jueves, 27 de noviembre de 2014

El día de Acción de Gracias

Las navidades en casa comienzan en la celebración de Acción de Gracias; es el día en que me levanto temprano, abro las puertas y ventanas de la casa y dejo que el viento frío del norte entre por toda ella, la refresque, la renueve, dejo que el aire entre por todos los rincones y se lleve las energías negativas, que la sacuda, que la ponga a vibrar.

En la cocina comienzo los preparativos para la cena: lo primero que hago es colocar la música decembrina, las parrandas navideñas, las trullas boricuas y los melomerengues; música que me transporta al pasado, a los muchos diciembres en que he bebido, bailado y comido. Saco de la nevera el pavo y los perniles que han estado adobandose en vino y cerveza con especies aromáticas por mas de tres días. Preparo la tradicional ensalada de papa, acompañamiento obligado de todo plato en las fiestas colombianas. Claro, también destapo una botella de vino tinto, un Merlot y al ritmo de la música y el corre corre por la cocina voy consumiendo la botella en sorbitos suaves y degustados que me calientan y disimulan en mi cuerpo el frío viento que sigue entrando por la casa.

Mucho mas tarde, se levantan mis hijos y mi esposa, les tengo el desayuno listo, arepa de maíz caliente con queso y cafe negro, se integran a los preparativos: los niños picoteando la comida y mi esposa dando el veredicto final a la sazón.

Luego, al medio día, el arreglo de la casa; la decoración a cargo de mi hermano; en el patio trasero, sobre el césped, las mesas con sus sombrillas  y sus manteles blancos con individuales de colores ocres de acuerdo a la estación otoñal, las secas mazorcas de maíz, las calabazas y flores doradas como centros de mesa, los asientos, los candelabros, las copas, los cubiertos, todo en su lugar. En la tarde ya bañados, vestidos y ansiosos esperamos a los comensales: nuestros amigos y familiares con los que compartiremos este día tan especial para la cultura americana y que lo hemos adoptado como nuestro también.

Este año…, estoy solo con mis hijos, mi esposa esta en Colombia; montando patines fue a dar al suelo colocando su mano por delante para amortiguar la caída fracturándose la muñeca. Allá, en nuestro país la operaron.

No hubo pavo, ni destape el vino, solo puse la musica y me sente a escribir; la soledad y el frio de su ausencia se combinan con el frio del otoño y me entristecen. En la noche iremos con los muchachos a la casa de mi hermana que nos invito.

Ahora estoy pensando en lo frágil de la existencia humana, en que damos por sentado que nuestra vida transcurre como un tren sobre rieles que nunca se va a descarrilar. Pero…, en un segundo, en una decisión de si o no, o de voy por aquí o por allá, en un cambio de dirección, el destino nos cambia, se descarrila el tren o se acelera. Lo he vivido muchas veces, desde el instante, hace mas de 30 años en que acepte una invitación de 15 días para conocer Nueva York y me quede, no volví, hasta el momento en que conocí a mi segunda esposa en que la vida me dio otro vuelco de 180 grados.

Por su puesto esta ausencia en temporal, solo 15 días, pero me puso a pensar en la fragilidad del ser, que la vida es una hoja al viento, que en cualquier momento el viento la arrastra hacia otros rumbos, hacia otros mares y otras tierras.

lunes, 20 de enero de 2014

Aquella madrugada

“Cierre mi mano piadosa tus ojos de blanco sueño,
y empape suave beleño tus lágrimas de dolor.
Yo calmaré tu quebranto y tus dolientes gemidos,
apagando los latidos de tu herido corazón”.

José de Espronceda (España, 1908-1842)


Esa madrugada en particular se había levantado muy temprano; dio muchas vueltas en la cama tratando de conciliar el sueño pero le fue imposible. El calor húmedo y pegajoso mas el repetitivo ronroneo del ventilador lo exasperaban, lo desvelaban e intranquilizaban. En la noche, en la duermevela del silencio, al voltear el cuerpo buscando acomodo para sus dolencias rozó el de su esposa; abrió los ojos y delineo en la penumbra su contorno: se había engordado demasiado, yacía plácidamente en la cama con su bata de dormir enrollada hasta la cintura en una posición fetal que le dejaba al descubierto su descuidada y abultada figura. Habían pasado los años; de los últimos rescoldos de la llama de la juvenil pasión que los unió solo quedaban unas cenizas que el tedio se había encargado de diseminar. Sintió nostalgia por los tiempos idos y pena por ella pues el era de carácter fuerte y muy exigente en su hogar; con su comida, a la hora exacta y la temperatura adecuada; con su ropa, limpia y planchada lista para vestirse al salir de la ducha en las mañanas; el desorden lo irritaba, el ruido cuando trabajaba en casa lo molestaba, hasta el punto, se acordaba muy bien de aquella tarde en que enfurecido por una nimiedad que en su momento lo saco de casillas, se abalanzó contra ella, contrariado por que el vaso de jugo que le sirvió no estaba tan frío como el siempre lo requería, para asentarle un puñetazo en la espalda, con tan mala suerte para ambos que en el preciso instante en que levantaba la mano para darle el golpe ella se volteo y lo recibió en la cara. La sangre y la gritería alertaron a los vecinos que fisgoneaban por las ventanas, los cuales llamaron la policía; fue detenido por violencia domestica, pero su esposa desistió de los cargos para sacarlo de la inspección de policía donde permaneció todo el día.

Cerro los ojos nuevamente en un inútil esfuerzo por abandonarse al reconfortante sueño que tanta falta le hacia, no pudo, su mente dio paso al preciso instante en que la elegante mujer, con la sofisticada cámara fotográfica que había llevado a su taller le dijo apretando levemente su mano entre las suyas al despedirse: “cuidado con borrar las fotos de la memoria, hay unas cuantas que son muy especiales para mi, se las recomiendo”. Y guiñando el ojo con una sonrisa picaresca se había marchado. Seis meses, o tal vez ocho, no lo recordaba muy bien, habían pasado desde ese momento, y desde ese momento el tiempo había corrido vertiginosamente, su vida había cambiado y sus emociones se habían intensificado. Las fotos que contenía la cámara y que con curiosidad había querido ver apenas se hubo marchado la elegante dama no mostraban nada en especial; unas cuantas tomas de ella con una pareja de jóvenes en los veinte años que supuso eran sus hijos; otras de ella en temporada de invierno en algún país del hemisferio norte pues las calles estaban cubiertas de nieve y ella lucia muy abrigada. Solo dos o tres en una piscina, luciendo un ajustado traje de baño oscuro de una sola pieza que contrastaba con su blanca piel y le resaltaba su torneado cuerpo. Estaría en la cincuentena de su vida pensó en ese momento, pero se conserva muy bien se dijo a si mismo repasando las fotos de nuevo. “La plata”, se oyó decir en voz alta y terminó pensando: se ve que lleva una vida sin preocupaciones.

Abrió de nuevo los ojos y miro el reloj que pacientemente marcaba la hora con su tenue luz verde digital; las tres y media de la mañana. Todavía le quedaba hora y media, trato de dormirse cerrando los ojos, abrazó la almohada en su cara para minimizar los atronadores ronquidos de su esposa. Se fue desprendiendo un poco del entorno para caer en el justo momento en que la elegante dama volvía a la tienda a recoger la cámara fotográfica. El, por alguna desconocida razón la había estado esperando ansioso, quería verla, conversarle un poco y quien sabe, invitarla a un café. La espontaneidad, la risa fácil y contagiosa de la mujer lo hicieron olvidarse de todo por un momento en el que solo existía ella enfrente de el riendo, gesticulando, conversando y el, magnetizado, hipnotizado sin tan siquiera pestañear para no romper el encanto y desbaratar el hechizo de su arrolladora presencia.

A las cinco en punto el irritante sonido del despertador le desbarato el hechizo pues en esa hora que le quedaba de sueño solo estuvo la elegante dama riendo, jugueteando con su pelo, moviendo las manos expresivamente al hablar, aceptando la invitación a tomar café, a cine, a bailar, a pasear y luego, por ultimo al motel en las afueras de la ciudad donde en un cuarto estrambóticamente pintado de rojo encendido, con espejos por todas partes y una tenue luz ámbar, el ya de 56 años, incipiente calvicie y exceso de peso, había desenterrado, alborotado y revivido su perdida vitalidad en un espasmo de locura, gritos, jadeos y sudor.

Encontró el paraíso perdido, en esos seis meses perdió peso, se le fueron los dolores físicos y le mejoro el carácter agrio que siempre se le acrecentaba al llegar en las noches a su casa. Reía, se acicalaba mas de la cuenta al salir en las mañanas para su tienda de reparación de cámaras fotográficas y en las noches, cuando llegaba a la casa conectaba su ipod al equipo de música de la sala para escuchar melodías alegres, bailables y en especial una del Grupo Niche que lo motivaba: “Una Aventura”.

El reconfortante choro de agua fría de la ducha lo despertó y vigorizó pero también le trajo las ultimas palabras de la dama elegante que nerviosamente le había dicho la semana anterior: “mi ex marido llegó de Nueva York, estuvo preso por tres años, tendremos que dejarnos de ver por un tiempo mientras arreglamos lo del divorcio”. Y que?, pensaba, fueron tres años, que viene a buscar el hombre?. “Es muy violento, me dijo que quería verme”. A el eso no le importaba, era un hombre de acción y nunca se había acobardado ante nada por muy riesgoso o peligroso que fuera; pero ella le había recomendado que no la llamara por ningún motivo, que ella lo buscaría de nuevo apenas solucionara este inconveniente. Una semana, una larga semana de aridez, de angustia que lo tenían nuevamente irritable; muchas veces había tomado el celular tratando de llamarla pero al  momento de marcar el ultimo numero se había contenido y eso le ahuecaba el corazón, le acrecentaba la soledad.

