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Las adorables suegritas

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  Lo que narro a continuación son situaciones inventadas, nacidas de mi creatividad. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia, fortuito azar. No me responsabilizo si alguien se identifica con los personajes.   Coincidieron, solo sé que coincidieron y por tres días habitaron bajo el mismo techo. Midieron fuerzas, marcaron territorio, impusieron leyes, criterios y se fueron triunfantes, cada una con sus derrotas y victorias. La una cayó del norte y la otra aterrizó del sur, cada una con conocimiento de causa y título de propiedad. Las dos suegras, la adoptiva y la biológica daban por sentado, que conocían más los gustos de mi esposa que la otra. Por tal motivo en un tira y encoge o corre que te alcanzo, comenzaron tres días de convivencia con batallas perdidas y ganadas en ambos bandos, además de treguas pactadas en el fragor de las contiendas más encendidas. Después de los abrazos de rigor y los efusivos saludos; al siguiente día cada una se levantó a tomar poses...

Un amor para la eternidad

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  Miró a través del amplio ventanal que daba a la piscina. No la vió en la silla para asolearse que usualmente usaba. Desde la cocina donde le preparaba un coctel la llamó. - ¿Querida ya vienes? -Del cuarto surgió una voz que le replicaba que, en un momento, que se estaba cambiando de ropa. Siguió preparando la bebida mientras le ordenaba a Alexa que pusiera música romántica, en ese momento la vio salir del cuarto, se le atropellaron los recuerdos que brotaban de la memoria, una lagrima rodó por su mejilla. Fueron más de 40 años juntos y aun al verla en vestido de baño se le aprisionaba en el corazón el amor que le profesaba y que no dejaba partir. Abrió la puerta de vidrio corrediza que separaba la cocina del patio y daba acceso a la piscina, se acercó a ella que ya reposaba acostada sobre la silla recibiendo el sol de la mañana. -Estas tan bella como siempre mi amor, -le dijo mientras depositaba el licor en la mesita del patio, ella lo miró y solo esbozó una leve sonrisa. Puse la...

Por favor, vuelve adentro...

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  Se revolvió inquieta en la cama, era su tercer aniversario. Tercer año en que se iba a descansar tranquila, en que se acostaba cuando quisiera, sin tener que complacer a nadie. Disfrutaba de su soledad, de su independencia. Le habían crecido alas y cual pájaro libre volaba cada vez más alto y lejos. Ya no le importaban las críticas; los murmullos a su espalda, ni los comentarios mal intencionados. Era ella; 100% original, sin dobleces ni tapujos. Cerró los ojos para tratar de dormir. Lentamente la nebulosa del mundo onírico se le fue disipando, se vio caminando vestida toda de negro. El séquito fúnebre avanzaba despacio, el día estaba gris y lluvioso. Pareciera que el cielo lloraba despidiendo al cortejo. No tenía certeza a quien acompañaba ni por que estaba ahí caminando toda vestida de negro. Al lado, todo vestido de blanco su esposo caminaba en silencio. Ella lo miraba y no lo podía creer. Como se atrevía a salir para ir a su lado, después de todo el sufrimiento, de todo el do...

Un simple nudo de corbata

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  Esta mañana, cuando estaba desayunando, salió mi hijo, el mayor, muy de prisa y apurado del cuarto con una corbata en la mano para que le hiciera el nudo. Levanté la vista del plato y me quedé observándolo por unos segundos. Unos segundos que me devolvieron al pasado, a muy atrás en el tiempo; me vi reflejado en él, cuando en las ocasiones en que necesitaba usar corbata le pedía a mi pápa que me hiciera el nudo. Más de cincuenta años han pasado de esos momentos, pero la imagen y los recuerdos acudieron claros y nítidos a mi memoria. Sentí nostalgia; de pronto sentía que mi pápa ya no estaba y que solo y desprotegido no tenía a quien acudir para que me hiciera un simple nudo de corbata. Me quede pensando como un detalle tan cotidiano y superfluo puede quedar guardado en la memoria, olvidado en el tiempo y de pronto con una acción similar, activarse el interruptor para revivir la escena con una fuerte carga de emotividad. Volví al presente y vi a mi hijo nuevamente mientras estirab...

Los examenes anuales

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  Eso de llegar a viejo como que no es fácil, requiere mucha paciencia y resignación. Son muchos años los que se nos acumulan y a veces no hay ni donde acomodarlos y lo peor de todo es que no se pueden botar ni descargar como inservibles en la papelera de la computadora; hay que llevarlos en la espalda, en las articulaciones, en los achaques, en la abultada panza; el cuerpo comienza a quejarse, doblarse y resentirse. Y claro, el doctor primario, que es como le dicen acá al médico general, cada año con la cantidad de exámenes que te obliga a realizar, se encarga de recordarte que los cumpleaños no pasan en vano, que te cobran factura por los desmanes y locuras de la añorada juventud. Comento esto porque este mes fue el escogido por el matasanos para mis exámenes. Primero me llegó un sobre con un tubito de ensayo y una espátula diminuta que dizque para sentarse en la taza del inodoro, arquear el cuerpo hacia adelante en una complicada posición de yoga avanzada y luego con pulso y ojo...

El primero jamás se olvida

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  Soy muy bueno en lo que hago tocayo, -me dijo sentándose frente a mi escritorio. Lo observé por un momento. Era muy joven, tal vez menos de 25 años, alto, trigueño de espesa cabellera negra, con unos ojos azabaches expresivos que cuando miraban te clavaban en el suelo como hipnotizado. Extrovertido y buen conversador, tenía más pinta de político en campaña que lo que realmente ejercía: el sicariato. Era un asiduo visitante de la redacción del periódico deportivo donde trabajábamos en New York. En los preliminares de algún encuentro deportivo, casi siempre se reunían, periodistas, comentaristas y uno que otro aficionado al que le habíamos permitido acceso a nuestras oficinas para ver el juego; él era uno de esos privilegiados. Creo que nadie en el periódico sabia en lo que realmente se ganaba la vida el muchacho, pues ocasionalmente llegaba con su joven esposa y dos preciosas niñas a saludarnos aparentando ser la familia perfecta. Agraciados y simpáticos; ella dedicada a los queha...

Con motivo de mi cumpleaños

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  Saliendo del trabajo y camino a casa, en un recorrido de aproximadamente una hora me puse a pensar en las palabras que diría esa noche en la cena de mi cumpleaños. Me asaltaron muchos pensamientos, se me avivaron infinidad de recuerdos, pero seguía sin saber por dónde comenzar. ¡Que sí!, que había pasado mucho tiempo sobre la tierra, que mi infancia era muy lejana y remota en el pasado. Que muchos se habían quedado en el camino, que cada vez quedábamos pocos y un sinfín de ideas, pero no concretaba nada en especial para decir. De pronto Facebook, que para recordarnos las fechas de cumpleaños no se lo gana nadie, me envió una foto de mis años mozos. Vi en la desgastada imagen a un Mauricio desconocido, un extraño, que si me lo hubiera encontrado de pura casualidad en la calle no lo hubiera reconocido, no sabría que ese impúber, que pasaba distraído a mi lado hubiese sido yo más de 50 años atrás. Y es que de pronto me di cuenta de que había mutado; de que, tanto en pensamiento, com...