Escape hacia la libertad
La partida
La apretujó fuertemente, como queriendo llevarse parte de ella en ese interminable abrazo; o llevarla toda dentro de sí. Como cuando dormían abrazadas; como cuando apoltronadas en el sillón veían televisión hasta que el sueño las vencía, o como habían caminado juntas en la vida por más de veinte años. La soltó lentamente, abrazó sus dos hijos y luego entre sollozos, cosa que no acostumbraba a hacer, dio media vuelta y avanzó decididamente hacia la puerta de embarque para saldar cuentas con su pasado.
El Salvador; desde el aire divisó ese pequeño país centroamericano que la vio nacer y que para ella no le hacía méritos a su nombre, porque en vez de salvarla, la había hundido en los profundos abismos del dolor, del miedo, del ultraje, llevándola de la mano a un infierno que ahora, después de muchos años de cicatrización y superación iba a enfrentar. Inclinó un poco más el asiento, cerró los ojos y se sumergió en un retrospectivo adormecimiento que la transportó a través de la bruma de los recuerdos a la lejana noche en que comenzó la pesadilla.
Era muy niña, tal vez en los 13 o menos. vivía en el campo con su familia; la casa era una ramada con paredes de adobe prensado, techo de paja y piso de tierra. Una división de tablas cortaba el perímetro de la casa en dos mitades; una de las divisiones estaba separada por tablas rusticas, a manera de pared, convirtiendo el espacio en dos habitaciones comunicadas entre sí por una abertura de la cual colgaba una roída tela imitando una puerta. La otra sección tenía en una esquina un fogón de leña y unos desvencijados muebles de madera que hacían las veces de comedor, más dos hamacas colgadas en los travesaños del techo que completaban el mobiliario. Recordaba todo con una claridad tan intensa y real que podía ver y palpar la ennegrecida y rugosa textura de las vigas que sostenían el techo y olfatear el constante hedor a humo que les impregnaba la ropa y todo lo que habitara dentro de la casa.
Era muy tarde, no precisaba la hora; la noche calurosa y sofocante, en su espesa quietud solo era rasgada por el croar de las ranas y el ulular de los búhos. El débil reflejo de los últimos rescoldos del fogón luchaban contra las sombras tratando en inútil batalla de sobrevivir a la oscuridad que poco a poco se apoderaba del recinto. Dormía con su hermanita mayor, una muchacha de 15 añitos, impúber y virginal con una extraña belleza que le achinaba el rostro sin que se notara mucho el Síndrome de Down. Había dos camas más en el habitáculo y pertenecían a sus hermanos; unos muchachos de veinte y tantos años, holgazanes, pendencieros, pertenecientes a la Mara Salvatrucha. Las camas estaban vacías pues llegaban tarde a dormir, o en muchas ocasiones ni llegaban.
Ella rogaba en inútil plegaria invocando unos santos que nunca la escuchaban, que esta noche tampoco vinieran a dormir; rezaba anhelando que la oscuridad pasara rápido y el horizonte clareara pronto. Pero, uno de ellos llegó en la madrugada dando tumbos contra las paredes, con fuerte olor a licor y mariguana.
Sintió que le arrebatan la delgada cobija que las arropaba. En la negrura de la noche solo distinguió unos ojos enajenados e inyectados de sangre y lujuria que se abalanzaban sobre su hermanita y a manotazos intentaban arrancarle la ropa que la cubría. Trató ella, en inútil forcejeo, de impedirlo, pero de un violento empujón fue arrojada contra el piso para que, al tratar de levantarse, recibir una patada en la cara que le dejó sangrando la nariz y aletargada, a punto de perder el conocimiento.
Aun así, evocaba vívidamente, a través de la neblina de la seminconsciencia el llanto ahogado y contenido de su hermanita, de la “chinita”, como la llamaban todos por cariño; recordaba el olor a licor; el herroso y agridulce efluvio que transpiraba el sudoroso y enajenado muchacho con sus violentas acometidas dentro del cuerpecito de la aterrada e inmóvil criatura.
No supo cuánto duró la vejación, pero esa noche, el vil acto quedó grabado en su memoria, tatuado en sus recuerdos como una herida en carne viva que sangraba con la más mínima evocación del suceso.
