La reina de Marras
Estaba sentada casi enfrente de mi mesa, en un concurrido restaurante de Queens, Nueva York. Cada vez que levantaba la mirada de mi plato, la descubría observándome. La saludé con un leve arqueo de cejas.
Tenía una cara angelical, una sonrisa cautivadora y compartía mesa con una señora mayor, a quien supuse sería su mamá.
Llamé al mesero, pagué la cuenta de las dos y esperé a ver cómo reaccionaban. Al terminar, se acercaron a agradecerme el gesto tan generoso con unas desconocidas.
El fauno, instalado como siempre en mi hombro, me susurró al oído:
—No es un gesto generoso; es una inversión para seducirla. Y creo que te va a costar, pero vale la pena. Vas a disfrutar de un bocatto di cardinale. Prepárate.
Intercambiamos teléfonos, quedamos de vernos en otra ocasión y nos despedimos, cada cual tomando un camino distinto y sacando sus propias conclusiones de aquel encuentro fortuito.
Yo, y esto lo escribo en retrospectiva porque aún no sabía quién era la despampanante desconocida, imaginé una aventura llena de placer, gozo y deleite. Después supe que, hacia finales de los años setenta, había sido nada menos que Reina del Café y Señorita Risaralda.
Llevaba varios años radicada en Nueva York. Vivía con la señora que la acompañaba y, por supuesto, estaba acostumbrada a los elogios, las alabanzas, los regalos, los restaurantes elegantes, las tiendas prestigiosas y los placeres caros. En fin: gustos de reina.
El fauno tenía razón: la inversión sería alta. Yo solo esperaba que los dividendos también lo fueran.
Ella, por su parte, me confesó tiempo después —cuando ya salíamos juntos— que al verme pensó que yo era un capo de la mafia colombiana. Mi traje entero con corbata a la moda, el sombrero ladeado, la facilidad con que pagué la cuenta y los dos amigos que me acompañaban, a quienes ella etiquetó de inmediato como guardaespaldas, terminaron de convencerla.
En resumidas cuentas, yo vi una promesa de aventura y me relamía los bigotes como el lobo feroz de Caperucita, afilando los colmillos para el banquete. Ella vio a un hombre forrado en billetes, dispuesto a complacer los gustos de reina a los que estaba acostumbrada.
Cuán equivocados estábamos los dos.
Dejé pasar una semana antes de llamarla, para no parecer demasiado ansioso. Hablamos poco: estaba trabajando en Manhattan. Le propuse recogerla a la salida e ir a cenar; aceptó.
Fui en carro por ella. Trabajaba como dependiente en una exclusiva tienda de ropa de la Quinta Avenida, de esas donde uno siente que le cobran hasta por mirar las vitrinas.
Realmente era bella: angelical, delicada, una muñequita. También comprendí que sería muy fácil caer en sus caprichos si tenía la mala suerte de enamorarme. Decidí andar con cautela, aunque intuía que una mujer acostumbrada a ese mundo no se conquistaba con serenatas ni flores de supermercado.
Cada vez que la recogía en la tienda, se había enamorado de alguna prenda. Y, casi siempre, le tocaba pagarla a este pechito a cambio de unos besos que, yo sospechaba, venían más por compromiso que por entusiasmo.
Pasó un mes. El fauno, impaciente, me acosaba para que fuera más atrevido. Una noche la recogí, cenamos y la llevé hasta el apartamento donde vivía. Como llevaba unos paquetes, entré con ella a dejarlos. La señora no estaba.
Vi la oportunidad de acercarme. La abracé, la besé en el cuello y luego en la boca. Ella correspondía a ratos, pero no se veía cómoda ni realmente emocionada. Cada vez que intentaba avanzar, ella esquivaba mis manos.
Era un juego inútil: donde yo ponía una mano, ella la retiraba. La tensión fue creciendo, pero no hacia la pasión sino hacia la incomodidad. Yo, terco y con el fauno soplándome imprudencias al oído, insistí más de lo debido.
Ella llevaba un pantalón negro de cuero, ceñido al cuerpo, que resaltaba las curvas de sus piernas. En el torpe intento de ayudarla a desabrocharlo, arranqué el botón y dañé el cierre.
Como un resorte, se levantó del sofá.
Entre gritos y sollozos, alegaba que aquel pantalón era costosísimo; que por mi impulsividad, mi insistencia y mi manoseadera, le había arruinado una prenda que adoraba. De repente, toda la pasión se fue al piso.
No supe qué hacer. No sabía si consolarla, disculparme o sacar la billetera y pagar el desastre.
Al final hice lo único sensato que me quedaba: saqué la billetera, le pagué el pantalón y me retiré.
Me llamó un par de veces más, pero ignoré sus llamadas.
Y así, entre un pantalón de cuero, una cuenta de restaurante y mis fantasías de grandeza, me quedé sin coronar a la reina de marras.

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