martes, 21 de junio de 2016

menos FACE, mas BOOK

"La ciberadicción se establece cuando el niño deja de verse con sus amigos y se instala frente a la pantalla con sus videojuegos, el adolescente presta más atención a su Iphone que a su novia o el joven no rinde en los estudios porque revisa obsesivamente su correo electrónico. En todos estos casos hay una clara interferencia negativa en la vida cotidiana." (Estallo, 2001).

Mirando a mi alrededor, ya sea en el parque, la playa, restaurante o sala de cualquier casa, observo que el 99% de las personas están absortas, hipnotizadas con el rectangular y mágico aparato inteligente que les permite acceder al internet. De ese 99%, el 98% están navegando por las redes sociales, idiotizados compartiendo videos estúpidos que en cuestión de minutos se vuelven virales o de contenido religioso que nos invitan a darle “me gusta” al mensaje, o condenarnos en el fuego eterno en caso de ignorarlo.

Semejante a una nueva droga, en este caso cibernética o virtual se va apoderando de la voluntad de las personas, de su tiempo de ocio, de su tiempo en el trabajo o en las cenas y reuniones familiares. Ahora no se dialoga, se “textea”; no se enamora, se “sextea”; no se pregunta, se “googlea”, no se consulta un manual o un diccionario, se “youtubea”. No niego que como herramienta de consulta sirve, yo mismo la uso en mi trabajo como diseñador gráfico, pero cuando se usa para matar el tiempo mientras esperamos, descansamos o como hacen los jovenes de hoy en dia; ver televisión y con teléfono en mano van revisando cuanta red social existe, es un claro síntoma de ansiedad adictiva.

Y es incontrolable y deplorable; según un estudio reciente, los investigadores del College of Education, Health and Human Services de la Universidad Estatal de Kent en Ohio informaron que el uso frecuente de teléfono celular parece estar asociado con el bajo rendimiento académico, ansiedad e infelicidad en los estudiantes. Según lo informado por el Medical News Today.

Fundamentalmente, eso de estar pasando con el pulgar indefinidamente secuencias de las redes sociales viendo imágenes y leyendo solo los títulos o subtítulos de los miles de artículos y noticias que nos llegan, sin nunca abrir la pagina de la información ni leerla completamente, nos limita el deseo de leer, nos atrofia el gusto por la lectura. Ocurre con los jóvenes, los "millennium", ellos no leen a profundidad un tema, un articulo o un libro, solo escanean pagina por pagina, como saltando los párrafos y leyendo al azar la letra en negrilla o solamente el inicio de los mismos sin terminar la lectura y mucho menos comprender lo que leyeron y ni tan siquiera guardarlo en la memoria.

Es deplorable y lamentable como nos dirigimos vertiginosamente a un mundo sin lectores, sin dialogo, sin comunicación verbal. Asusta ver en una sala cuatro o cinco joven reunidos para pasar un rato agradable en compañía… pero todos están absortos en sus teléfonos con la cara agachada, tecleando, abriendo ventanas o cerrando otras y compartiendo imágenes o vídeos que los hacen soltar alguna carcajada para levantar la vista mirarse por un segundo y volver al hipnótico aparato. Luego se despiden solo para seguir cada uno en su casa conectados y continuar llenando sus cerebros de nada y vaciándolos de todo.

Estamos asistiendo al inicio de la ruina del pensamiento, viendo a una juventud automatizada, idiotizada, ansiosa de imágenes superfluas, de videos estúpidos, de mensajes banales; una juventud sin futuro, sin nada en que pensar, sin problemas que resolver, sin preguntas que hacer, sin sueños que realizar.

Hace unos cuantos años, en el nacimiento de mi generación ocurrió lo mismo con la invención del televisor. Se prendieron las alarmas, hablaron y vaticinaron los sociólogos, psicólogos, los que podían y tenían derecho del inminente peligro, de la adicción y riesgos de enfermedad, perdida de visión y muchos otros efectos secundarios de estar sentados frente al televisor por muchas horas al día. Pero el televisor se quedaba en casa cuando salías a trabajar, a caminar, a la playa o algún otro tipo de actividad fuera de casa. Ahora es totalmente diferente y absorbente, el teléfono o tableta va contigo a todas partes, no lo dejas ni haciendo ejercicio, pues en la caminadora o bicicleta estática lo prendes y sigues absorto, hipnotizado e idiotizado mirando la rectangular pantalla.

Ya no se disfruta de un viaje por carretera. Atrás quedaron los días en que era un placer ir descubriendo en cada vuelta del camino un paisaje nuevo, un lago hermoso, casas campestres acogedoras, arboles florecidos en primavera o acuarelas ocres en otoño. Todos exceptuando el conductor van cabizbajos moviendo frenéticamente los pulgares en silencio, mudos de espíritu, entes vivientes atrapados en un mundo digital e irreal que no les permite disfrutar del maravilloso y extraordinario proceso biológico de estar vivos.

Y mucho menos del fascinante viaje que de la mano en cada pagina nos llevan los libros por fantásticos mundos de historias increíbles que nos enseñan, que nos muestran, que nos educan y permiten conocer culturas, países y personajes sin salir de casa.

Una pequeña voz de alarma se me ha encendido y me ha impulsado a escribir esto. Lo estoy viviendo en mi casa con mis hijos y mi mujer cuando llego de trabajar y cada cual esta en su cuarto absorto, ensimismado en su teléfono, en los vericuetos de la red. Qué esto es el modernismo. qué es la tecnología, qué no haga caso, qué como toda moda llegará el día en que pase, me dicen unos cuantos, tal vez, pero cuando veo a una joven mama en el supermercado arrastrando el carrito de compras mas un coche con un bebe de menos de dos años jugando con un teléfono en la mano y tecleando frenéticamente para acceder a la ciberdroga que calmara sus ansias de llorar, me doy cuenta que el mundo va cuesta abajo.