Al salir de la ducha el penetrante y agradable olor a café lo volvió a la realidad, su esposa ya estaba en la cocina preparándole el desayuno como a el le gustaba; primero le paso el jugo de naranja bien frío y después, en la mesa encontró la taza de café humeante con los huevos revueltos al lado y las dos tajadas de pan con mantequilla y mermelada justo en su punto, justo al momento de salir del baño. La miro un rato, mientras ella, de espaldas seguía con los quehaceres matutinos; la vieja bata de dormir desteñida se acomodaba a las redondeces de su cuerpo como una segunda piel, su desgreñado pelo, canoso y mal tenido lo sostenía en una moña que semejaba el nido de algún pájaro agorero. Tuvo un leve impulso de levantarse y abrazarla para agradecerle todos esos años de sufrimiento a su lado, de aguante y sumisión; trato de pararse y caminar hacia ella… pero no!, que le diría al abrazarla, que la quería, no!. Estaría abrazando a un cuerpo extraño, a alguien muy lejano que no encajaría en sus brazos, ni en su cuerpo, ni en su corazón, ni en su vida. Ella era parte de la casa, un mueble mas, mas no era parte de su vida. Se levantó, se cepilló los dientes y salió de la casa.

El ruido de los carros, la gritería de los vendedores ambulantes, el olor a gasolina y aceite quemado de los centenares de vehículos que a esa temprana hora transitaban atestados de gente lo alejaron de sus pensamientos y enfilando hacia la autopista se perdió entre la hilera de carros que pacientemente avanzaban. Frenando, avanzando, haciendo quites o insultando a algún peatón o motociclista que temerariamente le cerraban el paso logro llegar a su trabajo. Eran las ocho de la mañana, estacionó su vehículo a un lado del taller, al apearse del carro noto lo sucio que estaba el anden; botellas vacías, papeles por doquier. “Lo primero que tengo que hacer es barrer el anden”, se fastidio un poco pues el sol daba directo al lugar y el salir a barrer implicaría sudar un poco y tendría que estar todo el día con su ropa pegajosa y mal oliente. No se percato de los dos muchachos, tal vez en la quincena de su vida que distraídamente jugaban con un balón a esa temprana hora de la mañana a unos cuantos pasos de el. Avanzó hacia la reja metálica de protección que cubría la puerta de entrada al taller, se quitó el manojo de llaves que le colgaba en la cintura y comenzó a buscar la llave del candado para abrir la reja, la encontró, se agacho e introdujo la llave en el candado, lentamente retiro la gruesa cadena, el ruido de la pesada reja metálica al subir le impidió escuchar las dos detonaciones que a su espalda se produjeron. Justo en ese momento en que la reja terminaba de enrollarse sobre su cabeza en el marco de la puerta, sintió los dos quemonazos en su espalda, como si algo caliente lo hubiera atravesado, giro instintivamente sobre sus talones para mirar hacia atrás al tiempo que se llevaba las manos a su estomago y algo caliente y espeso comenzaba a mojarle las manos. En el cuello y en la pierna sintió en ese mismo instante los otros dos impactos que le doblaron el cuerpo mientras en la caída alcanzaba a ver a dos muchachos que corrían hacia el con algo en sus manos que no distinguió. Al derrumbarse al piso su rostro se golpeo duramente contra el pavimento y cosa extraña, pudo detallar en el suelo lo sucio que realmente estaba el anden, se preocupo por que ahora no podría barrerlo y con la espesa sangre saliendo de su cuerpo mucho menos. Comenzó a tener convulsiones y espasmos musculares incontrolables; era raro, a su cuerpo se le estaba escapando la vida por los agujeros producidos por las balas y el estaba contrariado por el anden. Una cortina de sangre le cubrió la vista y los ruidos, alboroto y gritería de la gente se fueron alejando hasta quedar todo en silencio y en la mas absoluta oscuridad.

Los muchachos doblaron la esquina guardando sus armas en la cintura y  mirando al cielo se echaron la bendición para agradecerle al Divino Niño un día mas de trabajo exitoso.

(En memoria a mi amigo de la infancia asesinado vilmente la semana pasada en nuestra ciudad natal)

viernes, 13 de septiembre de 2013

La jubilación del tío

La hélice del helicóptero se acercó peligrosamente a su cara, se asusto, perdió el control y se fue de espaldas al piso.

Estaba llegando a la edad del retiro, su jubilación venia en camino. El tiempo del ocio se le acercaba y lo tomaba desprevenido, no sabia que hacer. Hombre acostumbrado al trabajo de seis a seis en su oficina y muchas veces en su casa hasta bien entrada la noche, siempre ocupado, siempre corriendo, siempre sin tiempo.

Llegó el día en que se levanto corriendo para irse a… "a donde mijo si hoy es tu primer día de retiro", le dijo su esposa frenándole los ímpetus y sentándolo en la cama de nuevo con un leve y cariñoso empujón. Quedo en shock. Ahora le sobraba lo que nunca tuvo: tiempo.

"Hombre, comprate un perrito", le dijo su amigo de toda la vida, "que sea pequeño, son divertidos y se te va el tiempo rápido jugando con el", y terminó dicíendole: "lo mas emocionante de todo es cuando lo sacas a pasear al parque, las muchachas se te acercan a acariciar al perro y te consigues unas amigotaaaas….". Ni corto ni perezoso salió con su mujercita para el mejor criadero de perros que encontró en la ciudad, por que a pesar de la mentalidad ahorrativa que tenia, el hijo mayor que vivía en los Estados Unidos siempre le había dicho: "Dad déjate de ahorros pendejos, please!, la vida es para vivirla bien!, sin miserias!, ya trabajaste mucho, date gusto, enjoy it!".  

Después de mucho escoger se compraron un Chihuahua, "el perro de moda en Hollywood", les dijo muy convencido el dependiente de la tienda, un muchacho despistado y oloroso a alimento para perros. Salieron con el delgaducho y orejón animalejo cargado como bebe recién nacido; sobándolo y acariciándolo por todas partes con cara de padres orgullosos del primer retoño en la familia. El pobre perrito, por su parte los miraba con ojos agrandados y temblando de susto ante esos dos rostros que muy cerca de el le hacían muecas grotescas y exageradas.

Aparte del diminuto y escuálido cachorro, el amable y solícito muchacho de la tienda les sugirió comprar la camita, la cobijita, el surtidor de agua, el de alimentos, la ropita para el frio, la pijamita para las noches, el biberon, la maletita para llevarlo de viajes largos, los juguetes, el cortaúñas, el cepillo de dientes, el del pelo y el cochecito para sacarlo a pasear. Compraron todo. Pero eso si, le advirtió el tio muy serio a su mujer: "Yo ni loco voy a pasear el perrito en coche por el parque, eso es de gays!".

El tío se enfundó en una llamativa ropa deportiva que había comprado en su ultimo viaje al exterior, se bajo del carro y deposito el pequeño y nervioso animal en el prado. No se movió, con la punta del pie lo empujo suavemente para que comenzara a caminar pues ya había divisado otros caninos, cuyas dueñas, forradas en sus trusas mostraban sus redondeces y atributos femeninos y hacia allá quería encaminarse.

Nada, el quieto animalejo se acostó y con la cabeza y sus orejitas bien erguidas solo oteaba el lugar. El tío lo empujaba y el perrito nada, se agachó y lo levantó y el terco enclenque se acostó de nuevo. De atrás, de un árbol grande que estaba a su derecha salió un perro grandulón corriendo por el prado persiguiendo a otro mas pequeño. El chihuahua se levantó, dio una vuelta corriendo al rededor de la pierna del tío y emprendió la persecución del grandulón. El tío estaba distraído observando una muchacha en minifalda darle unas galletitas a un perrito, en cada agachada de la muchacha el tío se empinaba para observar mejor sus torneadas y bronceadas piernas, error fatal; el chihuahua tensó la correa enredada en su pierna y el tio perdió el equilibrio, rodó por el prado y cayó justo a los pies de la bien torneada muchacha que se abalanzó a ayudar al infortunado señor. "Pobrecito el señor, esta bien, le paso algo?". El tio escupiendo pasto por la boca se levantó como pudo y renqueando se alejo avergonzado lo mas rápido posible sin decir ni pio. Le regaló el desnutrido e impertinente perrito a su hermana, estuvo con el tobillo dislocado en convalecencia mas de un mes echándole pestes a su amigo y a el perrito.

"Dad, hazme caso, ya te lo dije, buscate un hobby, necesitas una distracción diferente, envíame el cash y te compro un helicóptero a control remoto, grande, potente, eso si te va a entretener y no corres ningún peligro. I love you viejo".

Llegó la preciada caja con el juguete dentro, desarmado en mil partes de todos los tamaños, colores y formas. Todo un reto para el y su mujercita que pacientemente se sentó con el en el suelo; los planos de helicóptero parecían un mapa a escala miniatura del universo y el manual de instrucciones era del tamaño de un diccionario Larrouse ilustrado traducido en 5 idiomas. "La parte A va con la parte # 1,230, (de color azul) estas dos ensambladas se conectan al panel de la cabina"; "Después de armar las partes #25, #38, #152, #650, todas de color rojo, se ensamblan en el rotor (parte #431, color negro) y todo esto se ajusta con una llave octagonal para unirlo a la cola del helicóptero".

Tardaron mas de un mes en armarlo, pero al final, un fin de semana el hermoso helicóptero reposaba reluciente en la mesa del comedor listo para emprender el primer viaje por los aires. Estaban contentos, felices y orgullosos, lo bajaron con mucho cuidado por las gradas teniendo cuidado de no dañar las enormes aspas de la hélice con las barandas de las gradas. Ocho baterías le instalo al enorme control remoto el tío, tenia un simulador de timón y botones de izquierda, derecha, arriba, abajo y otros que aun no sabia para que servían.

Puesto sobre el asfalto del enorme parqueadero del elegante edificio donde vivían se alejo el tío prudentemente del juguete como le había recomendado su hijo. Con el dedo indice pulsó el botón de encendido y el pequeño pero potente motor del helicóptero comenzó a rugir y querer elevarse del piso. Movió suavemente la palanca de elevación y el pájaro metálico dio unos brinquitos de gallina clueca tratando de tomar altura. El tío se emocionó, se secó las manos sobre su ropa pues estaba comenzando a sudar por la excitación y nerviosismo. Volvió y accionó la palanca con mas seguridad, el costoso juguete se elevo por los aires yéndose de un lado para el otro, el tío inmediatamente accionó la palanca de balanceo y lo logró estabilizar. Majestuoso espectáculo la nave en miniatura volando al rededor del tío y su emocionada y orgullosa esposa que festejaba a dos manos el acontecimiento dando saltitos de felicidad.

