miércoles, 18 de febrero de 2015

La profesora de ingles

Fué un instinto animal, una acto salvaje, primitivo, hormonal que ella entendió y aceptó al instante; rodaron por el suelo en una confusión de pieles desnudándose, en un amasijo de piernas y brazos, jadeos, mordiscos y suspiros.

Hacia unos cuantos meses la pareja había decidido contratar los servicios de una profesora de ingles que les ayudara con el idioma pues recién habían llegado a Nueva York y necesitaban del idioma para conseguir un mejor trabajo. De todas las candidatas a la esposa le gusto esta pues solo hablaba ingles, con lo cual les exigía a ellos olvidarse del español y comunicarse solo en ingles, ademas era cuarentona casi llegando a los cincuenta y su aspecto desaliñado e informal no inspiraba ningún peligro para la relación. El también estuvo de acuerdo con la escogencia; era alta, de rubio pelo ensortijado que le caía descuidadamente en los blancos hombros. Poseedora de unos Intensos ojos azules enmarcados en unas gafitas redondas que la hacían parecer una intelectual. Su informal vestimenta de jeans rotos y desgastados le daban un aire de hippie de los sesentas.

Acordaron verse los domingos en el apartamento de ellos en las mañanas y recibir dos horas de clase. La profesora, a pesar de ser muy distraída, se mostraba profesional y con preguntas y respuestas les fue enseñando los fundamentos basicos del idioma.

El adivinaba que debajo de esos desgastados jeans debían de haber unas bien torneadas y blancas piernas que de solo imaginarlo le producían un cosquilleo en la parte baja del vientre; pensamiento que rápidamente alejaba de su mente pues lo desconcertaba de la clase.

Aquel domingo en que la profesora se apareció con la blusita negra de encaje, hombros destapados y un desabotonado escote que mostraban el níveo nacimiento de esas blancas palomas que tenia por pechos, el esposo no tuvo concentración en la clase. Su imaginación iba y venia por esas blancas redondeces que al ritmo de su respiración temblaban y lo hacían estremecerse de excitación.

Cada domingo era un tormento, cada domingo por dos horas su imaginación volaba, su imaginación subía ondulante por esos muslos y sentía la textura de su piel, la tibieza de su vientre y la dorada vellosidad de su sexo. El hombre se estaba quemando vivo, consumiendo en una pasión imposible, en un deseo inalcanzable, era un tormento insufrible.

La esposa en cambio disfrutaba de las clases, aprendía cada día mas; las dos reían y conversaban de muchos temas. Al despedirse se daban un abrazo y un beso en la mejilla, pero el era incapaz de tan solo darle la mano pues sudaba frío y le hervía la sangre al mismo tiempo en un sube y baja de emociones imposibles de aguantar.

Aquel domingo en especial le había tocado ir a recibir la clase en el apartamento de ella, su pareja se había quedado porque tenia un poco de dolor de cabeza. La profesora con el pelo suelto cayéndole en cascada de oro por los desnudos hombros, aun con gotitas de agua de la ducha abrió la puerta y la invito a sentarse en la sala mientras terminaba de vestirse. Salió nuevamente del cuarto y al darse el abrazo de recibimiento, sus mejillas se rozaron y sus miradas se cruzaron; fue un instante eterno en que la intensidad de esos ojos azules hicieron que perdiera el control y se incendiaran en un beso, en un mordisco, en un arrebato, en un fogonazo que las arrojó al suelo, que las desvistió, que las fusionó en una sola sombra y entre jadeos, suspiros y quejidos, se desgranaron en un intenso climax.

"Sorry", le dijo la profesora vistiendose apresuradamente, "I don’t know how this happened".

 "I just want one thing", le suplicó ella ruborizada en el limitado ingles que había aprendido: "I don’t want my husband to know about this".

martes, 10 de febrero de 2015

Los vecinos

El viento sopló de oeste a este, la pareja de ancianos aguzaron la vista escudriñando las ramas del frondoso árbol que, cargado de hojas secas en la estación de otoño comenzó a mecerse suavemente desprendiendo su otoñal pelaje. Perezosamente, al ver caer las secas hojas, los ancianos se incorporaron de su silla y él rastrillo en mano, se dedicó a recoger la hojarasca del césped. Ella, paleaba a una gran bolsa negra los montoncitos de hojas que su marido muy diligentemente había hecho.

Impecables, cuidadosos, ordenados, meticulosos la pareja de ancianos tenían tiempo suficiente para mantener la casa reluciente. Estaban jubilados desde hacia unos cuantos años y su principal pasatiempo o entretenimiento era cuidar de la casa; cada 15 días, muy temprano se levantaban a “hacer patio” como llaman por acá a las labores pertinentes al cuidado de las zonas verdes de la casa. Sombrero de paja de ancho vuelo, gafas grandes de protección estilo soldador, guantes de plástico hasta el antebrazo, botas pantaneras  y overol de gruesa tela era el usual atuendo que el y ella usaban para sus actividades.