Consultando en la web sin llegar a la adición, encontré estas pautas que nos pueden ayudar con nuestros hijos y su ciberadicción antes de que sea demasiado tarde.

Estrategias de prevención
Los padres y educadores deben ayudar a los adolescentes a desarrollar la habilidad de la comunicación cara a cara, lo que, entre otras cosas, supone (Ramón-Cortés, 2010):
a. Limitar el uso de aparatos y pactar las horas de uso del ordenador.
b. Fomentar la relación con otras personas.
c. Potenciar aficiones tales como la lectura, el cine y otras actividades culturales.
d. Estimular el deporte y las actividades en equipo.
e. Desarrollar actividades grupales, como las vinculadas al voluntariado.
f. Estimular la comunicación y el diálogo en la propia familia.

La limitación del tiempo de conexión a la red en la infancia y adolescencia (no más de 1,5-2 horas diarias, con la excepción de los fines de semana), así como la ubicación de los ordenadores en lugares comunes (el salón, por ejemplo) y el control de los contenidos, constituyen estrategias adicionales de interés (Mayorgas, 2009).






martes, 7 de junio de 2016

A Dios rogando...

Se hincó ante el altar de la iglesia como todos los viernes, solo que esta vez no era como todos los viernes; su petición, su ruego era una suplica desesperada, un grito de angustia, un lastimero quejido al infinito. Lloraba en silencio y se preguntaba y le preguntaba al Todo Poderoso, si era justo pasar por ese calvario, si era pecado tratar de ser feliz, si era condenable sentir ese ardor que la azotaba día y noche. El santo silencio, la sepulcral quietud y el frío ambiente del enorme recinto  no la escucharon. Al salir contempló la bella escultura en mármol de la Virgen Maria que con sus blancos ojos de invidente la miraba indiferente y se preguntó si valía la pena todo ese fervor, toda esa dedicación, toda esa fe que hoy la abandonaban.

El hombre sacó otra cerveza del refrigerador; le gustaba sentir el frío de la botella en sus manos, frío que luego le bajaba refrescante por la garganta, era un placer que lo deleitaba, observó la botella un buen rato y luego tambaleándose volvió a sentarse en el sofá. Busco el control del televisor para seguir escuchando rancheras y corridos mexicanos, bebió un largo sorbo de cerveza, tarareó una canción y fue quedándose dormido con la botella en la mano mientras el espumoso liquido se vertía sobre la alfombra.

La pareja de muchachos recorría el borde de la playa caribeña cogidos de la mano. Iban descalzos, felices y enamorados. Recién llegado él de los Estados Unidos había buscado su novia de la infancia, le propuso matrimonio prometiéndole una vida feliz y prospera a su lado. Ella vio la oportunidad de tener un mejor futuro y como el amor también la embriagaba no dudo en aceptarle la propuesta. La juventud y la pasión los hacían amarse a cada instante en la playa o en cualquier momento y lugar solitario que encontraran, en el carro con el temor de ser descubiertos lo cual aumentaba la excitación y la fogosidad del acto; sudorosos, extenuados y aun temblorosos salían corriendo hacia la playa para bañarse en el mar cobijados por la sideral luz plateada de la luna. Un mes duró ese pasional encuentro, tiempo suficiente para quedar embarazada.

El partió primero a organizar el apartamento y adecuarlo para la llegada de su amada y el bebe. Estaba viviendo cerca de la frontera con Canada, tenia un buen trabajo que le generaba excelentes ingresos por eso no escatimó en gastos para que al llegar ella encontrará un lugar con todas las comodidades que podía tener una familia de clase media en los Estados Unidos. A veces en las noches, en la penumbra e ingravidez de la duermevela se preguntaba si no estaba soñando, si era realidad tanta felicidad. Cerraba los ojos y rememoraba los momentos de pasión vividos, luego se despertaba ansioso por tenerla, por amarla, contaba los días faltantes para recibirla en el aeropuerto.

El melancólico semblante de los arboles desnudos y la monocromía del blanco absoluto de la nieve al negro puro del humo de las fabricas la recibieron. En un solo día cambió la intensidad y brillantez de los paisajes tropicales, su calor bullicioso y pegajoso por la escala de grises de la ciudad de Buffalo; pero eso no le importó, estaba esperando un hijo y tenia la compañía del hombre que amaba. Entre los preparativos para la llegada del bebe y sus cuidados prenatales se fueron deshojando los días y los meses hasta que nació el primogénito. Se entregó de lleno al cuidado del recién nacido. -La mejor madre que he podido escoger para mis hijos-, pensaba el hombre mientras absorto la miraba cambiar pañales, darle pecho, arrullarlo para dormirlo y luego tener tiempo para complacerlo en sus apetitos carnales que con el frío se le acrecentaban.

El corto verano de su primer año se le fue ocupada en el apartamento sin tiempo para salir a conocer la ciudad o disfrutar un poco del verdor que cubría parques, aceras y veredas. Cuando ya consideró que podía salir con el bebe a pasear regresó el invierno y el paisaje volvió a tornarse blanco y negro. La depresión y la melancolía se apoderaron de ella, el día en el apartamento se le hacia eterno: a las cinco de la mañana despachaba al marido y sólo volvía a verlo después de las siete que llegaba cansado de trabajar, mas de 14 horas que las consumía  dando vueltas por el apartamento sin saber que hacer: miraba por la ventana y el amortajado paisaje la deprimía mas, veía televisión y no entendía nada, aparte de eso un apetito voraz la obligaba a comer sin saciedad y el sobrepeso estaba notándosele por toda su epidermis.

