sábado, 16 de abril de 2016

Homerin

Comenzó a subir las gradas muy lentamente, primero subía el pie derecho, se apoyaba un poco, se levantaba y colocaba el pie izquierdo en el mismo escalón, continuaba con este proceso sostenido del pasamanos en un esfuerzo atormentante, heroico, pues su rostro, otrora juvenil y alegre, se crispaba  se contraía en una mueca de dolor, fatiga, angustia y desesperanza. 18 escalones le tomaron mas de media hora, yo lo esperaba arriba conteniendo las ganas de bajar y ayudarlo, pero el con una mirada que no aceptaba contradicciones ni autocompasión me había dicho: "yo puedo solo".  Llegó y lo abrace, contuve las ganas de llorar. Su agitado pecho le ahogaba la respiración por el esfuerzo que había realizado; del joven alto, robusto, moreno de maliciosa mirada y risa espontánea no quedaba nada. El frágil, reducido y agitado cuerpo que abrazaba no era ni la sombra del muchacho con el que compartí muchos años de mi vida.

Cuando lo conocí rondaba los cuatro añitos de vida, se había caído de la terraza en su casa; cayó con su frágil cuerpecito desde un tercer piso; para fortuna de sus padres, unas matas, frondosas, de grandes y primitivas hojas verdosas amortiguaron la caída y solo con unos cuantos raspones en la piel y otros moretones mas salió del percance. Hubo risas y alegría después del susto, -se salvo de milagro-, comentamos todos con certeza; lo que no sabíamos era que mas adelante, en los mejores años de su vida y en un país lejano, el destino volvería a ponerlo al borde del abismo de nuevo.

Travieso, juguetón e inteligente, era el único hijo de la joven pareja (en aquella época) y la adoración de todos. De inquietos ojos negros y profundos que revelaban nobleza y unas ganas de vivir infinitas, hacían de el un muchacho agradable y popular. Sus papas le habían enseñado chistes picantes, trovas maliciosas y versos, los cuales recitaba en las reuniones familiares haciendo reír a todos por igual.

Se fue convirtiendo en un joven de recia personalidad y ademanes afectivos, alegre, enamorado de la vida y de las mujeres. Le gustaban todas y a todas coqueteaba  y conquistaba. Deje de verlo por unos años cuando emigré a los Estados Unidos para radicarme en Nueva York.

Un frío invierno de heladas ventiscas, desnudos arboles grises escarchados y añejos llegó con su familia hecho ya todo un adolescente deseoso de conquistar la gran manzana, los recibimos con alegría y juntos nos dispusimos a comenzar una nueva vida.

Entró al "High School" y rápidamente, debido a su juventud e inteligencia aprendió el idioma ingles y se integró a la cultura americana. Se ubicaron en un vecindario italiano de Queens llamado College Point. Desde allí, sus padres comenzaron a buscar trabajo para sacar adelante a sus dos hijos, pues ya tenían la niña. Los comienzos fueron duros, soportando fríos invernales para cumplir con horarios de madrugada en trabajos de ínfima categoría, pero que les permitían subsistir. Poco a poco se fueron ubicando y comenzaron a adaptarse al país.

Siempre soñador, siempre tratando de superarse iba del estudio al trabajo y del trabajo a la diversión, pues no le faltaba cada fin de semana la rumba y sus amigas con quien compartir.

En una ocasión, en invierno cayó  una de esas nevadas monumentales que dejo la ciudad de Nueva York cubierta  por una capa blanca esponjosa de mas de metro y medio de espesor. La suave persistencia de los copos de nieve silueteó de blanco espectral toda ciudad. La sideral blancura del entorno tornó en escala de grises todo a su alrededor, desde el negro absoluto de las llantas de los carros que se atrevían a circular hasta el blanco puro que en capas de ondas suaves recubría todo el paisaje. Salimos de la fotografía dispuestos  a llegar casa a como diera lugar. El único medio de transporte resulto ser el mas antiguo y usual de la humanidad: la locomoción en los píes,  caminar y caminar hasta llegar a casa. Compramos, sugerencia de Homerito, una botella de aguardiente dizque para calentar el cuerpo en la caminata. Resulto efectivo; a ritmo de buena marcha y traguitos avanzamos en la blancura de la noche y los mas de 20 kilómetros de recorrido los finalizamos a media noche copetones en medio de risas y bromas.

Fe una época  feliz la que compartí con el y su familia en aquellos años de trabajos duros y economías limitadas. Antes del estudio fotográfico teníamos un part-time haciendo entregas a suscriptores del periódico  New York Times en sus casas u oficinas, Comenzábamos a las 3 de la mañana empacando el diario en bolsas plásticas, de dos a tres horas duraba esta labor, dependiendo de la cantidad de periódicos a empacar, exceptuando el domingo que el diario era de un grosor enorme, casi 5 pulgadas de suplementos, propaganda e información y la empacada duraba mas de lo usual. Entregábamos en el bajo Manhattan en exclusivos edificios de mas de 40 o 50 pisos, donde casi siempre en el área  de recolección de la basura encontrábamos artefactos eléctricos o utensilios de cocina casi nuevos que al momento recogíamos para llevar a casa y exhibir como trofeo de guerra.

En los veranos, casi siempre en el Flushing Meadow Park, el pulmón verde de Queens se celebraban festivales hispanos y torneos de fútbol.  Ahí estábamos nosotros con los carros llenos de cerveza  fría en la bodega. En las bicicletas colocábamos un maletín con hielo y cerveza, recorríamos el parque vendiéndola y esquivando la policía que cuando nos detectaba nos perseguía. Nos mezclábamos entre la multitud y los perdíamos. Una que otra vez nos pillaron y nos decomisaron el cargamento. Éramos como el titulo del libro de “Gabo” “Felices e indocumentados “, eran otras épocas. Otros sueños y otras ilusiones nos motivaban.

