Un caso de solidaridad
Nick
Ese día iba retrasado al trabajo. El día anterior había olvidado conectar la batería de la bicicleta eléctrica para recargarla durante la noche, por eso los últimos 15 minutos los pedaleo bajo el agobiante calor mañanero, el sol lo castigaba calentando rápidamente el asfalto; típico día en el sur de la Florida.
Entre el ardoroso calor y la preocupación por llegar tarde al banco donde laboraba sudaba copiosamente, le parecía que no avanzaba nada; casi todos los semáforos los cogió en rojo, los peatones atravesaban el cruce de la calle con extrema lentitud, pero él se armaba de paciencia para cederles el paso.
Llegó agitado; rápidamente sujetó la gruesa cadena al árbol donde aseguraba la bicicleta por seguridad. Lo hacía a manera de precaución, “por si las moscas”, pues el vecindario donde estaba ubicado el banco era un lugar tranquilo, nunca sucedía nada fuera de lo común y rutinario.
Se ocupó por completo durante el día en sus labores; después con sus colegas recordaría que ni siquiera tuvo tiempo para el almuerzo. Llegadas las cinco de la tarde buscó las llaves de la bicicleta en el maletín y salió de prisa pues tenía un compromiso con sus amigos de toda la vida.
Se frotó los ojos con fuerza para mirar de nuevo con más atención, rodeó el árbol varias veces buscando con desespero y anhelo encontrar en la siguiente vuelta por obra y gracia del espíritu santo la bici. La cadena rota en suelo era el único objeto que quedaba de la bicicleta. Había desaparecido. El milagrito no se materializó.
Mateo
El siguiente día, el grupo de amigos de toda la vida comentaban con asombro e incredulidad el robo de la bicicleta.
Mateo: Nadie lo puede creer
Sara: Yo entré en pánico, casi que lloro
Sofia: A mí me dieron nervios y hasta dolor de cabeza
Luis: Y entonces como va a ir a trabajar
Mateo: No sé, pero tenemos que hacer algo para ayudarlo
Sara: ¿Tendrá plata para comprarse otra?
Respondieron todos en coro que no, que de donde, si a duras penas pagaba sus gastos.
Sofia: Mi padrastro está vendiendo una scooter en $1200.
Otra vez respondieron todos al unísono: ¿Nooo y de dónde?
Mateo: ¿Y si hacemos una colecta entre los amigos?
Luis: si, pero es mucha plata
Sara: y si llamas a tu padrastro y le pedís rebaja Sofía
Sofia: Cuanto le decimos que no la deje
Sara: échale el cuento completo para que se compadezca y la deje en mil.
Mateo ni corto ni perezoso se puso a la tarea de redactar el texto para la colecta creando un chat con el grupo de amigos y compañeros de estudio más cercanos en el cual les explicaba el motivo de la colecta y la situación de Nick. Terminó escribiendo que lo mínimo eran $30 dólares o lo que quisieran dar de ahí en adelante.
No había transcurrido una hora cuando Mateo revisó el teléfono y comprobó jubiloso que llevaban $300 recolectados. Todos celebraron con alegría y gritos de felicidad. Entre bromas y risas aun esperaban con nerviosismo la respuesta del precio de la moto.
La llamada llegó al instante con la buena noticia de la rebaja. Mas gritos y abrazos.
-Pero que Nick no se dé cuenta, le queremos dar la sorpresa,
-dijo Mateo alzando la voz para que lo escucharan.
Todos estuvieron de acuerdo.
La sorpresa
El siguiente día, jueves en la noche los amigos de toda la vida invitaron a Nick a una heladería cercana, pero con la disculpa que tenían que recoger a Sofia se dirigieron para allá. En el camino reían y departían con Nick haciéndole bromas sobre su descuido y de cómo tendría que madrugar para caminar hacia el trabajo todas las mañanas.
Llegaron a su destino. Sofía y el padrastro salieron de la casa a saludarlos diciéndole que le tenían una sorpresa; lo pararon frente a la puerta del garaje con la disculpa de que había una amiga que quería conocerlo. Nick se sonrojó, siendo un muchacho tímido no supo que decir, solo se dispuso a seguirles el juego; se dejó vendar los ojos mientras lo hacían girar sobre sí mismo. Su nerviosismo aumentaba, le sudaban las manos, se le resecaba la boca. Solo escuchó que la puerta del garaje se estaba abriendo lentamente.
Después de varias vueltas sobre sí mismo le quitaron la venda, el muchacho se encontró de frente con la reluciente moto. No supo que decir, no entendió la sorpresa, solo atinó a decir que muy bonita,
-que de quien es,
-que la compramos para ti,
-que no que yo no tengo plata para comprarla,
-que aquí están las llaves,
-que no tengo dinero suficiente,
-que es tuya,
-que toma las llaves,
-que no,
-que no puedo,
-que como voy a pagarla.
Entró en negación por unos segundos que a todos les parecieron una eternidad. Intervino Mateo para sacarlo del estado en que se encontraba entregándole una tarjeta firmada por los treinta contribuyentes del milagrito. A medida que leía los nombres comenzó a reaccionar y entender el grandioso detalle de solidaridad que habían tenido sus amigos de toda la vida. Se le hizo un nudo en la garganta, se le enrojecieron los ojos para después preguntar con voz temblorosa quien había sido el artífice de la idea. Mateo dio un paso adelante y Nick lo abrazó.
Narro este acontecimiento aislado, tal vez insignificante para muchos, pero que para mí representa un acto de esperanza, de buena voluntad y compañerismo, de optimismo en la creencia de que a pesar de los oscuros tiempos de absolutismo que vivimos, de nacionalismos extremos, de odios irreconciliables y fanatismos enceguecedores, aún quedan personas que aportan su granito de arena para un mundo mejor, de paz y hermandad.
Boca Ratón, FL (04/07/25)

Mauricio en buena hora … Como siempre nos deleitas con grandes narrativas que nos alegran las jornadas y nos impactas la vida positivamente .. att. Fredy Pérez Suárez - Saludos -
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