Se despertó abruptamente; de un salto se puso en pie buscando al agresor para lanzársele encima con la intención de evitar el incesto. Estaba sola; la cama vacía, la sabana ensangrentada en el suelo, el olor del perpetrador aún se mantenía en el cuartucho, pero la “Chinita” había desaparecido.
Envolvió la sabana en una bolsa plástica, recogió y limpio los estragos para que su mama no viera nada anormal y salió presurosa del cuarto en busca de su hermanita.
En la cocina se encontró con su mama, que azarosa y corriendo en todo momento con brinquitos alternados atizaba los leños para mantener el fuego en alto, desgranaba mazorcas, y pelaba plátanos verdes para alimentar cerdos y gallinas. Alcanzó a escuchar a su mama gritando que fuera a recoger los huevos para el desayuno, pero ella desoyó el llamado y salió corriendo en busca de su “Chinita”.
En un recodo del rio, descendiendo por una colina donde el cauce doblaba en ángulo de noventa grados, creando un remanso de aguas cristalinas, amurallado por una inmensa peña, alfombrada de prehistóricos helechos y rodeado de vegetación abundante, encontró a su hermanita, semidesnuda y flotando boca arriba con los brazos estirados en cruz en las mansas aguas del rio.
La creyó muerta, corrió desbocada con el corazón a punto de salírsele del pecho, sin sentir las ramas y pedruscos que le rozaban brazos y piernas, lastimándola hasta sangrar. Se lanzó al agua y como pudo la arrastró hasta la orilla. La “Chinita” temblaba, se estremecía y vomitaba. Su piel cobriza, abrillantada por los reflejos del sol, erizada en convulsiones, dejaba ver laceraciones en los brazos y moretones en las piernas. Se despojó del vestidito que llevaba puesto para comenzar a limpiarla y quitarle la sangre que aún le quedaba en la entrepierna. La abrazaba, la besaba, la apretujaba y le decía entre sollozos que la perdonara, que ella le había jurado que la protegería, que le había fallado, que hubiera preferido mil veces que fuera ella la ultrajada y no -mi “Chinita” del alma-.
Sintió que la llamaban, giró el rostro y se encontró con la azafata que le daba a escoger entre dos opciones de comida; pollo con verduras o pasta Alfredo. Optó por el pollo; aunque era delgada y menudita, desde hacía unos cuantos años estaba tratando de comer saludable por recomendación del doctor pues tenía el colesterol y azúcar altos.
Caminó con la “Chinita” abrazándola, cuesta arriba por el camino que serpenteaba la colina para llegar a la casa. La “Chinita” otrora risueña y juguetona, había entrado en un mutismo, se había encerrado en si misma buscando protección del mundo exterior, de un mundo que nunca la había entendido, de un mundo hostil y ruidoso que la asustaba y la hacía correr a esconderse debajo de la cama.
No volvió a salir de su coraza, se encerró hasta sus trágicos últimos días. Ella nunca se perdonó el no haberla defendido aquella noche; juró, eso sí, que la próxima vez seria ella la que se ofrecería en sacrificio para proteger a su “Chinita”.
Se comió el pollo con desgano mientras escuchaba al piloto comunicar por los altavoces que se ajustaran los cinturones de seguridad porque estaban próximos a aterrizar.
Se fue un poco más atrás en el pasado mientras se arrellenaba de nuevo en el asiento. Corrían por la casa persiguiendo las gallinas que, en vuelos cortos y aleteos ruidosos se llevaban por delante trastos y todo lo que encontraran a su paso en la huida. Salían al patio detrás de las gallinas zigzagueando por entre los matorrales y arbustos enanos. Reían, se caían, se revolcaban en la tierra y emprendían la persecución de nuevo. Pensó, cerrando aún más los ojos para poder adentrarse en su memoria y ver la imagen más nítida, que eran felices, que ese diminuto universo limitado por una verja de madera era su paraíso; con las gallinas, con los cerdos que también correteaban, con sus muñecas de trapo y sus juguetes de madera. Era un mundo puro, elemental, solo para ellas, -éramos seres inocentes, ángeles del paraíso-, se oyó decir en voz alta al final de aterrizaje.
