viernes, 6 de mayo de 2016

Veinte Dólares

Se revolvió un poco en el carro, estaba incomoda pero se dispuso a pasar la noche de la mejor manera posible dadas las circunstancias. Se profundizó  rápidamente en el universo etéreo  de los sueños. En el aviso verde con letras  blancas pegado al poste pudo leer antes de desaparecer en un destello el nombre de una calle: "Ocean Drive". Acto seguido  la imagen de una playa blanca con un cielo azuloso pasó en secuencias fotográficas difusas que iban y venían sin darle tiempo a ubicarla, solo vio un cartel que decía “$20.00 per car”. Se despertó muy temprano con el sol tropical de la Florida colándose por los opacos vidrios del carro, tardo unos segundos con los ojos abiertos en reconocer donde estaba.

Que volteretas que la vida nos da, se decía para si misma mientras bajaba del carro y estiraba las piernas un poco, entumecidas por la posición encogida en que paso la noche. Si apenas ayer dormía en su plácida y confortable cama de Fort Lauderdale en compañía del gringo, aquel viejo panzón que le había calmado el hambre por cuatro años hasta que sus borracheras y maltratos la hicieron huir sin nada del apartamento. Subió unos cuantos vestidos al carro y se marchó.

En la tarde cuando buscó un hotelito donde dormir se enteró al tratar de pagar con la tarjeta de crédito que todas sus cuentas habían sido canceladas, solo contaba con veinte dólares que decidió no gastar e irse a un parqueo cerca a la playa a pasar la noche en el carro.

La convivencia al comienzo  con el gringo no había estado mal, lo sabia manipular, el hombre con tal de tener un poco de sexo le marchaba a su antojo, le daba gusto en lo que a ella le gustaba; ir de compras a los centros comerciales y salir a manos llenas con paquetes de ropa, lencería, perfumes y joyas; era su satisfacción y ese gusto exclusivo lo obtenía con sus encantos, seduciendo a los hombres adinerados pues el trabajo no le gustaba de a mucho.

Pero ahora estaba comenzando de la nada; no era la primera vez. A su cuarenta y ocho años eran muchos los hombres que habían pasado por su vida, nada de amor, siempre motivada por sus abultadas cuentas bancarias, no discriminaba en edad, raza ni color; o si, pensó, el color si le importaba, el verde de los dólares. Terminó de hacer un poco de estiramiento y se rio de buena gana con la ocurrencia del color.

Apuntó el nombre de la calle que había soñado en un papelito y lo guardó en la cartera, también se memorizó la escena de la playa con el cartel de los veinte dólares por parqueo; las premoniciones, las visiones en sueños eran mensajes, pautas que le enviaban los seres de luz que siempre la habían guiado y orientado. Nunca le fallaban ni aun en las peores circunstancias, mucho menos ahora, lo sabia. Tan ciertas eran las premoniciones que, se acordó de aquella muchacha embarazada que conoció en una fiesta y que con solo tocarle el abultado vientre de seis meses le vaticino muerte, le había dicho que ese bebe no nacería, lo vio en un destello, por supuesto la muchacha se enojó; se olvido del asunto hasta el día en que entre sollozos la muchacha la llamo para contarle lo certero de su profecía. No acostumbraba a sacar provecho de su don, de ese regalo que la vida le había dado, solo lo usaba cuando le llegaba, sin forzar las premoniciones, por eso mas de un disgusto se había ganado.

Decidió subir al carro nuevamente para desvestirse y ponerse el bañador. Enfiló hacia el mar que suavemente lamia las arenas de la playa. El sol perezosamente emergía de entre el mar en el horizonte proyectando su figura en una sola  sombra larga semejando una solitaria palmera agitada por el viento. Unas cuantas gaviotas descendieron a la playa a rebuscar entre los granitos de arena crustáceos o restos de algas dejadas por las olas.

Se dejó mecer al vaivén de las olas un buen rato boca arriba flotando sobre la verdosa y cristalina superficie del mar. La tibieza del sol comenzó a calentar su cuerpo, dejando ir su mente a diferentes momentos vividos; apareció de entre sus recuerdos aquel árabe con el que vivió un par de años, trigueño, delgado, oloroso a especies, a dátiles del desierto, sereno a la hora de amarla, de manos ásperas le recorría el cuerpo despertando sus escondidas zonas erógenas, de lengua ardiente y vibrátil que la hacían inmolarse en llamas de placer; ese si que era un buen amante, lastima que tuviera que desplazarse para el Oriente Medio por razones de trabajo. Ella rehuso acompañarlo pues en sus profecías se vio casi que encerrada en un sucio cuarto sometida a las antiquísimas costumbres del islam. Nunca le dijo por que se quedaba, pero siempre pensó que fue la mejor decisión que tomó. Lo extrañaba; con el probó el hachís por primera vez, fumaron la droga en la narguile, el exótico vaporizador de vidrio del que salían como tentáculos de pulpo varias mangueras con boquillas para aspirar el agrio humo de la droga; con dos aspiradas tuvo para entrar en un estado alterado de conciencia que le distorsiono la realidad y le sensibilizó los sentidos al extremo de hacer el amor sintiendo que toda ella se reducía a su sexo, no existía nada mas, cada estocada de su amante la sentía en todo el cuerpo como un gigantesco tambor con eco vibrátil, incontrolable; retumbe de sonoridades, de espasmos infinitos, inagotables. Terminando en  un interminable orgasmo colorido, psicodélico, inolvidable e irrepetible. La eternidad en un segundo; aun se estremecía al recordarlo.

Una punzada en el estomago le recordó que no había probado bocado alguno en toda la mañana; salió del mar. Después de secarse se subió al carro y condujo fuera del parqueo buscando un sitio donde desayunar. Avanzó por el boulevard costero paralelo a la playa, a medida que iba avanzando, el vecindario que aparecía ante sus ojos en cada curva estaba compuesto de mansiones lujosas, casi todas con yate o velero parqueado en el muelle trasero; voy por buen camino, pensó y siguió  avanzando. En un trayecto largo y desolado, enmarcado por manglares a cada lado de la carretera vio un aviso que informaba que había un playa publica mas adelante. Se detuvo en la entrada de la playa, justo en la cabina de cobro: "$20.00 per car", anunciaba el aviso. Su corazón dio un vuelco, la premonición!, pago los veinte dólares sin titubear, entro al parqueo, los carros que a cada lado estaban aparcados eran de reconocidas marcas exclusivas, se estacionó en la parte mas lejana y escondida del sitio.

Sandalias, bañador, gafas de sol, toalla y una salida de baño  de anchos rombos de malla transparente que dejaba relucir su bronceado y bien conservado cuerpo eran la única posesión en ese momento. Dio una vuelta por la playa reconociendo el terreno. Caminaba por la arena buscando hombres solos, vio a alguien sentado en una silla playera, espero un rato detrás de el pero cuando se iba a acercar llego una mujer y se le sentó al lado, siguió  caminando en busca de otro pez. Tardó  mas de una hora en dar vueltas y nada que veía su presa, cansada decidió extender  la toalla y acostarse un rato boca abajo para descansar, no tardo mucho en que el hambre y el cansancio la vencieran.