Mucha agua a pasado debajo del puente desde aquellos lejanos años, mas de 25 creo. Pero el Homerin que conocí, con el que reí, bromeé, jugué y también llore aun lo tengo presente en mi memoria. No se cual fue el día de su partida ni bajo que tristes y dolorosas circunstancias exhalo su ultimo suspiro, me desconecte de los Toro hace mucho, nos alejamos por caminos diferentes, pero las vivencias y los recuerdos del muchacho alegre y bromista siempre los llevaré  conmigo.


jueves, 14 de abril de 2016

La promesa

-Amores como el nuestro, muy pocos,- dijo el dentista. Se besaron detrás de una fría columna en el aeropuerto; un intenso beso de despedida, con sabor a nunca mas. Se quedó viéndolo como se alejaba, como se desdibujaba tras los gruesos y grandes ventanales del pasillo en la sección de abordaje del aeropuerto.

-Mijo, tenemos que hacer algo diferente, esto acá es muy duro, yo no entiendo por que nos vinimos-. El la miro largo rato, como escudriñando en su mente, como diciéndole con el silencio, esa pregunta sobra. Estaban en la treintena de sus vidas, habían sido novios desde la secundaria y en uno de esos escarceos amorosos había quedado embarazada, una niña era el fruto de esa relación y ahora, después de mas de diez años volvía a quedar embarazada. Dos largos años de estar cambiando de trabajos; lavando carros, limpiando casas, haciendo entregas a domicilio en supermercados y nada que despegaban y de repaso con este segundo embarazo, le tocaría a el solo hacerle frente a la situación económica.

Acá estaban mas tranquilos, especialmente ella, después de aquella infidelidad que casi le cuesta el matrimonio, salvando la relación solamente con la promesa de irse de Bogotá para poner tierra de por medio. Borrón y cuenta nueva, un nuevo comienzo en Miami.

Esa noche, en el hotel donde trabajaba de valet parking tuvo tiempo de remontarse al pasado, a su amorío, a esa experiencia que lo sacudió de pies a cabeza, que lo enloqueció hasta perder la cordura y entregarse con pasión a ese desenfreno que le cambio para siempre la forma de ver la vida, de amar y hasta de pensar, conclusiones que hacia mientras conducía un carro hacia el sótano del hotel.

El dentista, un hombre con mas de medio siglo de vida encima, en buena forma física de piel blanca, delgado y con unos hermosos ojos color avellana había captado su atención desde el momento de la entrevista para el cargo de asistente dental que solicitaba. Lo atendió con una amabilidad soterrada que lo intranquilizaba. Esos ojos penetrantes, intensos y magnéticos parecían escudriñar su mente, adentrarse en sus pensamientos, en sus deseos y no tenia por que ser así, era solo una entrevista de trabajo y además de ahora en adelante seria su jefe.

-Usted va a ser mi mano derecha aquí en la clínica, me gusta su actitud, sus ganas y positivismo para hacer el trabajo, le espera un futuro muy prometedor a mi lado-. Aun se acordaba de esas palabras, palabras que en su momento no alcanzo a vislumbrar el profético y arrollador efecto que ejercerían en su vida. Por eso estaba acá, pensó mientras cuadraba el ultimo carro del turno de la noche en el hotel.

Su esposa aun dormía cuando llegó del trabajo a casa. Con el pelo revuelto pegado a la cara y en estado de abandono en la cama dejaba traslucir su belleza en la penumbra, los desnudos pechos medio cubiertos por la cobija, las redondas caderas y el abultado estomago del sexto mes de embarazo la hacían mas voluptuosa mas sensual, mas suya; un ramalazo hormonal sacudió su cuerpo, se desnudó, se acostó a su lado; entre susurros y caricias le separo las piernas, la penetró y en la silenciosa duermevela del amanecer entre ayees y ahogados quejidos descargo su virilidad sin darle tiempo a despertar.

Esa noche, con su esposa pronta a dar a luz, estaba intranquilo, trabajaba expectante a recibir la llamada que lo convertiría en papa por segunda vez. El BMW llegó a hacer la fila en la línea de parqueo, identificó el carro como del hombre con las propinas generosas, nunca lo había atendido, esta vez espero pues necesitaba todo el dinero extra que le pudiera llegar. La oscura y reluciente ventanilla del lujoso sedan comenzó a descender suavemente, del interior del vehículo unos ojos avellana, intensos y penetrantes asomaron y lo enfocaron centelleantes. El corazón se le agiganto, se le acelero, estupefacto  trato de retroceder, oyó su nombre, escucho un -te he buscado por todas partes-, cerró los ojos como tratando de borrar ese momento, de desaparecer esos ojos color avellana que lo magnetizaban. El dentista se apeo del sedan lo tomo suavemente del brazo: el contacto de esa mano recia le impregnó una energía que le recorrió el cuerpo, que le revivió momentos, locuras, desenfrenos pero también culpabilidad, arrepentimiento; la imagen de su esposa embarazada, de sus promesas, lo llevaron a soltarse del dentista e irse rápidamente a atender otros huéspedes del hotel.

Nació su segunda niña, de dorados rizos y con los ojos verdes de su madre. Entre atenciones a la esposa recién hecha mama y la bebe se le fueron cayendo las hojas al almanaque y las dos semanas que tomó de vacaciones llegaron a su fin. En su primer día de trabajo evito a toda costa atender la fila donde se había encontrado el BMW, se sentía nervioso, navegaba en dos turbulentas aguas; en la una remaba fuertemente en dirección a su hogar, a sus promesas, a sus hijas y esposa que ignoraba este encuentro y en la otra, algo dentro de el ansiaba ese reencuentro, se dejaba arrastrar a momentos por esa pasión, por ese sentimiento que estaba seguro no competía con el amor que sentía por su esposa y sus hijas, pues eso lo tenia muy claro: esas niñas eran su vida y por ellas haría cualquier cosa. Esto era diferente, no sabia como describirlo, una dualidad, un dejarse ir por lo que su cuerpo le pedía, un disfrute, una bisexualidad que no quería cuestionar para no sentir culpas ni remordimientos, solo vivirla y punto. Si mi esposa comprendiera, pensó.