Comenzaban por el espacioso frente de la casa que con una entrada circular y amplias zonas cubiertas de grama a lado y lado les tomaba casi toda la mañana terminarla. Normalmente escogían el domingo para esta faena; muy a las 7 de la mañana empezaba yo a sentir un ruidito imperceptible de motor que poco a poco iba aumentando los decibeles y de ronroneo arrullador, pasaba al estridente sonido de la cortacéspedes que retumbaba en mis oídos. Quedaba sentado en la cama con los pelos de punta. Ahi terminaban mis planes de hacer pereza un domingo en la cama hasta bien tarde. Por mas vueltas que diera en la cama tratando de cubrirme los oídos con la almohada era imposible; el taladrante sonido de la cortadora parecía estar debajo de mi cama.

Ya está, pensé, otro domingo perdido. Por su puesto mi esposa aprovechaba la ocasión para ponerlos de ejemplo: “Si los ve, cuidando la casa y mire la nuestra, la perrita sale al patio y se pierde en la selva que tenemos por jardín, siga el ejemplo de esos ancianos y corte el césped”. Pero nó, el séptimo día se hizo para descansar, así lo dijo midiosito y si midiosito descansa, descansamos todos, palabra del señor!.

Todo el santo domingo lo perdían en ese ir y venir por las zonas verdes de la casa, ya con la cortadora de césped, ya con la guadaña eléctrica haciendo los bordes, luego con la sopladora a motor acumulando las hojas secas y cuanta vegetación habían cortado para recogerla o, la mayoría de las veces soplarla hacia mi casa.

En una ocasión, estaba saliendo muy temprano a trabajar cuando el vecino, desde el porche de su casa me hizo señas para que fuera a hablar con el. Vecino, me dijo, Yo vivo aquí hace mas de 15 años y me gusta cuidar de mi casa, si la tiene muy bonita, le dije. Mantengo mi césped libre de hojas si lo ve? claro, lo felicito, le respondí. Y usted sabe de donde son las hojas que afean mi jardín?, si de estos arboles, le acoté. Y esos tres arboles están en su propiedad, me dijo ya muy seriamente. Qué, como así, honestamente no lo había notado, salgo y entro a la casa sin mirar para los lados le dije. No le gusto la bromita. Espero que me colabore y recoja mas a menudo las hojas de SUS arboles que caen en MI propiedad y la afean. Y con un gracias vecino dio media vuelta y se fue.

Me dejo pensativo, pero luego recapacité, son cosas de la sabia naturaleza, las hojas secas se caen por el viento y la gravedad, imposible que se caigan para arriba. No hay nada que hacer, yo no planté los arboles, yo no soplo las hojas para su lado, es el viento y el viento es caprichoso, ademas el hace una buena labor con su casa cada 15 días. En cambio a mi, la estación que mas me gusta del año es el otoño precisamente por eso por las hojas secas en el suelo que van desde el amarillo bien pálido hasta el rojo mas encendido haciendo del paisaje una vivida pintura de intenso colorido de Vincent Van Gogh.

Pero, la paciente, repetitiva y constante insinuación -cantaleta- de mi esposa, de que tuviera consideración con los vecinos, de que la casa nuestra era la mas abandonada del barrio… y antes de dormirme y al despertarme y al medio día el mismo verso, surtieron efecto.

Un domingo quebranté el sagrado mandamiento de “Santificarás las fiestas” y me levanté muy a las 7 de la mañana dispuesto a subir de categoría la casa en nuestro barrio. Me calcé las botas de jardinería, me enfundé el sombrero “voltiao”, me deslicé los ásperos guantes de construcción en las manos y comencé la estoica labor de sacar las herramientas del garaje.

Llené el tanque de la cortacéspedes con gasolina, revisé la sopladora de motor, el cortasetos eléctrico, la motosierra, la aspiradora y sopladora de hojas, los cables de extension, las bolsas de basura para los deshechos vegetales y comencé.

Por lo crecido del césped, casi un pie de alto, la cortadora se ahogaba al tratar de sesgarlo y se apagaba cada dos o tres minutos. Imposible pensé, esta titánica labor no la termino hoy. Eran las diez de la mañana y ya sudaba copiosamente y tenia pasto, hojas y vegetación por todo el cuerpo. No me podia imaginar como los vecinos hacían esta faena cada 15 días con una naturalidad y agilidad asombrosas. De pronto un crujiente y ahogado ruido metálico silenció la cortadora; una fatídica piedrecita se nos atravesó en el camino y le quebró una de las cuchillas de corte.