El hombre le tocó el hombro suavemente  para despertarla; sobresaltada quedó sentada de un tirón. Estaba discutiendo con el gringo panzón, reviviendo en sueños la ultimo altercado que tuvo, donde el gringote aquel se atrevió a írsele encima con intenciones de abofetearla. Justo en ese momento sentía que la tocaban, por eso despertó asustada y temerosa. A contraluz, se silueteaba una figura masculina que le advertía que la marea estaba subiendo, que tenia que moverse o corría peligro. El hombre la ayudo a ponerse de pie, le recogió la toalla y juntos caminaron en dirección contraria del mar hasta llegar a una enorme sombrilla roja en cuya sombra permanecían dos sillas reclinomaticas de madera pintada de blanco reluciente. Los anaranjados cojines que estaban sobre las sillas acogieron sus cuerpos mientras el vejete le conversaba y muy sutilmente la interrogaba.

Setenta y cinco años marcaba el cronometro del vejete, inversionista inmobiliario retirado, había acumulado una gran fortuna con la compra y venta de condominios a lo largo y ancho de la costa este floridana. Ella le dijo que estaba de vacaciones en Florida, que se estaba quedando en casa de unas amigas y que alguna vez había trabajado de realtor. Despreocupadamente ella lo miraba, lo observaba; de curtida piel esculpida en bronce producto de la excesiva exposición al sol, delgado, afeitado de pies a cabeza, alto con ademanes finos y movimientos lentos pero firmes. Poco a poco iba tejiendo su red, se mostraba muy recatada, pero de vez en cuando al arrellanarse en los cojines se movía con una sensualidad estudiada que el vejete no podia desapercibir inquietandose un poco. Experta en el tema le estaba prendiendo la llama del deseo de a poquitos, como quien enciende una hoguera frotando un palo sobre la roca, de vez en cuando el vejete soltaba una chispa con las provocaciones. El juego antiquísimo de la seducción. Sabia que iba por buen camino, una vez mas sus premoniciones se cumplían.

El vejete la invito a comer, ella le dijo que tenia un compromiso, el vejete insistió, ella hizo una llamada por el celular para cancelar una cita y poder aceptarle la invitación. Salieron del parqueo cada uno en su carro, ella lo seguía y se comunicaban por celular. El vejete llegó directo a la linea de valet parking de un exclusivo centro comercial en Boca Raton y le hizo señas a ella que le entregara las llaves al botones para que lo parqueara. Comieron en Alexander’s, fue discreta en ordenar aunque se hubiera comido un caballo entero por al hambre y la fatiga que tenia. Luego caminaron un rato por los pasillos del lugar. El le propuso que comprara algo en la tienda que deseara, era un regalo por haber encontrado,"esa perla en el mar", según sus propias palabras. Se encamino directamente a Victoria Secret a comprar alguna lencería, era un buen incentivo, el vejete seguro le escogería la prenda mas atrevida y se la imaginaria puesta; buen afrodisiaco. Pero el vejete la cogió suavemente de brazo y la hizo entrar a la joyería de enseguida, pidió una gargantilla y se la coloco en el cuello, en oro blanco con terminación en incrustaciones de esmeraldas y rubíes. Sin salir del asombro, salió con esa costosísima joya avaluada en mas de $2,500 dólares adornando su incrédulo cuello. No se lo podía creer, era mas de lo que esperaba de ese día.

El vejete la invitó a su casa a tomar algo y conversar con mas privacidad. Mientras conducía el auto siguiéndolo llamo a su amiga y atropelladamente le contó todo lo sucedido, estaba excitada, le contó del sueño, de la playa y también le dijo que iba en camino a la casa del hombre a pagar la factura de la comida y la joya. Al voltear la esquina para llegar a la casa del vejete el corazón casi se le sale del pecho: “Ocean Drive” se leía  en el verde aviso de letras blancas demarcando la calle que tomaba y era donde estaba ubicada la  mansión  del vejete.

Antes de bajarse del carro tuvo que serenarse un poco pues estaba temblando de emoción,  respiro varias veces profundamente hasta normalizar su ritmo cardiaco, ahora mas que nunca necesitaba tener el control de la situación y con mayor razón puertas adentro de la casa.

La sala con paredes forradas en madera y estanterías llenas de libros, jarrones, esculturas y antigüedades lucia impresionante y acogedora, se descalzaron y caminaron por la mullida alfombra en dirección al bar, una reliquia de madera empotrada en la pared con relucientes copas colgadas del techo y vitrinas llenas de licores de todos los colores y diversa procedencia. Sirvió, en sendos vasos de cristal dos chorros de coñac “Licor de los dioses” de la casa “Remy Martin”; exclusivo licor procedente de unos barriles añejados por mas de 100 años y puestos a la venta a un costo de $15,000 dólares la botella, según le explicó. Ese sorbito, del caliente y espeso liquido que le bajaba por la garganta podría costarle quinientos dólares o mas. El lujo no es pecado, para quien lo pueda tener, pensó mientras miraba a rededor. Le descendió como lava ardiente el coñac calentándole el cuerpo y avivándole los deseos, no en vano desde la época de Napoleón era considerada la bebida afrodisíaca por excelencia.

El adinerado vejete le insinuó que tomara una ducha para quitarse la arena del cuerpo y estuviera mas confortable. Tenia sus dudas pero realmente estaba incomoda transpirando la sal del mar. El cuarto de huéspedes y el baño como todo en la casa era enorme y recargado de adornos y cuadros. Dejó que el frío chorro de la regadera le recorriera todo el cuerpo, refrescaba, renovaba y lo necesitaba. Salió de la ducha empapada y se encontró de frente con su cuerpo reflejado en un enorme espejo que cubría toda la pared. Noto que sus carnes ya estaban cediendo al paso de los años. Tomo los pechos entre sus manos, eran pequeños, de pezón grande, café oscuro y aureola reducida, un poco descolgados pero aun tenían firmeza y las pecas que abundaban en el nacimiento los hacían ver seductores; solo era cuestión de escoger el escote adecuado. Siguió  bajando la mirada hacia la mujer que le devolvía el espejo, tenia caderas redondeadas tipo guitarra, al caminar y bailar siempre las usaba como arma seductora, no fallaba; los hombres, los estúpidos hombres siempre caían rendidos ante su contoneo. Se puso de lado, las nalgas, blancas y planchas ya comenzaban a poblarse de hoyuelos; era su falencia, su talón de  Aquiles, nunca posaba de lado para las fotos, nunca; siempre  de frente y sonriente mostrando la redondez de sus caderas. Notó que el exceso de comida se le estaba acumulando en el vientre, de frente pasaba, pero de lado, que horror!, era hora de hacer dieta, ejercicio o la lipo en caso extremo. El vello púbico no existía, lo afeitaba y se hacia la depilación por cera, cuestión de aseo y estética, le gustaba así. Descendió la vista hacia las piernas, largas, torneadas, de pantorrilla gruesa, especial para lucir los exagerados zapatos de tacón alto a que usaba, pero también noto la incipiente invasión de la celulitis comenzando en la parte trasera de sus muslos; este cuerpecito necesita urgentemente mantenimiento, pensó.

