitaba un poco más de ardor para que perdiera el temor y la vergüenza, para que delirante olvidara el decoro y se convirtiera en una loba en celo dispuesta a morir en la batalla.

Iniciamos la sesión de fotos usando fondos de imágenes romanas proyectadas en el telón. Después de cada toma me acercaba con el pretexto de acomodarle el pelo, la túnica o lo que me apeteciera, aprovechaba para rozarla con malicia, provocarla con sutileza. Entrecortaba la respiración, me miraba ansiosa, volvía y me retiraba para el siguiente set de fotos dejándola sedienta. Acomodé en el suelo dos columnas romanas de imitación mármol para las fotos de desnudos. Me acerqué nuevamente a ella, le solté el cordón de la cintura, la miré intensamente, le despojé la túnica. Instintivamente se cubrió los pechos y el sexo con las manos; se las retire sin encontrar resistencia. Por un infinito instante me embelese extasiado ante el abundante y generoso cuerpo que se me ofrecía a la vista. Los abombados pechos turgentes, esféricos desafiaban la ley de la gravedad. El sexo esponjoso, abultado apenas sobresalía de los pródigos muslos que lo aprisionaban. El sátiro volvió y espoleó mi libido, la miré de nuevo golosamente, comencé a alejarme. Pero ella con un apetito recién descubierto y unas ganas primitivas e inéditas de saciarse se abalanzó sobre mí, me besó con avidez, me arrancó la ropa casi que a jirones y apresuradamente; estaba en ebullición, fuera de sí, me tiró al suelo, brincó, se acaballó desbocándose a galopar frenéticamente hasta que el volcán hizo erupción.

Fue una batalla de gladiadores, un cuerpo a cuerpo de dos fieras salvajes devorándose a dentelladas, arañándose hasta desangrar, saciando con apetito una hambrienta lujuria que no acabábamos de satisfacer. Ella, con un presuroso deseo lo consumió toda esa noche, buscaba hartarse de placer, llenarse de mi con desespero, como dos condenados a muerte con las horas contadas nos aferrábamos a nuestros cuerpos para perpetuar el instante, para inmortalizar la tribal copula.

Se convirtió en mi amante por casi dos años, vivía a dos cuadras de estudio, casi siempre nos encontrábamos ahí. Cuando ella quería me llamaba, cuando yo la necesitaba llegaba al apartamento. Funcionaba bien, pero mi errante condición poco a poco me distancio los encuentros, como buen cazador, después de atrapada la presa, paulatinamente iba perdiendo el interés mientras mi olfato rastreaba otras capturas.

Un día cualquiera me llamo para preguntarme si lo nuestro iba en serio, que ya era tiempo de irnos a vivir juntos, le respondí que no, que no estaba listo. Tenía un pretendiente que le prometía una vida juntos, me dijo, y que entonces le iba a aceptar la propuesta, le respondí que era lo mejor. Se despidió para siempre.


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