La llegada
Se abrieron las compuertas del avión; el caliente y bochornoso aire se adentró llevando el sabor salubre del trópico por entre los pasillos; el penetrante olor a mar de los manglares como una bofetada la despertó de cara a la cruda realidad que venía a encarar.
En la línea para hacer los tramites de inmigración no dejaba de pensar en qué momento fueron arrojadas de ese paraíso y cayeron al infierno del cual solo ella pudo escapar. Los recuerdos iban y venían por los corredores de su memoria, abriendo puertas para proyectar imágenes que aparecían y desaparecían como video clips silentes de un pasado aterrador.
Ahora corrían por el patio; no persiguiendo las gallinas; perseguidas por sus hermanos que trataban a manotazos de quitarles los pantaloncitos para verles sus partes íntimas. Fueron afortunadas pues lograron alcanzar el frondoso palo de mango que treparon al instante para guarecerse de los zarpazos de los acosadores. Ellos no subían, se reían a carcajadas. Saltando y circundando el árbol se sacaban sus miembros erectos para orinar delante de ellas. Al rato se aburrían y se alejaban del lugar dejándolas libres.
Cómo pudo aguantar tanto tiempo, se preguntaba una y mil veces, cómo fue tan resignada a su suerte. En Nueva York, con su terapeuta había aprendido que la víctima resiste estoicamente por miedo, por vergüenza, culpabilidad, o dependencia económica; creyendo que son las causantes del abuso por su condición de mujeres y objetos del deseo masculino. Ella aguantó por todas las causales reunidas.
Cuando decidió contarle a su mama de las vejaciones, fue reprendida, que porque ya estaba crecidita y que sus pechos comenzaban a aflorar y que el vello púbico a despuntar y que además andaba con su hermanita en ropa interior brincoteando por la casa, provocando a esos pobres muchachos que no hacían sino trabajar para ayudar con el sustento de la casa, y ellas zanganeando por ahí sin hacer nada; terminó diciendo que -era mejor que se buscara un marido que la mantuviera y cogiera responsabilidades, porque que -¡yo estoy sola, viuda y ya no aguanto más!-.
A partir de ese momento sintió vergüenza de sí misma, experimentó fastidio de su cuerpo en desarrollo, se maldijo por ser mujer y le tomó aversión al sexo masculino.
El Camposanto
Lo primero que hizo, después de registrarse en el hotel y tomar una ducha reconfortante fue llamar un taxi para ir al cementerio. El Cementerio Municipal del Antiguo Cuscatlán; ruinoso y abandonado a su suerte, se le antojó como una muela con caries, rodeada de blancos y relucientes edificios. Compró en uno de los kioscos callejeros un ramillete de flores blancas y se adentró, nerviosa y sudorosa por los oscuros y malolientes pasadizos del lúgubre camposanto.
La Hiedra, rastrera y trepadora brotaba por doquier invadiendo tumbas, mausoleos y paredes agrietadas, lo mismo que las veredas adoquinadas impidiendo el paso por muchos senderos. Después de dar muchas vueltas, retrocesos y desvíos llegó al osario donde albergaban las cenizas de los inquilinos que llevaban más de cuatro años reposando en sus tumbas.
El sacrificio
La noche del sacrificio se materializó. Llovía a cantaros, como si el cielo se derramara en llanto ante el ruin acto que se cernía sobre ellas. Oscureció temprano, el viento y la lluvia arreciaban en oleadas cimbrando el techo y las endebles paredes de la casucha. Las hermanitas, temblando de susto se abrazaban agazapándose en una esquina del cuartucho. Los truenos las estremecían y los relámpagos las encandilaban mostrando una claridad ficticia y fantasmagórica.
En un cegador instante, un atronador relámpago iluminó el recinto cual luz estroboscópica, mostrando dos figuras blancas, lívidas, tatuadas, con el cráneo rapado, dientes afilados y ojos desorbitados que las asechaban como depredadores que con los músculos tensos analizan sus víctimas instantes antes del mortífero ataque. En la milésima fracción de segundos que duró el relámpago no alcanzaron a percibir el brusco y ágil salto de sus hermanos que se abalanzaban sobre ellas.