Tomó una salida de baño que encontró en el ropero del cuarto, se calzó unas sandalias y se dispuso a bajar. Cuando estaba a punto de abrir la puerta recapacitó y razonó que lo mejor era vestirse nuevamente. La estrategia, intuyó ahora que había visto lo adinerado que era el vejete no consistía en un polvo de una sola noche -“In and Out”-  como decían los gringos; ella iba por mas. El vejete estaba también bañado esperándola con las copas llenas de brandy, ella tomo la copa y se sentó en uno de los altos taburetes que adornaban el bar.  El vejete salió del bar, se le acerco e hizo girar el taburete, ambos quedaron frente a frente mirándose a los ojos por unos segundos que a ella le parecieron interminable e incomodos, el vejete dibujando una sonrisa maliciosa en sus delgados labios de un tirón se despojo de la salida de baño que llevaba puesta y quedó desnudo. Se quedó quieta, asombrada, con la vista recorrió el lampiño cuerpo  del hombre, estaba erecto, su resplandeciente y acanelado falo sobresalía de entre sus piernas. No se esperaba esta acción, suponía que el le sugeriría tener sexo, pero no que actuara así, tan directo, tan intempestivamente. Ademas ya había, decidió que no iba a matar la gallina de los huevos de oro pagándole la joya con una noche de sexo. No, ya era hora de ir pensando en una estabilidad, en sentar cabeza y que mejor que “aquí en esta casita y con ese yate al frente”. Acostumbrada a lidiar con todo tipo de hombres y en especial en situaciones embarazosas como esta, se bajó del asiento, recogió la salida de baño del vejete y se la pasó para que se vistiera. Luego se quitó la costosa joya del cuello, la puso encima del bar y le dijo que ella no estaba en venta y mucho menos por esa cantidad, que se podia quedar con su joya y sus riquezas, que ya lo había conocido bastante para saber la clase de hombre que era. Cogió las llaves del carro y se marchó dejando al vejete incrédulo, asombrado y con el falo en caída libre hacia el suelo.

Fue una jugada magistral, se jugó el todo por nada; como buen jugador puso las cartas sobre la mesa para apostarse entera y se sentó a esperar la siguiente jugada. Le pidió posada a su amiga por una semana:  tiempo suficiente para que el vejete la llamara. Antes de marcharse se aseguró que el numero de su celular hubiera quedado grabado en el de el.

Se levantaban, desayunaban con la "amiguis", se iban para la playa a mantener el bronceado que las caracterizaba y luego en la tarde a los centros comerciales de "Shopping Windows" como dicen por estos lados.

La semana transcurrió rápido y sin ninguna novedad, ella estuvo calmada, lo que mas le preocupaba no era el silencio del vejete sino la ausencia de señales, de mensajes, las premoniciones estaban desaparecidas. El viernes en la tarde, después de llegar cansadas de recorrer las tiendas antojandose de cuanta novedad encontraran, llegó la tan esperada llamada; el primer impulso fue contestarle inmediatamente, pero algo la freno, espero a que se agotaran los timbrazos y se activara el modo de mensaje. La voz gruesa y cálida del vejete en un ingles académico le comunico lo apenado que estaba y que para resarcir el atrevimiento: lo imperdonable de su acción, la invitaba a cenar esa noche: el restaurante era Cheesecake Factory de Boca Raton, la hora: 8pm, si no obtenía respuesta antes de las siete, daba por entendido que la efímera relación entre ellos había muerto. Ahora si, dijo ella, vamos a caminar a mi ritmo y bajo mis condiciones.

Pasó un año desde aquellos días en que conoció al vejete, a “darling” como le decía ahora cariñosamente. Estaba tendida en la inmensa cama del cuarto principal de la casona, al levantarse para tomar la ducha paso por el inmenso espejo del baño, dejo caer la diminuta pijama de seda que la cubría para apreciar su cuerpo en el reluciente espejo; ahora si podia posar de lado, la lipo había desaparecido su abdomen y el bisturí le había adicionado un buen trasero, hasta la boca era ahora poseedora de unos labios carnosos, sensuales y jugosos lucia mejor su rostro. Se puso el bañador y salió al balconcito que da a la piscina, el vejete comenzó a llamarla, ya estaba listo el yate, que los llevaría en un recorrido por las Bahamas celebrando el primer aniversario de su relación.

sábado, 16 de abril de 2016

Homerin

Comenzó a subir las gradas muy lentamente, primero subía el pie derecho, se apoyaba un poco, se levantaba y colocaba el pie izquierdo en el mismo escalón, continuaba con este proceso sostenido del pasamanos en un esfuerzo atormentante, heroico, pues su rostro, otrora juvenil y alegre, se crispaba  se contraía en una mueca de dolor, fatiga, angustia y desesperanza. 18 escalones le tomaron mas de media hora, yo lo esperaba arriba conteniendo las ganas de bajar y ayudarlo, pero el con una mirada que no aceptaba contradicciones ni autocompasión me había dicho: "yo puedo solo".  Llegó y lo abrace, contuve las ganas de llorar. Su agitado pecho le ahogaba la respiración por el esfuerzo que había realizado; del joven alto, robusto, moreno de maliciosa mirada y risa espontánea no quedaba nada. El frágil, reducido y agitado cuerpo que abrazaba no era ni la sombra del muchacho con el que compartí muchos años de mi vida.

Cuando lo conocí rondaba los cuatro añitos de vida, se había caído de la terraza en su casa; cayó con su frágil cuerpecito desde un tercer piso; para fortuna de sus padres, unas matas, frondosas, de grandes y primitivas hojas verdosas amortiguaron la caída y solo con unos cuantos raspones en la piel y otros moretones mas salió del percance. Hubo risas y alegría después del susto, -se salvo de milagro-, comentamos todos con certeza; lo que no sabíamos era que mas adelante, en los mejores años de su vida y en un país lejano, el destino volvería a ponerlo al borde del abismo de nuevo.

Travieso, juguetón e inteligente, era el único hijo de la joven pareja (en aquella época) y la adoración de todos. De inquietos ojos negros y profundos que revelaban nobleza y unas ganas de vivir infinitas, hacían de el un muchacho agradable y popular. Sus papas le habían enseñado chistes picantes, trovas maliciosas y versos, los cuales recitaba en las reuniones familiares haciendo reír a todos por igual.

Se fue convirtiendo en un joven de recia personalidad y ademanes afectivos, alegre, enamorado de la vida y de las mujeres. Le gustaban todas y a todas coqueteaba  y conquistaba. Deje de verlo por unos años cuando emigré a los Estados Unidos para radicarme en Nueva York.

Un frío invierno de heladas ventiscas, desnudos arboles grises escarchados y añejos llegó con su familia hecho ya todo un adolescente deseoso de conquistar la gran manzana, los recibimos con alegría y juntos nos dispusimos a comenzar una nueva vida.

Entró al "High School" y rápidamente, debido a su juventud e inteligencia aprendió el idioma ingles y se integró a la cultura americana. Se ubicaron en un vecindario italiano de Queens llamado College Point. Desde allí, sus padres comenzaron a buscar trabajo para sacar adelante a sus dos hijos, pues ya tenían la niña. Los comienzos fueron duros, soportando fríos invernales para cumplir con horarios de madrugada en trabajos de ínfima categoría, pero que les permitían subsistir. Poco a poco se fueron ubicando y comenzaron a adaptarse al país.

Siempre soñador, siempre tratando de superarse iba del estudio al trabajo y del trabajo a la diversión, pues no le faltaba cada fin de semana la rumba y sus amigas con quien compartir.