Con mas confianza en sus incipientes habilidades lo hizo caer en picada para luego elevarlo y hacerlo remontar vuelo en una maniobra arriesgada que mereció el efusivo aplauso de la esposa. "Urraaa!!! papi, bravo!!!" le gritaba ella emocionada. El tío, seguro de si mismo y un poco agrandado por los urras de la esposa lo puso a girar en torbellino para luego hacerlo virar en 180 grados sobre sus cabezas. El helicóptero se descontroló, como pájaro herido se vino al piso en caída libre, el tío movió controles en un desesperado intento de estabilizarlo. Faltando unos dos metros para estrellarse contra el piso lo logró, la nave se enderezó y retomó su horizontal vuelo con tan mala suerte que se dirigió directamente contra la cara del tío el cual arqueó la espalda hacia atrás para esquivarlo pero las aspas alcanzaron a golpearlo en la nariz. La sangre no se hizo esperar y la cara de la esposa de risa triunfal se convirtió en mueca de desesperación. Como pudo le arrebató el control y comenzó a presionar botones para alejar el peligroso juguete de la cara de su esposo. Este daba vueltas sobre si mismo tratando de recuperar su equilibrio mientras se llevaba las manos a la nariz para tratar de contener la hemorragia. Logró alejarlo un poco, pero para regresar como un bumerán dispuesto a seguir atacando a su víctima y esta vez a la altura de la pantorrilla, el tío saltaba, pateaba brincaba hasta que en un salto cayó sobre el y lo aplastó y lo siguió aplastando hasta no quedar sino en el asfalto un reguero de piezas y partes igual al que tenían en el apartamento cuando comenzaron a armarlo.

"Dad, lo mejor es…" . "Lo mejor es nada, no mas consejos pendejos!, me voy a sentar aquí a ver televisión y de aquí no me mueve nadie!"


 

miércoles, 11 de septiembre de 2013

9/11

Ya había llegado a la redacción del periódico, un edificio situado en un suburbio de Queens llamado Woodside. Las oficinas estaban en el segundo piso, cuya ventana dibujaba una impresionante postal del bajo Manhattan, mostrando la imagen sobrecargada de rascacielos y construcciones monumentales que, desde acá, parecía no había lugar ni para las calles; de estos edificios sobresalían los "Gemelos", que semejaban las dos piernas de un gigante clavadas en la tierra cuyo cuerpo se perdiera arriba en el infinito cielo cubierto de nubes.

Las oficinas de periódico se componían de tres cuartos; el primero era la recepción, el segundo la sala de redacción y el tercero la oficina del "publisher". Estábamos en mi oficina con el editor y el jefe de redacción opinando sobre los sucesos deportivos del día anterior cuando oímos por televisión que una pequeña avioneta se había estrellado accidentalmente contra la torre norte del "World Trade center". Nos asomamos inmediatamente a la ventana y pudimos observar como un pequeño hilo de humo negro salia de la cara sur de la torre. El cielo estaba azuloso y despejado y el pequeño hilo de humo negro semejaba un clavo que se hubiera hendido en un lienzo y comenzara poco a poco a rasgarlo, dejando entrever el negro fondo del cuadro.

Reaccionamos sorprendidos, mas no asustados, las torres son altas. algún aprendiz de piloto pudo haber fallado con los controles y provocar un accidente fatal, pensábamos y concluíamos todos al mismo tiempo. No habíamos terminado de comentar la funesta noticia e íbamos para la segunda taza de café cuando de nuevo los canales de televisión anunciaron, esta vez con mas dramatismo, el segundo impacto en la torre sur.

Impresionante, aterrador, dos fatales accidentes tan seguidos?, nos preguntamos todos ya instalados nuevamente frente a la magnifica vista panorámica que nos mostraba la ventana, vimos como el azuloso y despejado cielo de Manhattan; la postal de la "Gran Manzana" comenzaba su viraje de 180 grados a una escena dantesca, el humo gris se torno negro y se apodero del firmamento, de las ventanas de las fallecidas torres comenzaron a brotar llamaradas incandescentes de fuego que crepitaban y se agigantaban a medida que rompían vidrios y estrangulaban las indefensas y mortalmente heridas torres.

Atónitos y estupefactos quedamos todos parados frente a la ventana, congelados, enmudecidos ante el holocausto, el caos reinaba tanto en la imagen que nuestras retinas agrandadas procesaban como en los noticieros que no sabían que pasaba; del accidente de avionetas pasaron a bombas o misiles y por ultimo a la impactante y aterradora verdad: ataque suicida usando como misiles dos aviones comerciales secuestrados y desviados de sus rutas originales, llenos de inocentes pasajeros. Luego dos mas uno en el Pentágono y otro derrumbado en Pensilvania.

Sentimos que la seguridad y estabilidad que nos brindaba este país se desmoronaba, desaparecía bajo los pies, de lo que veníamos huyendo en nuestros países, del inclemente terrorismo, del salvajismo de la guerrilla, de la delincuencia que nos perseguía hasta en sueños, se había materializado y la teníamos frente a nuestros ojos.

"Comenzó el apocalipsis" dijo el redactor que era muy dado a temas esotéricos, "han herido la democracia de muerte" dijo el editor de noticias. En las dos horas siguientes, previas al colapso de las torres vimos como, cual gigantesco fósforo la cabeza de las torres ardía, se consumía, chisporreteaba y perdía estabilidad. La gente que estaba en las torres, desesperada en un ultimo y agónico esfuerzo de salvación se lanzaban al vacío tratando de caer en las redes de lona que los bomberos habían tendido en las calles alrededor de los moribundos edificios. A las dos horas del impacto las colosales torres sucumbieron ante la gravedad de sus heridas. Colapsaron, llevándose en su mortal descenso a mas de 3.000 personas a una colectiva tumba debajo de las torres.

El estruendo de la caída, como una hecatombe de truenos acalló las voces y comezaron a rodar lágrimas por nuestras mejillas, el dolor, la rabia, la frustración, el sentimiento de impotencia que genera un acto de esta magnitud nos embargaba, no sabíamos que decir. Luego el cielo de Manhattan se oscureció, el humo y la polvareda que produjo el derrumbe se levanto kilómetros hacia arriba y los lados del gigantesco montículo de escombros, hierros retorcidos y lamentos humanos como un enorme hongo de explosión nuclear con proporciones apocalípticas.

El mundo cambió para siempre, los terroristas partieron en dos la historia moderna, "antes del 9/11 y después del 9/11". La economía de Norteamericana se tambaleo, la guerra comenzó y este es el momento en que ni la economía se ha recuperado ni la guerra se ha ganado.

El redactor de noticias saco de su archivo un librito y nos leyó dos párrafos de las profecías de Nostradamus:

"En el año del nuevo siglo y nueve meses

Del cielo vendrá un gran rey de terror

El cielo quemará a cuarenta y cinco grados

Fuego alcanzará la gran nueva ciudad

En la ciudad de Dios habrá un gran colapso,

Dos hermanos gemelos se separarán por el caos

Mientras la fortaleza resiste el gran líder sucumbirá

la tercera gran guerra comenzará cuando la gran ciudad esté en llamas"


                                                                               Michel de Nostradamus

martes, 10 de septiembre de 2013

Un futuro que se torció

Guilty!
El seco golpe del mallete del juez retumbó en sus oídos, se le nubló la vista y se desmadejó en brazos de su abogado defensor.

"Serán solo cinco años en prisión", le dijo después el, "pero apelaremos la sentencia, este es el comienzo de la batalla legal, ademas estaré a su lado".  La hermosa rubia, de ojos carmelita claro y seductoras pestañas, sentada en la litera de la celda se echó a llorar. El abogado aprovecho la oportunidad para abrazarla y consolarla; le gustaba, lo atraía demasiado como para desperdiciar ese único momento de tenerla en sus brazos.

Ella, con su uniforme color café claro se dejó abrazar y consolar, se estaba deshaciendo en llanto; habían sido nueve meses de juicio, un proceso largo en el que en cada cita, en cada indagatoria, en cada careo perdía fuerzas y voluntad para luchar. El abogado sintió el juvenil e indefenso cuerpo pegado al suyo temblando de desconsuelo e infinita desesperanza. Una leve e imperceptible sonrisa se dibujo en la comisura de sus labios; tenia cinco largos años para conquistarla, para hacerla suya.

El negocio estaba ubicado en un segundo piso sobre la avenida Roosevelt en el condado de Queens, Nueva York. Envíos de dinero y carga a Centro, Sur América y el Caribe, anunciaba el luminoso aviso colocado en los amplios ventanales que daban a la concurrida avenida. La rubia se acomodo en su mullida silla detrás del elegante escritorio de madera circular que rodeaba su cuerpo. Se sentía orgullosa, triunfante. Fue a la ventana y miro un rato la gente pasar apresurada por la acera; hispanos casi todos, trabajadores, inmigrantes de toda clase, eso era lo que necesitaba, estaba bien ubicada la oficina. Todos ellos, cada fin de semana enviarían sus ahorros por intermedio de ella, tenia asegurado su futuro económico.

Nuevamente sentada en la cómoda silla reclinomática, lanzó un breve repaso a su vida desde que había tocado suelo norteamericano. Llevaba tan solo cinco años en este país, había inmigrado con su hermano, el único compañero y amigo en todos estos años de arduo trabajo y soledad. Comenzó, se acordaba muy bien, como promotora de ventas en una agencia de publicidad y mercadeo, puesto ideal para ella, pues era carismática, de suave voz aterciopelada, seductora mirada y sonrisa contagiosa.