Salí raudo y veloz para la ferretería a conseguir el repuesto. En la tienda le pregunte a dos morenos que también estaban comprando repuestos por la forma mas fácil y segura de terminar mi labor. Nosotros me contestaron al instante. Ustedes!.  Los mire con una sonrisa de triunfo y les dije: quedan contratados.

A Las cuatro de la tarde que llegó mi esposa de una fiestecita con los niños estaba yo sentado en el porche de la casa disfrutando de una cerveza bien fría y admirando lo bello y bien cortado que me había quedado el jardín.



                                                                

miércoles, 4 de febrero de 2015

A los cuarenta

Amaneciste con la edad en la cual entras a la plenitud de la vida; la madurez. En que como una jugosa  fruta tropical, te endulzas, te aromatizas y tu piel, cual mango maduro incita a deleitarse con los cinco sentidos.

A tu lado he sido testigo de esta transformación, de como tu cuerpo se moldeó para ser madre, se ensanchó para que nuestros hijos crecieran en ti y se alimentaran de ti y luego salieran a la vida a travez de ti, de como tus pechos se agrandaron para alimentarlos y tus brazos se hicieron fuertes para arrullarlos.

Han sido quince años en los cuales pasaste directamente de amante a madre, de madre a esposa y de esposa a ser mi universo, mi todo. De tu mano he recorrido un largo camino, he aprendido a ser compañero, me enseñaste que la fidelidad se gana con respeto, con amor y no con exigencias ni amenazas. A mirar en una sola dirección, a caminar la misma senda y a soñar los mismos sueños. Aprendi a ser un todo contigo y no una parte individual, aprendí a mirarte a los ojos y decirte "te amo" sin temor a que descubras en mi una mentira porque no la hay.
Y como cambie en el camino, ni yo mismo me lo creo. Si miro en retrospectiva y veo al Mauricio de hace quince años o mas, es alguien muy diferente a mi, ya no hay nada de ese "buena vida", mujeriego, loco y aventurero que vivía en Nueva York. Ahora, gracias a tu entrega, a tu amor, a todo lo que representas para mi, soy  lo que soy ahora: una persona nueva, con una responsabilidad y un futuro por delante que no lo tuve antes.

Pero realmente hoy quiero hablar de ti, no de mi, por lo que representas para mi, por que no concibo la vida sin ti, por que el regalo mas precioso que me da la vida es, en las mañanas abrir los ojos y verte ahí, a mi lado, enredada en mi cuerpo, calentando nuestra cama y mi vida.

No es maravilloso amar a alguien así, alguien a quien durante 45 años de tu vida no conocías, no representaba nada para ti, y ahora lo es todo, es como si hubieras nacido con esa persona, como si fuera parte de ti y hubieras recorrido toda la vida a su lado.

Realmente estoy agradecido con el destino, con el universo, con la predestinación, por haber escogido los caminos y las tomado las decisiones correctas que me llevaron a ti, que me dieron el valor o la descabellada locura de decirte, al siguiente día de conocerte que ibas a tener un hijo conmigo; Te fuiste, corriste gradas abajo diciendo: usted esta loco Don Mauricio.

Y tenias razón, Don Mauricio se quedo en Nueva York, perdido en las calles de Queens persiguiendo quimeras y sueños imposibles. El que un día se levanto y te dijo: nos vamos para la Florida, fue el que estaba naciendo, fui yo, el que te escribe, el que tomo la decisión de partir, con una muchachita de 25 años, un hijo de cuatro meses y 400 dólares en el bolsillo a lo desconocido a abrirse camino en la vida, a recomenzar de la nada y sin nada, solo con tu apoyo, con tu amor y con la fe en que a tu lado podía conquistar el mundo.

Gracias amor por creer en mi, por seguirme y apoyarme. Te amo y te amare por siempre.

sábado, 31 de enero de 2015

Los diez a tres mil

Si, volvió y repitió: es una buena oportunidad para que unos cuantos ilegales obtengan documentos directamente de inmigración. Mientras hablaba y gesticulaba, me remonte al momento de conocerla;  frisaba los cincuenta, pero como toda buena mulata y caribeña, mantenía sus carnes firmes y su delgada figura bien torneada. Se me había presentado como psíquica, clarividente y adivinadora, un don, que según ella se le había manifestado desde muy niña allá en su natal Santo Domingo, cuando la abuela la llevaba al cementerio a visitar a los muertos y ella, a esa corta edad conversaba con muchos de ellos. Su abuela la consideraba fantasiosa y soñadora, dejándola conversar con sus amigos imaginarios mientras ella le rezaba a su esposo, hasta que un día el abuelo le mandó un mensaje que la dejó fría, pues era algo muy personal, muy de ellos dos y esa niña no tendría por que saberlo. A partir de ahí la miró con otros ojos, le tenia un poco de miedo y mucho respeto, demasiado pues le permitía hacer cosas que otras niñas no harían a esa corta edad.