En una ocasión, en invierno cayó  una de esas nevadas monumentales que dejo la ciudad de Nueva York cubierta  por una capa blanca esponjosa de mas de metro y medio de espesor. La suave persistencia de los copos de nieve silueteó de blanco espectral toda ciudad. La sideral blancura del entorno tornó en escala de grises todo a su alrededor, desde el negro absoluto de las llantas de los carros que se atrevían a circular hasta el blanco puro que en capas de ondas suaves recubría todo el paisaje. Salimos de la fotografía dispuestos  a llegar casa a como diera lugar. El único medio de transporte resulto ser el mas antiguo y usual de la humanidad: la locomoción en los píes,  caminar y caminar hasta llegar a casa. Compramos, sugerencia de Homerito, una botella de aguardiente dizque para calentar el cuerpo en la caminata. Resulto efectivo; a ritmo de buena marcha y traguitos avanzamos en la blancura de la noche y los mas de 20 kilómetros de recorrido los finalizamos a media noche copetones en medio de risas y bromas.

Fe una época  feliz la que compartí con el y su familia en aquellos años de trabajos duros y economías limitadas. Antes del estudio fotográfico teníamos un part-time haciendo entregas a suscriptores del periódico  New York Times en sus casas u oficinas, Comenzábamos a las 3 de la mañana empacando el diario en bolsas plásticas, de dos a tres horas duraba esta labor, dependiendo de la cantidad de periódicos a empacar, exceptuando el domingo que el diario era de un grosor enorme, casi 5 pulgadas de suplementos, propaganda e información y la empacada duraba mas de lo usual. Entregábamos en el bajo Manhattan en exclusivos edificios de mas de 40 o 50 pisos, donde casi siempre en el área  de recolección de la basura encontrábamos artefactos eléctricos o utensilios de cocina casi nuevos que al momento recogíamos para llevar a casa y exhibir como trofeo de guerra.

En los veranos, casi siempre en el Flushing Meadow Park, el pulmón verde de Queens se celebraban festivales hispanos y torneos de fútbol.  Ahí estábamos nosotros con los carros llenos de cerveza  fría en la bodega. En las bicicletas colocábamos un maletín con hielo y cerveza, recorríamos el parque vendiéndola y esquivando la policía que cuando nos detectaba nos perseguía. Nos mezclábamos entre la multitud y los perdíamos. Una que otra vez nos pillaron y nos decomisaron el cargamento. Éramos como el titulo del libro de “Gabo” “Felices e indocumentados “, eran otras épocas. Otros sueños y otras ilusiones nos motivaban.

Mucha agua a pasado debajo del puente desde aquellos lejanos años, mas de 25 creo. Pero el Homerin que conocí, con el que reí, bromeé, jugué y también llore aun lo tengo presente en mi memoria. No se cual fue el día de su partida ni bajo que tristes y dolorosas circunstancias exhalo su ultimo suspiro, me desconecte de los Toro hace mucho, nos alejamos por caminos diferentes, pero las vivencias y los recuerdos del muchacho alegre y bromista siempre los llevaré  conmigo.


jueves, 14 de abril de 2016

La promesa

-Amores como el nuestro, muy pocos,- dijo el dentista. Se besaron detrás de una fría columna en el aeropuerto; un intenso beso de despedida, con sabor a nunca mas. Se quedó viéndolo como se alejaba, como se desdibujaba tras los gruesos y grandes ventanales del pasillo en la sección de abordaje del aeropuerto.

-Mijo, tenemos que hacer algo diferente, esto acá es muy duro, yo no entiendo por que nos vinimos-. El la miro largo rato, como escudriñando en su mente, como diciéndole con el silencio, esa pregunta sobra. Estaban en la treintena de sus vidas, habían sido novios desde la secundaria y en uno de esos escarceos amorosos había quedado embarazada, una niña era el fruto de esa relación y ahora, después de mas de diez años volvía a quedar embarazada. Dos largos años de estar cambiando de trabajos; lavando carros, limpiando casas, haciendo entregas a domicilio en supermercados y nada que despegaban y de repaso con este segundo embarazo, le tocaría a el solo hacerle frente a la situación económica.

Acá estaban mas tranquilos, especialmente ella, después de aquella infidelidad que casi le cuesta el matrimonio, salvando la relación solamente con la promesa de irse de Bogotá para poner tierra de por medio. Borrón y cuenta nueva, un nuevo comienzo en Miami.

Esa noche, en el hotel donde trabajaba de valet parking tuvo tiempo de remontarse al pasado, a su amorío, a esa experiencia que lo sacudió de pies a cabeza, que lo enloqueció hasta perder la cordura y entregarse con pasión a ese desenfreno que le cambio para siempre la forma de ver la vida, de amar y hasta de pensar, conclusiones que hacia mientras conducía un carro hacia el sótano del hotel.

El dentista, un hombre con mas de medio siglo de vida encima, en buena forma física de piel blanca, delgado y con unos hermosos ojos color avellana había captado su atención desde el momento de la entrevista para el cargo de asistente dental que solicitaba. Lo atendió con una amabilidad soterrada que lo intranquilizaba. Esos ojos penetrantes, intensos y magnéticos parecían escudriñar su mente, adentrarse en sus pensamientos, en sus deseos y no tenia por que ser así, era solo una entrevista de trabajo y además de ahora en adelante seria su jefe.

-Usted va a ser mi mano derecha aquí en la clínica, me gusta su actitud, sus ganas y positivismo para hacer el trabajo, le espera un futuro muy prometedor a mi lado-. Aun se acordaba de esas palabras, palabras que en su momento no alcanzo a vislumbrar el profético y arrollador efecto que ejercerían en su vida. Por eso estaba acá, pensó mientras cuadraba el ultimo carro del turno de la noche en el hotel.

Su esposa aun dormía cuando llegó del trabajo a casa. Con el pelo revuelto pegado a la cara y en estado de abandono en la cama dejaba traslucir su belleza en la penumbra, los desnudos pechos medio cubiertos por la cobija, las redondas caderas y el abultado estomago del sexto mes de embarazo la hacían mas voluptuosa mas sensual, mas suya; un ramalazo hormonal sacudió su cuerpo, se desnudó, se acostó a su lado; entre susurros y caricias le separo las piernas, la penetró y en la silenciosa duermevela del amanecer entre ayees y ahogados quejidos descargo su virilidad sin darle tiempo a despertar.

Esa noche, con su esposa pronta a dar a luz, estaba intranquilo, trabajaba expectante a recibir la llamada que lo convertiría en papa por segunda vez. El BMW llegó a hacer la fila en la línea de parqueo, identificó el carro como del hombre con las propinas generosas, nunca lo había atendido, esta vez espero pues necesitaba todo el dinero extra que le pudiera llegar. La oscura y reluciente ventanilla del lujoso sedan comenzó a descender suavemente, del interior del vehículo unos ojos avellana, intensos y penetrantes asomaron y lo enfocaron centelleantes. El corazón se le agiganto, se le acelero, estupefacto  trato de retroceder, oyó su nombre, escucho un -te he buscado por todas partes-, cerró los ojos como tratando de borrar ese momento, de desaparecer esos ojos color avellana que lo magnetizaban. El dentista se apeo del sedan lo tomo suavemente del brazo: el contacto de esa mano recia le impregnó una energía que le recorrió el cuerpo, que le revivió momentos, locuras, desenfrenos pero también culpabilidad, arrepentimiento; la imagen de su esposa embarazada, de sus promesas, lo llevaron a soltarse del dentista e irse rápidamente a atender otros huéspedes del hotel.