Se sabía bella y utilizaba las armas de la seducción para incrementar las ventas. De porte elegante y distinguido, caminar provocativo y paso firme. Insinuaba sus atributos femeninos sin ser vulgar ni atrevida. Vendia, escalaba posiciones dentro de la compañía y le seguían una corte de admiradores y pretendientes que habilmente rechazaba y esquivaba.

Con su hermano caminaban por la Avenida Roosevelt en Queens; ella despertaba la curiosidad y envidia de las mujeres que la veían pasar y el por su parte el suspiro de muchas otras por su elegancia, altura y porte aristocrático. Iban abrazados, cogidos de la mano, enganchados de brazo, saludaban a todos con gracia y donaire.

Amaba a su hermano. Dos años mayor que ella, lo cuidaba y protegía como a un hijo; frágil, de contextura delgada y manos alargadas, un poco afeminado en sus modales y llamativo en su vestimenta. El le alejaba los pretendientes, se los seleccionaba y clasificaba por intereses en los cuales ambos estaban de acuerdo como: posición económica, educación y belleza física. Los iban eliminando sin contemplación, fríamente los tachaban de la lista y dejaban solo los que reunían los requisitos adecuados. Aveces, el candidato ideal que seleccionaban, investigando mas a fondo descubrían lastimosamente que era casado y tenían que volver a comenzar con la filtración y el depuramiento de la lista.

Era divertido y los entretenía. Llegaban por las noches; el de trabajar en el bajo Manhattan, en las torres gemelas del World Trade Center como asistente de cafetería en uno de los pisos altos del exclusivo rascacielos neoyorquino y ella de su oficina de marketing en Queens. Revisaban fotos, escogían candidatos, seleccionaban cualidades, destacaban defectos, se reían, se burlaban; este muy barrigón, el otro es calvo, el siguiente muy bajito, aquel tiene un tic nervioso. Y así entre juegos y bromas se les iba la noche y a veces los sorprendía el día en su peculiar y extraña labor de escoger el candidato ideal para ella.

A los dos años de vivir en Queens se le presentó la oportunidad de comprar una pequeña taberna enclavada en un barrio griego de Queens, Astoria. La remodelaron, la adecuaron y le pusieron por nombre "Derroches". Salian a toda prisa de sus trabajos para abrir la taberna y atender a los clientes. Al comienzo curiosos y vecinos griegos del barrio, pero después la fueron latinizando con su música y la buena atención, la prosperidad se les vino encima. Ella se salió de trabajar para atender de lleno la taberna, el no, si algo tenia era ser muy precavido y meticuloso en sus decisiones, no dejaba su trabajo por si de pronto algo salía mal y así como habían subido, cayeran y lo perdieran todo.

Pasaba el tiempo y seguían solos y unidos; pero en las sombras, a oscuras y escondidas, cada uno por su lado había encontrado refugio para calmar sus urgencias. El por su parte tenia un amigo muy especial que lo entendía, que le comprendía su carácter, su soledad y su finura. Ella de tanto escoger se había involucrado con un hombre casado que la trataba no como a la dama elegante, sofisticada e inalcanzable en que se había convertido, sino, simple y llanamente como una mujer, sedienta de un abrazo mas fuerte que el de su afeminado hermano, de una caricia mas pasional y atrevida que el tierno roce de su hermano en las noches cuando se tocaban durmiendo. Ninguno supo lo del otro hasta el momento en que estaba tan avanzada la relación que decidieron en un mutuo acuerdo de silencio no recriminarse nada, no enculparse y continuar la vida así, abrazados caminando por la avenida Roosevelt como si nada estuviera pasando en sus normales y prosperas vidas.

A los dos años de inaugurada la taberna la vendió, se tomo un par de meses de descanso y luego, terminando el segundo mes apareció el candidato ideal que por tantos años habían buscado ella y su pulcro y elegante hermano.

En el final de la treintena de su vida estaba el hombre. De mediana estatura, grueso pero no obeso, elocuente conversador, de risa fácil y contagiosa, moreno claro, amigo de parrandas y amanecidas y por supuesto buen anfitrión. Hacían buena pareja; ambos emprendedores, ambiciosos y jóvenes.

Se olvido del hombre casado y se entregó de lleno a su nueva relación; ahora caminaban los tres por la  avenida Roosevelt, los tres orgullosos, los tres felices y prósperos, saludando a cuanta persona se cruzara por su lado.

De la mano de su nuevo amor le llegó otra oportunidad comercial a la bella rubia y se hizo al negocio de envíos de dinero. Lo administraba muy bien, el candidato ideal le ayudaba, le conseguía clientes, era la imagen de la compañía de puertas para afuera. Un buen día, pasados casi dos años desde la compra, fecha aciaga que les cambiaría la vida a todos, se apareció el candidato con el dueño de un restaurante que quería hacer envíos semanales. Según el nuevo cliente, había ahorrado mucha plata y estaba construyendo en su país un edificio, necesitaba transferir la plata; evadir un poco de impuestos, cosa mínima según el. El cliente se ganó la confianza de la bella rubia y su enamorado y comenzaron a enviar el dinero ahorrado, al comienzo en pequeñas cantidades y después aumentaron la suma hasta pasarse del limite establecido por las autoridades federales que regulaban los envíos.

De la noche a la mañana se les volteó el barco en el que viajaban triunfalistas y exitosos. El cliente del restaurante resulto ser un policía encubierto que los tentó y convenció de enviar enormes cantidades de dinero. Los detuvieron. Ella, consiente de su error aguantó estoicamente el castigo. El candidato ideal, al contrario, trato de lavarse las manos, le acomodo toda la responsabilidad a ella y decidió colaborar con la justicia inculpando a mas personas para acortar su condena. Salió deportado a los dos años y cuatro meses del cautiverio para su país de origen.

Ella no, se fue a juicio y por eso estaba sollozando en brazos del abogado defensor. Dispuesta sin saber como a soportar lo mejor que pudiera los cinco años de condena. Ella, una mariposa al viento, una luciérnaga en la oscuridad que brillaba con luz propia iba a languidecer en ese encierro, se iba a opacar,  a marchitar, lo sabia y por tal motivo lloraba de desconsuelo, sabiendo que la rubia elegante y luminosa que entraba a ese lugar nunca mas saldría de allí; saldría otra, muy diferente y desde ahora comenzaba a sentir pesar por esa otra que seria en cinco años.

Estando en la cárcel, su fino y acongojado hermano que la visitaba casi diariamente fue sorprendido trabajando arduamente en las torres gemelas del World Trade Center cuando trágicamente colapsaron sepultándolo bajo toneladas de tierra, metales retorcidos y escombros. Quedo sola. Sin dinero, sin pretendientes, sin hermano y sin futuro. Se refugió en el abogado defensor. El hombre aprovechó, no tuvo necesidad de seducirla, de conquistarla, ella cayó vencida, como en la fiesta taurina el toro se entrega derecho al matador con las banderillas bien puestas y sangrando por todas partes a morir en sus brazos.

Mayor que ella mas de veinte años, pequeño, aindiado, de rostro tosco, estomago abultado, piernas cortas y muy separadas. Enfundado en un traje entero oscuro y raído, así era el abogado defensor, la anti-imagen del candidato ideal; pero no había de donde escoger, era su tabla de salvación, sino se aferraba a el se ahogaba y se hundiría en la locura del encierro y la soledad.

Salió de la penitenciaria federal después de cinco largos años de cautiverio con unas cuantas canas en su rubia cabellera, algunas arrugas de mas en su bello rostro, un poco avejentada y una hija de dos añitos, fruto del matrimonio en la cárcel con el abogado. Se la llevó a vivir a un pequeño apartamento que el especialmente había rentado y decorado para ella, bonito y pequeño, acogedor nido de amor; lo que pudo conseguir, después de un tormentoso divorcio en el cual su ex-mujer se le había quedado con casi todo. Hizo un esfuerzo sobrehumano, trabajó en diferentes casos y estaba sacando la cabeza del atolladero económico en que se había sumido, solo para darle gusto a su rubia, su sueño hecho realidad, porque ella se lo merecía todo, hasta el ostracismo de sus hijos que le reprochaban la locura que estaba cometiendo.

Sus bellos ojos color carmelita claro se habían marchitado, la otrora mujer elegante, de altivo porte, de generosas y abundantes redondeces se había perdido, se había quedado tras los gruesos barrotes de la prisión; la marchita mujer que ahora, sentada en el marco de la ventana del apartamento miraba nostálgica hacia la calle era otra, el abogado lo supo y sintió una tristeza inconsolable, un dolor agudo y cavernoso en el corazón.

El quería mantenerla encerrada en su jaula de oro, llena de comodidades, de afectos, de mimos que la empalagaban, que la fastidiaban y atosigaban. Ella había roto los barrotes de la prisión quería disfrutar de la libertad, salir a su antojo, caminar sin rumbo fijo como muchas veces lo hacia con su hermano que le había dejado un hueco en el corazón imposible de llenar. Lo único que la hacia vivir, que le mantenía encendida la llamita de la ilusión, el deseo de seguir adelante era la tierna mirada de su hijita al acostarla en las noches, cuando en la complicidad oscura del cuarto ella le decía muy suave al oído: "mamita te quiero mucho"; se le salía una lagrima y la abrazaba con todas la fuerza, con todo su amor y con todas sus esperanzas puestas en ese frágil ser que había parido fruto de su desesperanza en la cárcel.

Caminaba lenta, despacio, acrecentando la distancia del cuartito de su hija a la alcoba de ellos para nunca llegar, para no tener que sentir el acoso, el desenfreno sexual al que el abogado, lleno de pasión, rebosante de colonia barata y de vellosidades por todo el cuerpo la sometía casi todas las noches en una algarabía de quejidos, aullidos, gemidos y babosidades que la dejaban insatisfecha y asqueada. En esos momentos, como en la prisión, en la duermevela de su infinita soledad, soltaba el cuerpo y su espíritu volaba, caminaba por la avenida Roosevelt con su hermano; reían, se contaban las cosas, se ponían al día en chismes, en comentarios, escogían candidatos, desechaban otros mientras su desnudo cuerpo allá bajo, abandonado en la cama sufría los desesperados embates del abogado que en medio de un estremecimiento epiléptico acompañado de un estruendoso y primitivo bramido culminaba su faena amorosa.

