domingo, 26 de febrero de 2017

12 cuentos breves para leer mientras llueve

                                                          I
Como todas las mañanas por muchos años,
brinco a mi cama moviendo la cola,
olisqueándome con su hocico.
Intente abrazarlo como siempre lo hacia, pero….
me acorde que mi perro había muerto hacia una semana.

                                                          II
Y…, le pregunte mientras encendía un cigarrillo,
y…, me contesto mientras se vestía sentada al borde de la cama.
Dolió un poco y sangraste, le dije camino al baño a limpiarme la sangre.
No importa, lo quería así aseguró, mostrándome sus redondeadas caderas
donde relucía el colorido y bello tatuaje que le acababa de hacer.

                                                          III
Le tomé la mano y se la bese repetidas veces con pasión, con dolor,
no se inmutó, la miré fijamente; su indiferencia me molestaba,
le dije que no se preocupara que todo estaría bien con mi soledad,
solté su mano, cerré la puerta del ataúd y me marché.

                                                          IV
Lo dijo sin rodeos, y lo escuché sin creerlo: es terminal, sin remedio.
Y si pedía una segunda opinión. Y si era una pesadilla e intentaba despertar.
No tenia cura, era imposible salvarla, había que eliminarla. Miré al doctor y le dije:
Esta bien, sin posibilidades de seguir viva, sáqueme esa muela cuanto antes!.

                                                          V
Cuando volví a casa era muy de noche, intente no hacer ruido
pero el timbre del teléfono despertó a mi esposa.
Soltó el teléfono y se deshizo en llanto, corrí a consolarla,
trate de abrazarla pero mi cuerpo atravesó el suyo.

                                                          VI
El hombre los miro asustado; incrédulo balbuceo una suplica ilegible, inaudible.
Los dos lo miraron: ella con rencor acumulado, el con odio contenido.
Cual cucaracha patas arriba el hombre forcejeo hasta la inutilidad.
La corriente lo arrastró. Los dos se abrazaron:
mama, se feliz sin mi papa, dijo el. Hijo, no mas abusos, gracias!, contesto ella.
Se alejaron por diferentes caminos.

                                                          VII
Hasta aquí llegamos dijo el sudoroso; por qué, le espetó ella a punto de llorar.
Lo sabias, te lo advertí. Si pero creí que teníamos mas tiempo, porque hoy? Justo hoy.
Lo siento, pero desde el comienzo lo acordamos. Y ahora que, dijo ella.
Bájate y ayudarme a cambiar la llanta, sabíamos que estaba pinchada.

                                                          VIII
Cálculo la distancia, supuso que no llegaría, un sudor frío lo invadió.
Miró alrededor, nadie lo observaba. Era decisivo moverse; ahora o nunca, se dijo.
Era peligroso, lo presentía pero avanzo despacio evitando ser detectado.
Llegó justo a tiempo, se sentó de prisa. Esta diarrea me va a matar, pensó.


                                                          IX
Se despertó sudorosa, asustada y desconcertada. Encendió la luz.
Que sueño tan real, tan vivido, aun le olía a sangre, fue por un vaso de agua.
Su esposo en el sueño la apuñalaba. Despertó justo cuando la daga penetraba su cuerpo.
Volvió al cuarto, se acostó, desarropo a su marido y con una risita irónica le dijo:
Cariño tu no me puedes apuñalar, me adelanté. Tapó el frío cadáver y se durmió junto a el de nuevo.


                                                          X
La persiguió garrote en mano. Ella en su alocada carrera supo esquivar los golpes.
Se quedo quieto esperando que un movimiento en falso la delatara.
La vio de nuevo al salir de su escondite, le arrojó el garrote, la muy ladina lo evitó.
La persiguió, corrían en zigzag, la alcanzó y de un seco golpe mató la cucaracha.


                                                          XI
Con la inocencia de la que ve al mundo por primera vez se dejó llevar al bosque,
el intenso verde de la foresta y el cantar de las aves la deleitaban al avanzar,
se acostó en la mullida alfombra vegetal mientras el lascivo hombre le susurraba al oído.
La inocente sonrisa congelada fue lo primero que vio el forense en la hojarasca el siguiente día.


                                                          XII
La relación hizo metástasis, paso del sexo al corazón y le intervino la voluntad.
Se entregó por completo, por entero. La insaciable, le decía; siempre dispuesta.
Sin preguntas la amo. Sin respuestas fue correspondido. Solo un defecto: la indiferencia.
Defecto que lo llevo a devolver la bella muñeca japonesa al fabricante.

domingo, 29 de enero de 2017

La regresión

Despacito y con música suave de fondo fuimos cayendo en un estado de profunda relajación que nos fue llevando de a poco hacia atrás, muy hacia atrás a un estado de inconsciencia, de interioridad y quietud. El regresionista hablaba suave; con adormecedora voz que invitaba a descender por unos escalones que se hundían en la oscuridad, a medida que bajábamos nos profundizábamos mas en nuestro subconsciente, alejándonos de la realidad para vivificar mundos anteriores a esta encarnación.

El guerrero, con su arnés de cuero y tachuelas metálicas apretado a su desnudo pecho afilaba en el yerro la pesada espada de hierro. Los fuertes y velludos brazos sudaban copiosamente mientras en un movimiento repetitivo y constante rozaba la metálica hoja por la piedra de amolar, la sumergía en agua y volvia al procedimiento. Sudaba y se agitaba pero proseguía, sabia que del buen mantenimiento de la espada, dependía su vida en el campo de batalla; se miró los brazos para luego descender la vista hacia las toscas sandalias que llevaba puestas: era el, se reconocía: había sido combativo toda la vida, su condición atlética siempre le había exigido confrontación, lucha.  Estaba bajo una tolda con techo de lona raída, sostenida en las cuatro esquinas por palmeras. Trató de mirar al rededor para identificar el lugar. Era desértico, caluroso, tal vez estaba en un oasis, pocas palmeras agitadas por una brisa caliente, un pozo de oscuras aguas donde bebían sedientos unos cuantos caballos. -Que ves, donde estas?- escucho una lejana voz que le preguntaba. Tardo unos segundos en ubicar la procedencia de la voz, era el regresionista que lo cuestionaba.

La larga falda de grandes flores estampadas se iba arrastrando por el barrizal al caminar. Iba descalza, disfrutaba ese contacto del agua en los charcos al mojar sus desnudos pies. De vez en cuando saltaba al prado y seguía caminando de prisa por los pastizales. El largo y rizado pelo le caía desordenadamente por los hombros. Se había adelantado a la caravana de nómadas gitanos que venia atrás, quería llegar a la cima de la colina desde donde divisaría el infinito horizonte con el azuloso mar de fondo. En la pradera al fondo a su derecha avistó una manada de corceles corriendo al mando de un bello potro joven de blanco pelaje con negra cola y crin que se agitaban al ritmo del acompasado trote.  Se sentía contenta, era una vida de estrecheces económicas pero disfrutaba ser libre, viajar siempre, conocer nuevos lugares y personas. -Y tu donde estas, que ves?, oyó la voz que le difuminaba un poco los contornos del paisaje donde se encontraba.

Corría por la playa. Unas veces cortaba el rodar de las olas que iban a morir en la arena al saltar sobre ellas chapoteando agua en todas direcciones. Otras hundía sus menudos pies en la húmeda arena, dejando una sigsageante huella que se iba perdiendo a sus espaldas al ser absorbidas por las olas atrevidas que borraban sus pasos. Sentía la brisa cálida en la piel que le erizaba los dorados vellos de sus menudas piernas y brazos. era una niña, no sabría precisar la edad, pero eran menos de 10 añitos. Corría alegre en dirección a la figura que silueteda se recortaba al fondo sobre unas rocas con el sol poniente a sus espaldas. No distinguía la figura que le agitaba las manos llamándola, tal vez era su padre, no lo sabia, tampoco estaba segura si era una vivencia de una vida pasada o un recuerdo de su niñez en la isla donde se encontraba. -Y tu que vez-, se distrajo por la voz del regresionista que suavemente le tocaba el hombro.

Cerró los ojos y rápidamente se durmió. Era sábado, se acordó del pago del carro, como se le pudo olvidar, que descuido; pensó. Que horas serían?, supuso que las dos de la tarde, aun tenia tiempo, apenas se despertará se disculparía con los invitados, iría al baño y de su teléfono pagaría la cuota. Trató de cerrar mas los ojos para concentrarse y dejarse llevar por la voz del regresionista. Esperó pacientemente a que se le acercará para oír la pregunta de “qué veía”. Escuchó por un rato la música de fondo para adormecerse de nuevo. El mundo onírico lo llevó a su niñez, esta vez corría tras el balón que había rodado hacia unos matorrales al lado del campo de juego. Busco el balón en la espesa vegetación, lo encontró, pero al incorporarse con el balón en las manos tropezó de frente con el hombre que siempre le daba golosinas a la salida del colegio y lo invitaba a pasear. Se asustó, trato de correr pero una mano en el hombro lo sacudió: -relájate y dime que ves.