-Es muy importante que hable contigo.- La voz a sus espaldas lo sacó de cavilaciones, se le contrajo el abdomen y las piernas le temblaron; no giró sobre si para ver la procedencia de la voz, espero a que el dentista se le acercara y se situara frente a el. Solo habían pasado dos años pero la impresión que le causo verlo lo conmocionó, estaba avejentado, pálido, demacrado, sintió ganas de abrazarlo pero se contuvo, solo obedeció el ademan del dentista de subirse al carro. Esa madrugada al llegar a casa, se ducho con una urgencia de enjabonarse y borrar las huellas de infidelidad en la piel, de desaparecer a golpe de estropajo las caricias y el pecado de la carne. Se acostó al lado de su esposa que aun dormía, la abrazo y en silencio lloró largo rato con un remordimiento infinito e inconsolable antes de profundizarse.

Ella comenzó a notarlo un poco distraído, silencioso y apático, evitaba su presencia y con disculpas de cansancio se encerraba en su cuarto a dormir. Ella lo comprendía pues aparte del trabajo de tiempo completo había conseguido un empleo de media jornada en la tarde para poder sufragar los gastos de la casa. No se explicaba y en eso la admiraba, como hacia para hacer rendir el poco dinero que el llevaba a casa. procuraba no pensar, solo trabajar, llegar a casa, cerrar los ojos y dormirse para abrirlos en unas cuantas horas y seguir la rutina. Los días se fueron acumulando a su espalda, las semanas y los meses cumplieron un año desde aquel encuentro, todo parecía en el olvido pero solo aquella promesa lo atormentaba, le taladraba el cerebro y lo perseguía en sus sueños; promesa que el sabia era real, que algún día se cumpliría, pero no estaba dispuesto a pagar el costo de aceptarla.

Cuando llegó a casa en la mañana ya su esposa lo estaba esperando en el comedor del apartamento, olía a cafe recién colado, se sentó frente a ella esperando su taza de cafe y lo primero que vio sobre la mesa fue un pasaje de avión, intrigado lo abrió, estaba a su nombre y en claras letras azules leyó: MIAMI-BOGOTA. La miro asombrado, no entendía, no comprendía, no supo que decir y por primera vez en ese largo año la miro directamente a los ojos. Los verdes ojos de su esposa lo miraron fijamente, se notaban enrojecidos de llanto reciente. Era un pasaje de una sola via, sin regreso, sin posibilidades de volver pues habían llegado de turistas y aun ahora después de tres largos años estaban ilegales en el país. -Es para que vaya a Colombia y haga valer los derechos, los derechos de la promesa, o ya se le olvido?-.

La promesa. Que sabia ella de la promesa, de su encuentro clandestino, de su lucha interna, de ese infierno que tenia anidado en el pecho, que lo quemaba, que lo consumía; de ese bloque de hielo que le pesaba en el estomago, que lo enfriaba, que lo insensibilizaba hasta convertirlo en un zombi. -La promesa mijo-, volvió y escuchó que su esposa le decía. Se sentó a escucharla en la silla con la taza de cafe vacía en la mano.

Hacia ya mas de un año que el dentista se  comunicaba con ella, recibía una mensualidad que le giraba cada mes -Como cree mijo que he hecho para que con el poco sueldo que usted gana podamos sobrevivir los cuatro, no me decía a cada rato que hacia milagros con su sueldo.- El milagro tenia nombre; el solo escuchaba en silencio, con la cabeza agachada, de vez en cuando la levantaba para mirarle esos verdes ojos que centelleaban. -El me habló de la promesa que le hizo a usted hace un año cuando se encontraron, se acuerda?-. Esta vez la miro con los ojos muy abiertos pues ese tiquete de avión solo significaba una cosa; que el dentista había fallecido. No pudo gesticular palabra alguna, ella con la mirada se lo confirmó, se sentó de nuevo y se cogió la cabeza con ambas manos, estaba confuso, no alcanzaba a digerir toda la revelación que su esposa le decía. No podía ser posible que ella lo supiera todo y se lo callara. Y mucho menos que se comunicaran, si en Bogota cuando ella descubrió la infidelidad fue a la clínica a confrontarlo y se armo un lío con escándalo y policías, esa era la razón por la que estaban exiliados en Miami.

Que había pasado, desconocía a su esposa, la mujer que con esa calma le contaba los hechos se le hacia una extraña. Que poco la conocía, pensó. Ella que era impulsiva y no podía guardarse nada, como había aguantado ese silencio. -El dinero mijo, nuestro futuro económico,- oyó que ella le decía como si le leyera el pensamiento. Tiene que irse ya i hacer valer sus derechos, si es que cumplió con la promesa, -le doy un mes para que resuelva la situación, si en ese plazo no pasa nada, igual me voy con las niñas para allá, que ya no aguanto estar comiendo mierda aquí-. le dijo sin darle tiempo ni opción a objetarle la sentencia.