El marido inocente de la depresión de su esposa seguía viviendo en su mundo, en su interminable luna de miel, no veía los cambios hasta que ella lo confrontó una noche y entre sollozos y suspiros le dijo que se estaba enloqueciendo en esa ciudad, que tenían que irse hacia el sur en busca de un clima mas favorable, mas parecido al trópico de donde ellos venían. El quería lo mejor para su esposa y sus hijos, pues ya estaba esperando el segundo bebe, así que habló en la compañía, se retiró, enrumbó hacia el sur y con los ahorros compró una casa en la Florida, paraíso tropical de los inmigrantes latinos.

La Florida los acogió con los brazos abiertos, con la calidez del clima, el verdor de sus parques y la blancura de sus playas. Pero como toda moneda tiene su revés, el trabajo escaseaba y la paga era casi un 50% menos de lo que ganaba en el norte. Dobló su horario de trabajo, uno de tiempo completo, mas un medio tiempo los fines de semana. Ella encontró una iglesia cercana al vecindario, se hizo dama voluntaria, recogía los niños en la escuela, cocinaba, atendía la casa en el día y al marido en la noche.

Pasaron los años y llegaron mas hijos, se hicieron miembros activos y participantes de la iglesia; martes de lecturas bíblicas, miércoles de visitas a hospitales, viernes de confesión,  sábados de liturgia y comunión y cada fin de mes retiros espirituales. El marido se escabullía de estos compromisos espirituales, pues prefería disfrutar de una cerveza bien fría en las tardes como recompensa a su dura jornada laboral.

Pero una tarde cualquiera  debido a la precaria situación económica que los puso al borde de una bancarrota el se vio en la obligación de exigirle a su mujer que buscara un trabajo para ayudar a solventar los gastos. Le dijo con una mezcla de rabia y frustración que en parte este descalabro se debía a la estúpida idea de renunciar a la compañía en Buffalo para satisfacer el capricho de ella y mudarse a la Florida. Como un desgarramiento en el corazón fue sintiendo ella mientras el esposo a borbotones sacaba de adentro sus reprimidos sentimientos, la frustración que lo carcomía, que lo devoraba a dentelladas y le estaba arruinando su vida. Ella no supo que decirle, callo y lloro y por cada lagrima que derramaba se le diluía el paisaje bucólico de su vida como una acuarela mojada por la lluvia. Con la vista borrosa lo vio alejarse sosteniendo una botella de cerveza en la mano hacia el cuarto.

Fue un duro golpe para ella, como el despertar de un hermoso sueño, como el final de unas inolvidables vacaciones. Se enclaustró en si misma, se cobijó en su fe y se dedicó a pedir con sus plegarias un trabajo y mucha comprensión para su marido. Como en una delgada capa de hielo que cubre la superficie de un lago a la que le cae de pronto una roca y por el impacto y el peso comienza lentamente a agrietarse en todas las direcciones vaticinando una inminente ruptura, así afloraron los problemas, se destaparon las anomalías y los defectos.

Esa noche el marido la busco balbuceando unas incomprensibles palabras de arrepentimiento por lo dicho. El fuerte olor a cerveza la molestó tanto como que tuviera el atrevimiento de buscarla para tener sexo, -que creía el, que ella era un objeto de placer sin sentimientos-. Se levantó de la cama, cogió una almohada y la cobija y se fue a dormir a la sala no sin antes dar un fuerte portazo.

De pronto en las siguientes noches no la dejaban dormir los acompasados y sonoros ronquidos de su marido, -como no lo había escuchado antes, estaba sorda o el amor la enceguecía-, pensó mientras lo despertaba y lo enviaba a dormir a la sala cerrando tras de el la puerta.

Consiguió el trabajo que el marido le exigía y se absorbió en el. La rutina, el corre corre con los hijos, el trabajo y sus deberes para con la iglesia le coparon los días, las semanas y los meses. Un viernes llego tarde de una reunión en la iglesia en la cual repartieron vino y conversaron animadamente entre amigas. Al acostarse, el licor que circulaba por sus arterias le subió la temperatura y le alborotó las hormonas. Era una de esas noches calientes de la Florida en que el cuerpo suda copiosamente y la ropa estorba. Se desnudo en la oscuridad y se apretó a su marido. El hombre sintió la tibieza del cuerpo de su mujer que como una  cascabel se le enredaba. Se volteó dispuesto al encuentro, en la oscuridad la beso, la apretujó, la olisqueó, la mordisqueó, mas cuando ella abrió las piernas dispuesta a recibirlo, la flacidez de su varonilidad se lo impidió. Por mas que trato, por mas que lo acarició, lo sobó, la respuesta fue nula, el falo siguió dormido. Le atribuyó el incidente al estrés, a el sobrepeso, a que tal vez antes de acostarse se tomo unas cervezas de mas y le habían sentado mal, pero todo el siguiente día estuvo pensando en lo avergonzado que estaba con su mujer, quería que llegara la noche pronto para responder como el toro que siempre había sido. Ella por su parte también se sentía culpable por haberse alejado un poco de el, por negarle el placer que tantas noches el le pedía. A partir de esa noche volvió a dormir con el, a complacerlo en sus apetitos, pero esos apetitos que tanto lo caracterizaron en el pasado hoy le fallaban; el hombre comenzaba con arrebato, con furia de marinero recién llegado a puerto, pero a las puertas del placer fallecía, se agitaba, se le cortaba la respiración y la erección no se concretaba.