Corría estrepitosamente por entre la maraña de la espesa vegetación, no quería mirar hacia atrás, solo huir, le sangraban los brazos y las piernas que rozaban la espesa selva que indiferente le cerraba el paso. Atrás, en el convento habían quedado los vejámenes y la adoctrinación a la que había sido sometida desde que un grupo de salvajes blancos la raptó de su tribu. Mientras corría se despojaba de sus ropas, esa tela burda que le obligaban a usar para tapar su cuerpo. -Que era pecado andar desnuda- le repetían a cada momento. Ella que se había criado libre, sin ropa corriendo por las llanuras, bañándose en los ríos, jugando con otros jóvenes. Todos libres de ropa, de prejuicios y pecados. Ahora era otra vez ella, la altiva guerrera de su tribu, la que sabia defenderse de abusos y agresiones. Corría y mientras corría se juraba a si misma no volver a dejarse someter de nadie, su libertad valía mucho para… -y tu que vez-. De un jalón volvió al presente.

Traté de dejarme sugestionar por la voz que me adormecía, pero al cerrar los ojos comencé a visualizar la surrealística visión de mis amigos acostados en el suelo de la sala en colchonetas, veía, en mi mente, con claridad al regresionista caminar en precario equilibrio por el reducido espacio que quedaba entre nosotros. Si un desconocido entrará en ese momento a nuestra casa, tal vez el cartero, que pensaría?; alguna secta, un ritual satánico con olor a sahumerio y música “New Age”.  Inducción colectiva, sugestión grupal, que haría el cartero, llamaría a la policía y nos delataría como una célula terrorista en plena adoctrinación? Con esos absurdos pensamientos revoloteando en mi cabeza, solté una risita que llamó la atención del regresionista, el cual se dirigió inmediatamente hacia mi: -que ves?, escuche su melodiosa voz cerca de mis oídos. -Nada, le mentí.

Era la segunda vez que intentaba una sesión de regresión a vidas pasadas. La primera vez fue en Nueva York por allá en los noventas. Éramos el regresionista y yo en su consultorio, la sesión transcurrió como de costumbre: la usual  visualización de las escaleras bajando hacia una profundidad oscura e insondable tan característica en los libros del psiquiatra miamense Brian Weis. Pero caí en la trampa de dejar volar la imaginación hacía otros lugares, esta vez mi natal ciudad Cali, me enrede en sus callejuelas y me perdí en recuerdos de infancia y juventud. No logre pasar mas allá de los 15 años.

Ahora, los resultados me asombraban, mi esposa y 3 amigos lo habían logrado, era la primera vez que oía un testimonio de viva voz. El regresionista estaba contento. Después de la sesión nos dedicamos a compartir las experiencias, disfrutar de un buen vino y además un suculento pernil de cerdo horneado en salsa de piña.  Quedamos en planificar una segunda reunión, que para mi sería la tercera y como dicen que la tercera es la vencida, espero que esta vez si lo logré.

viernes, 2 de diciembre de 2016

Una historia de dolor y esperanza

"Y la oración de fe salvará al enfermo, y el Señor lo levantará; y si hubiere cometido pecados, le serán perdonados." Santiago 5:15. El creyente leyó por enésima vez el versículo, miró al cielo en una suplica desesperada, en un ruego angustioso, con lagrimas en los ojos caminó hacia la salida del pequeño oratorio del hospital; sacó del bolsillo el diagnostico que el doctor le había entregado minutos antes, enfocando con los ojos nublados repasó las ultimas palabras del informe escritas en mayusculas: CANCER TERMINAL. Arrojó el papel a la caneca de basura y se dirigió al pasillo de cuidados intensivos del hospital.

En el vuelo de New York a Cali se movía intranquila en el asiento, no podía dormir, cerraba los ojos y veía imágenes de su hija en diferentes etapas de su vida. Habían compartido tristezas y dolores, pero también muchos momentos de felicidad, como cuando después de mucho insistir logró que le dieran la visa para venir a los Estados Unidos. Momentos inolvidables, memorias que la hacían reír, le gustaba recordarla cubierta de nieve en el Central Park de Manhattan, como se divirtieron. Esa vez sus tres hijos se reunieron, si mal no recordaba había sido la primera vez que estaban todos juntos. Al oír por los altavoces del avión que estaban próximos a aterrizar en el aeropuerto del Valle del Cauca se sobresalto y pensó: espero que no haya sido la primera y ultima vez que este reunida con mis hijos.

No quiso abrir los ojos, trató de apagar sus sentidos nuevamente; el ruido la afectaba, el olor la fastidiaba, el tacto le dolía; quería salir del cuerpo otra vez para ir a ese sitio de paz, a ese etéreo remanso de tranquilidad que le brindaba la anestesia y los sedantes que le suministraban. Alcanzó a percibir la voz del hombre que la amaba, el que estaba siempre junto a la cama del hospital las 24 horas del día; al abrir los ojos, al cerrarlos, en todo momento, aferrado a ella prometiéndole envejecer juntos allá en la finquita rodeados de animales, con olor a vegetación, a rocío mañanero y atardecer de fogones.

El creyente tomó la insensible mano entre las suyas, la besó con ternura, sentía en sus labios la frialdad de esa piel, el sabor amargo y antiséptico de los sedantes y multitud de medicamentos que le suministraban para mantenerla con vida; no le importo, quería impregnarle un poco de su vitalidad, un poco de su inconmensurable fe para que ella reaccionara, para que se aferrara a el como una tabla de salvación y juntos llegaran a la orilla de ese tumultuoso mar embravecido que aceleradamente se la iba llevando a las profundidades. "Si oyeres atentamente la voz de jehová tu Dios, e hicieres lo recto delante de sus ojos, y dieres oído a sus mandamientos, y guardares todos sus estatutos, ninguna enfermedad de las que envié a los egipcios te enviare a ti; porque yo soy jehová tu sanador" Exodo 15:26. Repitió en su mente el creyente mientras cubría de fervorosos besos la indiferente mano.

El taxi avanzaba por las congestionadas calles de la ruidosa ciudad rumbo al hospital. Escuchaba al creyente hacer planes para cuando salieran del hospital. -Era una prueba del Señor, nada mas, solo era cuestión de fe y esperar a que la voluntad de El se hiciera-, repetía el hombre y luego pasaba a describirle los síntomas de mejoría que el veía en ella. Volvió a la realidad cuando una moto casi embiste el taxi a no ser por la pericia del conductor que frenó en seco. La andanada de amenazantes insultos verbales por parte de ambos conductores termino de ubicarla en la realidad.

Miró desde arriba al hombre que se aferraba a su mano. Ahora se daba cuenta del amor puro que el le profesaba, de la entrega incondicional. Noche y día a su lado, rezando, suplicando con una fe tan descomunal que lo desconectaba de la realidad. De un jalón entró en su cuerpo. Cómo le dolía verse atrapada en las limitaciones de ese encierro corporal, volvió a sentir la garganta lacerada, seca, atragantada por la gruesa sonda que la mantenía con vida. Su cuerpo hinchado por el mal funcionamiento de los riñones y conectada a la maquina de diálisis la inmovilizaba. La cantidad de agujas que punzaban sus brazos le martirizaban. Que fuerza tan poderosa era el amor de ese hombre que con solo tocarla la regresaba al cuerpo, si el supiera al dolor que le provocaba regresar la soltaría de inmediato.

“Mi Dios misericordioso, Dios de amor te pido con todo mi corazón que sanes, si esa es tu voluntad, a la mujer que amo, enferma de cáncer”' rezó el creyente al pie de la cama. “Toca Señor con tu poder sanador la parte de su cuerpo donde se aloja este terrible mal, y ten compasión de todas las personas que sufrimos con su dolor”, volvió y repitió el creyente con fervor, apretando los dientes y cerrando los ojos con fuerza aguantando las ganas de gritar de impotencia. “Te lo suplico mi Dios, brindále la oportunidad de seguir con vida si tú así dispones que sea”. Notó, en su infinito dolor e impotencia que sentía un poco de rabia.  “Te suplico e imploro tu misericordia mi Dios de amor”. Agachó la cabeza y trató de escuchar dentro de si una señal, un alivio, un algo, cualquier percepción que le indicara que había sido escuchado… nada, solo el el sonido de tic-tac de las gotas de suero que caían por la sonda. “Gracias Dios, -continuo rezando-,  por escuchar las oraciones de todas las personas que pedimos y seguiremos pidiendo por la salud de mi amada que padece este terrible mal. Por tu infinita misericordia ten compasión”, terminó diciendo.

No quiso entrar al cuarto, se quedó afuera en el pasillo respirando ahogadamente. Las ventanas de los otros cuartos mostraban pacientes conectados a maquinas en una maraña de tubos, mangueras y cables semejando una imagen surrealista de cuerpos inertes vegetando en un ambiente antiséptico  y etéreo.  Escuchó una vocecita de niña que la llamaba: " mama, no te vayas, no me dejes sola, tengo miedo". Su mente dio un salto al pasado, reconoció a la pequeña niña que arrastrando una vieja muñeca de trapo y con lagrimas en los ojos la llamaba, pero la imagen se fue desvaneciendo al sentir la mano del creyente que la invitaba a entrar al cuarto. El impacto visual fue brutal, como un seco golpe en el estomago, como un baldado de agua fría, quedo petrificada. El cuerpo consumido, perdido en la red de mangueras y tubos, de rostro enjuto y avejentado, grandes ojeras y craneo depilado no podía ser su hija.