Lo que siguió fue muy confuso, caótico y delirante; forcejeos, golpes, mordiscos, arañazos, jadeos, llanto ahogado, sangre y sudor mezclados, desesperación, angustia, dolor y más dolor y después la oscuridad total, silencio absoluto, inconciencia, abandono, desconexión de la realidad.
Encontró en un pasillo solitario, sobre la pared derecha, incrustada en la cuarta fila el osario que guardaba los restos de su mama. La inscripción sobre la loza era indescifrable, sobrevivían unas cuantas letras y números, el resto de la inscripción el tiempo se había encargado de borrar. Se preguntó, mientras trataba de colocar unas cuantas flores en el nicho, porque el tiempo no actuaba con ella de la misma manera y borraba de su mente las pesadillas que la atormentaban con vividas imágenes. Se sentó en un banco de cemento a “soltar y dejar ir”, (como le había explicado la psicóloga), los últimos lazos que la ataban a su mama. La perdonó, bajo la premisa de que había sido también una víctima de la época, de la cultura machista de su entorno en el cual las mujeres no tenían escapatoria, solo callar, obedecer y someterse.
Los destrozos del siguiente día de la vejación mostraban un paisaje desolado, devastado y ruinoso. Las matas de plátano y maíz estaban por el suelo arrancadas de raíz, la casa precariamente se mantenía en pie. Las gallinas y los cerdos permanecían dentro sin atreverse a salir por instinto natural de supervivencia. El frondoso árbol de mango estaba desgajado, pero había sobrevivido al embate del huracán. Ellas también habían sobrevivido al abominable embate de sus depravados hermanos y deambulaban descalzas, sin rumbo fijo como zombis por la casa y sus alrededores.
No derramó una sola lagrima frente al osario de su mama, ya las había derramado todas, estaba seca, árida. Posó una mano sobra la lápida y se despidió diciéndole - ¡Hasta nunca! – Giró sobre si y se alejó. Los restos de la chinita estaban en otro pabellón, al cual enrutó sus pasos. El nicho estaba reluciente y tenía flores frescas; ella se había hecho la inamovible promesa de pagarle a una floristería para que lo mantuvieran siempre con flores y bien cuidado.
El alumbramiento
Sucedió un nefasto diciembre, casi un año después del huracán, en el que las violaciones y abusos se repetían constantemente, cuando la “Chinita” empezó a sentirse mal, vomitaba cada vez que comía; orinaba y defecaba donde le dieran ganas sin importarle quien estuviera presente. Comenzó a perder peso, en contraposición a su abdomen que se fue hinchando mes a mes. -Está llena de parásitos-, fue lo primero que dijo su mama y la mandó a preparar un menjurje con ajo, semillas de calabaza y papaya, revuelto con aceite de coco y jengibre, dizque para purgarla. No se purgó ni se desinfló, antes se abultó más y sus pechos se hincharon.
El nicho de la “Chinita” estaba a ras del suelo, así que se sentó justo al lado, cruzó las piernas, destapó una botella de agua para beberse un sorbo interminable, cerró los ojos y regresó nuevamente al pasado.
Era media noche, la “Chinita” gemía y se retorcía de dolor; recordaba claramente que en la negrura del cuarto acercó un fosforo a la caperuza para encender la Coleman. La imagen, grotesca y alucinante como un cuadro de Goya la petrificó; la “Chinita” en cuclillas, sudorosa, con los ojos desorbitados, el pelo enmarañado cubriéndole parte del rostro, pujaba expandiendo y contrayendo los músculos. Su sombra, larga y negra se extendía por el piso, subía por la pared de tablas, llegaba al techo en un continuo titilar que se ensanchaba oscureciendo el cuarto y achicaba al ritmo de las contracciones. Ella no supo que hacer, trató de acercarse para consolarla, pero la “Chinita” le devolvió una mirada animal, salvaje, propia de una loba en celo cuidando sus crías. Se quedó viendo como del cuerpo de la “Chinita” brotaba una masa sanguinolenta y babosa cubierta de pelos que caía al entablado y comenzaba a retorcerse.