A diferencia de el, que se apagaba como una hoguera mojada por la lluvia desmoronándose en cenizas, ella ardía en fogajes, en apetencias que la consumían y la desvelaban en noches interminables dando vueltas en la cama. Se entrego a la iglesia, a sus hijos y al trabajo en un desespero por apagar ese volcán que ardía en su interior. Encontró en los retiros espirituales la manera de aferrarse a emociones religiosas sólo para ignorar carencias terrenales y apetitos carnales los cuales se le manifestaban a diario.

Un domingo en especial en que el calor y los fogajes la atormentaban decidió darse un baño, se desnudo, entró en la ducha, abrió el grifo; el tibio liquido mojó su acalorada y sensibilizada piel, el suave desliz del agua por el cuerpo la estremeció, una leve descarga hormonal le contrajo el vientre, cerro los ojos y dejó que el agua le acariciara la piel. Tomó la áspera esponja de baño en sus manos, la frotó con espuma de jabón y la pasó por su cuerpo. Esa caricia, esa autocomplacencia la avivó, se dejó llevar por donde sus manos libremente frotaran la piel. Un impulso natural la acercó al chorro y entreabriendo las piernas llevó la oscura y abundante mata de vello púbico hacia el el chorro, un ahogado suspiro se le escapó abriéndole las puertas hacia un mundo desconocido de placer que la asusto. Soltó la esponja y abrió los ojos, sintió vergüenza de su desnudes, se mordió la palma de la mano para ahogar el suspiro que aun clamaba por salir de su agitado pecho, retrocedió un poco y trató de calmar la entrecortada respiración. Intentó rezar para aplacar ese demonio que la poseía. Pero a salir del agua el chorro cayó directamente sobre sus pezones endureciéndolos y llamándola al abandono, al placer. No aguantó mas, se acercó nuevamente al chorro y lo dejó caer directamente en su húmeda vulva, se contrajo al instante, un grito ahogado salido de lo mas recóndito de su ser subió por la garganta, alcanzó a morderse la palma de la mano para ahogarlo; con la otra mano libre exploró su sexo, que como una orquídea de carnosos pétalos oscuros se abrió para dar salida al rojo e hinchado pistilo que sus dedos recibieron en una  incontrolable fricción. Apretó las piernas, arqueo el cuerpo, desde el bajo vientre una energía, una corriente eléctrica le subió por el pecho, le llegó a la cabeza, mordió mas fuerte su mano para silenciar los ahogados gritos de placer y luego, como un volcán estalló en mil pedazos, cada terminación nerviosa de su cuerpo chispeó, recibió un espeso y caliente liquido en su mano nunca antes visto por ella, se dobló por completo extenuada y temblorosa. Soltó la mano que aun mordía, un hilillo de sangre le corría por la mano, chupo la sangre, salió del baño y se vendo la mano.

Ese fin de semana en la iglesia volvió y preguntó al cielo si era pecado la autocomplacencia, si estaba condenada a las eternas llamas del infierno por tratar de ser feliz. por estar viva y sentir, por ser mujer, pues estaba segura que a los hombres por ser hombres todo se les permitía, todo se les perdonaba, menos la impotencia, pensó y sonrío para sus adentros. Había logrado balancear un poco su vida, volvió la rutina y entre los hijos, la iglesia y sus citas a solas en el baño volvieron a acumularse los días y los meses.

El hombre intrigado la venia observando desde hacia unos cuantos meses. Cada viernes la veía arrodillarse en el reclinatorio y pedir con fervor. De vez en cuando la vio llorar, estuvo tentado a acercarse y tratar de consolarla pero respetaba ese recinto sagrado al que estaba yendo por razones laborales trabajando en la ampliación de una nave de la iglesia.

-Nunca escuchó tus respuestas, mis suplicas se diluyen en el vacío- decía ella en silencio mientras oraba, ya estaba cansada, decidió salir temprano de la iglesia pues quería caminar un rato y pensar. Al tratar de levantarse se enredo en su cartera y se fue de medio lado hacia el suelo. Unos recios brazos la sujetaron a tiempo evitando el inminente golpazo. El hombre la atrajo hacia el para no dejarla caer, quedaron casi que abrazados, los intensos ojos del hombre la miraron, ella se aferro mas a el para no caerse, el contacto con ese cuerpo la estremeció, levanto la vista y vio la blanca estatua de la virgen Maria que le sonreía. Por fin había escuchado sus ruegos.

viernes, 6 de mayo de 2016

Veinte Dólares

Se revolvió un poco en el carro, estaba incomoda pero se dispuso a pasar la noche de la mejor manera posible dadas las circunstancias. Se profundizó  rápidamente en el universo etéreo  de los sueños. En el aviso verde con letras  blancas pegado al poste pudo leer antes de desaparecer en un destello el nombre de una calle: "Ocean Drive". Acto seguido  la imagen de una playa blanca con un cielo azuloso pasó en secuencias fotográficas difusas que iban y venían sin darle tiempo a ubicarla, solo vio un cartel que decía “$20.00 per car”. Se despertó muy temprano con el sol tropical de la Florida colándose por los opacos vidrios del carro, tardo unos segundos con los ojos abiertos en reconocer donde estaba.

Que volteretas que la vida nos da, se decía para si misma mientras bajaba del carro y estiraba las piernas un poco, entumecidas por la posición encogida en que paso la noche. Si apenas ayer dormía en su plácida y confortable cama de Fort Lauderdale en compañía del gringo, aquel viejo panzón que le había calmado el hambre por cuatro años hasta que sus borracheras y maltratos la hicieron huir sin nada del apartamento. Subió unos cuantos vestidos al carro y se marchó.