Sendas lagrimas rodaron por sus acuencados ojos. Trató en un desesperado impulso de protección y consuelo abrazar a su mama, pero el cuerpo no le respondió. Impotente lloró y apretó los puños. Sintió como su mama la abrazaba y le besaba las mejillas y sus lagrimas se mezclaban con las de ella y sus cuerpos se fusionaban en uno solo y sus almas se diluían en una sola energía vital. En un fugaz destello vio escenas de  su vida; ocho o nueve meses atrás cuando recibía la fatal noticia de su enfermedad; escenas del traumático divorcio, la sensación de abandono y soledad que siempre la acompañaron, las constantes peleas con su exmarido, la incapacidad de comunicarse con sus hijas, la rabia y frustración que llevaba por dentro y le impedían amar y disfrutar plenamente  de la vida. Miró a su mama intensamente con ojos suplicantes. Se cruzaron las miradas por un instante, una milésima de segundo en que la mama sintió en esa mirada el dolor de su hija, el sufrimiento insoportable que padecía y el deterioro irreversible que su cuerpo acarreaba. Solo eso le bastó para que al soltarla tomára la mas dolorosa de las desiciones de una madre para con un hija.

El creyente la vió abrir los ojos, percibió un leve movimiento en el abrazo de madre e hija; lléno de júbilo y esperanza reconoció una mejoría, un síntoma de recuperación, sus ojos se iluminaron con una luz de esperanza . "Mas yo haré venir sanidad para ti, y sanaré tus heridas, dice Jehová; porque desechada te llamaron, diciendo: Esta es Sion, de la que nadie se acuerda." Jeremías 30:17, repitió con los brazos extendidos hacia arriba. Se acercó al lecho y le apretó las manos, ella entreabrió un poco los ojos por un momento, lo miró vaciamente, sus resecos labios dibujaron una leve sonrisa para luego volver a sumirse en la inconsciencia.

-Doctor quiero que me diga que esperanza tiene mi hija, deme su diagnostico sin rodeos-. El hígado, los pulmones, el páncreas, todos los órganos están colapsando, lo escuchó decir. Trataban artificialmente de mantenerla con vida y mientras hacían eso el cáncer seguía avanzando, no podían hacer mas, por eso la mantenían sedada, para mitigar un poco el dolor. Su cabeza iba a estallar, se sentó por que pensó que iba a desfallecer. Las palabras del doctor resonaban en su interior, trató de cerrar los ojos con fuerza y abrirlos repetidas veces para ver si era un sueño, para creer que al abrirlos despertaría en su apartamento en New York, pero al abrirlos de nuevo solo veía frente suyo el cuadro bucólico que adornaba la pared de la salita de espera del hospital. Amaba a su hija, la amaba mas que a nadie en el mundo, siempre la cuido, así no estuviera con ella, siempre trató de que fuera feliz a toda costa, pero no tenia que ser egoísta, no podía por el amor que le profesaba retenerla a su lado en el estado en que se encontraba, al contrario tenia que dejarla ir, aliviarle el dolor, salvarla de ese suplicio, de ese insoportable tormento al que estaba sometida. Por el inmenso amor que le tenia tomó la decisión.

En ese espacio sin limites, sin contornos donde se encontraba reinaba la paz, la luz cálida que brotaba de la nada la relajaba, quería quedarse allí por siempre. Una liviandad la acompañaba, sentía que había perdido un lastre que la anclaba al mundo terrenal, vio como su mama la tomaba en sus manos y cual si fuera una paloma la echaba a volar, un aire de libertad la poseía. Muchas cosas inconclusas habían quedado allá abajo, veía las escenas y comprendía el porque de su actitud. El temor a la soledad, al abandono la obligó a permanecer al lado de un hombre que la maltrató física y mentalmente por años, creándole rabia y frustraciones que le impidieron ser mas afectiva con sus hijas y, ahora lo veía claro, ese mismo temor la imposibilito para corresponderle el sentimiento al hombre que llego a su vida después del divorcio, al hombre que estaba allá abajo rezando al lado de su cama.

“Hijo mío, está atento a mis palabras; inclina tu oído a mis razones. No se aparten de mi tus ojos; guárdalas en medio de tu corazón; porque son vida a los que las hallan y medicina a todo sus cuerpo”. Proverbios 4:30-23. Era una batalla interior que lo estaba llevando al borde de la locura; la fe, la descomunal fe que lo mantenía aferrado a un milagro por momentos lo hundía en abismos insondables; mas bien pensaba, le ponía los pies sobre la tierra y lo enfrentaba a la cruel realidad de que su amada compañera, la mujer que desde niño amó en el colegio, la que se casó con otro, la que dejó de ver por muchos años, la que se encontró de nuevo, la que con paciencia, detalles y paso a paso conquisto… y que logró que ella confiara en el, creyera en su amor y lo amara se estaba inexorablemente acercando al final. Ahora que el Señor le había dado ese regalo de amor, a el que había sido un hombre solo, desafortunado en el amor, pero creyente, lleno de fe y pensando que en un mañana seria bendecido por su abnegación y fervor religioso, no podía el Señor en su infinita bondad arrebatarle la vida a su amada. "Ved ahora que yo, yo soy, Y no hay dioses conmigo; Yo hago morir, y yo hago vivir; Yo hiero, y yo sano; Y no hay quien pueda librarse de mi mano." Deuteronomio 32:39

Había sido una guerrera solitaria, siempre contra el mundo, desde niña. Desde que muy joven, casi una niña se unió a un hombre 30 años mayor que ella y en medio de su embarazo huyo, saltó muros, recorrió senderos, atravesó ríos y se escapó. Desde esa época había a prendido a valerse por si sola, a exigir y pelear por sus derechos, a ir contra corriente y obtener lo que quisiera. Por eso amaba tanto a su hija, por que la tuvo de niña y con ella crecieron juntas y ambas aprendieron que en la vida nada es fácil, nada es regalado, que todo tiene un precio, precio que muchas veces es doloroso pagar. Ahora, parada frente a su hija, estaba pagando el precio de tomar la decisión de dejarla ir. Sabia que otra vez, como muchas veces en el pasada el mundo se le vendría encima, que seria criticada, cuestionada y desterrada al ostracismo. Pero ya no había vuelta atrás, su hija no merecía tanto dolor, tanto sufrimiento. Salió del cuarto para hablar con el doctor.

Esta vez sintió que se desprendía totalmente de su cuerpo, antes quedaba unida por un invisible cordón umbilical que cuando el dolor se le hacia insoportable, la halaba y su esencia vital volvía al cuerpo. Ahora no, vagaba con entera libertad, sin dolor, sin preocupaciones. Sabia que tenia que avanzar, evolucionar, hacer un balance de su vida, corregir errores y tal vez encarnar nuevamente en otro cuerpo, otros padres y otras experiencias. Miró hacia abajo por ultima vez; su madre lloraba con una mezcla de dolor, ausencia y alivio. Su compañero, aferrado a la cama mas que llorar buscaba respuestas pero no sabia donde hallarlas. Sus hijas en medio del ahogado llanto estaban fortaleciendo su espíritu para proseguir el largo camino que les quedaba en la vida por recorrer. Sintió que ahora la luz que iluminaba el lugar donde se hallaba, la llamaba, se dejo guiar por la luz y se fue desvaneciendo en el infinito.

A small tribute to a brave woman: my mother-in-law.




miércoles, 13 de julio de 2016

... Y con el mazo dando (Parte 2)

Salió calladamente del motel, al pasar por el espejo del cuartito se miró sin detenerse y se alisó la despeinada cabellera con la mano. Antes de cerrar la puerta tras de si dirigió una ultima mirada al cuerpo que de espaldas dormitaba tranquilamente en la cama recordando que minutos antes esa fuerza volcánica la tuvo sobre si quemándole la piel y llevándola al paroxismo de la locura.

Ya sentada en el carro respiró profundo, volvió y se miró en el espejo  retrovisor del carro. Tomó un paño húmedo de su cartera y procedió a limpiarse el corrido maquillaje de los ojos cuando el sonido del celular la sobresalto. Eran las 10:30 de la noche, -Aló- dijo con cansada voz. Una vocecita la espetó al otro lado de la linea: -Mama, a que horas vas a venir, no me puedo quedar dormida sin ti en la cama.- Soltó el teléfono y se desgrano en llanto. Fue un sollozo ahogado al comienzo, luego la invadió un sentimiento de culpa, de vergüenza que le abrió las compuertas del alma y un llanto infinito anegó sus ojos, mojó su cara y la sumergió en el pasado a través del tiempo, al inicio.