En el aeropuerto El Dorado de Bogota el lujoso sedan BMW se acercó suavemente a recoger a la pasajera que llegaba de Miami con sus dos hijitas, el chofer le dijo que su esposo no había podido venir a recogerla pues estaba en una junta de reestructuración de la clínica dental. Se cumplió la promesa pensó la mujer con una risilla de satisfacción en su boca. Eran dueños de la clínica, en dentista dejó antes de morir todo a nombre de su esposo. En fin de cuentas ella veía esa relación de su esposo con el dentista desde otra perspectiva, como la de un padre hacia un hijo que lo quería mucho y le heredo toda su fortuna, ahora todo seria diferente, serian felices y ricos, por fin la suerte le sonreía.

El nuevo dueño de la clínica dental le paso la mano por el hombro al joven empleado y le dijo:-Usted va a ser mi mano derecha aquí en la clínica, me gusta su actitud, sus ganas y positivismo para hacer el trabajo, le espera un futuro muy prometedor a mi lado-.

sábado, 5 de marzo de 2016

En el Gym

-Con el colesterol elevado, mas la presión arterial alta, lo mejor que puede hacer es una caminata de una hora para reducir grasas y fortificar los músculos-. Estas eran las palabras del doctor después  de leer  y releer los resultados de mis exámenes  médicos. Entre líneas fruncía el ceño y mas de una vez negaba con la cabeza mientras me miraba por encima de sus espejuelos. -Pero doc, le repliqué: no tengo tiempo para esa caminata. –a su edad mi amigo no tiene excusas ni disculpas para cuidar su salud y hacer ejercicio; es cuestión de vida o muerte-.

Con este vaticinio tan sombrío y con mucho que hacer todavía en este planeta no me podía dar el lujo de ignorar  las palabras del doctor. Ni corto ni perezoso me inscribí  en un gimnasio  cerca de casa que ofrecía un buen plan.

60 minutos  de caminata era lo que me había recomendado el doctor; así que llegue al gym ataviado con pantalones cortos de nylon muy sueltos, camiseta ancha de algodón para disimular  los excesos  alimenticios,  botella de agua en la mano y zapatillas verde fosforescente muy de moda  para comenzar la rutina que me llevaría a mejorar mi silueta y conservar la salud.

A esa hora de la tarde el sitio estaba relativamente  vacío, así  que di una vuelta por el lugar revisando  las diferentes  maquinas  con curiosidad  de niño explorador; estaba la elíptica, la banda caminadora,  la bicicleta  estática y otras maquinas mas sofisticadas de nombres impronunciables para mi corto entendimiento en materia de ejercicios.

Opte por la banda caminadora, pues me pareció fácil de usar; solo deslizarme sobre ella por una hora y ya, cumpliría  con la meta del día. Pulse el botón del tiempo hasta dejarlo en los 60 minutos que requería mi rutina diaria, la banda comenzó a moverse muy suavemente así que eleve un poco la inclinación de la maquina y luego ajuste la velocidad a 7 k/h. Fantástico,  maravilloso, mis pies rodaban por la banda acompasadamente; hombre y maquina sincronizados en un solo movimiento.

Tiempo recorrido: 10 minutos. En la siguiente  hilera de caminadoras, frente a mi, una rubia forrada en una traje de licra pegado al cuerpo como una brillante y sedosa segunda piel se apodero de la maquina comenzando a caminar y al poco tiempo a correr sobre la banda. El dorado cabello humedecido por el sudor caía en cascada sobre sus desnudos hombros y terminaba cubriendo su diminuta cintura que daba paso al nacimiento de dos inflados y redondeados globos simétricos que en constante movimiento subían y bajaban rítmicamente creando un efecto de fijación hipnótica en mi.

Tiempo recorrido: 20 minutos.  A mi diestra se posesionó de la caminadora un señor, muy mayor el, quizás de 70 años o mas, con piel de corteza de árbol milenario y descascarado. Lo mire y me arqueo la espesa y canosa ceja en señal de saludo. Comenzó suave, muy suave pero en cuestión de minutos estaba corriendo sobre la banda a zancadas de perseguido por perros rabiosos. Volví y lo mire para recalcularle la edad pues me parecía imposible; tal vez esté curtido y arrugado por el sol y sea joven, tal vez pensé. Traté de aumentarle un poco la velocidad a mi maquina para no desentonar con el añejo y vital personaje, pero una vocecita interna me advirtió: "cuidado que te falta media hora, deja de hacerte el sobrador". me resistí y seguí a paso de tortuga.

Pero, cuando a mi izquierda se ubicó una señora, rubia y bien tenida ella, también de piel bronceada y en la cincuentena de su vida, que en un abrir y cerrar de ojos presionó botones y movió controles para comenzar a volar sobre la banda, sentí que mi orgullo de hombre latino estaba quedando por el suelo.

Mire el tiempo faltante: 15 minutos, -es poco, puedo aumentar la velocidad-, decidí. Mis pies comenzaron a tratar de llevarle el ritmo a la banda que se deslizaba mucho mas rápido que mis movimientos, no me quedo otra opción que asirme a las barras paralelas de la maquina y aminorar el efecto de la velocidad. El alivio fue momentáneo pues la banda seguía ganándole en velocidad a mis piernas que ya comenzaban a flaquear. Aguanta, aguanta me decía para mis adentros. La señora rubia del lado me miro muy ufana y sonrío.

10 minutos faltantes, el reloj digital de la maquina avanzaba en oposición a la velocidad: entre mas rápido iba, mas lento transcurría el tiempo. 8 minutos, uf!, lento, lentísimo el tiempo. El viejo del otro lado seguía a su ritmo, inmutable, constante, inalterado. Debe de haber nacido, crecido y vivido en la caminadora, es su medio habitual no hay duda.

5 minutos, ya casi cumplo con hora diaria. Sudaba a chorros, respiraba jadeante, el sudor me empañaba los ojos y las gafas, trate de limpiarme la cara pero al intentar soltar la barra sentí que mi cuerpo se balanceaba peligrosamente, desistí de la idea. Al mirar hacia abajo note que un cordón del zapato se había soltado y existía la posibilidad de que en mi errática carrera lo pisara, abrí un poco las piernas para correr evitando el cordón que se bamboleaba para lado y lado sobre la banda como gusano con epilepsia.