Muy joven emigró a Nueva York y se instaló con una tía en Queens. Comenzaron haciendo consultas en la salita del pequeño apartamento donde vivían y como su fama fue creciendo por lo acertada, dejó de estudiar y se dedico de lleno al negocio. Habían pasado muchos años, ahora a los cincuenta vivía con un moreno americano, que según el trabajaba como un alto funcionario en inmigración. Le había prohibido seguir con el negocio de clarividente, pero ella, a escondidas atendía consultas en secreto. Así la conocí, queriendo hacer una aviso publicitario en un periódico local para tener un poco mas de clientela. Fui unas cuantas veces a su apartamento para ultimar los pormenores de la publicidad. Conversábamos mucho, me gustaba oírla, era muy elocuente y expresiva, hablaba con sus ojos, con sus manos, con su cuerpo, era un torbellino de movimientos y palabras.

En una de esas conversaciones salió el tema del esposo y su trabajo, me dijo que el quería aprovechar su posición en inmigración para tratar de ayudar a unos cuantos hispanos con sus documentos, que el podía hacerlo y que de todo corazón lo haría sin cobrar un solo dólar, pero que desafortunadamente tendría que darle algo a los otros funcionarios por donde pasarían los documentos hasta su aprobación final. Me intereso la idea pues muchos de mis amigos de aquella época aun estaban ilegales. El monto que el quería era de seis mil dólares, la mitad al momento de iniciar el tramite y el resto al final cuando tuviera la persona la "Green Card" en la mano.

Acepte conseguirle unos cuantos "clientes" para el "negocio". A las personas de confianza que les comente les gusto la idea y entre amigos y conocidos reuní diez personas, los cuales me dieron cada uno los tres mil dólares, mas sus pasaportes, actas de nacimiento y toda la documentación que el moreno me exigió.

Al moreno y la clarividente les brillaban los ojos y les temblaba la voz de alegría cuando les conté uno tras otro los treinta mil dólares en efectivo que les lleve. En este tipo de transacciones no se firma ningún papel, no se documenta nada, solo se estrecha la mano, se mira a los ojos y se confía; así lo hice con la pareja y así lo hicieron conmigo cada uno de los diez sujetos que conseguí. Solo una pregunta: cuando tengo respuesta, cuando volvemos a hablar y nada mas, cada cual por su lado a esperar.

Un mes me dijeron, un mes y hablamos de nuevo. Un mes les di y al mes volví al apartamento. Los dos hablaban atropelladamente; que si pero que no, que las cosas iban lentas que un funcionario de confianza de ellos estaba de vacaciones, había que esperar, eso era así, solo en esa persona podían confiar y esto era un negocio de confianza, o no?, esperemos nomas, otro mes, se va rápido, ya vera cuando les entreguemos los documentos, esperemos.

Cerraron la puerta y el esperemos…  esperemos se convirtió en treinta días de espera que sumados a los anteriores completaban sesenta. Los clientes me aseguraron que confiaban en mi, que yo no los iría a meter en un negocio dudoso en el cual pudieran perder su plata… y su tiempo, me dijeron y volvieron y me estrecharon la mano mirándome a los ojos. Me comenzaron las dudas, las preguntas: los si hubiera o si no hubiera; pero ya estaba hecho, no había marcha atrás, esperaría y confiaría.

Al mes otra vez estaba parado en la puerta del apartamento, no abrieron, no contestaron. Era un primer piso, mire por las ventanas de al lado y nada, seguí esperando; opte por sentarme en el carro a esperar a que llegaran, ya estaba nervioso, de donde iba yo a sacar treinta mil dólares para responderle a los diez clientes. Los vi llegar y rápidamente me apeé del carro, se sorprendieron al verme tan tarde esperándolos, pero me hicieron entrar; que ya todo estaba casi listo, que iban  a llamar a uno por uno la otra semana aquí en el apartamento para que comenzaran a firmar los papeles y así poder continuar con los tramites. Descansé, alivie un poco mis dudas y les comunique a los diez clientes lo que ellos me dijeron.

Quince días pasan volando y cuando la ansiedad apremia, entre espera y desespera se llega el día. Llamé, que si, que el se había citado con el amigo para recoger los primeros documentos a firmar para tres de los clientes, que como era jueves, mañana viernes se vería con el y que el sábado o a mas tardar el domingo nos veríamos, que le avisara a esas personas y las tuviera listas para ir al apartamento.

Domingo en la mañana, primera llamada, nada que contestan, me veo con los tres favorecidos en un restaurante cercano al apartamento para estar pendientes. De los tres, había una mujer, dueña de una imprenta, dinámica, enérgica e impaciente, los otros dos eran,  el uno era un muchacho joven de mirada huidiza, ademanes nerviosos y pocas palabras, el ultimo un hombre mayor, un poco regordete que había sido policía en su país, por lo tanto desconfiado y sospechando de todo el mundo.