No sabia cuanto iba a soportar esa vida de entrega, ese martirio agónico que la estaba consumiendo, que la estaba minando y debilitando por dentro mas que la vida en prisión donde por las noches dormía tranquila, sin sobresaltos; salvo en dos o tres ocasiones en que alguna atrevida reclusa intentó llegar a su litera amparada en las sombras de la noche a proponerle afecto, cariño y protección. Salió airosa de esos avances nocturnos, con un poco de astucia y convencimiento las alejó y nunca mas volvieron a molestarla.

Lo esperó una tarde decidida a hablar con el aprovechando que la niña jugaba en el parquesito de en frente. El abogado montó en cólera: malagradecida; la había sacado de la cárcel y casándose con ella había impedido su deportación pues no tenia visa legal para permanecer en este país. Desconsiderada: abandonó mujer e hijos para seguirla y ahora sus hijos lo aborrecían. Injusta: estaba trabajando doble jornada para poder darle gusto a ella y la niña, que mas quería le grito acercándose a ella con la cara roja y el cuerpo tembloroso de rabia. La hermosa rubia decidió, asustada dejarlo todo así por el momento.

El abogado comenzó a controlarla, a llamarla a cada instante, a aparecerse en el apartamento a las horas menos esperadas. Tenia un nuevo carcelero, una nueva prisión, un nuevo encierro y esta vez un arma de doble filo pendía sobre su cabeza, pues aun no se había completado el tiempo fijado por las autoridades de inmigración para ella obtener su residencia definitiva en este país. Tenia un visado temporal conseguido por el abogado y, se lo dijo claramente; a la hora que el quisiera la ponía de patitas en su país y sin la niña, puesto que ella si era ciudadana norteamericana.

Lo planeó todo cuidadosamente, cada detalle, cada insignificancia la sopesaba, la valoraba, la ajustaba a sus planes. Se había acostumbrado a tomarse el tiempo suficiente para pensar y hacer las cosas sin prisa, como en prisión, con todo el tiempo del mundo a su favor. Fue sacando su ropa y las pocas pertenencia que tenia de una manera muy sutil, muy imperceptible, sacaba una caja llena y la reemplazaba por una vacía, de a poquitos, día a día, semana por semana. Para no despertar sospechas al abogado se había vuelto mas solicita con el, mas atenta y servicial. Con su comida, siempre servida a tiempo; su ropa, lavada y planchada como a el gustaba y complaciente con sus bufantes embestidas  nocturnas que el no perdonaba ni por que estuviera cansado o llegara muy tarde.  Con la niña era otra cosa, tenia juguetes regados por todo el apartamento y demasiada ropa por que si algo tenia de bueno el abogado era el desmedido amor por su tardía hija.

En el tren que la llevaba hacia New Jersey sintió, abrazada a su pequeña hija el frío viento de marzo acariciarle el rostro y alborotarle la rubia y descuidada cabellera, se sintió feliz, como cuando las pesadas y metálicas puertas de la prisión se cerraron a sus espaldas y dio los primeros pasos por el anden de la libertad. El cuarto era pequeño, en un quinto piso de unos apartamentos populares y económicos en Newark, ciudad industrial de New Jersey; ideal para esconderse con su pequeña hija y buscar trabajo en las múltiples factorías y negocios que pululaban cerca de su nueva vivienda. Para lo barato que iba a pagar  por la renta del cuarto no estaba del todo mal, pensó mientras desempacaba la ultima caja que contenía el cuadro del Divino Niño Jesus al cual siempre le prendía una veladora para que la ayudara y la guiara por el buen camino.

Esa noche, antes de acostarse la niña le preguntó sorpresivamente: "¿Y mi papito a que horas llega a darme la bendición?", se le hizo un nudo en la garganta y el corazón se le apretó en un silencio largo, pesado, angustioso; sintió la ausencia, sintió la soledad y abrazando aun mas a ese frágil cuerpecito solo se le ocurrió decirle: "hoy no vendrá, esta de viaje, a lo mejor llega la otra semana." Pasó la otra semana y la otra y estas se convirtieron en meses y el papito no llegó, pero siguieron las preguntas y las respuestas evasivas, los no se, los de pronto, hasta que se le agotaron las mentiras.

El abogado llegó a la guardería con los agentes federales y la orden de captura. La niña al verlo reaccionó asustada y tímida al comienzo, pero después de unos lentos y expectantes segundos corrió y abrazó a su papito sollozando de alegría. El hombre se conmovió, se trago las lagrimas y se sentó en el cuarto de juegos a esperar a que la bella rubia llegara a recoger su hija. Le dijo a los agentes federales que se fueran, que el arreglaba este penoso asunto solo, en familia.

Había sido difícil rastrearla, tardo meses, pero gracias a sus contactos con el FBI logro ubicar la niña apenas la mama la registró para que comenzara en la guardería. No reaccionó instintivamente corriendo a detenerla y recuperar la niña. Se tomo su tiempo para enfriar las emociones y poder actuar sin enojos, pues se conocía y sabia que su impulsividad lo había llevado a cometer muchos errores en la vida. Esta era la segunda semana que venia vigilando la guardería y viéndola recoger la niña, las había seguido, sabia donde vivían. La primera vez que la vio se impresiono muchísimo; envuelta en un viejo y descolorido abrigo de lana, que mas que puesto, le colgaba de sus huesudos hombros, con el rostro demacrado, los ojos como de pájaro muerto, sin brillo y el pelo, esa abundante y dorada cabellera que rizada le caía en cascada coquetamente sobre los desnudos hombros eran un manojo, un chamicero de hilachas grises y opacas.

Se impresiono, lo embargó una profunda pena, sintió lastima y dolor, pero el amor por su rubia lo percibió intacto, reactivandose al verla. Esa noche que llegó a casa durmió por primera vez tranquilo, sin sobresaltos ni desvelos. La iba a recuperar de nuevo y esta vez sin los errores del pasado.

La niña corrió contenta a abrazar a su mama y darle la buena noticia de que papito por fin había regresado del viaje. Se miraron tensamente; ella con los ojos agrandados de miedo, de desespero, buscando de reojo un escape, una salida para tomar su niña y correr, huir del lugar; el con la mirada anhelante del que encuentra la cura para sus males, del desahuciado al que le escuchan sus plegarias y se cura milagrosamente. Ninguno se movió, ninguno habló. Ella estaba petrificada, el ansioso de abrazarla y temeroso del seguro rechazo.

La niña corrió hacia su mama para tomarla de la mano y acercarla hacia su papito para que se abrazaran los tres, ella no se movió, no podía, estaba anclada en ese lugar. Por su mente desfilaban como en una vieja y silente película proyectada en la pared los momentos vividos con el abogado, las noches de entrega a sus desenfrenos hormonales, las llamadas para controlarla, las intempestivas aparecidas en el apartamento, la huida en el tren, las noches de paz en que abrazada a su pequeña hija se dormía pensando en el incierto futuro que le esperaba y en este momento en que el abogado apareciera de nuevo.

Cedió ante la alegría y la efusividad con que su hija celebraba el encuentro, se acerco lentamente, casi sin respirar, muda y fría. El abogado reaccionó y aprovechando la ocasión, -como aquella primera vez en la celda que la abrazo largamente para consolarla-  apoyado por la felicidad de la niña se acercó también y la abrazo. Fue diferente el abrazo, un hombre anhelante, esperanzado y titubeante con una mujer fría, asustada y desesperanzada. Dos seres lejanos, separados, aislados, volvían y cruzaban sus diferentes caminos forzando sus destinos nuevamente.

El abogado se sentía cansado, el peso de los años lo agobiaba con una enorme carga de temores, dudas y frustraciones sostenida en sus encorvados hombros. Sabia que su tiempo se estaba acortando y quería soltar la rienda un poco, ser mas tolerante y permisivo con su bella rubia para mantenerla a su lado. Le dijo claramente que ahora que la niña estaba estudiando podía trabajar medio tiempo para mantenerse ocupada y tener un poco de plata disponible para ella. Aceptó, el hombre que estaba hablándole, que tenia en frente de ella no era el abogado altivo y orgulloso  de sus raíces indígenas, era un anciano de liso cabello cenizo y rostro surcado como corteza de árbol viejo. Ella también se sentía acabada pero sus cuerpo estaba vivo y su espíritu seguía indomable.

El hermano llegó y se sentó en la cama a su lado, le sobo su desmarañada cabellera y con el revés de la mano le acaricio la mejilla, ella soltó en llanto, trato de levantarse de la cama para abrazarlo pero no pudo, el la detuvo, la miro profundamente con una mirada milenaria, infinita, llena de amor, de ese amor que los unió cuando el estaba encarnado y era su hermano. Ahora era otro ser, ella lo conocía, había sido su hermano, pero también su hijo en una vida muy antigua, en la que andaban descalzos, pidiendo limosna en las calles de una gran ciudad y habían muerto de peste muy jóvenes.  Sentía una paz espiritual que la llenaba toda, que la envolvía en un mundo etéreo, luminoso y atemporal. "Todo va a estar bien, sigue tu corazón" sintió que le decía pues sus labios no se movían y la voz venia dentro de ella, retumbaba en su mente, en sus entrañas, en todo su cuerpo y la sonoridad de la voz la relajaba, la apaciguaba y adormecía.

Amaneció radiante, alegre y animosa. Por primera vez en muchos años sintió la apagada vitalidad de su cuerpo en la ducha, al bañarse cuando el cálido chorro de agua golpeó descuidadamente sus pechos experimentando un leve y tímido despertar de sus pezones; se estremeció, se ruborizo, trato de apartar su desnudo y ansioso cuerpo del chorro de agua. Pudo mas el soterrado placer, el escondido deseo que la vergüenza del solitario gozo. Se dejo llevar por las emociones, por las sensaciones, abandonó su cuerpo al goce, dirigió el chorro de agua hacia su bajo vientre que comenzó a contraerse rítmicamente, apretó, en un torpe intento de caricias los blancos pechos con una mano y con la otra dirigió el placentero chorro de agua a su sexo ya húmedo y deseoso de sentir. Lo cobijó con su mano, lo estrujó, lo acarició y se dobló cayendo de rodillas sintiendo que la vida, en cada espasmo se le iba con el agua por entre sus afanosos dedos que no querían parar.