2 minutos, 1:59, 1:58 que lento disminuye el conteo y que rápido voy. El cordón saltarín amenaza con dejarse pisar y yo en cabriolas y maromas trato de esquivarlo.

1:30, mantengo el ritmo, sudo, jadeo, aguanto, brinco, salto y evado el cordón.

1:00, me aferro con mas fuerza a las barras paralelas pues ya no siento mis piernas.

0:45, sigo corriendo por inercia, como rodando cuesta abajo en una pendiente, pero aguanto, resisto y me aferro a las barras.

0:30, la maquina comienza a reducir velocidad para bajarle el ritmo al trote pero mi cuerpo y mis piernas siguen aceleradas, no bajan la velocidad, tardan unos segundos en obedecerme.

Descanso,... alivio..., me bebo de un solo sorbo la botella de agua. tiemblo un poco por el esfuerzo, pero respiro satisfecho.

!Que duro es llegar a viejo y mantenerse en forma, mañana será otro día y otra hora, ya veremos!.

sábado, 13 de febrero de 2016

La Inolvidable Tia Nila

Ese domingo amaneció llorando a chorros. Grises y oscuros nubarrones impedían que la tibieza del naciente sol nos iluminara. Por que llorará el día, por que estará triste, de quien se lamentara?. La respuesta llegó por un texto en el teléfono: la Tia Nila había partido de este terrenal mundo hacia otros lares desconocidos.

Muy temprano en la mañana, después de leer el texto, el olor a café recién colado me fue llevando de la mano con su aroma hacia el pasado, hacia muchos años atrás; me regrese a Colombia, a Cali y la volví a ver por allá en los setentas, en el barrio de San Nicolas; no se cuantos años tendría por esa época, pero era una mujer espectacular, de una altivez y arrogancia inusuales en las mujeres de su tiempo que sumisamente y agachando la cabeza obedecían sin cuestionar a sus esposos o padres. Era irreverente, caprichosa e impredecible, tenia el respaldo de su apellido y de sus seis hermanos, hombres fuertes y recios, curtidos en las labores del campo.

En mi memoria se agolpan hechos, vivencias, momentos: jueves en “Cauquita”, ella de blujeans doblados hasta la pantorrilla, camiseta de manga corta y pelo recogido en una moña dando ordenes a las empleadas para el sancocho de gallina, ordenándonos a nosotros, sus sobrinos que nos subiéramos a los arboles frutales y le escogiéramos las mejores frutas. Cáimos, mangos, guayabas, mamoncillos, guamas, bananos, naranjas, que ella degustaba entre risotadas y algarabía. Fines de semana en río claro; la chevrolet azul celeste y blanca llegaba con el compartimiento de carga lleno de muchachos, de primos, de primas y amigos, apretujados en diminutos espacios o sentados peligrosamente en el borde de la cajuela desafiando el precario equilibrio que manteníamos por sentir la brisa del viento y la desafiante velocidad que la Tia Nila le imprimía al acelerador para complacer nuestras peticiones de “mas rápido  Tia”. Era adrenalina pura la que la Tia Nila nos imprimia para después, al llegar a la finca, recompensarnos con un traguito de aguardiente en la tapa de la canequita para que no nos volviéramos ¨cochosos¨ según  sus palabras.

Veranos inolvidables nos dejó  la Tia Nila en aquella etapa de la adolescencia en que la rebelión de las hormonas en franco alboroto enloquecían y afiebraban nuestros sentidos. Comenzábamos a sentir la picazón  del primer amor, ese inexplicable cosquilleo en el estomago que nos paralizaba en presencia de la persona que nos gustara. Pero allí estaba la Tia Nila, acolitando amores o prohibiéndolos según sus preferencias. Conspirando encuentros secretos, aconsejando estrategias, censurando o apoyando romances.

Dos meses del año era el período de vacaciones en los  cuales disfrutábamos a plenitud ese torbellino, ese huracán vital que la Tia Nila llevaba  por dentro y que nos contagiaba. Concursos de pesca, carreras de encostalados, escondite en parejas, penitencias y por las noches, reunidos al rededor de una fogata con la absoluta y fantasmagórica oscuridad de la noche a nuestras espaldas comenzaban los relatos con los mitos y leyendas de nuestros fantasmas locales, “La pata sola”, “La viuda alegre” y muchas mas que nos aterrorizaban y mantenían en zozobra y apretujados en el circulo hasta que de pronto, de la nada, a nuestras espaldas aparecía en carrera desenfadada hacia nosotros la Tia Nila envuelta en una sabana blanca gritando como un fantasma para caer encima nuestro creando una desbandada y gritería de muchachos asustados corriendo despavoridos hacia la seguridad de la casa, ella entraba ya sin la sabana encima eufórica, exaltada y entre risotadas y gesticulaciones describía nuestras caras de susto y pánico. Así era, así la recuerdo.

Me reclino un poco en la silla, cierro los ojos y la veo bailando, en los inolvidables diciembres en la casona de San Nicolás; puro ritmo, cadencia soltura, los hombres queriendo, deseando una mirada, una lisonja para poder invitarla a bailar, las mujeres, en cambio envidiándola, celándola o deseando ser como ella.

Tengo mis recuerdos estancados en esa remota época por que emigre hace mas de 30 años, periodo en el cual me desconecte de la familia y regrese brevemente en dos ocasiones. En la primera después de 8 años de ausencia la vi de nuevo y aun conservaba su porte y donaire. En la segunda ocasión fui a visitarla y ya estaba en silla de ruedas, avejentada y senil, no me reconoció, yo tampoco la reconocí e inmediatamente rescate de mi memoria la Tia Nila de mi pasado, del pasado de todos, de esa numerosa prole de muchachos que crecimos viéndola, admirándola y queriéndola.