Charlamos un rato de cosas vanas pero a medida que pasaban los minutos y las horas y no había comunicación con la pareja los ánimos se fueron poniendo tensos y el ambiente peligroso. El policía proponía que nos acercáramos al apartamento y esperáramos su llegada, la señora estuvo de acuerdo y yo también, el muchacho no opinó.

Llegamos al apartamento a eso de las 6pm, era un frío día de otoño oscuro y ventoso. El policía reviso por los lados de las ventanas y no vio nada; oscuridad dentro del apartamento. el muchacho se bajo sigilosamente del carro y comenzó a inspeccionar las ventanas y puertas con inusual curiosidad, yo me quede en el carro conversando con la señora. Regresaron y se subieron al carro, al abrir las puertas entro una bocanada de aire gélido acompañada de malos presagios. Habían estado hablando y llegado a la conclusion de que la supuesta parejita nos quería estafar, pues no veían muchos muebles en el apartamento y ademas habían unas maletas en la puerta; tocaba esperarlos toda la noche y confiar en que aun no se hubieran largado con la plata con lo cual ya el problema seria mío y tendría que ver como levantaba piedras y matojos para conseguir la plata. Que proponían, les pregunte.

Entrar y esperarlos en el apartamento. Queee!!!. Nooo!!! como se les ocurre, eso es allanamiento de morada, un delito grave, les dije. Y que, ellos nos están robando descaradamente, me dijeron casi al unísono los tres, y no tenemos con quien demandar ni quejarnos. O usted se va a hacer responsable de la plata, hable.

No tenia otra opción, las cartas ya estaban sobre la mesa y tendría que hacer la jugada que ellos querían. El muchacho inspecciono una ventana que daba al costado de la calle y que estaba casi cubierta por unos matorrales, la presionó un poco y logró abrirla. Por ahi se entró y nos abrió la puerta del apartamento. Querían revisarlo todo, rebuscar por toda parte con la esperanza de que la plata estuviera en cualquier lugar. Yo traté de impedirlo, que los esperaremos sin tocar nada, pero esta gente era de acción e iban por lo suyo; la plata. Rebuscaron por toda parte; los cuartos, los baños, la cocina, todo lo revolcaban, lo abrían, lo descartaban y seguían. De pronto el muchacho que estaba mirando por la ventana dijo: quietos, llegaron. Sin violencia, les alcance a advertir cuando escuché el chasquido de la llave abriendo la puerta.

En la penumbra esperamos, silencio, los eternos segundos de espera se agolpaban en mi corazón haciéndolo latir con fuerza; estaba tenso y nervioso. A lo lejos el martilloso crepitar del tren 7 pasando por sobre los desvencijados rieles en la Roosevelt Avenue penetraron en mis oídos con mas intensidad al abrir la parejita la puerta. Dos golpes secos de cuerpos que caen, un quejido y un grito ahogado fue lo que escuche. Luego silencio y se prendió la luz.

Los pálidos y temblorosos rostros de la parejita miraban en todas las direcciones tratando de adivinar que estaba pasando. Los levantaron y sentaron en sendos asientos con las manos amarradas atrás. El moreno, casi que blanco y con un hilillo de sangre que le corra por la frente no decía nada, solo miraba incrédulo. La psíquica trato de hablar y el policía la calló. A una seña del policía salí del oscuro pasillo a la sala y de repente me vieron, al momento comprendieron su situación y el porque estábamos ahi.

El policía fue claro: la plata, en "cash" como se la había entregado el señor aquí presente y nos iríamos por esa puerta y nunca nos conocimos; así de sencillo, dijo. El moreno comienzo a decir que el era un alto funcionario de inmigración y que por lo tanto atentar contra su vida era un delito federal y que apenas saliera de ahi nos iba a denunciar y… de un seco golpe el policía lo calló y le dijo al muchacho: llévalo al baño y lo encierras con este no hay caso. Al quedar la vidente sola comenzó a llorar y decir que ella sabia que esto iba a pasar, que le había advertido a el, pero que el moreno era terco, no entendía y quería irse y retirarse con ella a Santo Domingo. La plata, le grito el policía muy de cerca sin importarle lo que ella decía. La plata, donde esta!. Ella temblaba, miraba para todos los lados y de vez en cuando las maletas. Las maletas le dijo el policía al muchacho. Este sacó un cuchillo de la cocina y las abro, vacío y reviso; nada dijo. Rompe el forro del fondo. Al hacerlo comenzaron a caer los fajos de dólares al piso. Sentí alegría y alivio, esta pesadilla terminó, me dije.

25 mil, faltan cinco señora, donde están. En el banco dijo ella. Son las cuatro de la madrugada, a las ocho abren el banco, a esa hora yo voy con usted al banco, saca la plata y nos volvemos para acá, de usted depende la vida de su marido, esta claro?.