Al fondo del pasillo en un sector despejado del camposanto vio pasar un cortejo fúnebre. Adelante iba el sarcófago en hombros de los dolientes a paso lento y dificultoso, atrás, las plañideras justificaban su salario gritando y llorando, todas vestidas de negro absoluto, cubiertos los rostros con pañoletas de encaje oscuro. Las seguían los apesadumbrados familiares que repetían en coro las letanías que un anciano sacerdote iba recitando. La imagen, con el sol canicular del medio día reverberando el horizonte le pareció irreal, difusa, pues a ratos la luz se refractaba provocando un espejismo que desvanecía la procesión y después reaparecía como surgiendo de la nada. Decidió cerrar los ojos y sumergirse en sus recuerdos.
Como en una regresión hipnótica se vio envolviendo el recién nacido en unos trapos viejos, se observó salir de la casa corriendo para esconder la criatura y ocultarle a su mama lo ocurrido. Apretujando él bebe contra su cuerpo avanzaba por entre la espesura del bosque en medio de la noche, sintió en un descanso del camino el latir acelerado del corazoncito que comenzaba a bombear sangre y oxígeno a los pulmones, escuchó su llanto pidiendo comida y en un claro del bosque en que la luna iluminó sus agrandados ojos llorosos, vio reflejado en ellos una súplica, una esperanza de vida; destapó un poco el envoltorio; una diminuta manito se abrió paso entre la tela que lo cubría y se aferró a su dedo para no soltarla nunca más.
De eso hacía ya veinte años. Ahora era él, el que la abrazaba y la cuidaba y le decía –“Mom, I love you”-, antes de dormirse. Si que era feliz en estos momentos, pero que arduo y tortuoso camino recorrió para salir de ese infierno. Por eso estaba de regreso, para desandar sus pasos, confrontar el pasado y enterrar sus pesadillas.
El trágico final
Esa misma noche, la “Chinita” salió en medio de la oscuridad hacia el rio, llegó a la orilla, se despojó de la ropa, se sumergió desnuda en las apacibles aguas y se dejó llevar por la corriente. Su cuerpo boca arriba, con los brazos extendidos en cruz flotaba tranquilamente meciéndose en infinita paz; paz que en vida le fue arrebatada. Arriba la luna, enorme disco plateado rodando en la inmensa bóveda celestial derramaba una sideral luz sobre ella, metalizando su cuerpo, semejando una escultura hecha de mercurio que se moldeaba, que se adaptaba al vaivén de las olas; que a veces cuando la corriente arreciaba pareciera que se separaban sus partes y otras veces cuando amainaba la corriente volvía a ser un todo, un cuerpo en paz ajeándose del infierno en que vivió, adentrándose en el paraíso que le había sido negado.
Hubiera querido rendirle este intimo homenaje a la “Chinita” en compañía de su hijo; que ella lo conociera, que supiera que su muerte no había sido en vano, que ella vivía en él, que era su continuidad, pero en el último momento decidió que lo mejor sería no enfrentarlo a un pasado que no conocía, a un infierno que no había vivido.
Semanas después encontraron el cuerpo atrapado en los manglares de la desembocadura del rio. Hinchado, deshilachado, picoteado por aves carroñeras y mordisqueado por peces hambrientos. Cuando fue a la morgue a reconocer el cadáver y el dependiente levantó la sabana que lo cubría para destapar el rostro, emitió un grito ahogado de dolor; se tapó la cara para no quedar con esa última imagen de la “Chinita” revoleteando en su memoria. Pero antes, alcanzó a distinguir en lo que quedaba del rostro una sonrisa, un rictus en los labios que denotaba paz, tranquilidad, que le afirmaba que en sus postreros momentos había encontrado el camino al paraíso; eso la tranquilizó.
Abandonó del cementerio sintiéndose un poco más ligera. Ya no la agobiaba tanto el peso del borrascoso pasado en sus espaldas, pero aún le faltaba la prueba más difícil: el penal de máxima seguridad Zacatecoluca. Decidió irse a descansar por el resto del día. Pasó la tarde en el bar del hotel tomándose unas Cañas Ricas; el licor entró de inmediato a su torrente sanguíneo produciéndole un efecto de liviandad, de libertad y atrevimiento. Subió al cuarto a tomar una ducha, cambiarse de ropa y salir a disfrutar de la vida nocturna de San Salvador. No llegó a hacerlo, recibió una videollamada de sus hijos en Nueva York, se recostó en la cama a contar los por menores del viaje, se fue arrullando mientras conversaba, se le cerraron los ojos y se quedó dormida.