Nació su segunda niña, de dorados rizos y con los ojos verdes de su madre. Entre atenciones a la esposa recién hecha mama y la bebe se le fueron cayendo las hojas al almanaque y las dos semanas que tomó de vacaciones llegaron a su fin. En su primer día de trabajo evito a toda costa atender la fila donde se había encontrado el BMW, se sentía nervioso, navegaba en dos turbulentas aguas; en la una remaba fuertemente en dirección a su hogar, a sus promesas, a sus hijas y esposa que ignoraba este encuentro y en la otra, algo dentro de el ansiaba ese reencuentro, se dejaba arrastrar a momentos por esa pasión, por ese sentimiento que estaba seguro no competía con el amor que sentía por su esposa y sus hijas, pues eso lo tenia muy claro: esas niñas eran su vida y por ellas haría cualquier cosa. Esto era diferente, no sabia como describirlo, una dualidad, un dejarse ir por lo que su cuerpo le pedía, un disfrute, una bisexualidad que no quería cuestionar para no sentir culpas ni remordimientos, solo vivirla y punto. Si mi esposa comprendiera, pensó.

-Es muy importante que hable contigo.- La voz a sus espaldas lo sacó de cavilaciones, se le contrajo el abdomen y las piernas le temblaron; no giró sobre si para ver la procedencia de la voz, espero a que el dentista se le acercara y se situara frente a el. Solo habían pasado dos años pero la impresión que le causo verlo lo conmocionó, estaba avejentado, pálido, demacrado, sintió ganas de abrazarlo pero se contuvo, solo obedeció el ademan del dentista de subirse al carro. Esa madrugada al llegar a casa, se ducho con una urgencia de enjabonarse y borrar las huellas de infidelidad en la piel, de desaparecer a golpe de estropajo las caricias y el pecado de la carne. Se acostó al lado de su esposa que aun dormía, la abrazo y en silencio lloró largo rato con un remordimiento infinito e inconsolable antes de profundizarse.

Ella comenzó a notarlo un poco distraído, silencioso y apático, evitaba su presencia y con disculpas de cansancio se encerraba en su cuarto a dormir. Ella lo comprendía pues aparte del trabajo de tiempo completo había conseguido un empleo de media jornada en la tarde para poder sufragar los gastos de la casa. No se explicaba y en eso la admiraba, como hacia para hacer rendir el poco dinero que el llevaba a casa. procuraba no pensar, solo trabajar, llegar a casa, cerrar los ojos y dormirse para abrirlos en unas cuantas horas y seguir la rutina. Los días se fueron acumulando a su espalda, las semanas y los meses cumplieron un año desde aquel encuentro, todo parecía en el olvido pero solo aquella promesa lo atormentaba, le taladraba el cerebro y lo perseguía en sus sueños; promesa que el sabia era real, que algún día se cumpliría, pero no estaba dispuesto a pagar el costo de aceptarla.

Cuando llegó a casa en la mañana ya su esposa lo estaba esperando en el comedor del apartamento, olía a cafe recién colado, se sentó frente a ella esperando su taza de cafe y lo primero que vio sobre la mesa fue un pasaje de avión, intrigado lo abrió, estaba a su nombre y en claras letras azules leyó: MIAMI-BOGOTA. La miro asombrado, no entendía, no comprendía, no supo que decir y por primera vez en ese largo año la miro directamente a los ojos. Los verdes ojos de su esposa lo miraron fijamente, se notaban enrojecidos de llanto reciente. Era un pasaje de una sola via, sin regreso, sin posibilidades de volver pues habían llegado de turistas y aun ahora después de tres largos años estaban ilegales en el país. -Es para que vaya a Colombia y haga valer los derechos, los derechos de la promesa, o ya se le olvido?-.

La promesa. Que sabia ella de la promesa, de su encuentro clandestino, de su lucha interna, de ese infierno que tenia anidado en el pecho, que lo quemaba, que lo consumía; de ese bloque de hielo que le pesaba en el estomago, que lo enfriaba, que lo insensibilizaba hasta convertirlo en un zombi. -La promesa mijo-, volvió y escuchó que su esposa le decía. Se sentó a escucharla en la silla con la taza de cafe vacía en la mano.

Hacia ya mas de un año que el dentista se  comunicaba con ella, recibía una mensualidad que le giraba cada mes -Como cree mijo que he hecho para que con el poco sueldo que usted gana podamos sobrevivir los cuatro, no me decía a cada rato que hacia milagros con su sueldo.- El milagro tenia nombre; el solo escuchaba en silencio, con la cabeza agachada, de vez en cuando la levantaba para mirarle esos verdes ojos que centelleaban. -El me habló de la promesa que le hizo a usted hace un año cuando se encontraron, se acuerda?-. Esta vez la miro con los ojos muy abiertos pues ese tiquete de avión solo significaba una cosa; que el dentista había fallecido. No pudo gesticular palabra alguna, ella con la mirada se lo confirmó, se sentó de nuevo y se cogió la cabeza con ambas manos, estaba confuso, no alcanzaba a digerir toda la revelación que su esposa le decía. No podía ser posible que ella lo supiera todo y se lo callara. Y mucho menos que se comunicaran, si en Bogota cuando ella descubrió la infidelidad fue a la clínica a confrontarlo y se armo un lío con escándalo y policías, esa era la razón por la que estaban exiliados en Miami.

Que había pasado, desconocía a su esposa, la mujer que con esa calma le contaba los hechos se le hacia una extraña. Que poco la conocía, pensó. Ella que era impulsiva y no podía guardarse nada, como había aguantado ese silencio. -El dinero mijo, nuestro futuro económico,- oyó que ella le decía como si le leyera el pensamiento. Tiene que irse ya i hacer valer sus derechos, si es que cumplió con la promesa, -le doy un mes para que resuelva la situación, si en ese plazo no pasa nada, igual me voy con las niñas para allá, que ya no aguanto estar comiendo mierda aquí-. le dijo sin darle tiempo ni opción a objetarle la sentencia.

En el aeropuerto El Dorado de Bogota el lujoso sedan BMW se acercó suavemente a recoger a la pasajera que llegaba de Miami con sus dos hijitas, el chofer le dijo que su esposo no había podido venir a recogerla pues estaba en una junta de reestructuración de la clínica dental. Se cumplió la promesa pensó la mujer con una risilla de satisfacción en su boca. Eran dueños de la clínica, en dentista dejó antes de morir todo a nombre de su esposo. En fin de cuentas ella veía esa relación de su esposo con el dentista desde otra perspectiva, como la de un padre hacia un hijo que lo quería mucho y le heredo toda su fortuna, ahora todo seria diferente, serian felices y ricos, por fin la suerte le sonreía.

El nuevo dueño de la clínica dental le paso la mano por el hombro al joven empleado y le dijo:-Usted va a ser mi mano derecha aquí en la clínica, me gusta su actitud, sus ganas y positivismo para hacer el trabajo, le espera un futuro muy prometedor a mi lado-.

sábado, 5 de marzo de 2016

En el Gym

-Con el colesterol elevado, mas la presión arterial alta, lo mejor que puede hacer es una caminata de una hora para reducir grasas y fortificar los músculos-. Estas eran las palabras del doctor después  de leer  y releer los resultados de mis exámenes  médicos. Entre líneas fruncía el ceño y mas de una vez negaba con la cabeza mientras me miraba por encima de sus espejuelos. -Pero doc, le repliqué: no tengo tiempo para esa caminata. –a su edad mi amigo no tiene excusas ni disculpas para cuidar su salud y hacer ejercicio; es cuestión de vida o muerte-.