En esta segunda visita que hice a Colombia, también conocí a el abuelo de mi actual esposa, criado en San Nicolás según me contó en una charla que tuvimos, tratando él de ahondar en mi árbol genealógico. Trabajó por muchos años en la fabrica de Croydon en el barrio Obrero y cláro, por supuesto me dijo, conocí a su familia, los “Montaña”, si me acuerdo de la hermana de ellos, la de la camioneta azul, que bonita mujer, como me gustaba. Una vez me hice invitar a una de las fiestas que hacían en la casa del la sexta, frente al parque, toda la noche la ronde para que me concediera una pieza de baile, era imposible, aun la recuerdo, estaba vestida con una falda de boleros y encajes floreada que al bailar pareciera que las flores del vestido cobraban vida semejando un rosal mecido por el viento. Que mujer, inolvidable me dijo.

Inolvidable, repetí para mis adentros.

Adios a la Tia Nila!.

martes, 5 de enero de 2016

Diciembre

El doceavo mes del año; el mas esperado, queda reducido a una semana, que luego se minimiza a dos días; 24 y 31. Nada!, 48 horas de las 8,760 que tiene el año. Pero es el mes de los balances, de las promesas, de las añoranzas, de las cuentas retrospectivas, de las reconciliaciones, abrazos, llamadas postergadas, visitas en familia, ademas de rumba y gastos por montones.

Sentarnos a hacer un recuento de lo vivido, termine en balance positivo o negativo siempre nos lleva a tener la esperanza de que el siguiente año será mejor, porque para prometer al calor de unos vinos la mayoría la tenemos grande, así al otro día el dolor de cabeza y la resaca nos impidan acordarnos de lo prometido y jurado.

De jóvenes, solteros, ambiciosos y vitales, prometemos amor eterno abrazando la calidez febril de un joven cuerpo temblando de extasis en nuestros brazos, pero el amor eterno en la juventud dura de tres a cuatro meses, mas tras el desasosiego y dolor por la perdida volvemos a recomenzar en otros brazos y con las mismas promesas. Es una montaña rusa, un sube y baja de emociones que a la larga son parte de nuestro crecimiento, de nuestra experiencia que en un futuro servirán para escoger a la persona adecuada que nos permitirá comenzar una vida en pareja y caminar por el sendero de la vida asido a la mano de alguien que nos dará la posibilidad de formar un hogar con hijos, sueños y esperanzas.

La primera persona con la que tuve esos sueños, caminó a mi lado por veinticinco años, me llevo de la mano por las selvas de Colombia, calles de Miami y Nueva York. Del fruto de ese truncado juvenil amor quedo una hija, el sol de mi vida, la cual vi crecer y convertirse de una niña juguetona y risueña a una mujer casada y con dos bellos hijos. La inmadurez, el gusto y deseo por cuanta mujer se atravesara en mi camino marchitaron esos sueños e ilusiones y me lanzaron a una carrera desbocada de lujuria y placer que terminaron con ese caminar juntos.

Cuarenta y cinco vueltas había dado la tierra al rededor del sol desde mi nacimiento cuando comencé a caminar solo otra vez. Encontré otra mano a la cual asirme y recomenzar el camino. Tomé otro rumbo y esa mano no se soltó de la mía, rodé cuesta abajo y la mano seguía aferrada a la mía, mas cuando toqué fondo la mano me ayudo a levantar, sacudirme el polvo, curar las heridas laceradas y ascender el camino cuesta arriba; lento, escarpado a veces, incierto en momentos, pero con paso firme me guío, avancé, trepé cimas, escalé riscos y llegué a la meta donde los sueños y las promesas se volvieron realidad.

Ahora, al final del año y llegando a la sesentena, el camino es largo todavía, mas sin embargo las metas se han ido cumpliendo. Es otra vida, otra familia; dos bellos hijos la componen mas una valiente y luchadora esposa que entregó su vida y su destino a cambio de un amor incierto y una semilla que germinaba en su vientre.

Quince años han pasado, el balance es muy positivo; mido el triunfo por el monto de mi felicidad, por el inmenso amor que nos tenemos, por la calidad de vida que poseo, por las increíbles “pertenencias” acumuladas que no se pueden comprar con dinero; el resto, lo material me ha llegado en su momento preciso, el universo me ha recompensado.

De Nueva York salí solo con mis cajas de libros, un bebe de cuatro meses y una joven madre asustada e inexperta, pero con la fe puesta en mi, en el amor que le prometía, en lo que le decía: “la fuerza mas poderosa que mueve el mundo es el amor y esa energía la tenemos por montones, así que triunfaremos”.

Siempre dije que mi Patita es un espíritu viejo, un alma milenaria que ha vivido muchas vidas y que ahora se encarnó en esa bella mujer que tengo por esposa. Vino a enseñarme, a estabilizarme, a que mi errante alma tomara un rumbo fijo. Cuantas veces nos habremos encontrado en el pasado, no lo se, pero algo me dice que varias. Y es que en estos quince años, cada que abro los ojos en las mañanas lo primero que veo es su rostro y lo primero que perciben mis sentidos es la tibieza de su cuerpo a mi lado, motivo suficiente para comenzar el día con una sonrisa y un optimismo gigantesco.

De este año que culmina, dos hechos me han parecido increíbles y determinantes para las personas que los vivieron: El compadre Afredo y el primo de mi esposa, David; los dos están viviendo su segunda oportunidad, los dos se nos fueron y volvieron gracias al milagro de la medicina moderna, gracias a la energía positiva de familiares y amigos que oraron y estuvieron a su lado día y noche hasta verlos renacer.