Otro infierno
Se dedicó en cuerpo y alma a cuidar el recién nacido, pero su mama, antes de que comenzaran las habladurías y conjeturas acerca del origen del bebe le consiguió un esposo 30 años mayor que ella, que la recibió con hijo a bordo sin hacer muchas preguntas. Salió de la casa sin mirar hacia atrás, tan solo con el fular terciado en la espalda cargando el infante y dos bolsas de plástico con un mínimo de ropa. Lo que no sabía era que se alejaba de un infierno para caer en otro.
Se despertó tarde, tenía un poco de resaca por las cañitas del día anterior. escogió la vestimenta más sobria y a la vez ligera para ir al penal de máxima seguridad, pues sabia de la exhaustiva requisa que les hacían a las mujeres buscando drogas u otros objetos camuflados dentro de sus cuerpos. Salió a la calle, tomo el taxi y se desplazó al penal.
El hombre no esperó a que llegaran a la casa, en el camino le fue enumerando las múltiples obligaciones para con él y el hogar. Ahora era su mujer y estaba obligada ante la ley y Dios a obedecerlo, respetarlo y amarlo hasta que la muerte los separara, -así, -le recalcó no hubieran pisado una iglesia para oficializar el compromiso, -bastaba, le dijo mientras la abrazaba toscamente, -con que esa misma noche consumaran el matrimonio en la cama y ya; -eso es todo -finalizó.
De la noche a la mañana se convirtió en la multiusos de la casa. Madrugaba a las 4, encendía el fuego en la cocina, ordeñaba las vacas, alimentaba las gallinas y cerdos, preparaba el desayuno y las viandas con comida para él se llevará al trabajo, desgranaba las mazorcas de maíz para las tortillas, limpiaba la casa, lavaba la ropa y en medio de todo ese ajetreo, le quedaba tiempo para perseguir al crio que ya gateaba por toda la casa llevándose a la boca cuanta porquería encontraba en el suelo.
En las noches el infierno se inflamaba en llamas. El marido, un jornalero, ordinario, vulgar, con una morbosidad que rayaba en sadismo, la poseía todas las noches sin ningún aviso ni preámbulo: la montaba como a una yegua por detrás, agarrándola del pelo fuertemente, mordiéndola y golpeándola a medida que crecía su excitación. Pocas palabras, muchos golpes.
La impresionante fortaleza del penal Zacatecoluca, llamado Zacatraz, por su régimen de seguridad y reglamento interno la impresiono por su tamaño y tenebrosidad. La línea de las mujeres para entrar ya se extendía, doblaba la esquina y se alargaba un poco más. Había mujeres de todo pelambre y calibre; obscenas en su vestimenta, vulgares en su proceder y agresivas en su mirar. Ella, en medio de esa jauría optó por bajar la vista y avanzar tratando de no ser detectada para evitar confrontamientos o burlas.
En ocasiones iba un muchacho contratado por el marido para que le ayudara en las labores más pesadas y arduas. Trigueño el, aindiado, pequeño de estatura, pero grande de corazón y fácil sonrisa. Se fueron haciendo muy amigos; confidentes que se apoyaban el uno en el otro en sus desdichas y afugias. No se sabía cuál de los dos había padecido más abusos y vejaciones en la corta edad que tenían; supo, por boca de el en medio de una confidencia de que había sido abusado desde muy niño por familiares que se aprovecharon de sus maneras suaves y delicadas. Pero a diferencia de ella que aborrecía los hombres, a él empezaban a gustarle.