-¿Que hace una mujer joven y bella rezando en la iglesia tan seguido, Que pena tan grande la acongoja, que pecado la martiriza?- Era la pregunta del hombre a la mujer que acababa de tomar en sus brazos para evitar que resbalara en la iglesia. Se cruzaron las miradas, ella titubeo y no supo que responderle. Se aferró mas a el para no caerse. Sonrío y lo miró intensamente, el hombre sintió la intensidad de la  mirada, se la sostuvo y su magnetismo la hizo ruborizarse y bajar la cabeza. -No creo en las casualidades- le dijo el, -estaba programado que así nos conociéramos y así será, es el destino-, resaltó el hombre. Ella se soltó de sus brazos un poco asustada, le dio las gracias por haberle impedido caerse y trató de alejarse. El la tomó suavemente del brazo y la invitó a acompañarla hasta el carro, ella se dejó llevar mientras sentía un leve cosquilleo que se le acrecentaba en el bajo vientre.

Esa noche, en la absoluta oscuridad de la habitación rezó de nuevo y le pidió al Supremo Creador que alejara de si las tentaciones de la carne y el pecado de la concuspiscencia, por que eso era lo que había sentido en ese momento ante un extraño, ansias, un antojo desaforado de ser poseída. Se movió inquieta en la cama, una oleada de fogaje le recorrió la piel electrizandola, entreabrió las piernas, deslizó su mano, rozó el espeso y negro matorral púbico, apartó un poco los labios, sintió la humedad y calidez de su interioridad sedienta de placer, aceleró frenéticamente los movimientos con la mano y estalló. Durmió tranquila y sin sobresaltos.

Dejó de asistir a la iglesia por dos semanas evitando el encuentro con el inquietante hombre, pero no dejaba de pensar en el. Su rostro se le antojaba difuso, no lograba dibujar en su memoria la fisionomía del sujeto, pero la sensación de entrega, de abandono a sus apetitos la asustaba. Lo había visto por unos minutos pero ese magnetismo del breve encuentro la descontroló, no era ella, no era la madre, ni la esposa abnegada; era una hembra hambrienta, una loba en celo con ganas de ser poseída, con ansias de desenfreno.

Mas como no hay deuda que no se pague ni plazo que no se cumpla, llegó el día en que el destino le tenia preparado el encuentro y como un cordero de Dios que va a entregarse en el altar para ser sacrificada entró a la iglesia y de la iglesia salió, sin mirar a la virgen de mármol, para inmolarse viva en el motel.

Los niños jugaban alegremente en el parque mientras ella sentada en una banca bajo un frondoso cedro ocultándose del ardiente sol de finales de primavera los observaba. Cogía el celular tratando muchas veces de marcar un numero y otras tantas de cancelar la llamada. Los niños reían, gritaban, la llamaban y ella les sonreía, levantaba las manos animandólos a seguir jugando. De lejos, al desprevenido observador, la imagen semejaba el retrato ideal de la consagrada mama con sus hijos en el parque disfrutando de un día soleado, no se vislumbraban nubes en el cielo, pero, al acercarnos un poco mas veríamos el nerviosismo y la angustia en su rostro. Había pasado mas de un mes desde ese encuentro, encuentro que cambio su vida. Aun no se imaginaba como salió  de la iglesia, como llegó  al motel. Volvía y repasaba mentalmente los hechos como en una película, cuadro por cuadro,  escena por escena y la invadía un contradictorio sentimiento de vergüenza y gozo a la vez, de pecado y absolución. Por eso marcaba y desmarcaba el numero telefónico al que no se atrevía a llamar.

El carro de ella quedo parqueado en la iglesia. En camino al motel no hablaron mucho, se sentía invadida por un temor lujurioso, por una lasciva curiosidad que la animaba a seguir, a llegar hasta el final sin medir las consecuencias. Al bajarse del carro camino hacia el motel con paso lento como deseando que la madre y esposa le impidieran seguir caminando, que le evitaran franquear esa puerta que la conduciría al cadalso, pero la mujer, la hembra ansiosa, anhelante y expectante seguía avanzando decidida al encuentro. La puerta del cuarto se cerró  tras de ellos.

La pequeña hija vino corriendo hacia ella llorando por que se había golpeado jugando en el parque, esto la devolvió al momento y la desconectó del motel. El culpable era el hermanito mayor al empujarla jugando con otros niños. Acarició la niña y reprendió al mayor. El incidente no paso a mas y los chicos siguieron con su algarabía y jugarreta. Buscó de nuevo en el celular el número que pretendía llamar, lo activó en modo de “delete” y retrocedió nuevamente al motel.

Un apetito de años, un hambre infinita le fue invadiendo los sentidos. El desenfreno hacia convulsionar espasmódicamente su cuerpo. A jirones se arrancaron la ropa, a empujones cayeron sobre la cama y con la avidez del hambriento se devoraron y con el ansia del sediento se bebieron sus efluvios, sus manantiales y se convirtieron en un solo amasijo de piernas entrelazadas, brazos abrazados, bocas fusionadas, lenguas inquietas y vibrátiles saboreando rincones, superficies planas, altas colinas y profundas cañadas repletas de sabores y placeres. Fue un acto salvaje, primitivo que los llevo a la saciedad, al exterminio de sus fuerzas, al agotamiento del deseo. Se desprendieron del nudo, se arrancaron de sus pieles y cada uno quedo acostado boca arriba mirando el cielorraso del cuarto pensando en que esa noche cada cual por su lado le daría el beso de las buenas noches a otra boca y otros brazos los abrazarían para dormirse.

Pulsó “delete” y borró el número telefónico. Se levantó, llamó a los niños, los abrazó y les dijo: a partir de mañana iremos a otra iglesia, he oído que las misas son mejores.

martes, 21 de junio de 2016

menos FACE, mas BOOK

"La ciberadicción se establece cuando el niño deja de verse con sus amigos y se instala frente a la pantalla con sus videojuegos, el adolescente presta más atención a su Iphone que a su novia o el joven no rinde en los estudios porque revisa obsesivamente su correo electrónico. En todos estos casos hay una clara interferencia negativa en la vida cotidiana." (Estallo, 2001).

Mirando a mi alrededor, ya sea en el parque, la playa, restaurante o sala de cualquier casa, observo que el 99% de las personas están absortas, hipnotizadas con el rectangular y mágico aparato inteligente que les permite acceder al internet. De ese 99%, el 98% están navegando por las redes sociales, idiotizados compartiendo videos estúpidos que en cuestión de minutos se vuelven virales o de contenido religioso que nos invitan a darle “me gusta” al mensaje, o condenarnos en el fuego eterno en caso de ignorarlo.

Semejante a una nueva droga, en este caso cibernética o virtual se va apoderando de la voluntad de las personas, de su tiempo de ocio, de su tiempo en el trabajo o en las cenas y reuniones familiares. Ahora no se dialoga, se “textea”; no se enamora, se “sextea”; no se pregunta, se “googlea”, no se consulta un manual o un diccionario, se “youtubea”. No niego que como herramienta de consulta sirve, yo mismo la uso en mi trabajo como diseñador gráfico, pero cuando se usa para matar el tiempo mientras esperamos, descansamos o como hacen los jovenes de hoy en dia; ver televisión y con teléfono en mano van revisando cuanta red social existe, es un claro síntoma de ansiedad adictiva.

Y es incontrolable y deplorable; según un estudio reciente, los investigadores del College of Education, Health and Human Services de la Universidad Estatal de Kent en Ohio informaron que el uso frecuente de teléfono celular parece estar asociado con el bajo rendimiento académico, ansiedad e infelicidad en los estudiantes. Según lo informado por el Medical News Today.

Fundamentalmente, eso de estar pasando con el pulgar indefinidamente secuencias de las redes sociales viendo imágenes y leyendo solo los títulos o subtítulos de los miles de artículos y noticias que nos llegan, sin nunca abrir la pagina de la información ni leerla completamente, nos limita el deseo de leer, nos atrofia el gusto por la lectura. Ocurre con los jóvenes, los "millennium", ellos no leen a profundidad un tema, un articulo o un libro, solo escanean pagina por pagina, como saltando los párrafos y leyendo al azar la letra en negrilla o solamente el inicio de los mismos sin terminar la lectura y mucho menos comprender lo que leyeron y ni tan siquiera guardarlo en la memoria.

Es deplorable y lamentable como nos dirigimos vertiginosamente a un mundo sin lectores, sin dialogo, sin comunicación verbal. Asusta ver en una sala cuatro o cinco joven reunidos para pasar un rato agradable en compañía… pero todos están absortos en sus teléfonos con la cara agachada, tecleando, abriendo ventanas o cerrando otras y compartiendo imágenes o vídeos que los hacen soltar alguna carcajada para levantar la vista mirarse por un segundo y volver al hipnótico aparato. Luego se despiden solo para seguir cada uno en su casa conectados y continuar llenando sus cerebros de nada y vaciándolos de todo.

Estamos asistiendo al inicio de la ruina del pensamiento, viendo a una juventud automatizada, idiotizada, ansiosa de imágenes superfluas, de videos estúpidos, de mensajes banales; una juventud sin futuro, sin nada en que pensar, sin problemas que resolver, sin preguntas que hacer, sin sueños que realizar.