Como pudo asió al paralítico por detrás, lo cargo para depositarlo en la bañera, el hombre agradecido la miro con cariño y comenzó a enjabonarse. Llevaba trabajando con el casi seis meses y era la primera vez que le tocaba ayudarlo a bañar. Desnudo, con sus delgadas piernas colgándole como flecos de cortina y el arrugado miembro escondido en sus pliegues, comenzó a secarle el cuerpo después de que, aunando fuerzas con el lo había acostado en la cama. Era joven y aun conservaba su atlético cuerpo de la cintura para arriba; de rostro armónico y unas espesas cejas que le daban un aire de pensador y filosofo. Con la fricción de la toalla por su pecho y abdomen el paralítico comenzó a sentir una leve energía que le llegaba de su bajo vientre y el despertar del dormido falo no se hizo esperar. El paralítico se ruborizo y ella tapó el agrandado apéndice masculino con la toalla, saliéndose rápidamente del cuarto para que el terminara su labor solo. Al siguiente día lo primero que hizo al verla fue disculparse, que había sido un acto involuntario, que el no había tenido control, que el mismo estaba sorprendido por que era la primera vez después del accidente que eso pasaba, le juró y rejuró que no volvería a pasar delante de ella. Volvió a pasar y ambos entre juegos y risas fueron perdiendo la vergüenza, el temor y el respeto.

Terminó ella, sin saber a ciencia cierta si lo hacia por pasión, por curiosidad, por mera lastima con el muchacho o como un acto de ayuda y consuelo al paralítico acostándose con el en una maniobra en la que era ella la que llevaba la pauta y el ritmo en el acto pues el solo la miraba tendido en la cama con unos ojos de agradecimiento eterno, de infinita dulzura que le provocaban a ella un desconsuelo y unas ganas de llorar cada que terminaban de hacerlo, que mas que alivio a sus necesidades la entristecía. No tenia remordimientos ni se sentía culpable por lo que hacia, pues hacia tiempo que no tenia contacto intimo con el abogado y este solo le inspiraba un simple afecto, un leve cariño de benefactor.

Sus afugías económicas las tenia resueltas viviendo con el abogado, pero su vida se estaba desmoronando, ansiaba la llegada de la noche para en sueños encontrarse con su hermano, con su hijo o con su esposo pues se había visto en diferentes épocas, en pasadas vidas viviendo con el de diferentes formas, aunque el amor siempre había sido el mismo, permanecía intacto a través del tiempo, a través de muchas vidas juntos. Amanecía renovada, entusiasta, pero a medida que transcurrían las horas se iba desmotivando, se iba apagando y un cansancio, un abandono la invadía y ahora mas que nunca pues el muchacho paralítico había contraído una infección pulmonar y estaba agonizando en un hospital.

Después de la muerte del paralítico, como en una cascada de acontecimientos fatales que siempre habían rodeado su vida, el abogado cayó enfermo y murió. Volvió y quedo sola, desamparada y abandonada. El único consuelo, la única esperanza de nuevo fue su hija que estaba terminando la universidad y por la cual tenia que seguir viviendo, seguir sufriendo y seguir trabajando.

El cliente estaba apurado y exigía atención inmediata, ella corrió nerviosa con la bandeja en la mano y tropezó llegando justo donde el apurado comensal. La ensalada, la sopa y el vaso de jugo cayeron junto con la rubia sobre el enfadado hombre que de un brinco se paro vociferando maledicencias contra la pobre rubia que en el suelo trataba desesperadamente de ponerse de pie y recoger bandeja, platos, cubiertos y comida a la vez. Al momento el indignado cliente reaccionó tratando de suavizar su enojo pues considero que había sido culpa suya por sus imperiosas exigencias de atención inmediata en un restaurante atestado de clientela. Enseguida se agachó para tratar de ayudar a la señora que inútilmente trataba de ordenar el reguero y disculparse a la vez. De cuclillas ambos se miraron a los ojos, ella avergonzada y el apenado, al instante el reconoció esos ojos carmelita claro de seductoras pestañas y ella se ruborizó aun mas al ver en ese rostro maduro de cabello un poco cenizo al hombre casado de su época de la Avenida Roosevelt.

La esperó a la salida del restaurante, fueron a tomar un café juntos, se abrazaron largo y fuerte, ella lloró desconsoladamente en un desahogo imparable, incontenible, como un diluvio lloró hasta quedar sin lagrimas y esos ojos enrojecidos por el llanto le parecieron a el aun bellos a pesar de los años, a pesar del sufrimiento y el dolor por el que ella había pasado. Después de que ella se enamoró del candidato ideal, habían quedado de buenos amigos, confidentes, inclusive el la visitó unas dos o tres veces en la penitenciaria, pero después de su huida a Newark se habían desconectado hasta este momento en que la casualidad los ponía de nuevo uno enfrente al otro. Sabia ella que el se había divorciado, trató inútilmente de buscarlo, pero le fue imposible. El estaba casado nuevamente y tenia dos hijos, vivía en otro estado El destino les había regalado ese único encuentro, para consolarse, para abrazarse y contarse sus cuitas y para decirse adiós como buenos amigos.

Arrodillada en la iglesia, en la misa matutina del domingo le pedía al Divino Niño Jesus, su patrono, el que nunca le fallaba, que ayudara a su hija en los exámenes de graduación del ultimo semestre en la universidad, se iba a recibir de abogada y era la ultima alegría, el ultimo regocijo que creía iba a tener en vida. Se levantó difícilmente limpiándose las rodillas, estaba un poco pesada y las articulaciones le dolían en las mañanas y en especial en esos gélidos días de noviembre en que ese molesto frío se le entraba por toda su osamenta y la entumecía hasta el punto de no querer salir de la casa para nada y quedarse acostada todo el tiempo. Se vistió a pesar de sus dolencias y pesares, saco de su ropero el mejor traje que encontró y que aun le entallaba pues su descuido la había llevado a engordar demasiado. Lloro, pero esta vez de la alegría, de la emoción y orgullo de ver a su hija graduada, convertida en una bella muchacha de piel trigueña y ojos claros como los de ella. La ceremonia duro poco y después fueron a cenar, hablaron de trivialidades y ella le contó a su hija parte de su vida y sus pesares. Llegando a la casa al dobla la esquina, antes de subir las gradas que la llevarían a su apartamento alcanzo a divisar en la otra acera a su hermano, estaba igual de joven y elegante, la llamo sonriéndole y oyó que le decía "ya es hora ven, tu sufrimiento termino". Se acostó sabiendo que esa misma noche volvería a caminar por la avenida Roosevelt con su hermano.





jueves, 15 de agosto de 2013

Un domingo

Se levantó de la cama con inusual agilidad para su edad. Se sentía vigoroso, renovado; extrañamente no le dolían las articulaciones. Le gustó esa sensación de liviandad. A rápidos trancos llegó hasta la cocina dispuesto a sorprender a su mujer con un delicioso refresco de verduras y frutas, pero supuso que el ruido del motor de la extractora de jugos la despertaría. Opto por no hacerlo. Abrió la ventana y respiro el aire frío y fresco de la mañana. Era domingo, día de no hacer nada, solo dejar pasar las horas holgazaneando por ahí; pero no quería desaprovechar esa racha de vigor, de energía que sentía circular por su cuerpo.

Se desnudo para dirigirse a la piscina y nadar un rato. Con sus hijos lo había hecho muchas veces; los tres con su masculinidad al viento, nadando, hundiéndose en las transparentes y clorificadas aguas de la piscina, se sentían libres, nadaban con mas soltura, como despojados de tabúes, de etiquetas, de normas cohibitivas y moralidades represivas. Pasó frente al espejo que estaba adosado en la puerta de la ducha que daba a la piscina. Se quedo contemplando su cuerpo un rato, despacio, sin prisa, llevaba las gafas puestas y podía observar en detalle su deterioro. Se desconoció; el reducido y desvencijado hombre que estático y sorprendido lo miraba desde la profunda óptica del espejo lo asustó.

Se paso la mano por las mejillas, la irregular barba ceniza que comenzaba a abrirse paso por entre los folículos del rostro lo avejentaban un poco mas, se noto ojeroso, debajo de la barbilla el cuello había iniciado su declive y la arrugada piel comenzaba a descolgarse. "A esta edad" pensó, "el amor es mas costumbre que otra cosa". "Que ve mi mujer en este cuerpo?", se preguntó. "El habito, la lealtad, el estar siempre ahí, en el momento justo", se respondió a si mismo. La pasión había disminuido, pero la calidad del tiempo compartido había aumentado, los viajes, las caminatas cogidos de la mano por la playa en los atardeceres, las largas conversaciones recordando el pasado y planificando el corto futuro que les quedaba, eso los unía, los mantenía vivos y sin amarguras.

El sol que entraba por la ventana entibio un poco su cuerpo, lo regocijo, se estremeció levemente y sintió, cosa rara, un leve despertar de su descolgado y arrugado falo; miró a su mujer que plácidamente dormía en la cama. Un pensamiento libidinoso lo recorrió y trato de avanzar hacia ella para aprovechar ese único y precioso momento que le regalaba la vida en su ocaso. Se contuvo, si algo enojaba a su mujercita eran las despertadas en la madrugada cuando el, al abrir los ojos comenzaba con los escarceos amorosos y pasionales importunando los placenteros minutos que aun le quedaban de sueño a ella.