Con este vaticinio tan sombrío y con mucho que hacer todavía en este planeta no me podía dar el lujo de ignorar  las palabras del doctor. Ni corto ni perezoso me inscribí  en un gimnasio  cerca de casa que ofrecía un buen plan.

60 minutos  de caminata era lo que me había recomendado el doctor; así que llegue al gym ataviado con pantalones cortos de nylon muy sueltos, camiseta ancha de algodón para disimular  los excesos  alimenticios,  botella de agua en la mano y zapatillas verde fosforescente muy de moda  para comenzar la rutina que me llevaría a mejorar mi silueta y conservar la salud.

A esa hora de la tarde el sitio estaba relativamente  vacío, así  que di una vuelta por el lugar revisando  las diferentes  maquinas  con curiosidad  de niño explorador; estaba la elíptica, la banda caminadora,  la bicicleta  estática y otras maquinas mas sofisticadas de nombres impronunciables para mi corto entendimiento en materia de ejercicios.

Opte por la banda caminadora, pues me pareció fácil de usar; solo deslizarme sobre ella por una hora y ya, cumpliría  con la meta del día. Pulse el botón del tiempo hasta dejarlo en los 60 minutos que requería mi rutina diaria, la banda comenzó a moverse muy suavemente así que eleve un poco la inclinación de la maquina y luego ajuste la velocidad a 7 k/h. Fantástico,  maravilloso, mis pies rodaban por la banda acompasadamente; hombre y maquina sincronizados en un solo movimiento.

Tiempo recorrido: 10 minutos. En la siguiente  hilera de caminadoras, frente a mi, una rubia forrada en una traje de licra pegado al cuerpo como una brillante y sedosa segunda piel se apodero de la maquina comenzando a caminar y al poco tiempo a correr sobre la banda. El dorado cabello humedecido por el sudor caía en cascada sobre sus desnudos hombros y terminaba cubriendo su diminuta cintura que daba paso al nacimiento de dos inflados y redondeados globos simétricos que en constante movimiento subían y bajaban rítmicamente creando un efecto de fijación hipnótica en mi.

Tiempo recorrido: 20 minutos.  A mi diestra se posesionó de la caminadora un señor, muy mayor el, quizás de 70 años o mas, con piel de corteza de árbol milenario y descascarado. Lo mire y me arqueo la espesa y canosa ceja en señal de saludo. Comenzó suave, muy suave pero en cuestión de minutos estaba corriendo sobre la banda a zancadas de perseguido por perros rabiosos. Volví y lo mire para recalcularle la edad pues me parecía imposible; tal vez esté curtido y arrugado por el sol y sea joven, tal vez pensé. Traté de aumentarle un poco la velocidad a mi maquina para no desentonar con el añejo y vital personaje, pero una vocecita interna me advirtió: "cuidado que te falta media hora, deja de hacerte el sobrador". me resistí y seguí a paso de tortuga.

Pero, cuando a mi izquierda se ubicó una señora, rubia y bien tenida ella, también de piel bronceada y en la cincuentena de su vida, que en un abrir y cerrar de ojos presionó botones y movió controles para comenzar a volar sobre la banda, sentí que mi orgullo de hombre latino estaba quedando por el suelo.

Mire el tiempo faltante: 15 minutos, -es poco, puedo aumentar la velocidad-, decidí. Mis pies comenzaron a tratar de llevarle el ritmo a la banda que se deslizaba mucho mas rápido que mis movimientos, no me quedo otra opción que asirme a las barras paralelas de la maquina y aminorar el efecto de la velocidad. El alivio fue momentáneo pues la banda seguía ganándole en velocidad a mis piernas que ya comenzaban a flaquear. Aguanta, aguanta me decía para mis adentros. La señora rubia del lado me miro muy ufana y sonrío.

10 minutos faltantes, el reloj digital de la maquina avanzaba en oposición a la velocidad: entre mas rápido iba, mas lento transcurría el tiempo. 8 minutos, uf!, lento, lentísimo el tiempo. El viejo del otro lado seguía a su ritmo, inmutable, constante, inalterado. Debe de haber nacido, crecido y vivido en la caminadora, es su medio habitual no hay duda.

5 minutos, ya casi cumplo con hora diaria. Sudaba a chorros, respiraba jadeante, el sudor me empañaba los ojos y las gafas, trate de limpiarme la cara pero al intentar soltar la barra sentí que mi cuerpo se balanceaba peligrosamente, desistí de la idea. Al mirar hacia abajo note que un cordón del zapato se había soltado y existía la posibilidad de que en mi errática carrera lo pisara, abrí un poco las piernas para correr evitando el cordón que se bamboleaba para lado y lado sobre la banda como gusano con epilepsia.

2 minutos, 1:59, 1:58 que lento disminuye el conteo y que rápido voy. El cordón saltarín amenaza con dejarse pisar y yo en cabriolas y maromas trato de esquivarlo.

1:30, mantengo el ritmo, sudo, jadeo, aguanto, brinco, salto y evado el cordón.

1:00, me aferro con mas fuerza a las barras paralelas pues ya no siento mis piernas.

0:45, sigo corriendo por inercia, como rodando cuesta abajo en una pendiente, pero aguanto, resisto y me aferro a las barras.

0:30, la maquina comienza a reducir velocidad para bajarle el ritmo al trote pero mi cuerpo y mis piernas siguen aceleradas, no bajan la velocidad, tardan unos segundos en obedecerme.

Descanso,... alivio..., me bebo de un solo sorbo la botella de agua. tiemblo un poco por el esfuerzo, pero respiro satisfecho.

!Que duro es llegar a viejo y mantenerse en forma, mañana será otro día y otra hora, ya veremos!.

sábado, 13 de febrero de 2016

La Inolvidable Tia Nila

Ese domingo amaneció llorando a chorros. Grises y oscuros nubarrones impedían que la tibieza del naciente sol nos iluminara. Por que llorará el día, por que estará triste, de quien se lamentara?. La respuesta llegó por un texto en el teléfono: la Tia Nila había partido de este terrenal mundo hacia otros lares desconocidos.

Muy temprano en la mañana, después de leer el texto, el olor a café recién colado me fue llevando de la mano con su aroma hacia el pasado, hacia muchos años atrás; me regrese a Colombia, a Cali y la volví a ver por allá en los setentas, en el barrio de San Nicolas; no se cuantos años tendría por esa época, pero era una mujer espectacular, de una altivez y arrogancia inusuales en las mujeres de su tiempo que sumisamente y agachando la cabeza obedecían sin cuestionar a sus esposos o padres. Era irreverente, caprichosa e impredecible, tenia el respaldo de su apellido y de sus seis hermanos, hombres fuertes y recios, curtidos en las labores del campo.

