Cavilaciones breves
Hoy, mientras veía con mis hijos el fallido partido de Colombia contra Suiza, me quedé observándolos como si quisiera guardar la escena antes de que se me escapara: se paraban, caminaban, se angustiaban, sufrían y gritaban ante cualquier intento de gol de la Selección Colombia. Nacieron en este grandioso país que está venido a menos, y aun así llevan en el cuerpo una emoción que los conecta con otra tierra. Yo les recalco que el imperio se está desmoronando, que solo durará 250 años, mucho menos que el Imperio Romano o el Imperio Otomano, y ni qué decir de los milenarios imperios chinos o suramericanos, como los aztecas, incas o mayas; me miran y se ríen con incredulidad.
Aman este país, en el cual abrieron sus ojos por primera vez; pero sus raíces, sus ancestros —nosotros, sus padres y su familia— los llevan también a sufrir por la camiseta amarilla, a ponerse de pie para cantar el himno nacional y a corear la canción de “Mami, prende la tele, enciende la radio, que hoy juega la sele”. Son biculturales: se mueven entre dos mundos con naturalidad, y eso me enorgullece.
Me hago a un lado, como si saliera de la escena para observarlos desde lejos. Quiero aislarme de la realidad que estoy viviendo, congelar el instante, guardarlo en la memoria y atesorarlo por una eternidad. Los escucho: parlotean en inglés, luego pasan al español; hablan de jugadores y estadísticas, comparan mundiales anteriores, analizan jugadas, suponen resultados y se aferran a improbables combinaciones mientras ven el reloj avanzar y acortar el tiempo para una definición favorable.
Los sigo viendo y me pregunto en qué momento se me crecieron esos muchachos, en qué corto tiempo se agigantaron y me superaron en tamaño, fuerza y vitalidad. Yo, que, en los parques de Orlando, muchos años atrás, me los terciaba en los hombros por más de ocho horas, soportando calores infernales, acarreando maletines, sudando a chorros, acunándolos en mis brazos para adormecerlos, subirlos al carro y después manejar más de tres horas de regreso a casa.
Ahora, en el otoño de mi existencia, cargo el peso de los años sobre la espalda. Los sigo mirando y me complace lo que veo en ellos, lo que son: mi continuidad, mi herencia genética, mi legado biológico, mi ADN mezclado en una proporción del 50% con el de mi adorada esposa. Eso me reconforta, me recuerda que mi paso por esta tierra no fue en vano, que dejaré huella, que seguiré viviendo a través de ellos.
Decían los abuelos que las tres cosas más importantes que un hombre debía realizar en su vida eran, en este orden: tener un hijo, sembrar un árbol y escribir un libro. Las tres las he cumplido. Y aún sigo aquí viendo cómo pasa la vida, cómo les han salido alas y empiezan a volar por sí mismos, a recorrer nuevos caminos, a conocer lejanos destinos, a formar sus propios nidos.
Se termina el partido; perdemos, como siempre, en penales; mis hijos se van. Quedo solo. Descorcho una botella de vino tinto, me sirvo una copa y coloco música: la que me gusta, la que le canta a la vida, al amor, a los años y a las parejas que resisten el paso del tiempo, que no se corroen, que siguen juntas a pesar de los pesares y los achaques. Enseguida prendo la computadora, me siento enfrente y comienzo a teclear. Las letras caen, se amontonan, forman palabras, se agrupan en frases, se reorganizan en párrafos y terminan convirtiéndose en una historia, una vivencia, un pensamiento, una cavilación: una página más del blog -de mi paso por la tierra- que aún no termino de escribir.

Esta buenisimo
ResponderBorrarEstá vez no perdimos como siempre, este Mundial fue el mejor , no ganamos una copa , ganamos vivencias, gritamos goles, tomamos vino y escuché a Mateo cantar el himno nacional a mi lado, lo cantamos juntos , eso fue maravilloso, Viva nuestro fútbol Colombiano. Ximena
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