Se hundió en la fría y cristalina agua de la piscina, abrió los ojos bajo del agua, buceo un rato y salió a la superficie a tomar una bocanada de aire. Renovado, despierto y animoso braceó un rato mas. La vieja perra que dormía placentera a un lado de la piscina recibiendo los matutinos y saludables rayos del sol ni siquiera se inmuto cuando el pasó por encima de ella mojándola para dirigirse al equipo de música. "Con los años que me quedan" de Gloria Estafan salió suavemente por los altavoces en una melodía que lo envolvió produciéndole un sentimiento que le humedeció los ojos en un arrebato de nostalgia. Aguanto, se tragó los sollozos, se había vuelto de lagrima fácil, todo lo entristecía, todo le afectaba, una despedida, un encuentro, el final de una película, hasta los comerciales en la televisión.

Su esposa, a través de los grandes ventanales del cuarto que daban a la piscina seguía dormitando, se pegó al vidrio y la contempló un rato. Muchas noches, en la penumbra del cuarto, cuando sorpresivamente se levantaba para ir al baño, se quedaba al borde de la cama parado, contemplándola extasiado, enamorado; la examinaba y le velaba el sueño. Abandonada en la cama, con los ojos cerrados y el desordenado pelo sobre el rostro, lucia indefensa, frágil, no denotaba el fuerte carácter que la había ayudado a mantener a flote la familia aun en los peores momentos de crisis. Mas sin embargo pesar de los años se veía hermosa y juvenil, adormilada en la mullida cama. Luego doblaba su cuerpo y le estampaba un tierno beso en la mejilla o en la frente; ella aletargada sonreía, se movía un poco arrellenandose en medio de las almohadas y seguía durmiendo.

El aroma del café recién colado le invadió los sentidos y se dirigió a la cocina saboreando de antemano la caliente y humeante taza que se iba a tomar. Salió con el pocillo en la mano y se apoltronó en una de las sillas de patio debajo del árbol de mango que muchos años atrás había sembrado y que en cada cosecha le regalaba la frescura de su sombra y la dulzura de sus frutos. Retrocedió, se hundió en el pasado y comenzó a desempolvar viejos recuerdos, olvidadas memorias, antiguas vivencias. Iba y volvía de un recuerdo a otro, de una anécdota a otra, tan vividas, tan reales que percibía olores y sabores. Se vio de niño, subido a un barranco de tierra en la carretera, llorando por que descuidadamente había trepado muy alto y no podía retroceder ni bajarse. Su papa, abajo tratando de llamarlo y alcanzarlo: "Suéltate hijo que yo te recibo en mis brazos, todo esta bien nada pasara". Asustado miraba hacia abajo y mas se aferraba a las altas rocas. Veía a su papa muy lejano abajo en la carretera, se le estaban entumeciendo las manos de tanto aferrarse y perdía fuerzas. No se desprendió, se cayó y su papa lo recibió en sus brazos: "viste hijo, nada paso, ven conmigo estas a salvo yo te cuidare". Se vio abrazado al cuello de su papa sollozando, feliz y a salvo. Tan real era el suceso que olía la tierra desprendida de las rocas y el suave aroma de los helechos que arrancó en su caída.

El niño que su papa llevaba entre los brazos lo miró, le sonrío y lo llamó; se quedo viéndolo, tuvo ganas de pararse y abrazarlos a los dos, de ir con ellos. Su papa volteo de nuevo la cara y le repitió: "viste hijo, nada paso, ven conmigo estas a salvo yo te cuidare". Se soltó en llanto; al principio entre sollozos y luego a borbotones, en un desahogo infinito, interminable, una cascada de sentimientos encontrados le brotaba como un manantial represado abriéndose paso por entre sus entrañas, imparable, incontenible. El tiempo se detuvo… o paso muy rápido no lo podía calcular. El llanto, las imágenes, los recuerdos, los sentimientos iban, venían, desaparecían, se superponían, se difuminaban, se clarificaban, toda su vida en un collage de escenas, de adioses, de abrazos, de iras, de perdones, de dolor, de risa; iban y venían a través del llanto.

La mano sobre su hombro lo volvió a la realidad. "Hijo, ya es tiempo vamos, ve a tu cuarto a despedirte". Se sobresalto, quedo parado, estaba solo, la taza de cafe cayó al suelo y se desperdigo en infinitos pedazos de porcelana. Ligero corrió a la cocina a traer algo con que recoger los pedazos. En la cocina volvió y escucho la voz: "ve a tu cuarto hijo". Un poco molesto e intranquilo se dirigió al cuarto.

El desgarrador grito, el lastimero y ahogado lamento lo precipito corriendo al cuarto: su esposa trataba en vano de revivir el frio y yerto cuerpo de el que tendido en la cama se le escurría de los brazos. "Te lo dije hijo, ya es hora vamos". A su izquierda una luz brillante en forma de túnel emergió de la pared y a su derecha su papa apreció, lo cogió de la mano y se lo llevó.






lunes, 22 de julio de 2013

La viuda

Me miro de arriba abajo: "bienvenido, este es su cuarto". Le devolví la mirada y sonreí. Era una mujer en la cuarentena de su vida, de negro pelo recogido en una austera trenza que le llegaba mas abajo de la espalda. Menuda, frágil, blanca, de rasgos finos, denotaba descendencia europea, de caminar suave y silencioso. Su traje, oscuro de pana estilo sastre le llegaba mas abajo de la rodilla, medias veladas cubrían sus piernas. Nada de maquillaje, sobria y modesta como la decoración de su casa, así era la viuda cuando la conocí, así era su vida hasta que el destino o la casualidad llevaron mis andariegos pasos hacia la puerta de su casa en Cuenca, en la sierra sur ecuatoriana.

Había puesto un aviso clasificado rentando una habitación disponible en su vivienda para universitarios. Allá llegué, con mis 18 años y una desvencijada maleta llena de sueños e ilusiones que al final se quedaron en la maleta y se diluyeron con el tiempo.

La casa, una vieja construcción estilo español, de grandes ventanales recubiertos con verjas de hierro. Paredes altas, gruesas, de cal blanca y superficie irregular, terminaban en el cielo raso atravesado con robustas vigas de oscura madera. El piso, baldosín de barro cocido le daba un aspecto de convento a la morada. Sobre la chimenea en la sala, estaba un retrato en blanco y negro de su difunto marido; hombre enjuto de gruesos bigotes y transparentes espejuelos redondos. Al lado de la fotografia dos veladoras permanecían encendidas todo el tiempo, "iluminandóle el camino al mas allá", me lo confesó un día la viuda. Cuadros de imágenes religiosas enmarcados en dorada madera bruñida adornaban las austeras y desoladas paredes de la casa.

Mi cuarto tenia una cama de cedro natural, sin mucho pulimento con un colchón relleno de paja, duro y frío como losa de mármol. Una mesa rectangular que hacia las veces de escritorio con una lamparilla encima estaba a un lado de la cama y al otro lado un armario grande de madera cafe oscuro, olorosamente alcanforado en su interior. Un corredor largo flanqueado con dos pesados candelabros de bronce unía mi cuarto con la sala. Al otro lado de la casa, atravesando la sala estaba el aposento de la viuda. La cocina al lado izquierdo de la sala y el comedor al lado derecho mas otros dos cuartos ubicados en la parte trasera de la casa componían la estructura de la vieja casona.

16 grados centígrados era la temperatura usual de esa franciscana ciudad paramosa, rodeada de bosques andinos, calles adoquinadas, grandes casas coloniales, gente enfundada en ruanas y sombrero caminando por las estrechas aceras. No había mucho que hacer; de la universidad a la casa caminando de prisa para llegar a encerrarse en el cuarto a leer o estudiar y fines de semana muertos, lentos, tediosos, fríos, grises.

Afortunadamente una tarde, ya oscureciendo, caminando por la periferia de la ciudad, en una oscura callejuela me encontré con un bar, una cantina de mala muerte que anunciaba en un descolorido cartel: "Música Antillana" y "Baile hasta la media noche". Entré, olía a rancio y humedad, estaba un poco en tinieblas por el denso humo de los cigarrillos de los fumadores. Al fondo iluminada por unos reflectores de colores estaba la redonda pista de baile, circundada por mesas donde los clientes habituales compartían. La música con su característico sonido arenoso de los discos de acetato de aquella época dejaba escapar las inconfundibles trompetas de la Sonora Matancera con la voz de Nelson Pinedo cantando Mompoxina.

La música me sedujo, el ambiente me asusto. Me sente en una esquina poco iluminada de la barra para tratar de pasar desapercibido. La dependiente, que estaba detrás de la barra apenas me vio se me acerco; robusta, rollisa, avejentada y sudorosa me pregunto: "Que toma el jovencito?". Lo mas barato era la cerveza, hubiera deseado un aguardiente que me calentara el cuerpo, pero me resigne con la fria, agria y espumosa bebida. Venia en envase de a litro, todavia mas economica. me la puso sobre el mostrador con un raído y desdentado vaso de plastico. El sonoro ritmo candente de la musica antillana calentó mi cuerpo y la cerveza relajo mi aprehensión.

Del fondo, de la bruma y la oscuridad salió una pareja a tomarse la solitaria pista de baile. El hombre con un traje entero color crema y sombrero estilo Humphrey Bogart en la película "Casablanca", un poco mayor, de rasgos indígenas, delgado y elegante, llevaba de la mano a una morena con un ceñido traje satinado color rojo encendido haciendo juego con unos altos tacones abrillantados. Una abertura desde la parte alta de la pierna dejaba ver su torneado y oscuro muslo que la hacia lucir, a pesar de su madurez, voluptuosa y sensual. Los tambores retumbaron al ritmo de "Yo soy el son cubano" y el hombre se paseo por la solitaria pista soltando de vez en cuando a su pareja para dar una vuelta sobre si mismo y luego cogerla por la cintura para arquearla un poco y hacerla girar también. Estaba maravillado, extasiado, una compenetración de movimientos había en la pareja, un roce, una sutileza, un ir y venir acompasado por la desolada pista. Sus pies se entrelazaban, paraban, seguían, avanzaban, danzaban. Bailoteaban sus cuerpos asiluetados por la oscuridad para luego emerger luminosos por los multicolores reflectores del lugar. Fue mi único lugar de escape y entretención en el corto tiempo que estuve en Cuenca.