Sentada en el banquito de espera, sudorosa las manos y mirando fijamente la puerta por donde aparecería uno de sus hermanos, estuvo en dos ocasiones tratando de levantarse y salir corriendo del penal. El cuarto donde se encontraba era pequeño, pintado de gris neutro, con un ventilador ruidoso en una esquina, una mesa metálica sujeta al piso, con dos argollas de hierro soldadas en la superficie para inmovilizar a los reos; completaban el mobiliario dos asientos en cada lado de la mesa. Se abrió la pesada puerta chirreando en sus goznes; flanqueado por dos hoscos guardias de seguridad, caminando dificultosamente, encadenado de pies y manos se fue acercando un ser irreconocible para ella; un animal que en un tiempo fue humano.
Los continuos abusos y vejaciones del marido la fueron haciendo insensible al dolor; aprendió, por recomendación de su amigo a separar el cuerpo de la mente en esos momentos en que era abusada; a no sentir, a desenchufarse físicamente y dejar volar su mente a otros mundos, a juguetear con su “Chinita” en el patio de la casa, a corretear las gallinas, mientras el marido saciaba sus depravaciones. Después, al volver de ese mundo de fantasía donde se refugiaba y habitar su cuerpo de nuevo, lo encontraba maltrecho, lacerado y adolorido; aborrecía volver. No sabía cuánto tiempo iba a aguantar ese suplicio. Acariciaba la idea de quedarse en ese mundo para siempre, de no enchufarse de nuevo, como había hecho la “Chinita”. Y si eso era la muerte, pensaba, mientras sopesaba la idea de abandonar el cuerpo terrenal, dejar atrás dolores, abusos y angustias; y si la “Chinita” realmente estaba allá, en ese lugar inasible esperando por ella para ser nuevamente felices, para disfrutar del paraíso que les había sido arrebatado. El suicidio se estaba gestando en su cabeza.
El Penal
No se reconocieron al verse, ni siquiera cuando él se sentó. Por unos instantes eternos se estudiaron con sigilo, con precaución, esperando quien soltaba las primeras palabras. La imagen de la noche de la violación, cuando el relámpago los iluminó, se le cruzó por la mente. Comparó esa imagen con la que tenía enfrente, era totalmente diferente y tampoco pudo distinguir cuál de ellos era este que tenía delante de sí, aunque ya no importaba; uno de los dos estaba muerto y enterrado en una fosa común en los vertederos de basura de la ciudad. Fuera quien fuera este, eran la misma escoria, tenían la misma culpa y el mismo infierno los esperaba.
Sentado había un tipo avejentado, extremadamente delgado, sin dientes, cubierto de tatuajes, con un rostro cadavérico, acentuado por las cuencas de los ojos hundidas y oscuras, que no se podía estar quieto, se revolvía en su asiento, se rascaba, y pareciera que un temblor le recorriera el cuerpo a cada momento. -Es el efecto de la desintoxicación, - le dijo uno de los carceleros al verla extrañada.
Ahora pensaba lo absurda y descabellada la idea de suicidarse y no solo inconcebible, sino egoísta pues ella solucionaba su problema, pero y el niño, con quien quedaba, que sería del futuro de el en manos de nadie. Le hubiera negado el brillante porvenir que tuvo la oportunidad de ofrecerle en Nueva York. Por esa razón, que afortunadamente pensó en su momento, fue que le secundo el plan que tenía su mejor amigo en esa época de escaparse para los Estados Unidos.
-Estoy aquí para saldar cuentas con mi pasado, para perdonarte-, le espetó ella sin preámbulos, pues consideraba que entre más rápido saliera de ahí mejor. -No hay nada que perdonar, -le respondió arrastrando las palabras y casi que en un murmullo. -Además, el que perdona esta arriba, entiéndete con el cuándo llegues allá, terminó diciéndole. Lo observó más detenidamente tratando de meterse en su cabeza, de comprender las motivaciones de sus maldad, pero solo veía un animal salvaje, frio y desalmado que no razonaba, que actuaba por instinto de supervivencia en el mundo de las pandillas. Una fiera que a lo mejor ni debía molestarse en perdonar, concluyó.
La travesia
Elaboraron un plan de escape sencillo y convincente. Saldrían el siguiente lunes en la mañana con el beneplácito del marido rumbo a la ciudad por unos productos agrícolas encargados a un distribuidor que tenían que recoger. Aprovechando que el marido madrugaba a trabajar, apenas hubo salido se pusieron a la tarea de empacar lo justo para el viaje. Enrumbaron hacia la frontera con Guatemala para atravesar el país bordeando la costa, en una trasvesía de una semana hasta llegar a la frontera con México.