De mis hijos, el mayor, Mateo, salió del “Middle School” para entrar al “High School”; estaba muy nervioso y asustado al principio, pero poco a poco con la invaluable ayuda de su mama que casi todos los días se quedaba con el hasta la media noche estudiando, logró salir adelante venciendo sus temores y superándose en su cometido.

Lukitas, el menor, no se quedo atrás y a la par de Mateo se convirtió en un aventajado estudiante, ademas de ser uno de los mejores jugadores de baloncesto en el equipo de la YMCA a la que pertenece.

En mi trabajo, después de unos cuantos meses difíciles de prueba, logré la estabilidad por la que luchaba y un buen contrato laboral. Maupa Printing, nuestra empresa familiar también reportó buenos dividendos.

En general fue un balance positivo; mi examen medico anual arrojó buenas noticias, estoy saludable, es reconfortante oír eso cuando se han vivido muchos años. Me acuerdo, en Nueva York, una vez con mi Patita nos encontramos con una pitonisa muy acertada que le dijo a mi esposa: “No se preocupe por la edad de su esposo que las cartas me dicen que usted tendrá viejo para rato!”.

Eso espero!.



sábado, 10 de octubre de 2015

El Predicador

El hombre, elegantemente vestido; con camisa de cuadros blanca y azul, manga larga y puño grande doblado hacia arriba, chaleco negro ajustado, jeans y botas, salió de un lado del escenario. Despacito, muy despacito con las manos juntas, los ojos semicerrados y la cara en dirección al cieloraso del teatro. La banda, compuesta de cinco muchachos jóvenes aumentó el sonido de sus instrumentos y entonando una alabanza impregnó el recinto de religiosidad. Los feligreses, entre los cuales me encontraba comenzaron a elevar las manos al cielo y entonando en coro el tribillo de la alabanza entraron en éxtasis espiritual. El predicador aprovechó el momento para comenzar su predica del domingo.

Hombre cincuenton, en buena condición física y sonrisa de azafata internacional, se acercó al centro del escenario, un rayo de luz lo iluminaba en su lento y estudiado recorrido, avanzaba con las manos unidas en oración: queridos hermanos esta mañana mientras estaba desayunando se me vino a la cabeza un versículo de la biblia que habla del "dar sin recibir nada a cambio", y al pronunciar ésta  última  frase, subió  la voz y lentamente la repitió de nuevo.

Cuantos de ustedes, reunidos  aquí han regalado algo bajo estas condiciones?. Cuantos, hermanos míos, esperan algo en retorno  cuando dan, cuando regalan o hacen un favor?. Levanten la mano los que la fe los mueve a dar, así no tengan nada para ellos, así se despojen de todo!.

Silencio  en el teatro, nadie levantó  la mano. El pastor aprovechó  el momento de silencio para contar la historia de Isaac, en la cual Dios le ordena llevar a su primogénito al monte para atarlo con una cuerda a la piedra de los sacrificios y apuñalarlo a sangre fría y sin ningún motivo en nombre  de la fe.  El hombre, cual cordero de Dios  (que hoy en día seria tratado por esquizofrenia severa y encerrado en un manicomio de por vida sin posibilidad de pasar a la historia como profeta sino como  peligroso orate), levantó al siguiente día  a su pequeño e inocente hijo que sin entender el porqué de esa madrugada, se dejó llevar por su padre en el cual confiaba ciegamente. Mas desconcierto le causó al niño el momento en que el profeta lo ató al altar de los sacrificios, oyendo una voz interior que le decía: “átalo, apuñálalo, te lo ordeno, soy tu Dios, obedéceme, Mátalo!.  Lo cierto es que cuando la mano del esquizofrénico Isaac bajaba veloz y certera a incrustar la daga en el agitado pecho de su hijito, la mano del todo poderoso Dios se lo impidió. Hombre de fe, hombre en el que puedo confiar diría después Dios para sus adentros.

Con esta y otras más anécdotas bíblicas el predicador ilustró la importancia  del dar, del desprenderse de las cosas terrenales pues "el que tiene  fe, el que cree en mi, nada le faltará".

Llevaba mas de una hora de prédica, música, alabanzas, oraciones y con su aterciopelada voz, con la música  de fondo, sus crescendos y silencios  poco a poco iba concientizando y preparando al embelesado auditorio para la estocada  final: "El Diezmo".

Oremos hermanos míos, que el Señor los trajo hoy aquí  por una poderosa razón, por que recuerden: nada, absolutamente  nada pasa sin su consentimiento, sin su divina voluntad.

Cuantos de ustedes, queridos hermanos  míos, se levantaron  hoy domingo pensando venir a la predica por compromiso, para luego irse de aquí, a comer, a cine o a cualquier otra diversión  sin tener en cuenta la obligación religiosa,  sagrada  y bíblica del diezmo, cuantos desobedecen la ordenanzas  del sagrado libro, cuantos son creyentes de dientes para afuera, cuantos al momento de poner en prueba su fe, ignoran los mandatos divinos!. Cuantos?. Pues para esos!, les tengo malas noticias: las puertas del cielo están cerradas, no se abrirán para esos faltos de fe al momento de su encuentro  con el todopoderoso, ellos!, ellos!, arderán en el fuego eterno sin posibilidad de subir al cielo y postrarse a la diestra del Señor!

Terminando esta última frase, la música creció  en decibeles y de los pasillos laterales salieron de la oscuridad los ayudantes con sus canastas a hacerlas circular de mano en mano entre los atemorizados  feligreses que hurgaban en sus bolsos, bolsillos y billeteras para asegurar la ascensión  al cielo.