En mi memoria se agolpan hechos, vivencias, momentos: jueves en “Cauquita”, ella de blujeans doblados hasta la pantorrilla, camiseta de manga corta y pelo recogido en una moña dando ordenes a las empleadas para el sancocho de gallina, ordenándonos a nosotros, sus sobrinos que nos subiéramos a los arboles frutales y le escogiéramos las mejores frutas. Cáimos, mangos, guayabas, mamoncillos, guamas, bananos, naranjas, que ella degustaba entre risotadas y algarabía. Fines de semana en río claro; la chevrolet azul celeste y blanca llegaba con el compartimiento de carga lleno de muchachos, de primos, de primas y amigos, apretujados en diminutos espacios o sentados peligrosamente en el borde de la cajuela desafiando el precario equilibrio que manteníamos por sentir la brisa del viento y la desafiante velocidad que la Tia Nila le imprimía al acelerador para complacer nuestras peticiones de “mas rápido  Tia”. Era adrenalina pura la que la Tia Nila nos imprimia para después, al llegar a la finca, recompensarnos con un traguito de aguardiente en la tapa de la canequita para que no nos volviéramos ¨cochosos¨ según  sus palabras.

Veranos inolvidables nos dejó  la Tia Nila en aquella etapa de la adolescencia en que la rebelión de las hormonas en franco alboroto enloquecían y afiebraban nuestros sentidos. Comenzábamos a sentir la picazón  del primer amor, ese inexplicable cosquilleo en el estomago que nos paralizaba en presencia de la persona que nos gustara. Pero allí estaba la Tia Nila, acolitando amores o prohibiéndolos según sus preferencias. Conspirando encuentros secretos, aconsejando estrategias, censurando o apoyando romances.

Dos meses del año era el período de vacaciones en los  cuales disfrutábamos a plenitud ese torbellino, ese huracán vital que la Tia Nila llevaba  por dentro y que nos contagiaba. Concursos de pesca, carreras de encostalados, escondite en parejas, penitencias y por las noches, reunidos al rededor de una fogata con la absoluta y fantasmagórica oscuridad de la noche a nuestras espaldas comenzaban los relatos con los mitos y leyendas de nuestros fantasmas locales, “La pata sola”, “La viuda alegre” y muchas mas que nos aterrorizaban y mantenían en zozobra y apretujados en el circulo hasta que de pronto, de la nada, a nuestras espaldas aparecía en carrera desenfadada hacia nosotros la Tia Nila envuelta en una sabana blanca gritando como un fantasma para caer encima nuestro creando una desbandada y gritería de muchachos asustados corriendo despavoridos hacia la seguridad de la casa, ella entraba ya sin la sabana encima eufórica, exaltada y entre risotadas y gesticulaciones describía nuestras caras de susto y pánico. Así era, así la recuerdo.

Me reclino un poco en la silla, cierro los ojos y la veo bailando, en los inolvidables diciembres en la casona de San Nicolás; puro ritmo, cadencia soltura, los hombres queriendo, deseando una mirada, una lisonja para poder invitarla a bailar, las mujeres, en cambio envidiándola, celándola o deseando ser como ella.

Tengo mis recuerdos estancados en esa remota época por que emigre hace mas de 30 años, periodo en el cual me desconecte de la familia y regrese brevemente en dos ocasiones. En la primera después de 8 años de ausencia la vi de nuevo y aun conservaba su porte y donaire. En la segunda ocasión fui a visitarla y ya estaba en silla de ruedas, avejentada y senil, no me reconoció, yo tampoco la reconocí e inmediatamente rescate de mi memoria la Tia Nila de mi pasado, del pasado de todos, de esa numerosa prole de muchachos que crecimos viéndola, admirándola y queriéndola.

En esta segunda visita que hice a Colombia, también conocí a el abuelo de mi actual esposa, criado en San Nicolás según me contó en una charla que tuvimos, tratando él de ahondar en mi árbol genealógico. Trabajó por muchos años en la fabrica de Croydon en el barrio Obrero y cláro, por supuesto me dijo, conocí a su familia, los “Montaña”, si me acuerdo de la hermana de ellos, la de la camioneta azul, que bonita mujer, como me gustaba. Una vez me hice invitar a una de las fiestas que hacían en la casa del la sexta, frente al parque, toda la noche la ronde para que me concediera una pieza de baile, era imposible, aun la recuerdo, estaba vestida con una falda de boleros y encajes floreada que al bailar pareciera que las flores del vestido cobraban vida semejando un rosal mecido por el viento. Que mujer, inolvidable me dijo.

Inolvidable, repetí para mis adentros.

Adios a la Tia Nila!.

martes, 5 de enero de 2016

Diciembre

El doceavo mes del año; el mas esperado, queda reducido a una semana, que luego se minimiza a dos días; 24 y 31. Nada!, 48 horas de las 8,760 que tiene el año. Pero es el mes de los balances, de las promesas, de las añoranzas, de las cuentas retrospectivas, de las reconciliaciones, abrazos, llamadas postergadas, visitas en familia, ademas de rumba y gastos por montones.

Sentarnos a hacer un recuento de lo vivido, termine en balance positivo o negativo siempre nos lleva a tener la esperanza de que el siguiente año será mejor, porque para prometer al calor de unos vinos la mayoría la tenemos grande, así al otro día el dolor de cabeza y la resaca nos impidan acordarnos de lo prometido y jurado.

De jóvenes, solteros, ambiciosos y vitales, prometemos amor eterno abrazando la calidez febril de un joven cuerpo temblando de extasis en nuestros brazos, pero el amor eterno en la juventud dura de tres a cuatro meses, mas tras el desasosiego y dolor por la perdida volvemos a recomenzar en otros brazos y con las mismas promesas. Es una montaña rusa, un sube y baja de emociones que a la larga son parte de nuestro crecimiento, de nuestra experiencia que en un futuro servirán para escoger a la persona adecuada que nos permitirá comenzar una vida en pareja y caminar por el sendero de la vida asido a la mano de alguien que nos dará la posibilidad de formar un hogar con hijos, sueños y esperanzas.

La primera persona con la que tuve esos sueños, caminó a mi lado por veinticinco años, me llevo de la mano por las selvas de Colombia, calles de Miami y Nueva York. Del fruto de ese truncado juvenil amor quedo una hija, el sol de mi vida, la cual vi crecer y convertirse de una niña juguetona y risueña a una mujer casada y con dos bellos hijos. La inmadurez, el gusto y deseo por cuanta mujer se atravesara en mi camino marchitaron esos sueños e ilusiones y me lanzaron a una carrera desbocada de lujuria y placer que terminaron con ese caminar juntos.

Cuarenta y cinco vueltas había dado la tierra al rededor del sol desde mi nacimiento cuando comencé a caminar solo otra vez. Encontré otra mano a la cual asirme y recomenzar el camino. Tomé otro rumbo y esa mano no se soltó de la mía, rodé cuesta abajo y la mano seguía aferrada a la mía, mas cuando toqué fondo la mano me ayudo a levantar, sacudirme el polvo, curar las heridas laceradas y ascender el camino cuesta arriba; lento, escarpado a veces, incierto en momentos, pero con paso firme me guío, avancé, trepé cimas, escalé riscos y llegué a la meta donde los sueños y las promesas se volvieron realidad.

Ahora, al final del año y llegando a la sesentena, el camino es largo todavía, mas sin embargo las metas se han ido cumpliendo. Es otra vida, otra familia; dos bellos hijos la componen mas una valiente y luchadora esposa que entregó su vida y su destino a cambio de un amor incierto y una semilla que germinaba en su vientre.