La dueña de la imprenta se ofreció a hacer cafe para amortiguar la espera. Cuatro horas, lentas, larguísimas, de sorbos de cafe alargados, de sofocantes silencios, de dudas y porqués. El muchacho encendió el televisor y se entretuvo viendo programas. Como hace, pensé, yo no puedo concentrarme, estoy aquí, viviendo cada segundo intensamente, repasando mentalmente esta locura en la que me había metido, reprochándome el haberle aceptado la propuesta al moreno, tratando la imposibilidad de echar marcha atrás al tiempo y cambiar el rumbo de estos acontecimientos, pero no, volvía y miraba bien donde estaba y la realidad era esta, aquí, en este apartamento con dos rehenes y cuatro horas de espera.

Ya volvemos dijo el policía y mirando al muchacho le dijo casi como una orden: si en dos horas no he llegado, se van de aquí con la plata y ya sabes lo que tienes que hacer con el moreno. Estas dos horas si fueron angustiosas, cada que oíamos pasos por el pasillo del apartamento nos tensábamos, nos silenciábamos y esperábamos lo peor, cada que un carro llegaba en frente lo mismo, quien se bajo, vienen para acá, nada; seguir callados esperando. A la hora y media los vimos llegar, les abrimos y el policía dijo: esto se terminó, nos vamos. Salimos por la puerta de atrás y rodeamos el edificio para llegar al carro y ver que todo estaba despejado. Nos alejamos del lugar, el día estaba claro, el cielo azul despejado, la ciudad despertaba, era otro día normal en Nueva York, mi pesadilla habia terminado, afortunadamente en buenos términos. Llegue a la casa y me acosté prometiéndome a mi mismo jamas involucrarme en una situación de estas.

martes, 13 de enero de 2015

La Plumita

Mijo?. Que?.
Estuve oyendo un programa radial donde hablaban de una plumita.
Y?
Papi es algo novedoso… un juguete!
Los niños ya tienen muchos juguetes, para que mas?
No mijo, no me ha entendido. Si ve que yo le hablo y usted no pone cuidado!
Claro mija una plumita no?, de eso estamos hablando.
Si pero el programa era de una sexologa muy reconocida.
¡Sexologa!?, quiere que le haga cosquillas o qué?
Si ve papi que usted no me toma en serio, déjeme le explico….
… y la plumita se pasa por la espalda y una se eriza lo mas de rico papi.

Estacionamos el carro a una distancia prudente del luminoso aviso que en grandes y centelleantes letras rojas decía: “ADULT TOYS”. Que vergüenza, le dije a mi esposa, si algún conocido, ve mi carro aquí, lo primero que va a pensar es que ya no funciono y que estoy buscando un…. bueno mija usted sabe que dirán.

La dependiente, una rubia enorme, abundante en carnes y con unos pechos como para amamantar una guardería entera, apenas nos vio se levanto y al vaivén del oleaje de sus pechos y sus voluminosas nalgas se nos acerco: "Hi guys what can I do for you?"

Mi esposa, con libidinosos ojos de complicidad le explico en ingles el por que de nuestra visita en aquella exótica tienda. Mientras hablaban y nos dirigíamos por los pasillos le eche una mirada al lugar; por doquier colgaban juguetes sexuales, vestimentas eróticas, látigos, muñecas plásticas con carnosas bocas abiertas, preservativos con cabeza de medusa y gigantes miembros de plástico en constante vibración.

Seguíamos las redondeces de la dependiente que con asombrosa agilidad esquivaba cuanto obstáculo se encontraba en los pasillos cuando de pronto se detuvo ante una estantería llena de peluches, almohadones, colgandejos de seda y una variedad de plumas que iban desde unas pequeñas unidas por una vara de bambú que mas bien parecía un utensilio para sacudir el polvo que algo erótico, hasta gigantes plumas de pavo real y avestruz.

Salimos de la tienda con un jueguito de plumas con olores, colores y texturas diferentes, mas otra bolsita de plumitas para esparcir por la cama y hacer, según la dependiente, el ambiente mas romántico y erótico, y ademas con una diminuta pijama de encaje y seda que, también nos dijo la empleada seria el complemento ideal para la noche de infinito placer que iríamos a tener.

La planificación fue perfecta; los niños se fueron para cine con la tía; tendríamos dos horas para jugar con la plumita. Bañado y listo para comenzar, me tendí en la cama a esperar a que mi esposa saliera del baño; las plumitas estaban regadas en la cama. Comencé a sentir un nerviosismo inusual y un cosquilleo por todo el cuerpo. Mientras la esperaba el cosquilleo aumentaba, acompañado de un estornudo que iba en crescendo. Me incorpore un poco y las plumitas se me pegaron a la espalda y los brazos convirtiendo el cosquilleo en rasquiña; otro estornudo, este si fuertísimo, las plumitas volaron por el aire y una de ellas sutil, volátil y pequeña, en un alegre y gracioso vaivén descendió suavemente hasta posarse en mi boca, pero que al tratar de esquivarla y soplarla, la aspire.