En la tarde cuando buscó un hotelito donde dormir se enteró al tratar de pagar con la tarjeta de crédito que todas sus cuentas habían sido canceladas, solo contaba con veinte dólares que decidió no gastar e irse a un parqueo cerca a la playa a pasar la noche en el carro.

La convivencia al comienzo  con el gringo no había estado mal, lo sabia manipular, el hombre con tal de tener un poco de sexo le marchaba a su antojo, le daba gusto en lo que a ella le gustaba; ir de compras a los centros comerciales y salir a manos llenas con paquetes de ropa, lencería, perfumes y joyas; era su satisfacción y ese gusto exclusivo lo obtenía con sus encantos, seduciendo a los hombres adinerados pues el trabajo no le gustaba de a mucho.

Pero ahora estaba comenzando de la nada; no era la primera vez. A su cuarenta y ocho años eran muchos los hombres que habían pasado por su vida, nada de amor, siempre motivada por sus abultadas cuentas bancarias, no discriminaba en edad, raza ni color; o si, pensó, el color si le importaba, el verde de los dólares. Terminó de hacer un poco de estiramiento y se rio de buena gana con la ocurrencia del color.

Apuntó el nombre de la calle que había soñado en un papelito y lo guardó en la cartera, también se memorizó la escena de la playa con el cartel de los veinte dólares por parqueo; las premoniciones, las visiones en sueños eran mensajes, pautas que le enviaban los seres de luz que siempre la habían guiado y orientado. Nunca le fallaban ni aun en las peores circunstancias, mucho menos ahora, lo sabia. Tan ciertas eran las premoniciones que, se acordó de aquella muchacha embarazada que conoció en una fiesta y que con solo tocarle el abultado vientre de seis meses le vaticino muerte, le había dicho que ese bebe no nacería, lo vio en un destello, por supuesto la muchacha se enojó; se olvido del asunto hasta el día en que entre sollozos la muchacha la llamo para contarle lo certero de su profecía. No acostumbraba a sacar provecho de su don, de ese regalo que la vida le había dado, solo lo usaba cuando le llegaba, sin forzar las premoniciones, por eso mas de un disgusto se había ganado.

Decidió subir al carro nuevamente para desvestirse y ponerse el bañador. Enfiló hacia el mar que suavemente lamia las arenas de la playa. El sol perezosamente emergía de entre el mar en el horizonte proyectando su figura en una sola  sombra larga semejando una solitaria palmera agitada por el viento. Unas cuantas gaviotas descendieron a la playa a rebuscar entre los granitos de arena crustáceos o restos de algas dejadas por las olas.

Se dejó mecer al vaivén de las olas un buen rato boca arriba flotando sobre la verdosa y cristalina superficie del mar. La tibieza del sol comenzó a calentar su cuerpo, dejando ir su mente a diferentes momentos vividos; apareció de entre sus recuerdos aquel árabe con el que vivió un par de años, trigueño, delgado, oloroso a especies, a dátiles del desierto, sereno a la hora de amarla, de manos ásperas le recorría el cuerpo despertando sus escondidas zonas erógenas, de lengua ardiente y vibrátil que la hacían inmolarse en llamas de placer; ese si que era un buen amante, lastima que tuviera que desplazarse para el Oriente Medio por razones de trabajo. Ella rehuso acompañarlo pues en sus profecías se vio casi que encerrada en un sucio cuarto sometida a las antiquísimas costumbres del islam. Nunca le dijo por que se quedaba, pero siempre pensó que fue la mejor decisión que tomó. Lo extrañaba; con el probó el hachís por primera vez, fumaron la droga en la narguile, el exótico vaporizador de vidrio del que salían como tentáculos de pulpo varias mangueras con boquillas para aspirar el agrio humo de la droga; con dos aspiradas tuvo para entrar en un estado alterado de conciencia que le distorsiono la realidad y le sensibilizó los sentidos al extremo de hacer el amor sintiendo que toda ella se reducía a su sexo, no existía nada mas, cada estocada de su amante la sentía en todo el cuerpo como un gigantesco tambor con eco vibrátil, incontrolable; retumbe de sonoridades, de espasmos infinitos, inagotables. Terminando en  un interminable orgasmo colorido, psicodélico, inolvidable e irrepetible. La eternidad en un segundo; aun se estremecía al recordarlo.

Una punzada en el estomago le recordó que no había probado bocado alguno en toda la mañana; salió del mar. Después de secarse se subió al carro y condujo fuera del parqueo buscando un sitio donde desayunar. Avanzó por el boulevard costero paralelo a la playa, a medida que iba avanzando, el vecindario que aparecía ante sus ojos en cada curva estaba compuesto de mansiones lujosas, casi todas con yate o velero parqueado en el muelle trasero; voy por buen camino, pensó y siguió  avanzando. En un trayecto largo y desolado, enmarcado por manglares a cada lado de la carretera vio un aviso que informaba que había un playa publica mas adelante. Se detuvo en la entrada de la playa, justo en la cabina de cobro: "$20.00 per car", anunciaba el aviso. Su corazón dio un vuelco, la premonición!, pago los veinte dólares sin titubear, entro al parqueo, los carros que a cada lado estaban aparcados eran de reconocidas marcas exclusivas, se estacionó en la parte mas lejana y escondida del sitio.