Hace unos cuantos años, en el nacimiento de mi generación ocurrió lo mismo con la invención del televisor. Se prendieron las alarmas, hablaron y vaticinaron los sociólogos, psicólogos, los que podían y tenían derecho del inminente peligro, de la adicción y riesgos de enfermedad, perdida de visión y muchos otros efectos secundarios de estar sentados frente al televisor por muchas horas al día. Pero el televisor se quedaba en casa cuando salías a trabajar, a caminar, a la playa o algún otro tipo de actividad fuera de casa. Ahora es totalmente diferente y absorbente, el teléfono o tableta va contigo a todas partes, no lo dejas ni haciendo ejercicio, pues en la caminadora o bicicleta estática lo prendes y sigues absorto, hipnotizado e idiotizado mirando la rectangular pantalla.

Ya no se disfruta de un viaje por carretera. Atrás quedaron los días en que era un placer ir descubriendo en cada vuelta del camino un paisaje nuevo, un lago hermoso, casas campestres acogedoras, arboles florecidos en primavera o acuarelas ocres en otoño. Todos exceptuando el conductor van cabizbajos moviendo frenéticamente los pulgares en silencio, mudos de espíritu, entes vivientes atrapados en un mundo digital e irreal que no les permite disfrutar del maravilloso y extraordinario proceso biológico de estar vivos.

Y mucho menos del fascinante viaje que de la mano en cada pagina nos llevan los libros por fantásticos mundos de historias increíbles que nos enseñan, que nos muestran, que nos educan y permiten conocer culturas, países y personajes sin salir de casa.

Una pequeña voz de alarma se me ha encendido y me ha impulsado a escribir esto. Lo estoy viviendo en mi casa con mis hijos y mi mujer cuando llego de trabajar y cada cual esta en su cuarto absorto, ensimismado en su teléfono, en los vericuetos de la red. Qué esto es el modernismo. qué es la tecnología, qué no haga caso, qué como toda moda llegará el día en que pase, me dicen unos cuantos, tal vez, pero cuando veo a una joven mama en el supermercado arrastrando el carrito de compras mas un coche con un bebe de menos de dos años jugando con un teléfono en la mano y tecleando frenéticamente para acceder a la ciberdroga que calmara sus ansias de llorar, me doy cuenta que el mundo va cuesta abajo.

Consultando en la web sin llegar a la adición, encontré estas pautas que nos pueden ayudar con nuestros hijos y su ciberadicción antes de que sea demasiado tarde.

Estrategias de prevención
Los padres y educadores deben ayudar a los adolescentes a desarrollar la habilidad de la comunicación cara a cara, lo que, entre otras cosas, supone (Ramón-Cortés, 2010):
a. Limitar el uso de aparatos y pactar las horas de uso del ordenador.
b. Fomentar la relación con otras personas.
c. Potenciar aficiones tales como la lectura, el cine y otras actividades culturales.
d. Estimular el deporte y las actividades en equipo.
e. Desarrollar actividades grupales, como las vinculadas al voluntariado.
f. Estimular la comunicación y el diálogo en la propia familia.

La limitación del tiempo de conexión a la red en la infancia y adolescencia (no más de 1,5-2 horas diarias, con la excepción de los fines de semana), así como la ubicación de los ordenadores en lugares comunes (el salón, por ejemplo) y el control de los contenidos, constituyen estrategias adicionales de interés (Mayorgas, 2009).






martes, 7 de junio de 2016

A Dios rogando... (Parte 1)

Se hincó ante el altar de la iglesia como todos los viernes, solo que esta vez no era como todos los viernes; su petición, su ruego era una suplica desesperada, un grito de angustia, un lastimero quejido al infinito. Lloraba en silencio y se preguntaba y le preguntaba al Todo Poderoso, si era justo pasar por ese calvario, si era pecado tratar de ser feliz, si era condenable sentir ese ardor que la azotaba día y noche. El santo silencio, la sepulcral quietud y el frío ambiente del enorme recinto  no la escucharon. Al salir contempló la bella escultura en mármol de la Virgen Maria que con sus blancos ojos de invidente la miraba indiferente y se preguntó si valía la pena todo ese fervor, toda esa dedicación, toda esa fe que hoy la abandonaban.

El hombre sacó otra cerveza del refrigerador; le gustaba sentir el frío de la botella en sus manos, frío que luego le bajaba refrescante por la garganta, era un placer que lo deleitaba, observó la botella un buen rato y luego tambaleándose volvió a sentarse en el sofá. Busco el control del televisor para seguir escuchando rancheras y corridos mexicanos, bebió un largo sorbo de cerveza, tarareó una canción y fue quedándose dormido con la botella en la mano mientras el espumoso liquido se vertía sobre la alfombra.

La pareja de muchachos recorría el borde de la playa caribeña cogidos de la mano. Iban descalzos, felices y enamorados. Recién llegado él de los Estados Unidos había buscado su novia de la infancia, le propuso matrimonio prometiéndole una vida feliz y prospera a su lado. Ella vio la oportunidad de tener un mejor futuro y como el amor también la embriagaba no dudo en aceptarle la propuesta. La juventud y la pasión los hacían amarse a cada instante en la playa o en cualquier momento y lugar solitario que encontraran, en el carro con el temor de ser descubiertos lo cual aumentaba la excitación y la fogosidad del acto; sudorosos, extenuados y aun temblorosos salían corriendo hacia la playa para bañarse en el mar cobijados por la sideral luz plateada de la luna. Un mes duró ese pasional encuentro, tiempo suficiente para quedar embarazada.

El partió primero a organizar el apartamento y adecuarlo para la llegada de su amada y el bebe. Estaba viviendo cerca de la frontera con Canada, tenia un buen trabajo que le generaba excelentes ingresos por eso no escatimó en gastos para que al llegar ella encontrará un lugar con todas las comodidades que podía tener una familia de clase media en los Estados Unidos. A veces en las noches, en la penumbra e ingravidez de la duermevela se preguntaba si no estaba soñando, si era realidad tanta felicidad. Cerraba los ojos y rememoraba los momentos de pasión vividos, luego se despertaba ansioso por tenerla, por amarla, contaba los días faltantes para recibirla en el aeropuerto.

El melancólico semblante de los arboles desnudos y la monocromía del blanco absoluto de la nieve al negro puro del humo de las fabricas la recibieron. En un solo día cambió la intensidad y brillantez de los paisajes tropicales, su calor bullicioso y pegajoso por la escala de grises de la ciudad de Buffalo; pero eso no le importó, estaba esperando un hijo y tenia la compañía del hombre que amaba. Entre los preparativos para la llegada del bebe y sus cuidados prenatales se fueron deshojando los días y los meses hasta que nació el primogénito. Se entregó de lleno al cuidado del recién nacido. -La mejor madre que he podido escoger para mis hijos-, pensaba el hombre mientras absorto la miraba cambiar pañales, darle pecho, arrullarlo para dormirlo y luego tener tiempo para complacerlo en sus apetitos carnales que con el frío se le acrecentaban.

El corto verano de su primer año se le fue ocupada en el apartamento sin tiempo para salir a conocer la ciudad o disfrutar un poco del verdor que cubría parques, aceras y veredas. Cuando ya consideró que podía salir con el bebe a pasear regresó el invierno y el paisaje volvió a tornarse blanco y negro. La depresión y la melancolía se apoderaron de ella, el día en el apartamento se le hacia eterno: a las cinco de la mañana despachaba al marido y sólo volvía a verlo después de las siete que llegaba cansado de trabajar, mas de 14 horas que las consumía  dando vueltas por el apartamento sin saber que hacer: miraba por la ventana y el amortajado paisaje la deprimía mas, veía televisión y no entendía nada, aparte de eso un apetito voraz la obligaba a comer sin saciedad y el sobrepeso estaba notándosele por toda su epidermis.

El marido inocente de la depresión de su esposa seguía viviendo en su mundo, en su interminable luna de miel, no veía los cambios hasta que ella lo confrontó una noche y entre sollozos y suspiros le dijo que se estaba enloqueciendo en esa ciudad, que tenían que irse hacia el sur en busca de un clima mas favorable, mas parecido al trópico de donde ellos venían. El quería lo mejor para su esposa y sus hijos, pues ya estaba esperando el segundo bebe, así que habló en la compañía, se retiró, enrumbó hacia el sur y con los ahorros compró una casa en la Florida, paraíso tropical de los inmigrantes latinos.

La Florida los acogió con los brazos abiertos, con la calidez del clima, el verdor de sus parques y la blancura de sus playas. Pero como toda moneda tiene su revés, el trabajo escaseaba y la paga era casi un 50% menos de lo que ganaba en el norte. Dobló su horario de trabajo, uno de tiempo completo, mas un medio tiempo los fines de semana. Ella encontró una iglesia cercana al vecindario, se hizo dama voluntaria, recogía los niños en la escuela, cocinaba, atendía la casa en el día y al marido en la noche.