Ante la tos y la carraspera que me produjo la plumita, mi esposa salió a prisa del baño, para encontrarme lleno de plumas por todo el cuerpo, enrronchado y revolcándome en el piso con un ataque de tos.

Las dos fantásticas horas que tendríamos disponibles para nuestro placer las gastamos en la sala del hospital esperando a que me recetaran un antialergico para las plumitas.

martes, 6 de enero de 2015

La Marucha

Fue a finales de los noventa, en Manhattan, New York, cuando la conocimos; llegó tarde, como siempre disculpándose y riéndose. Era el primer día de clases. Comenzaba un semestre mas de "Commercial Photography" en el "Center for the Media Arts" y mi amigo y yo, que ya habíamos terminado los estudios, estábamos trabajando en la academia, en el laboratorio de fotografía. En aquella época, aun existían los cuartos oscuros donde se revelaban los rollos fotográficos y se imprimían las imágenes en cubetas de revelado.

Casi siempre recibíamos a los nuevos alumnos y les hacíamos un recorrido por la escuela: comenzábamos por el primer piso donde estaban los estudios fotográficos con sus enormes rollos de papel o lienzo que hacían las veces de "background", las luces de estudio, los flashes, las cámaras de fuelle de 5x7 montadas en los pesados trípodes de patas firmes, luego en el tercer piso estaban ubicados los pequeños y oscuros cubículos que contenían cada uno la ampliadora, donde se colocaba el negativo para proyectar la imagen sobre el sensible papel fotográfico que después era transportado por los estudiantes al laboratorio donde la imagen se fijaba al papel por medio de los químicos de revelado y fijación.

Ahí llego la peruanita, con su piel color de ébano, sus grandes ojos negros y expresivos, su sonrisa picaresca y su bien formado cuerpo que media casi 1.80 de altura. Estaba interesada por aprenderlo todo; curioseaba por aquí y por allá y, casi de inmediato mi amigo se convirtió en su tutor personal.

Mi amigo, el único que conservo de aquella época en New York, siempre callado, serio y laborioso, se alegraba cada vez que la veía. ella con su risa y su magnetismo lo absorbía y así poco a poco fue surgiendo una gran amistad que después se convirtió en romance y amores que perduraron a través de los años, las enfermedades y vicisitudes de la vida.

Pasado un tiempo, mi amigo y yo nos retiramos de la escuela fotográfica y en compañía de otras personas montamos un negocio de revelado de una hora y estudio de fotografía, justo en la columna vertebral de la comunidad hispana en Queens:  "La Roosevelt Avenue".

Teníamos en el primer piso las maquinas de revelado de una hora y la impresora automática que daba imágenes de 3.5x2 hasta 8x10 pulgadas de impresión. Abajo, en el sótano, estaba acondicionado el estudio fotográfico con una variedad de “backgrounds”, las cámaras, el cuarto oscuro y el vestier para que los clientes se cambiaran de ropa en las sesiones fotográficas según la occasion.

Allá también llego ella, de la mano de mi amigo; mano que mi amigo le sujetaría toda la vida y no se la soltaría sino en el momento en el que ella le dio su ultima mirada, su ultimo adiós.

Llegaba con cantidad de rollos para revelar e imprimir; bodas, bautizos, primeras comuniones y algo de modelaje. Al comienzo nos tocaba hacer maravillas para lograr hacer un buen trabajo: recortar imágenes, corregir color, sombras, encuadre y desenfoque. Por eso y por que le gustaba mucho mi amigo decidió acompañarla a los trabajos. Así se fueron conociendo mas, gustando mas y apegandose mas el uno al otro.

A veces iba a la fotografía y nos sentábamos a conversar; de su país, de su familia, de su hijo que estaba criando sola, de su hermana, que eran inseparables, y de mi amigo; de que le contara si lo veía con otra, de que se lo cuidara, yo le decía que si, que le contaría y ella quedaba contenta. Nos reíamos y se nos pasaba el tiempo.

Y el tiempo paso. Cerramos el negocio fotográfico y yo me vine a vivir a la Florida. Ellos se quedaron e iniciaron una vida juntos. Sin hijos en común y sin ataduras se dedicaron a viajar, conocieron Europa, Sur America y otras regiones mas. Me enviaban fotos de vez en cuando, se les veía felices, aferrados el uno al otro como queriendo detener el tiempo en las imágenes que enviaban, como presagiando negros nubarrones y tempestades venideras.

