Entradas

La Inolvidable Tia Nila

Ese domingo amaneció llorando a chorros. Grises y oscuros nubarrones impedían que la tibieza del naciente sol nos iluminara. Por que llorará el día, por que estará triste, de quien se lamentara?. La respuesta llegó por un texto en el teléfono: la Tia Nila había partido de este terrenal mundo hacia otros lares desconocidos. Muy temprano en la mañana, después de leer el texto, el olor a café recién colado me fue llevando de la mano con su aroma hacia el pasado, hacia muchos años atrás; me regrese a Colombia, a Cali y la volví a ver por allá en los setentas, en el barrio de San Nicolas; no se cuantos años tendría por esa época, pero era una mujer espectacular, de una altivez y arrogancia inusuales en las mujeres de su tiempo que sumisamente y agachando la cabeza obedecían sin cuestionar a sus esposos o padres. Era irreverente, caprichosa e impredecible, tenia el respaldo de su apellido y de sus seis hermanos, hombres fuertes y recios, curtidos en las labores del campo. En mi memoria se a...

Diciembre

El doceavo mes del año; el mas esperado, queda reducido a una semana, que luego se minimiza a dos días; 24 y 31. Nada!, 48 horas de las 8,760 que tiene el año. Pero es el mes de los balances, de las promesas, de las añoranzas, de las cuentas retrospectivas, de las reconciliaciones, abrazos, llamadas postergadas, visitas en familia, ademas de rumba y gastos por montones. Sentarnos a hacer un recuento de lo vivido, termine en balance positivo o negativo siempre nos lleva a tener la esperanza de que el siguiente año será mejor, porque para prometer al calor de unos vinos la mayoría la tenemos grande, así al otro día el dolor de cabeza y la resaca nos impidan acordarnos de lo prometido y jurado. De jóvenes, solteros, ambiciosos y vitales, prometemos amor eterno abrazando la calidez febril de un joven cuerpo temblando de extasis en nuestros brazos, pero el amor eterno en la juventud dura de tres a cuatro meses, mas tras el desasosiego y dolor por la perdida volvemos a recomenzar en otr...

El Predicador

El hombre, elegantemente vestido; con camisa de cuadros blanca y azul, manga larga y puño grande doblado hacia arriba, chaleco negro ajustado, jeans y botas, salió de un lado del escenario. Despacito, muy despacito con las manos juntas, los ojos semicerrados y la cara en dirección al cieloraso del teatro. La banda, compuesta de cinco muchachos jóvenes aumentó el sonido de sus instrumentos y entonando una alabanza impregnó el recinto de religiosidad. Los feligreses, entre los cuales me encontraba comenzaron a elevar las manos al cielo y entonando en coro el tribillo de la alabanza entraron en éxtasis espiritual. El predicador aprovechó el momento para comenzar su predica del domingo. Hombre cincuenton, en buena condición física y sonrisa de azafata internacional, se acercó al centro del escenario, un rayo de luz lo iluminaba en su lento y estudiado recorrido, avanzaba con las manos unidas en oración: queridos hermanos esta mañana mientras estaba desayunando se me vino a la cabeza un ve...

El tio Yesid, un breve recuerdo

De muchachos, los primos y yo, nos subíamos al techo de la vieja casona de San Nicolas; la casa de la abuela Dolores. Desde allí divisábamos el inmenso patio trasero con sus frondosos arboles, veraneras, rosales y demás vegetación que hacían de el un lugar adecuado para perdernos descubriendo pasadizos secretos y escondites seguros para nuestros juegos y travesuras. Al fondo a la derecha estaba el horno de ladrillo, grande y espacioso donde el tío Yesid colocaba ordenada y delicadamente las vasijas de barro y demás orfebrería que previamente había moldeado con sus prodigiosas manos en el taller. Las iba colocando en el suelo, sobre unas tablas próximas al horno en espera del momento adecuado para introducirlas al horno y cocinarlas; unas esperaban su turno brillantemente esmaltadas, otras bañadas en tintes minerales que les daban un aspecto de arte precolombino, otras en ocre barro crudo, rojizo, redondeadas vasijas de bronceada superficie semejando  voluptuosas caderas. Allá ...

La traición

El abatido hombre miro la soga colgando del árbol, la apretó entre sus manos y se meció en ella, "aguanta conmigo" , dijo para si mismo, "mañana a esta hora ya me habrán encontrado" ; una risita de satisfacción y nerviosismo se le dibujó en los resecos labios. De sangre italiana que lo convertían en un hombre sociable, galán y picaresco. El trato amable y cálido le permitía que rápidamente al conocerlo te tratara como a un viejo amigo dispuesto a hacer cualquier cosa por ti. Y eso hacia desde siempre con su mejor amigo, el irlandés, al que conocía desde la infancia; el que había hecho una fortuna con sus negocios y aun conservaban la amistad, a pesar de que el no había progresado mucho en lo económico. El sitio de encuentro preferido era el gimnasio, donde entre risas, bromas y charlas hacían ejercicios, pesas y aeróbicos para mantenerse, a sus cincuenta en buena forma física. Ahí la conoció; la vio llegar con sus cortos pantaloncitos de lycra pegados al cuerpo dej...

La profesora de ingles

Fué un instinto animal, una acto salvaje, primitivo, hormonal que ella entendió y aceptó al instante; rodaron por el suelo en una confusión de pieles desnudándose, en un amasijo de piernas y brazos, jadeos, mordiscos y suspiros. Hacia unos cuantos meses la pareja había decidido contratar los servicios de una profesora de ingles que les ayudara con el idioma pues recién habían llegado a Nueva York y necesitaban del idioma para conseguir un mejor trabajo. De todas las candidatas a la esposa le gusto esta pues solo hablaba ingles, con lo cual les exigía a ellos olvidarse del español y comunicarse solo en ingles, ademas era cuarentona casi llegando a los cincuenta y su aspecto desaliñado e informal no inspiraba ningún peligro para la relación. El también estuvo de acuerdo con la escogencia; era alta, de rubio pelo ensortijado que le caía descuidadamente en los blancos hombros. Poseedora de unos Intensos ojos azules enmarcados en unas gafitas redondas que la hacían parecer una intelectua...

Los vecinos

El viento sopló de oeste a este, la pareja de ancianos aguzaron la vista escudriñando las ramas del frondoso árbol que, cargado de hojas secas en la estación de otoño comenzó a mecerse suavemente desprendiendo su otoñal pelaje. Perezosamente, al ver caer las secas hojas, los ancianos se incorporaron de su silla y él rastrillo en mano, se dedicó a recoger la hojarasca del césped. Ella, paleaba a una gran bolsa negra los montoncitos de hojas que su marido muy diligentemente había hecho. Impecables, cuidadosos, ordenados, meticulosos la pareja de ancianos tenían tiempo suficiente para mantener la casa reluciente. Estaban jubilados desde hacia unos cuantos años y su principal pasatiempo o entretenimiento era cuidar de la casa; cada 15 días, muy temprano se levantaban a “hacer patio” como llaman por acá a las labores pertinentes al cuidado de las zonas verdes de la casa. Sombrero de paja de ancho vuelo, gafas grandes de protección estilo soldador, guantes de plástico hasta el antebrazo, bo...