Pasaron los años y llegaron mas hijos, se hicieron miembros activos y participantes de la iglesia; martes de lecturas bíblicas, miércoles de visitas a hospitales, viernes de confesión,  sábados de liturgia y comunión y cada fin de mes retiros espirituales. El marido se escabullía de estos compromisos espirituales, pues prefería disfrutar de una cerveza bien fría en las tardes como recompensa a su dura jornada laboral.

Pero una tarde cualquiera  debido a la precaria situación económica que los puso al borde de una bancarrota el se vio en la obligación de exigirle a su mujer que buscara un trabajo para ayudar a solventar los gastos. Le dijo con una mezcla de rabia y frustración que en parte este descalabro se debía a la estúpida idea de renunciar a la compañía en Buffalo para satisfacer el capricho de ella y mudarse a la Florida. Como un desgarramiento en el corazón fue sintiendo ella mientras el esposo a borbotones sacaba de adentro sus reprimidos sentimientos, la frustración que lo carcomía, que lo devoraba a dentelladas y le estaba arruinando su vida. Ella no supo que decirle, callo y lloro y por cada lagrima que derramaba se le diluía el paisaje bucólico de su vida como una acuarela mojada por la lluvia. Con la vista borrosa lo vio alejarse sosteniendo una botella de cerveza en la mano hacia el cuarto.

Fue un duro golpe para ella, como el despertar de un hermoso sueño, como el final de unas inolvidables vacaciones. Se enclaustró en si misma, se cobijó en su fe y se dedicó a pedir con sus plegarias un trabajo y mucha comprensión para su marido. Como en una delgada capa de hielo que cubre la superficie de un lago a la que le cae de pronto una roca y por el impacto y el peso comienza lentamente a agrietarse en todas las direcciones vaticinando una inminente ruptura, así afloraron los problemas, se destaparon las anomalías y los defectos.

Esa noche el marido la busco balbuceando unas incomprensibles palabras de arrepentimiento por lo dicho. El fuerte olor a cerveza la molestó tanto como que tuviera el atrevimiento de buscarla para tener sexo, -que creía el, que ella era un objeto de placer sin sentimientos-. Se levantó de la cama, cogió una almohada y la cobija y se fue a dormir a la sala no sin antes dar un fuerte portazo.

De pronto en las siguientes noches no la dejaban dormir los acompasados y sonoros ronquidos de su marido, -como no lo había escuchado antes, estaba sorda o el amor la enceguecía-, pensó mientras lo despertaba y lo enviaba a dormir a la sala cerrando tras de el la puerta.

Consiguió el trabajo que el marido le exigía y se absorbió en el. La rutina, el corre corre con los hijos, el trabajo y sus deberes para con la iglesia le coparon los días, las semanas y los meses. Un viernes llego tarde de una reunión en la iglesia en la cual repartieron vino y conversaron animadamente entre amigas. Al acostarse, el licor que circulaba por sus arterias le subió la temperatura y le alborotó las hormonas. Era una de esas noches calientes de la Florida en que el cuerpo suda copiosamente y la ropa estorba. Se desnudo en la oscuridad y se apretó a su marido. El hombre sintió la tibieza del cuerpo de su mujer que como una  cascabel se le enredaba. Se volteó dispuesto al encuentro, en la oscuridad la beso, la apretujó, la olisqueó, la mordisqueó, mas cuando ella abrió las piernas dispuesta a recibirlo, la flacidez de su varonilidad se lo impidió. Por mas que trato, por mas que lo acarició, lo sobó, la respuesta fue nula, el falo siguió dormido. Le atribuyó el incidente al estrés, a el sobrepeso, a que tal vez antes de acostarse se tomo unas cervezas de mas y le habían sentado mal, pero todo el siguiente día estuvo pensando en lo avergonzado que estaba con su mujer, quería que llegara la noche pronto para responder como el toro que siempre había sido. Ella por su parte también se sentía culpable por haberse alejado un poco de el, por negarle el placer que tantas noches el le pedía. A partir de esa noche volvió a dormir con el, a complacerlo en sus apetitos, pero esos apetitos que tanto lo caracterizaron en el pasado hoy le fallaban; el hombre comenzaba con arrebato, con furia de marinero recién llegado a puerto, pero a las puertas del placer fallecía, se agitaba, se le cortaba la respiración y la erección no se concretaba.

A diferencia de el, que se apagaba como una hoguera mojada por la lluvia desmoronándose en cenizas, ella ardía en fogajes, en apetencias que la consumían y la desvelaban en noches interminables dando vueltas en la cama. Se entrego a la iglesia, a sus hijos y al trabajo en un desespero por apagar ese volcán que ardía en su interior. Encontró en los retiros espirituales la manera de aferrarse a emociones religiosas sólo para ignorar carencias terrenales y apetitos carnales los cuales se le manifestaban a diario.

Un domingo en especial en que el calor y los fogajes la atormentaban decidió darse un baño, se desnudo, entró en la ducha, abrió el grifo; el tibio liquido mojó su acalorada y sensibilizada piel, el suave desliz del agua por el cuerpo la estremeció, una leve descarga hormonal le contrajo el vientre, cerro los ojos y dejó que el agua le acariciara la piel. Tomó la áspera esponja de baño en sus manos, la frotó con espuma de jabón y la pasó por su cuerpo. Esa caricia, esa autocomplacencia la avivó, se dejó llevar por donde sus manos libremente frotaran la piel. Un impulso natural la acercó al chorro y entreabriendo las piernas llevó la oscura y abundante mata de vello púbico hacia el el chorro, un ahogado suspiro se le escapó abriéndole las puertas hacia un mundo desconocido de placer que la asusto. Soltó la esponja y abrió los ojos, sintió vergüenza de su desnudes, se mordió la palma de la mano para ahogar el suspiro que aun clamaba por salir de su agitado pecho, retrocedió un poco y trató de calmar la entrecortada respiración. Intentó rezar para aplacar ese demonio que la poseía. Pero a salir del agua el chorro cayó directamente sobre sus pezones endureciéndolos y llamándola al abandono, al placer. No aguantó mas, se acercó nuevamente al chorro y lo dejó caer directamente en su húmeda vulva, se contrajo al instante, un grito ahogado salido de lo mas recóndito de su ser subió por la garganta, alcanzó a morderse la palma de la mano para ahogarlo; con la otra mano libre exploró su sexo, que como una orquídea de carnosos pétalos oscuros se abrió para dar salida al rojo e hinchado pistilo que sus dedos recibieron en una  incontrolable fricción. Apretó las piernas, arqueo el cuerpo, desde el bajo vientre una energía, una corriente eléctrica le subió por el pecho, le llegó a la cabeza, mordió mas fuerte su mano para silenciar los ahogados gritos de placer y luego, como un volcán estalló en mil pedazos, cada terminación nerviosa de su cuerpo chispeó, recibió un espeso y caliente liquido en su mano nunca antes visto por ella, se dobló por completo extenuada y temblorosa. Soltó la mano que aun mordía, un hilillo de sangre le corría por la mano, chupo la sangre, salió del baño y se vendo la mano.

Ese fin de semana en la iglesia volvió y preguntó al cielo si era pecado la autocomplacencia, si estaba condenada a las eternas llamas del infierno por tratar de ser feliz. por estar viva y sentir, por ser mujer, pues estaba segura que a los hombres por ser hombres todo se les permitía, todo se les perdonaba, menos la impotencia, pensó y sonrío para sus adentros. Había logrado balancear un poco su vida, volvió la rutina y entre los hijos, la iglesia y sus citas a solas en el baño volvieron a acumularse los días y los meses.

El hombre intrigado la venia observando desde hacia unos cuantos meses. Cada viernes la veía arrodillarse en el reclinatorio y pedir con fervor. De vez en cuando la vio llorar, estuvo tentado a acercarse y tratar de consolarla pero respetaba ese recinto sagrado al que estaba yendo por razones laborales trabajando en la ampliación de una nave de la iglesia.

-Nunca escuchó tus respuestas, mis suplicas se diluyen en el vacío- decía ella en silencio mientras oraba, ya estaba cansada, decidió salir temprano de la iglesia pues quería caminar un rato y pensar. Al tratar de levantarse se enredo en su cartera y se fue de medio lado hacia el suelo. Unos recios brazos la sujetaron a tiempo evitando el inminente golpazo. El hombre la atrajo hacia el para no dejarla caer, quedaron casi que abrazados, los intensos ojos del hombre la miraron, ella se aferro mas a el para no caerse, el contacto con ese cuerpo la estremeció, levanto la vista y vio la blanca estatua de la virgen Maria que le sonreía. Por fin había escuchado sus ruegos.

viernes, 6 de mayo de 2016

Veinte Dólares

Se revolvió un poco en el carro, estaba incomoda pero se dispuso a pasar la noche de la mejor manera posible dadas las circunstancias. Se profundizó  rápidamente en el universo etéreo  de los sueños. En el aviso verde con letras  blancas pegado al poste pudo leer antes de desaparecer en un destello el nombre de una calle: "Ocean Drive". Acto seguido  la imagen de una playa blanca con un cielo azuloso pasó en secuencias fotográficas difusas que iban y venían sin darle tiempo a ubicarla, solo vio un cartel que decía “$20.00 per car”. Se despertó muy temprano con el sol tropical de la Florida colándose por los opacos vidrios del carro, tardo unos segundos con los ojos abiertos en reconocer donde estaba.