Quince años han pasado, el balance es muy positivo; mido el triunfo por el monto de mi felicidad, por el inmenso amor que nos tenemos, por la calidad de vida que poseo, por las increíbles “pertenencias” acumuladas que no se pueden comprar con dinero; el resto, lo material me ha llegado en su momento preciso, el universo me ha recompensado.

De Nueva York salí solo con mis cajas de libros, un bebe de cuatro meses y una joven madre asustada e inexperta, pero con la fe puesta en mi, en el amor que le prometía, en lo que le decía: “la fuerza mas poderosa que mueve el mundo es el amor y esa energía la tenemos por montones, así que triunfaremos”.

Siempre dije que mi Patita es un espíritu viejo, un alma milenaria que ha vivido muchas vidas y que ahora se encarnó en esa bella mujer que tengo por esposa. Vino a enseñarme, a estabilizarme, a que mi errante alma tomara un rumbo fijo. Cuantas veces nos habremos encontrado en el pasado, no lo se, pero algo me dice que varias. Y es que en estos quince años, cada que abro los ojos en las mañanas lo primero que veo es su rostro y lo primero que perciben mis sentidos es la tibieza de su cuerpo a mi lado, motivo suficiente para comenzar el día con una sonrisa y un optimismo gigantesco.

De este año que culmina, dos hechos me han parecido increíbles y determinantes para las personas que los vivieron: El compadre Afredo y el primo de mi esposa, David; los dos están viviendo su segunda oportunidad, los dos se nos fueron y volvieron gracias al milagro de la medicina moderna, gracias a la energía positiva de familiares y amigos que oraron y estuvieron a su lado día y noche hasta verlos renacer.

De mis hijos, el mayor, Mateo, salió del “Middle School” para entrar al “High School”; estaba muy nervioso y asustado al principio, pero poco a poco con la invaluable ayuda de su mama que casi todos los días se quedaba con el hasta la media noche estudiando, logró salir adelante venciendo sus temores y superándose en su cometido.

Lukitas, el menor, no se quedo atrás y a la par de Mateo se convirtió en un aventajado estudiante, ademas de ser uno de los mejores jugadores de baloncesto en el equipo de la YMCA a la que pertenece.

En mi trabajo, después de unos cuantos meses difíciles de prueba, logré la estabilidad por la que luchaba y un buen contrato laboral. Maupa Printing, nuestra empresa familiar también reportó buenos dividendos.

En general fue un balance positivo; mi examen medico anual arrojó buenas noticias, estoy saludable, es reconfortante oír eso cuando se han vivido muchos años. Me acuerdo, en Nueva York, una vez con mi Patita nos encontramos con una pitonisa muy acertada que le dijo a mi esposa: “No se preocupe por la edad de su esposo que las cartas me dicen que usted tendrá viejo para rato!”.

Eso espero!.



sábado, 10 de octubre de 2015

El Predicador

El hombre, elegantemente vestido; con camisa de cuadros blanca y azul, manga larga y puño grande doblado hacia arriba, chaleco negro ajustado, jeans y botas, salió de un lado del escenario. Despacito, muy despacito con las manos juntas, los ojos semicerrados y la cara en dirección al cieloraso del teatro. La banda, compuesta de cinco muchachos jóvenes aumentó el sonido de sus instrumentos y entonando una alabanza impregnó el recinto de religiosidad. Los feligreses, entre los cuales me encontraba comenzaron a elevar las manos al cielo y entonando en coro el tribillo de la alabanza entraron en éxtasis espiritual. El predicador aprovechó el momento para comenzar su predica del domingo.

Hombre cincuenton, en buena condición física y sonrisa de azafata internacional, se acercó al centro del escenario, un rayo de luz lo iluminaba en su lento y estudiado recorrido, avanzaba con las manos unidas en oración: queridos hermanos esta mañana mientras estaba desayunando se me vino a la cabeza un versículo de la biblia que habla del "dar sin recibir nada a cambio", y al pronunciar ésta  última  frase, subió  la voz y lentamente la repitió de nuevo.

Cuantos de ustedes, reunidos  aquí han regalado algo bajo estas condiciones?. Cuantos, hermanos míos, esperan algo en retorno  cuando dan, cuando regalan o hacen un favor?. Levanten la mano los que la fe los mueve a dar, así no tengan nada para ellos, así se despojen de todo!.

Silencio  en el teatro, nadie levantó  la mano. El pastor aprovechó  el momento de silencio para contar la historia de Isaac, en la cual Dios le ordena llevar a su primogénito al monte para atarlo con una cuerda a la piedra de los sacrificios y apuñalarlo a sangre fría y sin ningún motivo en nombre  de la fe.  El hombre, cual cordero de Dios  (que hoy en día seria tratado por esquizofrenia severa y encerrado en un manicomio de por vida sin posibilidad de pasar a la historia como profeta sino como  peligroso orate), levantó al siguiente día  a su pequeño e inocente hijo que sin entender el porqué de esa madrugada, se dejó llevar por su padre en el cual confiaba ciegamente. Mas desconcierto le causó al niño el momento en que el profeta lo ató al altar de los sacrificios, oyendo una voz interior que le decía: “átalo, apuñálalo, te lo ordeno, soy tu Dios, obedéceme, Mátalo!.  Lo cierto es que cuando la mano del esquizofrénico Isaac bajaba veloz y certera a incrustar la daga en el agitado pecho de su hijito, la mano del todo poderoso Dios se lo impidió. Hombre de fe, hombre en el que puedo confiar diría después Dios para sus adentros.

Con esta y otras más anécdotas bíblicas el predicador ilustró la importancia  del dar, del desprenderse de las cosas terrenales pues "el que tiene  fe, el que cree en mi, nada le faltará".

Llevaba mas de una hora de prédica, música, alabanzas, oraciones y con su aterciopelada voz, con la música  de fondo, sus crescendos y silencios  poco a poco iba concientizando y preparando al embelesado auditorio para la estocada  final: "El Diezmo".

Oremos hermanos míos, que el Señor los trajo hoy aquí  por una poderosa razón, por que recuerden: nada, absolutamente  nada pasa sin su consentimiento, sin su divina voluntad.

Cuantos de ustedes, queridos hermanos  míos, se levantaron  hoy domingo pensando venir a la predica por compromiso, para luego irse de aquí, a comer, a cine o a cualquier otra diversión  sin tener en cuenta la obligación religiosa,  sagrada  y bíblica del diezmo, cuantos desobedecen la ordenanzas  del sagrado libro, cuantos son creyentes de dientes para afuera, cuantos al momento de poner en prueba su fe, ignoran los mandatos divinos!. Cuantos?. Pues para esos!, les tengo malas noticias: las puertas del cielo están cerradas, no se abrirán para esos faltos de fe al momento de su encuentro  con el todopoderoso, ellos!, ellos!, arderán en el fuego eterno sin posibilidad de subir al cielo y postrarse a la diestra del Señor!

Terminando esta última frase, la música creció  en decibeles y de los pasillos laterales salieron de la oscuridad los ayudantes con sus canastas a hacerlas circular de mano en mano entre los atemorizados  feligreses que hurgaban en sus bolsos, bolsillos y billeteras para asegurar la ascensión  al cielo.

Una ultima sugerencia, los cheques tienen que hacerlos a nombre de la congregacíon… alcancé a oír a mis espaldas que decía el predicador mientras abandonaba el recinto para ir a comer con mi esposa e hijos tras una semana de arduo trabajo en que para nada me apetecía regalar mi dinero.