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Mi Diosito como Jalisco, nunca pierde

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Por estos días tenemos de visita en casa unos cuantos familiares de mi esposa; tíos-abuelos. Son tres; dos hembras y un macho, y todos apostólicos, católicos y colombianos de raca mandraca, y por supuesto adentrados en abriles. De Ave María purísima sin pecado concebida y con el versito de: "si mi diosito lo permite" , finalizando cada oración o paseo que inventen. -Hoy no podemos ir a la playa, les dije señalando unos negros nubarrones que vaticinaban lluvia. -Si nos conviene, -dijo una de ellas, -mi diosito nos da permiso y detiene la lluvia para poder ir, -recalcó con fervorosa entonación. -y si llueve, le conteste yo con irreverencia tratando de desacreditar a mi diosito. -Pues mi diosito nos tiene un plan mejor, respondió mirándome con benevolencia, -quedarnos en casa, ver tv y comer bien rico. Con cara pierdo yo y con sello ganan ellos, pensé mientras ideaba la revancha. Mi diosito, con mas de dos mil años de existencia y con una vasta experiencia en lidiar con todo tip...

La pata de pavo

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  Depositó el pesado bolso en la bandeja, la cinta corrediza lo transportó dentro del túnel para ser escaneado y revisado en el monitor. La dueña del bolso se hizo a un lado y avanzó para también ser revisada e ingresar al recinto. Un objeto triangular, en forma de cono abultado y semejando un revolver apareció en la pantalla, el agente de seguridad con un ademan la hizo detener. La señora, voluminosa ella, de andar lento y balanceado se asustó, balbuceo unas palabritas en ingles mientras manoteaba tratando con señas de averiguar que pasaba, porqué la detenían. En el parque de atracciones dio vueltas y revueltas tratando de averiguar y encontrar donde vendían los muslos de pavo ahumado que tanto le apetecían, era uno de sus platos predilectos, no se iba a ir del sitio sin comerse al menos una de esas suculentas y agigantadas extremidades. Se veía sentada en el andén, a la sombra de un árbol, mordisqueando por todos los lados el pernil, atacando a dentelladas la pulpa jugosa y chorr...

Escapando del infierno

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I La apretujó fuertemente como queriendo llevarse parte de ella en ese abrazo, o tal vez llevarla toda en su interior. Así como dormían abrazadas, así como apoltronadas en el sillón veían televisión, así como habían caminado juntas en la vida por más de veinte años. La soltó, abrazó a sus dos hijos y luego entre sollozos; cosa que no acostumbraba a hacer, dio media vuelta y avanzó decididamente hacia la puerta de embarque a saldar cuentas con su pasado. El Salvador; desde el aire divisó ese pequeño país que la vio nacer y que para ella no le hacía méritos a su nombre, porque en vez de salvarla la había hundido en los profundos abismos del dolor, del miedo, del ultraje; llevándola de la mano a un infierno que ahora, después de muchos años de cicatrización y superación venía a enfrentar. Inclinó un poco más el asiento, cerró los ojos y se sumergió en un retrospectivo adormecimiento que la transportó a través de la bruma de los recuerdos a la lejana noche en que comenzó la pesadilla. Era ...

La fiesta de despedida

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  Las dos eran bellas, grandes, blancas, muy similares, casi que gemelas, aunque tenían sus diferencias; la una atisbaba siempre de frente, la otra, cabizbaja buscaba no sé qué en el suelo con la mirada, a ratos me parecían bizcas, pero aun así las adoraba. Mas, sin embargo, era el momento de decirles adiós, habían crecido mucho, estaban abombadas y tenían sobrepeso. Decidí hacerles una fiestecita de despedida con fotos y todo; muy íntima, entre mi esposa y yo, nadie más. Se lo comenté, al oírlo se negó, pero la persuadí y con un poco reticencia acepto. El tema de la ropa me preocupaba; mi esposa, muy conservadora ella en el vestir no iba a permitir que yo las ataviara a mi gusto. -Desvergonzado, -me dijo al mostrarle por internet la atrevida y sexy ropa que les quería engarzar, -y menos con fotos, me recalcó, -jamás las vas a ver así vestidas, -ni loca, -concluyó. Quedé pensativo mascullando un plan para salirme con la mía y disfrutar del espectáculo. Unos vinitos, pensé, aflojan ...

Subiendo tapias... bajando bragas.

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El muchacho del relato anterior, el fisgón, llegó con su historia a mi mente como un chispazo de creatividad, un golpe de imaginación, o tal vez un recuerdo olvidado de una vivencia remota. Lo cierto es, que puede que lo haya vivido o no, puede que lo narré mitad recuerdos y mitad ilusión. No sé, pero la historia como decía nuestro Gabo, no se cuenta tal cual como sucedieron los hechos, sino como uno la recuerda y la escribe, con sus lagunas de memoria y sus quimeras irrealizables. Por eso voy a crear un personaje, un muchacho picaresco y travieso, con una alta dosis de morbo juvenil e irreverencia para que sea el protagonista de mis fantasías eróticas, de mis recuerdos juveniles y así poder aquietar mi conciencia y la de mi esposa que cree, al leerme que fui un chico precoz y libidinoso que me dedique a asaltar camas, violentar cerraduras y abrir puertas. Edgitar, le voy a llamar. Ese día, muy al filo de la media noche, Edgitar se despertó, miró el relojito de mesa que tenía junto a l...

El fisgón

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  Se arrastró un poco más sobre la hierba, apartó unos matorrales, asomó la cabeza y desde el montículo, en la orilla del riachuelo la pudo ver. Con el agua del rio rodeándole los muslos la empleada enjuagaba la ropa dejándola mecer sobre la suave corriente para luego enjabonarla y estregarla en la superficie de una piedra lisa que sobresalía del nivel del agua. Tenía recogida la falda casi que, a la altura de los glúteos para no mojarla, por lo tanto, al estirar la prenda que lavaba sobre la piedra arqueaba su cuerpo hacia delante deslizando la falda hacia arriba y dejando ver las ancas redondas, blancas y fofas que se apretaban, soltaban y fruncían al lavar la ropa y golpearla contra la piedra. El muchacho aparto nuevamente los matorrales que se interponían entre sus ávidos ojos y la espléndida visión del abundante trasero que como un fuelle se comprimía y expandía voluptuosamente para encender su hormonal fuego que al instante reaccionó erguido. Deslizó una de sus manos por deba...

El nigromante

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  -Y esta que dice?, me preguntó mientras depositaba sobre la mesa el naipe tomado de la baraja al azar. Miré la carta: corazones, -elija otra, le dije, espadas sacó. Levanté la vista y la observé detenidamente. “La gitana” le decían en el barrio, tendría unos 30 años, yo estaba en los diecisiete. Era alta, de piel blanca salpicada por pecas oscuras en los hombros y en los turgentes pechos que se insinuaban en el escote que dejaba ver la blusa que vestia. El cabello, largo, oscuro y ondulado; a veces, al mover la cabeza le caía seductoramente sobre el rostro ocultando parte de sus labios carnosos y dejando ver, semi escondidos unos ojazos negros de mirada intensa y penetrante. No era delgada ni gorda, tenía buena carne y bien repartida, por eso en el barrio, los galanes más avezados le hacían lances que ella esquivaba muy sutilmente. Aparte de que el hermano, “El gitano”, no permitía que nadie se le acercara y el hombre era temido por belicoso, buen peleador y bronco. -Vamos, que v...