Que volteretas que la vida nos da, se decía para si misma mientras bajaba del carro y estiraba las piernas un poco, entumecidas por la posición encogida en que paso la noche. Si apenas ayer dormía en su plácida y confortable cama de Fort Lauderdale en compañía del gringo, aquel viejo panzón que le había calmado el hambre por cuatro años hasta que sus borracheras y maltratos la hicieron huir sin nada del apartamento. Subió unos cuantos vestidos al carro y se marchó.

En la tarde cuando buscó un hotelito donde dormir se enteró al tratar de pagar con la tarjeta de crédito que todas sus cuentas habían sido canceladas, solo contaba con veinte dólares que decidió no gastar e irse a un parqueo cerca a la playa a pasar la noche en el carro.

La convivencia al comienzo  con el gringo no había estado mal, lo sabia manipular, el hombre con tal de tener un poco de sexo le marchaba a su antojo, le daba gusto en lo que a ella le gustaba; ir de compras a los centros comerciales y salir a manos llenas con paquetes de ropa, lencería, perfumes y joyas; era su satisfacción y ese gusto exclusivo lo obtenía con sus encantos, seduciendo a los hombres adinerados pues el trabajo no le gustaba de a mucho.

Pero ahora estaba comenzando de la nada; no era la primera vez. A su cuarenta y ocho años eran muchos los hombres que habían pasado por su vida, nada de amor, siempre motivada por sus abultadas cuentas bancarias, no discriminaba en edad, raza ni color; o si, pensó, el color si le importaba, el verde de los dólares. Terminó de hacer un poco de estiramiento y se rio de buena gana con la ocurrencia del color.

Apuntó el nombre de la calle que había soñado en un papelito y lo guardó en la cartera, también se memorizó la escena de la playa con el cartel de los veinte dólares por parqueo; las premoniciones, las visiones en sueños eran mensajes, pautas que le enviaban los seres de luz que siempre la habían guiado y orientado. Nunca le fallaban ni aun en las peores circunstancias, mucho menos ahora, lo sabia. Tan ciertas eran las premoniciones que, se acordó de aquella muchacha embarazada que conoció en una fiesta y que con solo tocarle el abultado vientre de seis meses le vaticino muerte, le había dicho que ese bebe no nacería, lo vio en un destello, por supuesto la muchacha se enojó; se olvido del asunto hasta el día en que entre sollozos la muchacha la llamo para contarle lo certero de su profecía. No acostumbraba a sacar provecho de su don, de ese regalo que la vida le había dado, solo lo usaba cuando le llegaba, sin forzar las premoniciones, por eso mas de un disgusto se había ganado.

Decidió subir al carro nuevamente para desvestirse y ponerse el bañador. Enfiló hacia el mar que suavemente lamia las arenas de la playa. El sol perezosamente emergía de entre el mar en el horizonte proyectando su figura en una sola  sombra larga semejando una solitaria palmera agitada por el viento. Unas cuantas gaviotas descendieron a la playa a rebuscar entre los granitos de arena crustáceos o restos de algas dejadas por las olas.

Se dejó mecer al vaivén de las olas un buen rato boca arriba flotando sobre la verdosa y cristalina superficie del mar. La tibieza del sol comenzó a calentar su cuerpo, dejando ir su mente a diferentes momentos vividos; apareció de entre sus recuerdos aquel árabe con el que vivió un par de años, trigueño, delgado, oloroso a especies, a dátiles del desierto, sereno a la hora de amarla, de manos ásperas le recorría el cuerpo despertando sus escondidas zonas erógenas, de lengua ardiente y vibrátil que la hacían inmolarse en llamas de placer; ese si que era un buen amante, lastima que tuviera que desplazarse para el Oriente Medio por razones de trabajo. Ella rehuso acompañarlo pues en sus profecías se vio casi que encerrada en un sucio cuarto sometida a las antiquísimas costumbres del islam. Nunca le dijo por que se quedaba, pero siempre pensó que fue la mejor decisión que tomó. Lo extrañaba; con el probó el hachís por primera vez, fumaron la droga en la narguile, el exótico vaporizador de vidrio del que salían como tentáculos de pulpo varias mangueras con boquillas para aspirar el agrio humo de la droga; con dos aspiradas tuvo para entrar en un estado alterado de conciencia que le distorsiono la realidad y le sensibilizó los sentidos al extremo de hacer el amor sintiendo que toda ella se reducía a su sexo, no existía nada mas, cada estocada de su amante la sentía en todo el cuerpo como un gigantesco tambor con eco vibrátil, incontrolable; retumbe de sonoridades, de espasmos infinitos, inagotables. Terminando en  un interminable orgasmo colorido, psicodélico, inolvidable e irrepetible. La eternidad en un segundo; aun se estremecía al recordarlo.

Una punzada en el estomago le recordó que no había probado bocado alguno en toda la mañana; salió del mar. Después de secarse se subió al carro y condujo fuera del parqueo buscando un sitio donde desayunar. Avanzó por el boulevard costero paralelo a la playa, a medida que iba avanzando, el vecindario que aparecía ante sus ojos en cada curva estaba compuesto de mansiones lujosas, casi todas con yate o velero parqueado en el muelle trasero; voy por buen camino, pensó y siguió  avanzando. En un trayecto largo y desolado, enmarcado por manglares a cada lado de la carretera vio un aviso que informaba que había un playa publica mas adelante. Se detuvo en la entrada de la playa, justo en la cabina de cobro: "$20.00 per car", anunciaba el aviso. Su corazón dio un vuelco, la premonición!, pago los veinte dólares sin titubear, entro al parqueo, los carros que a cada lado estaban aparcados eran de reconocidas marcas exclusivas, se estacionó en la parte mas lejana y escondida del sitio.

Sandalias, bañador, gafas de sol, toalla y una salida de baño  de anchos rombos de malla transparente que dejaba relucir su bronceado y bien conservado cuerpo eran la única posesión en ese momento. Dio una vuelta por la playa reconociendo el terreno. Caminaba por la arena buscando hombres solos, vio a alguien sentado en una silla playera, espero un rato detrás de el pero cuando se iba a acercar llego una mujer y se le sentó al lado, siguió  caminando en busca de otro pez. Tardó  mas de una hora en dar vueltas y nada que veía su presa, cansada decidió extender  la toalla y acostarse un rato boca abajo para descansar, no tardo mucho en que el hambre y el cansancio la vencieran.

El hombre le tocó el hombro suavemente  para despertarla; sobresaltada quedó sentada de un tirón. Estaba discutiendo con el gringo panzón, reviviendo en sueños la ultimo altercado que tuvo, donde el gringote aquel se atrevió a írsele encima con intenciones de abofetearla. Justo en ese momento sentía que la tocaban, por eso despertó asustada y temerosa. A contraluz, se silueteaba una figura masculina que le advertía que la marea estaba subiendo, que tenia que moverse o corría peligro. El hombre la ayudo a ponerse de pie, le recogió la toalla y juntos caminaron en dirección contraria del mar hasta llegar a una enorme sombrilla roja en cuya sombra permanecían dos sillas reclinomaticas de madera pintada de blanco reluciente. Los anaranjados cojines que estaban sobre las sillas acogieron sus cuerpos mientras el vejete le conversaba y muy sutilmente la interrogaba.

Setenta y cinco años marcaba el cronometro del vejete, inversionista inmobiliario retirado, había acumulado una gran fortuna con la compra y venta de condominios a lo largo y ancho de la costa este floridana. Ella le dijo que estaba de vacaciones en Florida, que se estaba quedando en casa de unas amigas y que alguna vez había trabajado de realtor. Despreocupadamente ella lo miraba, lo observaba; de curtida piel esculpida en bronce producto de la excesiva exposición al sol, delgado, afeitado de pies a cabeza, alto con ademanes finos y movimientos lentos pero firmes. Poco a poco iba tejiendo su red, se mostraba muy recatada, pero de vez en cuando al arrellanarse en los cojines se movía con una sensualidad estudiada que el vejete no podia desapercibir inquietandose un poco. Experta en el tema le estaba prendiendo la llama del deseo de a poquitos, como quien enciende una hoguera frotando un palo sobre la roca, de vez en cuando el vejete soltaba una chispa con las provocaciones. El juego antiquísimo de la seducción. Sabia que iba por buen camino, una vez mas sus premoniciones se cumplían.