Salió del consultorio medico abatida; las palabras del doctor retumbaban en su cabeza y la hacían temblar de frío, de miedo, de pavor.; "Cancer de medula ósea", palabras mortales que te lanzan al vacío a la desesperanza, a vivir el día a día sin pensar en el mañana. La pesadilla había comenzado, el peregrinaje por hospitales, laboratorios medicos, oficinas de seguro no se hizo esperar. Luego vino la quimioterapia y a rezar por los resultados aferrandose a un santo, a una veladora, a un atisbo de mejoría para pensar en el mañana, para soñar en ganarle días, meses y tal vez años a la vida, pero el deterioro era irreversible.

Mi amigo, fiel compañero de su vida, estoica y calladamente se convirtió en su sombra, en su apoyo, su bastón y su luz en ese mundo de tinieblas y dolor que ella estaba transitando.

No puedo ni tan siquiera imaginarme el sufrimiento de ambos, en las noches mirandose con desesperanza, abrazandose en sollozos de consuelo; de que mañana será otro día y que las cosas mejoraran, de que este tratamiento será efectivo; mentiras piadosas que nos hacemos ante la adversidad y nos alejan de la realidad.

El enemigo era descomunal, cruel e inmisericorde. Perdió su desigual batalla, lo entregó todo en el camino, se fue marchitando como una rosa sin agua, secándose como una hoja al sol. Su sonrisa, la frescura de su mirada y su gracias se fueron apagando, de a poquitos, como una vela al viento se consumió.

La Maruchita, la Luisa, la amiga se nos fue, nos quedan los gratos recuerdos y la alegría de haber disfrutado de su amistad.



jueves, 27 de noviembre de 2014

El día de Acción de Gracias

Las navidades en casa comienzan en la celebración de Acción de Gracias; es el día en que me levanto temprano, abro las puertas y ventanas de la casa y dejo que el viento frío del norte entre por toda ella, la refresque, la renueve, dejo que el aire entre por todos los rincones y se lleve las energías negativas, que la sacuda, que la ponga a vibrar.

En la cocina comienzo los preparativos para la cena: lo primero que hago es colocar la música decembrina, las parrandas navideñas, las trullas boricuas y los melomerengues; música que me transporta al pasado, a los muchos diciembres en que he bebido, bailado y comido. Saco de la nevera el pavo y los perniles que han estado adobandose en vino y cerveza con especies aromáticas por mas de tres días. Preparo la tradicional ensalada de papa, acompañamiento obligado de todo plato en las fiestas colombianas. Claro, también destapo una botella de vino tinto, un Merlot y al ritmo de la música y el corre corre por la cocina voy consumiendo la botella en sorbitos suaves y degustados que me calientan y disimulan en mi cuerpo el frío viento que sigue entrando por la casa.

Mucho mas tarde, se levantan mis hijos y mi esposa, les tengo el desayuno listo, arepa de maíz caliente con queso y cafe negro, se integran a los preparativos: los niños picoteando la comida y mi esposa dando el veredicto final a la sazón.

Luego, al medio día, el arreglo de la casa; la decoración a cargo de mi hermano; en el patio trasero, sobre el césped, las mesas con sus sombrillas  y sus manteles blancos con individuales de colores ocres de acuerdo a la estación otoñal, las secas mazorcas de maíz, las calabazas y flores doradas como centros de mesa, los asientos, los candelabros, las copas, los cubiertos, todo en su lugar. En la tarde ya bañados, vestidos y ansiosos esperamos a los comensales: nuestros amigos y familiares con los que compartiremos este día tan especial para la cultura americana y que lo hemos adoptado como nuestro también.

Este año…, estoy solo con mis hijos, mi esposa esta en Colombia; montando patines fue a dar al suelo colocando su mano por delante para amortiguar la caída fracturándose la muñeca. Allá, en nuestro país la operaron.

No hubo pavo, ni destape el vino, solo puse la musica y me sente a escribir; la soledad y el frio de su ausencia se combinan con el frio del otoño y me entristecen. En la noche iremos con los muchachos a la casa de mi hermana que nos invito.

Ahora estoy pensando en lo frágil de la existencia humana, en que damos por sentado que nuestra vida transcurre como un tren sobre rieles que nunca se va a descarrilar. Pero…, en un segundo, en una decisión de si o no, o de voy por aquí o por allá, en un cambio de dirección, el destino nos cambia, se descarrila el tren o se acelera. Lo he vivido muchas veces, desde el instante, hace mas de 30 años en que acepte una invitación de 15 días para conocer Nueva York y me quede, no volví, hasta el momento en que conocí a mi segunda esposa en que la vida me dio otro vuelco de 180 grados.

Por su puesto esta ausencia en temporal, solo 15 días, pero me puso a pensar en la fragilidad del ser, que la vida es una hoja al viento, que en cualquier momento el viento la arrastra hacia otros rumbos, hacia otros mares y otras tierras.