Una ultima sugerencia, los cheques tienen que hacerlos a nombre de la congregacíon… alcancé a oír a mis espaldas que decía el predicador mientras abandonaba el recinto para ir a comer con mi esposa e hijos tras una semana de arduo trabajo en que para nada me apetecía regalar mi dinero.

sábado, 11 de julio de 2015

El tio Yesid, un breve recuerdo

De muchachos, los primos y yo, nos subíamos al techo de la vieja casona de San Nicolas; la casa de la abuela Dolores. Desde allí divisábamos el inmenso patio trasero con sus frondosos arboles, veraneras, rosales y demás vegetación que hacían de el un lugar adecuado para perdernos descubriendo pasadizos secretos y escondites seguros para nuestros juegos y travesuras.

Al fondo a la derecha estaba el horno de ladrillo, grande y espacioso donde el tío Yesid colocaba ordenada y delicadamente las vasijas de barro y demás orfebrería que previamente había moldeado con sus prodigiosas manos en el taller. Las iba colocando en el suelo, sobre unas tablas próximas al horno en espera del momento adecuado para introducirlas al horno y cocinarlas; unas esperaban su turno brillantemente esmaltadas, otras bañadas en tintes minerales que les daban un aspecto de arte precolombino, otras en ocre barro crudo, rojizo, redondeadas vasijas de bronceada superficie semejando  voluptuosas caderas.

Allá arriba, pisando cuidadosamente para no romper las rojas tejas, caminábamos procurando no hacer ruido. El tío yesid, abajo, concentrado en su creativa y artística labor se sentaba en el rústico torno de madera y con el pie derecho hacia girar un disco que, conectado a un engranaje de poleas giraba otro disco de madera a la altura de su cintura donde colocaba el bloque de arcilla; barro humedecido y preparado que al girar vertiginosamente y al contacto de sus prodigiosas manos iba moldeando, formando, recortando, amasando hasta formar, ya una base de lampara, ya un jarrón, ya un florero, ya un candelabro u otra escultura artística que se le antojara.

Con los bolsillos llenos de pedruscos de diferentes tamaños, aguardábamos el momento preciso.

Lo veíamos salir y entrar del taller con su viejo sombrero de paja,  pantalones cortos de cuadros y desgastadas chanclas de cuero. El taller era una ramada construida sobre la pared final del patio con techo de laminas de zinc, enmarcada en frente con recuadros de malla metálica que permitían ver en su interior. Estaba abarrotado de recipientes con tintes minerales, bolsas de arcilla por todas partes, pinceles de todos los tamaños, rollos de papel, lienzos, cuadros, marcos, caballetes, acuarelas, pinturas inconclusas, libros de arte en el piso en columnas desordenadas. Lo mantenía bajo llave, pero en su ausencia no las ingeniábamos para entrar y husmear en todo el taller.

Una de nuestras travesuras predilectas era girar el torno a toda velocidad mientras uno de nosotros se aferraba al eje central aguantando al máximo el vértigo de la velocidad. Metíamos las narices y las manos en cuanta vasija y recipiente encontrábamos, husmeábamos todo, desordenábamos el estudio, ese pequeño lugar era la cueva de Ali Baba para nosotros; encontrábamos tesoros en cada rincón.

Nuestras caucheras, hechas del árbol de guayaba, seleccionando la mejor rama en “Y”, con cauchos fuertes unidos por el cuero que servia de cama para la piedra estaba lista en nuestras manos para comenzar la diversión.

El tío Yesid caminó hacia el interior de la casa dando por terminada su labor de creación para en la tarde comenzar el procedimiento de cocinado. Nosotros aprovechamos es momento para afinar la puntería y competir quien acertaba mas en las vasijas de barro que pacientemente esperaban el turno para endurecer su blanda superficie y convertirse en reales objetos de decoración o uso diario. Los pedruscos catapultados por las caucheras atravesaban la recién moldeada arcilla agujereando y deformando sus bellas formas.

El tío Yesid regresó inmediatamente del interior de la casona, tal vez a recoger del estudio alguna cosa olvidada o tal vez por ese raro presentimiento que tenemos las personas cuando algo interno nos avisa de un peligro. Del incrédulo asombro al ver parte de su obra destruida paso a la cólera, con su fuerte vozarrón lanzo improperios hacia todas partes girando su cuerpo hasta detectarnos en el tejado de la casona. Comenzó a arrojarnos cuanta piedra y objeto pesado encontrara en el suelo, se acerco, correa en mano y dando saltos blandio varias veces la gruesa correa de cuero que pasaba muy cerca de nuestros cuerpos que en alocada desbandada huíamos dando brincos por el tejado y rompiendo cuanta teja pisábamos en la escapada.

La paliza en nuestras casas no se hizo esperar cuando el tío Yesid, muy ofendido puso la queja a sus hermanos. Inconscientes, dañinos, traviesos, eso éramos en aquella época de infancia. Solo por el hecho de divertirnos hacíamos de las nuestras sin pensar en las consecuencias.

Hoy, con mucho tiempo y distancia de por medio veo la imagen de mis hijos reflejada en aquellas travesuras cuando por alguna razón actúan de la misma forma. Me enojo, los reprendo, tal vez me excedo un poco, pero después pienso en mi infancia y me digo; son solo niños tratando de divertirse un poco.

Me fui del país, me aleje de mi ciudad, pero mi papa siempre me enviaba los recortes de prensa o las revistas donde el tío Yesid era entrevistado o reseñada alguna exposición de su extensa obra. Nunca lo volví a ver ni cuando regrese a Colombia, pero siempre lo admire; un artista de vanguardia; el acuarelista, el ceramista, el pintor, el hombre incomprendido, el humano irreverente, el artista prolifero y genial, el Maestro Yesid Montaña Rizo, Q.E.P.D.