Sandalias, bañador, gafas de sol, toalla y una salida de baño  de anchos rombos de malla transparente que dejaba relucir su bronceado y bien conservado cuerpo eran la única posesión en ese momento. Dio una vuelta por la playa reconociendo el terreno. Caminaba por la arena buscando hombres solos, vio a alguien sentado en una silla playera, espero un rato detrás de el pero cuando se iba a acercar llego una mujer y se le sentó al lado, siguió  caminando en busca de otro pez. Tardó  mas de una hora en dar vueltas y nada que veía su presa, cansada decidió extender  la toalla y acostarse un rato boca abajo para descansar, no tardo mucho en que el hambre y el cansancio la vencieran.

El hombre le tocó el hombro suavemente  para despertarla; sobresaltada quedó sentada de un tirón. Estaba discutiendo con el gringo panzón, reviviendo en sueños la ultimo altercado que tuvo, donde el gringote aquel se atrevió a írsele encima con intenciones de abofetearla. Justo en ese momento sentía que la tocaban, por eso despertó asustada y temerosa. A contraluz, se silueteaba una figura masculina que le advertía que la marea estaba subiendo, que tenia que moverse o corría peligro. El hombre la ayudo a ponerse de pie, le recogió la toalla y juntos caminaron en dirección contraria del mar hasta llegar a una enorme sombrilla roja en cuya sombra permanecían dos sillas reclinomaticas de madera pintada de blanco reluciente. Los anaranjados cojines que estaban sobre las sillas acogieron sus cuerpos mientras el vejete le conversaba y muy sutilmente la interrogaba.

Setenta y cinco años marcaba el cronometro del vejete, inversionista inmobiliario retirado, había acumulado una gran fortuna con la compra y venta de condominios a lo largo y ancho de la costa este floridana. Ella le dijo que estaba de vacaciones en Florida, que se estaba quedando en casa de unas amigas y que alguna vez había trabajado de realtor. Despreocupadamente ella lo miraba, lo observaba; de curtida piel esculpida en bronce producto de la excesiva exposición al sol, delgado, afeitado de pies a cabeza, alto con ademanes finos y movimientos lentos pero firmes. Poco a poco iba tejiendo su red, se mostraba muy recatada, pero de vez en cuando al arrellanarse en los cojines se movía con una sensualidad estudiada que el vejete no podia desapercibir inquietandose un poco. Experta en el tema le estaba prendiendo la llama del deseo de a poquitos, como quien enciende una hoguera frotando un palo sobre la roca, de vez en cuando el vejete soltaba una chispa con las provocaciones. El juego antiquísimo de la seducción. Sabia que iba por buen camino, una vez mas sus premoniciones se cumplían.

El vejete la invito a comer, ella le dijo que tenia un compromiso, el vejete insistió, ella hizo una llamada por el celular para cancelar una cita y poder aceptarle la invitación. Salieron del parqueo cada uno en su carro, ella lo seguía y se comunicaban por celular. El vejete llegó directo a la linea de valet parking de un exclusivo centro comercial en Boca Raton y le hizo señas a ella que le entregara las llaves al botones para que lo parqueara. Comieron en Alexander’s, fue discreta en ordenar aunque se hubiera comido un caballo entero por al hambre y la fatiga que tenia. Luego caminaron un rato por los pasillos del lugar. El le propuso que comprara algo en la tienda que deseara, era un regalo por haber encontrado,"esa perla en el mar", según sus propias palabras. Se encamino directamente a Victoria Secret a comprar alguna lencería, era un buen incentivo, el vejete seguro le escogería la prenda mas atrevida y se la imaginaria puesta; buen afrodisiaco. Pero el vejete la cogió suavemente de brazo y la hizo entrar a la joyería de enseguida, pidió una gargantilla y se la coloco en el cuello, en oro blanco con terminación en incrustaciones de esmeraldas y rubíes. Sin salir del asombro, salió con esa costosísima joya avaluada en mas de $2,500 dólares adornando su incrédulo cuello. No se lo podía creer, era mas de lo que esperaba de ese día.

El vejete la invitó a su casa a tomar algo y conversar con mas privacidad. Mientras conducía el auto siguiéndolo llamo a su amiga y atropelladamente le contó todo lo sucedido, estaba excitada, le contó del sueño, de la playa y también le dijo que iba en camino a la casa del hombre a pagar la factura de la comida y la joya. Al voltear la esquina para llegar a la casa del vejete el corazón casi se le sale del pecho: “Ocean Drive” se leía  en el verde aviso de letras blancas demarcando la calle que tomaba y era donde estaba ubicada la  mansión  del vejete.

Antes de bajarse del carro tuvo que serenarse un poco pues estaba temblando de emoción,  respiro varias veces profundamente hasta normalizar su ritmo cardiaco, ahora mas que nunca necesitaba tener el control de la situación y con mayor razón puertas adentro de la casa.

La sala con paredes forradas en madera y estanterías llenas de libros, jarrones, esculturas y antigüedades lucia impresionante y acogedora, se descalzaron y caminaron por la mullida alfombra en dirección al bar, una reliquia de madera empotrada en la pared con relucientes copas colgadas del techo y vitrinas llenas de licores de todos los colores y diversa procedencia. Sirvió, en sendos vasos de cristal dos chorros de coñac “Licor de los dioses” de la casa “Remy Martin”; exclusivo licor procedente de unos barriles añejados por mas de 100 años y puestos a la venta a un costo de $15,000 dólares la botella, según le explicó. Ese sorbito, del caliente y espeso liquido que le bajaba por la garganta podría costarle quinientos dólares o mas. El lujo no es pecado, para quien lo pueda tener, pensó mientras miraba a rededor. Le descendió como lava ardiente el coñac calentándole el cuerpo y avivándole los deseos, no en vano desde la época de Napoleón era considerada la bebida afrodisíaca por excelencia.