El vejete la invito a comer, ella le dijo que tenia un compromiso, el vejete insistió, ella hizo una llamada por el celular para cancelar una cita y poder aceptarle la invitación. Salieron del parqueo cada uno en su carro, ella lo seguía y se comunicaban por celular. El vejete llegó directo a la linea de valet parking de un exclusivo centro comercial en Boca Raton y le hizo señas a ella que le entregara las llaves al botones para que lo parqueara. Comieron en Alexander’s, fue discreta en ordenar aunque se hubiera comido un caballo entero por al hambre y la fatiga que tenia. Luego caminaron un rato por los pasillos del lugar. El le propuso que comprara algo en la tienda que deseara, era un regalo por haber encontrado,"esa perla en el mar", según sus propias palabras. Se encamino directamente a Victoria Secret a comprar alguna lencería, era un buen incentivo, el vejete seguro le escogería la prenda mas atrevida y se la imaginaria puesta; buen afrodisiaco. Pero el vejete la cogió suavemente de brazo y la hizo entrar a la joyería de enseguida, pidió una gargantilla y se la coloco en el cuello, en oro blanco con terminación en incrustaciones de esmeraldas y rubíes. Sin salir del asombro, salió con esa costosísima joya avaluada en mas de $2,500 dólares adornando su incrédulo cuello. No se lo podía creer, era mas de lo que esperaba de ese día.

El vejete la invitó a su casa a tomar algo y conversar con mas privacidad. Mientras conducía el auto siguiéndolo llamo a su amiga y atropelladamente le contó todo lo sucedido, estaba excitada, le contó del sueño, de la playa y también le dijo que iba en camino a la casa del hombre a pagar la factura de la comida y la joya. Al voltear la esquina para llegar a la casa del vejete el corazón casi se le sale del pecho: “Ocean Drive” se leía  en el verde aviso de letras blancas demarcando la calle que tomaba y era donde estaba ubicada la  mansión  del vejete.

Antes de bajarse del carro tuvo que serenarse un poco pues estaba temblando de emoción,  respiro varias veces profundamente hasta normalizar su ritmo cardiaco, ahora mas que nunca necesitaba tener el control de la situación y con mayor razón puertas adentro de la casa.

La sala con paredes forradas en madera y estanterías llenas de libros, jarrones, esculturas y antigüedades lucia impresionante y acogedora, se descalzaron y caminaron por la mullida alfombra en dirección al bar, una reliquia de madera empotrada en la pared con relucientes copas colgadas del techo y vitrinas llenas de licores de todos los colores y diversa procedencia. Sirvió, en sendos vasos de cristal dos chorros de coñac “Licor de los dioses” de la casa “Remy Martin”; exclusivo licor procedente de unos barriles añejados por mas de 100 años y puestos a la venta a un costo de $15,000 dólares la botella, según le explicó. Ese sorbito, del caliente y espeso liquido que le bajaba por la garganta podría costarle quinientos dólares o mas. El lujo no es pecado, para quien lo pueda tener, pensó mientras miraba a rededor. Le descendió como lava ardiente el coñac calentándole el cuerpo y avivándole los deseos, no en vano desde la época de Napoleón era considerada la bebida afrodisíaca por excelencia.

El adinerado vejete le insinuó que tomara una ducha para quitarse la arena del cuerpo y estuviera mas confortable. Tenia sus dudas pero realmente estaba incomoda transpirando la sal del mar. El cuarto de huéspedes y el baño como todo en la casa era enorme y recargado de adornos y cuadros. Dejó que el frío chorro de la regadera le recorriera todo el cuerpo, refrescaba, renovaba y lo necesitaba. Salió de la ducha empapada y se encontró de frente con su cuerpo reflejado en un enorme espejo que cubría toda la pared. Noto que sus carnes ya estaban cediendo al paso de los años. Tomo los pechos entre sus manos, eran pequeños, de pezón grande, café oscuro y aureola reducida, un poco descolgados pero aun tenían firmeza y las pecas que abundaban en el nacimiento los hacían ver seductores; solo era cuestión de escoger el escote adecuado. Siguió  bajando la mirada hacia la mujer que le devolvía el espejo, tenia caderas redondeadas tipo guitarra, al caminar y bailar siempre las usaba como arma seductora, no fallaba; los hombres, los estúpidos hombres siempre caían rendidos ante su contoneo. Se puso de lado, las nalgas, blancas y planchas ya comenzaban a poblarse de hoyuelos; era su falencia, su talón de  Aquiles, nunca posaba de lado para las fotos, nunca; siempre  de frente y sonriente mostrando la redondez de sus caderas. Notó que el exceso de comida se le estaba acumulando en el vientre, de frente pasaba, pero de lado, que horror!, era hora de hacer dieta, ejercicio o la lipo en caso extremo. El vello púbico no existía, lo afeitaba y se hacia la depilación por cera, cuestión de aseo y estética, le gustaba así. Descendió la vista hacia las piernas, largas, torneadas, de pantorrilla gruesa, especial para lucir los exagerados zapatos de tacón alto a que usaba, pero también noto la incipiente invasión de la celulitis comenzando en la parte trasera de sus muslos; este cuerpecito necesita urgentemente mantenimiento, pensó.

Tomó una salida de baño que encontró en el ropero del cuarto, se calzó unas sandalias y se dispuso a bajar. Cuando estaba a punto de abrir la puerta recapacitó y razonó que lo mejor era vestirse nuevamente. La estrategia, intuyó ahora que había visto lo adinerado que era el vejete no consistía en un polvo de una sola noche -“In and Out”-  como decían los gringos; ella iba por mas. El vejete estaba también bañado esperándola con las copas llenas de brandy, ella tomo la copa y se sentó en uno de los altos taburetes que adornaban el bar.  El vejete salió del bar, se le acerco e hizo girar el taburete, ambos quedaron frente a frente mirándose a los ojos por unos segundos que a ella le parecieron interminable e incomodos, el vejete dibujando una sonrisa maliciosa en sus delgados labios de un tirón se despojo de la salida de baño que llevaba puesta y quedó desnudo. Se quedó quieta, asombrada, con la vista recorrió el lampiño cuerpo  del hombre, estaba erecto, su resplandeciente y acanelado falo sobresalía de entre sus piernas. No se esperaba esta acción, suponía que el le sugeriría tener sexo, pero no que actuara así, tan directo, tan intempestivamente. Ademas ya había, decidió que no iba a matar la gallina de los huevos de oro pagándole la joya con una noche de sexo. No, ya era hora de ir pensando en una estabilidad, en sentar cabeza y que mejor que “aquí en esta casita y con ese yate al frente”. Acostumbrada a lidiar con todo tipo de hombres y en especial en situaciones embarazosas como esta, se bajó del asiento, recogió la salida de baño del vejete y se la pasó para que se vistiera. Luego se quitó la costosa joya del cuello, la puso encima del bar y le dijo que ella no estaba en venta y mucho menos por esa cantidad, que se podia quedar con su joya y sus riquezas, que ya lo había conocido bastante para saber la clase de hombre que era. Cogió las llaves del carro y se marchó dejando al vejete incrédulo, asombrado y con el falo en caída libre hacia el suelo.

Fue una jugada magistral, se jugó el todo por nada; como buen jugador puso las cartas sobre la mesa para apostarse entera y se sentó a esperar la siguiente jugada. Le pidió posada a su amiga por una semana:  tiempo suficiente para que el vejete la llamara. Antes de marcharse se aseguró que el numero de su celular hubiera quedado grabado en el de el.

Se levantaban, desayunaban con la "amiguis", se iban para la playa a mantener el bronceado que las caracterizaba y luego en la tarde a los centros comerciales de "Shopping Windows" como dicen por estos lados.

La semana transcurrió rápido y sin ninguna novedad, ella estuvo calmada, lo que mas le preocupaba no era el silencio del vejete sino la ausencia de señales, de mensajes, las premoniciones estaban desaparecidas. El viernes en la tarde, después de llegar cansadas de recorrer las tiendas antojandose de cuanta novedad encontraran, llegó la tan esperada llamada; el primer impulso fue contestarle inmediatamente, pero algo la freno, espero a que se agotaran los timbrazos y se activara el modo de mensaje. La voz gruesa y cálida del vejete en un ingles académico le comunico lo apenado que estaba y que para resarcir el atrevimiento: lo imperdonable de su acción, la invitaba a cenar esa noche: el restaurante era Cheesecake Factory de Boca Raton, la hora: 8pm, si no obtenía respuesta antes de las siete, daba por entendido que la efímera relación entre ellos había muerto. Ahora si, dijo ella, vamos a caminar a mi ritmo y bajo mis condiciones.

Pasó un año desde aquellos días en que conoció al vejete, a “darling” como le decía ahora cariñosamente. Estaba tendida en la inmensa cama del cuarto principal de la casona, al levantarse para tomar la ducha paso por el inmenso espejo del baño, dejo caer la diminuta pijama de seda que la cubría para apreciar su cuerpo en el reluciente espejo; ahora si podia posar de lado, la lipo había desaparecido su abdomen y el bisturí le había adicionado un buen trasero, hasta la boca era ahora poseedora de unos labios carnosos, sensuales y jugosos lucia mejor su rostro. Se puso el bañador y salió al balconcito que da a la piscina, el vejete comenzó a llamarla, ya estaba listo el yate, que los llevaría en un recorrido por las Bahamas celebrando el primer aniversario de su relación.