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El fisgón

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  Se arrastró un poco más sobre la hierba, apartó unos matorrales, asomó la cabeza y desde el montículo, en la orilla del riachuelo la pudo ver. Con el agua del rio rodeándole los muslos la empleada enjuagaba la ropa dejándola mecer sobre la suave corriente para luego enjabonarla y estregarla en la superficie de una piedra lisa que sobresalía del nivel del agua. Tenía recogida la falda casi que, a la altura de los glúteos para no mojarla, por lo tanto, al estirar la prenda que lavaba sobre la piedra arqueaba su cuerpo hacia delante deslizando la falda hacia arriba y dejando ver las ancas redondas, blancas y fofas que se apretaban, soltaban y fruncían al lavar la ropa y golpearla contra la piedra. El muchacho aparto nuevamente los matorrales que se interponían entre sus ávidos ojos y la espléndida visión del abundante trasero que como un fuelle se comprimía y expandía voluptuosamente para encender su hormonal fuego que al instante reaccionó erguido. Deslizó una de sus manos por deba...

El nigromante

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  -Y esta que dice?, me preguntó mientras depositaba sobre la mesa el naipe tomado de la baraja al azar. Miré la carta: corazones, -elija otra, le dije, espadas sacó. Levanté la vista y la observé detenidamente. “La gitana” le decían en el barrio, tendría unos 30 años, yo estaba en los diecisiete. Era alta, de piel blanca salpicada por pecas oscuras en los hombros y en los turgentes pechos que se insinuaban en el escote que dejaba ver la blusa que vestia. El cabello, largo, oscuro y ondulado; a veces, al mover la cabeza le caía seductoramente sobre el rostro ocultando parte de sus labios carnosos y dejando ver, semi escondidos unos ojazos negros de mirada intensa y penetrante. No era delgada ni gorda, tenía buena carne y bien repartida, por eso en el barrio, los galanes más avezados le hacían lances que ella esquivaba muy sutilmente. Aparte de que el hermano, “El gitano”, no permitía que nadie se le acercara y el hombre era temido por belicoso, buen peleador y bronco. -Vamos, que v...

Un intento fallido

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  La ocasión era perfecta. Nuestros hijos iban a estar fuera todo el fin de semana. Así que ni corto ni perezoso rebusqué en el cajón de las medias y los calzoncillos la bolsita super escondida que un solicito amigo me había regalado meses atrás. -Me lo vas a agradecer y vas a querer más, -me había dicho al momento de entregármela por debajo de la mesa, mirando hacia todos los lados para asegurarse de que nadie nos observara. -Loco, tenete duro que es alto voltaje, -finalizó riendo mientras nos despedíamos. Sali del restaurante mirando disimuladamente sobre mis espaldas temiendo que alguien nos hubiera visto, caminé hacia el carro con una creciente sensación de intranquilidad que iba de mi estomago al pecho, para luego llegar a las manos con síntomas de nerviosismo. Abrí la portezuela con manos temblorosas y arranqué hacia casa no sin antes dar unas cuantas vueltas para cerciorarme de que nadie me siguiera. Llegué y refundí la bolsita en el mencionado cajón sin comentarle nada a mi...

La primera dosis

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  Muy temprano en la mañana llegue al lugar, dos policías que descansaban sentados de lado sobre sus motos levantaron la mano haciéndome señas de detenerme para luego acercarse al carro con caras de aburrimiento. Preguntaron si venía a vacunarme y si tenía la edad elegible para obtener el privilegio de la inmunización, mostré mi identificación y con la misma mano que me habían detenido me señalaron el camino a seguir.   Estaba en Synder Park en Fort Lauderdale, un tropical y tupido pulmón vegetal sembrado de altísimos y frondosos cedros, palmas, helechos y ocultos lagos repletos de flotante vegetación. Avancé en el carro por la senda demarcada, era una vía cerrada en el cenit por altos árboles que aun a las ocho de la mañana impedían el paso de los rayos solares que en el camino a la tierra se cortaban atenuando el lugar. Iba nervioso, muchas de las dudas acerca de los efectos secundarios de la vacuna las había disipado, pero estaba expectante sobre la reacción de mi sistema i...

El pasillo del adios

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  El anciano se levantó pesadamente de la cama tratando no enredarse con el catéter y la sonda, que conectadas al dorso de su mano lo alimentaban y le suministraban las medicinas que calmaban el intenso dolor que le recorría el cuerpo. Apoyándose en el porta-sueros, enojado y bastante molesto se ubicó en un rincón de la pequeña habitación del hospicio mientras la enfermera retiraba las sucias y malolientes sabanas, recogía almohadas y desechaba las toallas. Lo que más le irritaba al anciano era la indiferencia con que ella realizaba su trabajo, ni siquiera lo saludaba, lo ignoraba por completo, como si no existiera. Carraspeo fuertemente llamando la atención de la enfermera, pero esta siguió con su labor. Zarandeo el porta-sueros metálico produciendo un chirrido agudo. La enfermera volteo a mirar, pero no le hizo caso y siguió en su labor. Enfundada en un traje azul, con guantes, mascarilla y gorro de plástico, sólo sobresalían los negros ojos, aun cuanto también estaban enmarcados...

Las tres amiguis

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  Hace pocos días conversando banalidades con tres viejas amigas y al calor de unas copas surgió el tema de la sexualidad y la autocomplacencia en las mujeres mayores. Una de ellas, la más joven del ramillete, en los 55, de cuerpo hospitalario y útero goloso argumentaba que aún no había encontrado al hombre de sus sueños; amantes ocasionales por montones pero que cada vez se desilusionaba más y prefería estar sola que mal acompañada, aunque también se dolía de no tener como satisfacer sus urgencias nocturnas. La siguiente en los 60, mojigata de nacimiento, reprimida por preceptos religiosos y prejuicios sociales, solo despertaba su sexualidad cuando ahogaba sus tabúes en el alcohol y entre chistes y risas daba rienda suelta a sus hambrunas acumuladas. Y la tercera, la mayor de todas, en los 65, vital como cualquier jovencita, de cuerpo fibroso y sólido, aun vestía faldas cortas para mostrar sus bien mantenidas piernas. Había tenido un pasado tormentoso de amores, infidelidades y am...

La merienda de mi compañera

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  Espero ansioso, casi que en éxtasis las 10:30 am, hora en que mi compañera de oficina saca su merienda de la lonchera. Es todo un espectáculo digno de coger palco. Ella con su escritorio ubicado a mis espaldas y de cara la pared no está en mi campo visual, pero a través de un acrílico frente a mí, en lo alto, puedo ver casi todos sus movimientos, en especial el rostro. Como decía antes a eso de las diez y media se inclina un poco hacia la lonchera, la abre y exquisitamente, con movimientos estudiados deja caer su ondulada cabellera sobre la cara, toma tiernamente de la recién abierta lonchera un provocativo y grueso banano. Al levantar el rostro casi que cubierto por mechones de dorado cabello solo se ven sus ojos lúdicos fijos en la fruta y la boca entreabierta con los anhelantes labios esperando degustarla. Como si secretamente y en silencio elevara una plegaria al dios eros ofreciendo el sacrificio del banano, lo mira un instante y luego, sosteniéndolo fijamente con la mano, p...