El adinerado vejete le insinuó que tomara una ducha para quitarse la arena del cuerpo y estuviera mas confortable. Tenia sus dudas pero realmente estaba incomoda transpirando la sal del mar. El cuarto de huéspedes y el baño como todo en la casa era enorme y recargado de adornos y cuadros. Dejó que el frío chorro de la regadera le recorriera todo el cuerpo, refrescaba, renovaba y lo necesitaba. Salió de la ducha empapada y se encontró de frente con su cuerpo reflejado en un enorme espejo que cubría toda la pared. Noto que sus carnes ya estaban cediendo al paso de los años. Tomo los pechos entre sus manos, eran pequeños, de pezón grande, café oscuro y aureola reducida, un poco descolgados pero aun tenían firmeza y las pecas que abundaban en el nacimiento los hacían ver seductores; solo era cuestión de escoger el escote adecuado. Siguió  bajando la mirada hacia la mujer que le devolvía el espejo, tenia caderas redondeadas tipo guitarra, al caminar y bailar siempre las usaba como arma seductora, no fallaba; los hombres, los estúpidos hombres siempre caían rendidos ante su contoneo. Se puso de lado, las nalgas, blancas y planchas ya comenzaban a poblarse de hoyuelos; era su falencia, su talón de  Aquiles, nunca posaba de lado para las fotos, nunca; siempre  de frente y sonriente mostrando la redondez de sus caderas. Notó que el exceso de comida se le estaba acumulando en el vientre, de frente pasaba, pero de lado, que horror!, era hora de hacer dieta, ejercicio o la lipo en caso extremo. El vello púbico no existía, lo afeitaba y se hacia la depilación por cera, cuestión de aseo y estética, le gustaba así. Descendió la vista hacia las piernas, largas, torneadas, de pantorrilla gruesa, especial para lucir los exagerados zapatos de tacón alto a que usaba, pero también noto la incipiente invasión de la celulitis comenzando en la parte trasera de sus muslos; este cuerpecito necesita urgentemente mantenimiento, pensó.

Tomó una salida de baño que encontró en el ropero del cuarto, se calzó unas sandalias y se dispuso a bajar. Cuando estaba a punto de abrir la puerta recapacitó y razonó que lo mejor era vestirse nuevamente. La estrategia, intuyó ahora que había visto lo adinerado que era el vejete no consistía en un polvo de una sola noche -“In and Out”-  como decían los gringos; ella iba por mas. El vejete estaba también bañado esperándola con las copas llenas de brandy, ella tomo la copa y se sentó en uno de los altos taburetes que adornaban el bar.  El vejete salió del bar, se le acerco e hizo girar el taburete, ambos quedaron frente a frente mirándose a los ojos por unos segundos que a ella le parecieron interminable e incomodos, el vejete dibujando una sonrisa maliciosa en sus delgados labios de un tirón se despojo de la salida de baño que llevaba puesta y quedó desnudo. Se quedó quieta, asombrada, con la vista recorrió el lampiño cuerpo  del hombre, estaba erecto, su resplandeciente y acanelado falo sobresalía de entre sus piernas. No se esperaba esta acción, suponía que el le sugeriría tener sexo, pero no que actuara así, tan directo, tan intempestivamente. Ademas ya había, decidió que no iba a matar la gallina de los huevos de oro pagándole la joya con una noche de sexo. No, ya era hora de ir pensando en una estabilidad, en sentar cabeza y que mejor que “aquí en esta casita y con ese yate al frente”. Acostumbrada a lidiar con todo tipo de hombres y en especial en situaciones embarazosas como esta, se bajó del asiento, recogió la salida de baño del vejete y se la pasó para que se vistiera. Luego se quitó la costosa joya del cuello, la puso encima del bar y le dijo que ella no estaba en venta y mucho menos por esa cantidad, que se podia quedar con su joya y sus riquezas, que ya lo había conocido bastante para saber la clase de hombre que era. Cogió las llaves del carro y se marchó dejando al vejete incrédulo, asombrado y con el falo en caída libre hacia el suelo.

Fue una jugada magistral, se jugó el todo por nada; como buen jugador puso las cartas sobre la mesa para apostarse entera y se sentó a esperar la siguiente jugada. Le pidió posada a su amiga por una semana:  tiempo suficiente para que el vejete la llamara. Antes de marcharse se aseguró que el numero de su celular hubiera quedado grabado en el de el.

Se levantaban, desayunaban con la "amiguis", se iban para la playa a mantener el bronceado que las caracterizaba y luego en la tarde a los centros comerciales de "Shopping Windows" como dicen por estos lados.

La semana transcurrió rápido y sin ninguna novedad, ella estuvo calmada, lo que mas le preocupaba no era el silencio del vejete sino la ausencia de señales, de mensajes, las premoniciones estaban desaparecidas. El viernes en la tarde, después de llegar cansadas de recorrer las tiendas antojandose de cuanta novedad encontraran, llegó la tan esperada llamada; el primer impulso fue contestarle inmediatamente, pero algo la freno, espero a que se agotaran los timbrazos y se activara el modo de mensaje. La voz gruesa y cálida del vejete en un ingles académico le comunico lo apenado que estaba y que para resarcir el atrevimiento: lo imperdonable de su acción, la invitaba a cenar esa noche: el restaurante era Cheesecake Factory de Boca Raton, la hora: 8pm, si no obtenía respuesta antes de las siete, daba por entendido que la efímera relación entre ellos había muerto. Ahora si, dijo ella, vamos a caminar a mi ritmo y bajo mis condiciones.