Había también un sitio, tranquilo, apacible y un poco surrealista al que me gustaba ir a sentarme en el borde y dejar vagar mi imaginación a otros lugares, a otras épocas. Era "El Puente Roto", construido en 1840 sobre el río Tomebamba y que fue parcialmente destruido por una gran creciente en el año 1950. Construido de piedra y mármol unido todo con mortero de cal y arena. Una gran obra que en arcos sucesivos iba de orilla a orilla. Quedo derrumbado y así se conservaba, hasta la mitad del río. Y allí me sentaba, por las tardes hasta que el frío viento del páramo me sacaba del lugar.

"Es mi responsabilidad velar por la seguridad de las personas que están bajo mi techo" me dijo la viuda como a los dos o tres meses, una noche en la que estaba entrando tarde a la casa. Me sobresalte al verla en el pasillo alumbrada solo por una vela que llevaba en la mano, el pelo suelto, cubierta su blancura con una negra bata de dormir de seda. Lúgubre la imagen, su sombra proyectada por la vela circundaba el pasillo a sus espaldas semejando un oscuro túnel detrás de ella. Iba a balbucear una disculpa pero prosiguió: "Usted vino a estudiar, esta llegando tarde, las calles son muy peligrosas y esta es una casa decente, ademas sus padres expresamente me recomendaron que tuviera cuidado de usted, espero que no se repitan estos incidentes", termino diciendo con su enigmática solemnidad, para dar media vuelta y marcharse.

Esa noche, casi al amanecer, volví y la vi llegar con la negra bata de dormir de seda ceñida a su cuerpo, sus oscuros ojos me miraban a través del largo pelo suelto, había algo de lascividad en su mirada. Se acerco en silencio al borde de mi cama y la negra bata de dormir de seda se deslizó suavemente por su cuerpo cayendo a sus desnudos pies. Me desperté sobresaltado y sudoroso, entre asustado y excitado. "Que locuras, que fantasias llegan a mi juvenil cerebro en estado onirico", pense. El chorro de agua fria en la ducha borro por completo el extraño sueño de aquella madrugada.

En la tarde estaba yo sentado en la mesa del comedor esperando a la viuda que por expresa orden dada a la muchacha del servicio, me había informado que cenariamos juntos. Me sentía incomodo, pues a pesar de que en aquella casa me asistían de comida, siempre cenaba solo, nunca en compañía de la viuda. La mesa estaba servida con un exquisito y oloroso tamal cuencano, hecho de harina de maíz cocida y relleno de carne de cerdo, huevos cocidos y pasas, envuelto en hojas de achura.

Llegó, como siempre silenciosa e imperceptible. Se sentó y me senté. Como era habitual en ella bendijo los alimentos y le agradeció al Supremo por "este bocado de comida", según sus palabras. Yo espere pacientemente a que terminara con su homilía, haciendo de tripas corazón pues el hambre y el olor me apremiaban a echarle mano a un tamal y comenzar a devorarlo. Me contó de su trabajo, era gerente de comunicaciones de la empresa estatal de telefonía de la ciudad, su difunto esposo había muerto en un accidente automovilístico hacia dos años, en los cuales se había retirado de la vida social y vivía austeramente esperando a que el "Señor, en su infinita misericordia se apiade de mi y me lleve a reunirme con mi amado", decía pausada e inexpresivamente.

Yo la escuchaba, no tenia mucho que hablar de mi, ni que contarle. "Se quiere desahogar un poco" pensé. Después de cada bocado que se llevaba a la boca, se limpiaba suavemente con la servilleta que reposaba en sus piernas, me miraba y continuaba hablando. Sus modales eran muy refinados, de etiqueta y eso hacia lenta la cena y larga la conversación. Por fin terminamos, o mejor dicho, termino ella por que yo hace rato había acabado y eso que se me permitió repetir. Pasamos a la sala a petición de ella, "si no le incomoda" me dijo.

De muebles apoltronados en cuero café oscuro y taches de hierro descansando sobre una espesa alfombra color mostaza era la sala, con su chimenea en una pared lateral chisporroteando volutas de madera consumida y dandole una calidez al lugar que no se sentia en toda la casa. Al sentarme en uno de los sofas me hundí incomodamente y no supe como colocar mi cuerpo, si con las piernas cruzadas, separadas, de frente o de lado. Opte por sentarme al borde y quedar con los pies firmes en el tapete.

Sirvió dos copas de vino tinto, "es un buen digestivo" me dijo cuando la mire un poco extrañado. "Ademas es somnífero, duermo sin sobresaltos hasta el otro día" concluyó. Al pasarme la copa, la bebida reflejo su intenso color rojizo por entre los dedos de ella y los míos; ese sutil roce, esa calidez de su mano me estremeció levemente, levante la vista y en sus ojos vi la mirada del sueño en la noche anterior, me ruborice y vacile en coger la copa. La viuda lo noto y me dijo: "es solo una copa no le hará daño, tómela".

Me la bebí de un sorbo y ella ni siquiera la había probado. "Ustedes los jóvenes de hoy en día viven la vida corriendo sin detenerse a disfrutar de los placeres diarios que el Señor nos regala". me dijo quitándome de nuevo la copa de entre mis nerviosos dedos. "En la mesa, y disculpe que se lo diga", continuo hablando: "comió muy de prisa sin saborear ningún bocado, sin degustarlo, sin sentir en su paladar la textura de los alimentos ni la sazón", yo la miraba en silencio darme cátedra de comportamiento. "Lo mismo le paso con el vino, lo sorbió sin sentirlo, sin aspirar el bouquet, sin adivinar su composición, sin descubrir en su cuerpo el aroma del barril de cedro en que fue añejado". Decía esto con lentitud, mirándome a los ojos y a la vez que hablaba se acercaba la copa a su fina y delgada nariz y olfateaba el vino moviendo la copa en círculos, dejando escapar según ella el aroma del encierro en la botella. "El vino hay que dejarlo respirar, que coja cuerpo, que se aclimate antes de sorber la primera copa". Concluyó la viuda.

Me fui a dormir y quede pensando en sus palabras, tenia razón, pero era joven, impetuoso; desbocado muchas veces, alocado otras más. "Ese actuar parsimonioso es para los viejos", razoné y me entregue en brazos de Morfeo. Volví y la vi, esta vez venia con una botella de vino en la mano y dos copas en la otra, la bata de seda negra la llevaba suelta y en las sombras de la habitación podía adivinar, escondido en los pliegues de la bata la blancura de su cuerpo. "Venga, le voy a enseñar a dominar es potro salvaje que lleva dentro, vamos a cabalgarlo con suavidad, despacio, al galope, que sean solo uno jinete y yegua". Me desperté, de nuevo sudoroso y agitado. La noche se escondió por el oeste y los primeros rayos del sol me encontraron borrando de mi cabeza los retorcidos sueños que estaba teniendo.

Pasaron mas de dos semanas y aparentemente la vida continuaba su curso normal pero en las noches la viuda casi siempre venia y me desvelaba. En dos o tres ocasiones que me la encontré, me preguntaba socarronamente: "va de prisa?. Recuerde, despacio" y me miraba maliciosamente. No le contestaba, solo sonreía, me ponía nervioso y quería a toda costa evitarla. Pero el destino, juguetón y sorpresivo me tenia otros encuentros con la viuda.

Los sueños, febriles y apasionados me estaban trastornando; en la vida real la timidez y la vergüenza me dominaban, pero dormido era el amante apasionado el muchacho fogoso que enloquecía a la viuda, que la elevaba a alturas inimaginables de gozo. Me decidí. Esa noche apenas llegara le iba a decir que me estaba consumiendo en una hoguera, que en mi cama me quemaba de pasion en sus brazos.

Sentado en la sala esperándola note que el retrato de su difunto esposo y las veladores ya no estaban. "Se canso de alumbrarle el camino?, se le acabo el luto?". Sentí un fresco, una alegría, algo de nerviosismo y excitación. Estaba intranquilo, me sudaban las manos, tenia un discurso preparado, lo había ensayado frente al espejo varias veces, estaba listo, no podía esperar mas; este febril amor, esta pasión nocturna por la viuda me quemaba el cuerpo, me ardía el corazón.

Llegó, atravesó el umbral de la puerta en la sala y la vi. "Como luzco?", me pregunto directamente, despojándose del pesado abrigo de lana que le cubría su menudo pero bien formado cuerpo. Se me olvido el discurso, se me trabo la lengua, sude, me sonroje. Vestía una falda gris, ligeramente ceñida que le hacían notar sus redondas caderas y sus delgadas pero bien torneadas piernas en armonía con una holgada blusa de seda blanca, el pelo suelto, igual que en mis ardientes sueños, le caía coquetamente sobre sus hombros. "Muy bonita señora" fue lo único que me salió.

"Venga siéntese aquí, a mi lado, tenemos muchas cosas que contarnos" me dijo llamándome con su mano. Sirvió sendas copas de vino, me ofreció una y prosiguió: "desde la ultima noche que hablamos, he pensado muchas cosas, he estado sintiendo otras, me imagino que a usted le ha pasado lo mismo?". Tenia la copa en la mano mecíendola suavemente cuando me hizo la pregunta. me apure un sorbito de vino, no mucho para no quedar mal con ella. Se me aclaro un poco la garganta: "Si por supuesto", le respondí, e iba a proseguir cuando la viuda me interrumpió de nuevo. "A veces, El Señor nos pone personas en nuestro camino para cambiarnos el destino y usted es una de ellas", me dijo degustando un poco de vino.

No podía de la emoción, me quedaba difícil ocultar mi alegría, "sentíamos lo mismo, mis sueños eran un presagio de la realidad", pensé. Esta noche caerá rendida de pasión en mis brazos. "He abierto las puertas a la vida" la oí decir y comencé a temblar un poco. Puso la copa sobre la mesita, cogió mis dos manos y continuo: "he abierto mi corazón al amor gracias a usted, a su juventud, a su presencia en esta casa". No pude mas, me levante dispuesto a abrazarla y besarla, ella también se levanto y remató: "Ramón entra te presento al chico que cambio mi vida y me hizo aceptar tu propuesta de matrimonio". Me desmaye.