La inutilidad de la visita a la penitenciaria la estaba fastidiando, pues cada vez que decía algo, la respuesta era un silencio provocador o un rosario de palabrotas e insultos. Dio por terminada la entrevista, se levantó de la silla, no sin antes decirle que lo perdonaba de nuevo. Le dio la espalda y avanzo hacia la puerta sin mirar atrás. Cuando salió de la cárcel se dio cuenta que estaba empapada en sudor y temblaba, entró a la primera tiendecita que encontró para tomarse una bebida refrescante pues tenía seca la garganta.
En México duraron casi dos meses, haciendo el viaje en escalas; llegaban a un pueblo, buscaban trabajos temporales para conseguir dinero y seguir aproximándose a la frontera con USA. Pasaban como pareja de recién casados con un primogénito. A pesar de la aventura y el riesgo que conllevaba la travesía, estaba contenta de dejar atrás su pasado y comenzar una nueva vida. Ahora sonreía, comía con ganas y hasta había aumentado de peso. Por primera vez en su vida era libre, autónoma en sus escogencias, dueña de su propio destino, le fuera bien o mal era su decisión.
Llego nuevamente al hotel, se encamino al bar para degustar unas Cañas Ricas que le reconfortaron el ánimo. Salió después a la calle, camino unas cuantas cuadras sin rumbo fijo, trató de mimetizarse con los transeúntes, de ser una más de los centenares que a esa hora caminaban rumbo a sus casas, o al supermercado, o a cumplir alguna cita, o a la iglesia, o a cualquier sitio, pero entre más trataba, más extraña se sentía, más extranjera se veía; comprendido con nostalgia que 20 años de ausencia te desenraizan del lugar de origen, que muchos vínculos se cercenan, que del pueblo que partiste, que de la gente que te despediste no queda nada ni nadie, que solo viven en tus recuerdos, que todo ha cambiado, que ya no perteneces a ese lugar. Volvió al hotel a empacar maletas.
En el borde sur del Rio Bravo se desnudaron, se fueron sumergiendo en las heladas aguas; el cargaba el niño en los hombros y ella llevaba dos bolsas plásticas en la cabeza que contenían sus pertenencias. En el borde norte del rio se vistieron, se encaminaron a un “Shopping Center” a buscar algo de comida, después pagaron una noche un motel de carretera para descansar.
Fue ahí, después del baño que se vio desnuda en el espejo notando que tenía abultado el abdomen y los pechos hinchados. Ahora tenía otra pequeña razón más gestándose en sus entrañas para seguir huyendo. Prosiguieron el viaje por autobús hasta “Los Angeles” y de ahí tomaron un avión que los depósito directamente en el aeropuerto internacional “John F. Kennedy”. Estaban en Nueva York, santuario de inmigrantes, sueño y destino de miles que como ellos huían de sus países buscando un mejor futuro.
El reencuentro
De regreso en el avión recordaba el vuelco de 180 grados que había dado su vida a partir de ese momento. Trabajó duro, lo reconocía, pero el sacrificio fue altamente recompensado; vivió con su amigo gay por varios años, compartían un apartamento y la crianza se sus dos hijos. El “Uncle” como le decían los muchachos era muy cariñoso y querido por ellos.
La trabajadora del servicio social, una gringa angelical, blancuzca y ajamonada que los visitaba ocasionalmente para supervisar el trato y educación de los muchachos se fue integrando a la familia. Poco a poco se fue ganando el cariño de todos, en especial el de ella hasta convertirse en amiga, confidente y con el tiempo en su compañera sentimental, fiel e inseparable.
Salió de inmigración, caminó por el pasillo, se abrió la puerta de desembarque; lo primero que vio fue a sus dos hijos, su compañera y al “Uncle” que manoteaban felices de verla regresar sana y salva.

Waooo waooo me impactó este relato de vida de esa mujer, que fuerte
ResponderBorrarEres todo un escritor
Felicitaciones