Pasó un año desde aquellos días en que conoció al vejete, a “darling” como le decía ahora cariñosamente. Estaba tendida en la inmensa cama del cuarto principal de la casona, al levantarse para tomar la ducha paso por el inmenso espejo del baño, dejo caer la diminuta pijama de seda que la cubría para apreciar su cuerpo en el reluciente espejo; ahora si podia posar de lado, la lipo había desaparecido su abdomen y el bisturí le había adicionado un buen trasero, hasta la boca era ahora poseedora de unos labios carnosos, sensuales y jugosos lucia mejor su rostro. Se puso el bañador y salió al balconcito que da a la piscina, el vejete comenzó a llamarla, ya estaba listo el yate, que los llevaría en un recorrido por las Bahamas celebrando el primer aniversario de su relación.

sábado, 16 de abril de 2016

Homerin

Comenzó a subir las gradas muy lentamente, primero subía el pie derecho, se apoyaba un poco, se levantaba y colocaba el pie izquierdo en el mismo escalón, continuaba con este proceso sostenido del pasamanos en un esfuerzo atormentante, heroico, pues su rostro, otrora juvenil y alegre, se crispaba  se contraía en una mueca de dolor, fatiga, angustia y desesperanza. 18 escalones le tomaron mas de media hora, yo lo esperaba arriba conteniendo las ganas de bajar y ayudarlo, pero el con una mirada que no aceptaba contradicciones ni autocompasión me había dicho: "yo puedo solo".  Llegó y lo abrace, contuve las ganas de llorar. Su agitado pecho le ahogaba la respiración por el esfuerzo que había realizado; del joven alto, robusto, moreno de maliciosa mirada y risa espontánea no quedaba nada. El frágil, reducido y agitado cuerpo que abrazaba no era ni la sombra del muchacho con el que compartí muchos años de mi vida.

Cuando lo conocí rondaba los cuatro añitos de vida, se había caído de la terraza en su casa; cayó con su frágil cuerpecito desde un tercer piso; para fortuna de sus padres, unas matas, frondosas, de grandes y primitivas hojas verdosas amortiguaron la caída y solo con unos cuantos raspones en la piel y otros moretones mas salió del percance. Hubo risas y alegría después del susto, -se salvo de milagro-, comentamos todos con certeza; lo que no sabíamos era que mas adelante, en los mejores años de su vida y en un país lejano, el destino volvería a ponerlo al borde del abismo de nuevo.

Travieso, juguetón e inteligente, era el único hijo de la joven pareja (en aquella época) y la adoración de todos. De inquietos ojos negros y profundos que revelaban nobleza y unas ganas de vivir infinitas, hacían de el un muchacho agradable y popular. Sus papas le habían enseñado chistes picantes, trovas maliciosas y versos, los cuales recitaba en las reuniones familiares haciendo reír a todos por igual.

Se fue convirtiendo en un joven de recia personalidad y ademanes afectivos, alegre, enamorado de la vida y de las mujeres. Le gustaban todas y a todas coqueteaba  y conquistaba. Deje de verlo por unos años cuando emigré a los Estados Unidos para radicarme en Nueva York.

Un frío invierno de heladas ventiscas, desnudos arboles grises escarchados y añejos llegó con su familia hecho ya todo un adolescente deseoso de conquistar la gran manzana, los recibimos con alegría y juntos nos dispusimos a comenzar una nueva vida.

Entró al "High School" y rápidamente, debido a su juventud e inteligencia aprendió el idioma ingles y se integró a la cultura americana. Se ubicaron en un vecindario italiano de Queens llamado College Point. Desde allí, sus padres comenzaron a buscar trabajo para sacar adelante a sus dos hijos, pues ya tenían la niña. Los comienzos fueron duros, soportando fríos invernales para cumplir con horarios de madrugada en trabajos de ínfima categoría, pero que les permitían subsistir. Poco a poco se fueron ubicando y comenzaron a adaptarse al país.

Siempre soñador, siempre tratando de superarse iba del estudio al trabajo y del trabajo a la diversión, pues no le faltaba cada fin de semana la rumba y sus amigas con quien compartir.

En una ocasión, en invierno cayó  una de esas nevadas monumentales que dejo la ciudad de Nueva York cubierta  por una capa blanca esponjosa de mas de metro y medio de espesor. La suave persistencia de los copos de nieve silueteó de blanco espectral toda ciudad. La sideral blancura del entorno tornó en escala de grises todo a su alrededor, desde el negro absoluto de las llantas de los carros que se atrevían a circular hasta el blanco puro que en capas de ondas suaves recubría todo el paisaje. Salimos de la fotografía dispuestos  a llegar casa a como diera lugar. El único medio de transporte resulto ser el mas antiguo y usual de la humanidad: la locomoción en los píes,  caminar y caminar hasta llegar a casa. Compramos, sugerencia de Homerito, una botella de aguardiente dizque para calentar el cuerpo en la caminata. Resulto efectivo; a ritmo de buena marcha y traguitos avanzamos en la blancura de la noche y los mas de 20 kilómetros de recorrido los finalizamos a media noche copetones en medio de risas y bromas.

Fe una época  feliz la que compartí con el y su familia en aquellos años de trabajos duros y economías limitadas. Antes del estudio fotográfico teníamos un part-time haciendo entregas a suscriptores del periódico  New York Times en sus casas u oficinas, Comenzábamos a las 3 de la mañana empacando el diario en bolsas plásticas, de dos a tres horas duraba esta labor, dependiendo de la cantidad de periódicos a empacar, exceptuando el domingo que el diario era de un grosor enorme, casi 5 pulgadas de suplementos, propaganda e información y la empacada duraba mas de lo usual. Entregábamos en el bajo Manhattan en exclusivos edificios de mas de 40 o 50 pisos, donde casi siempre en el área  de recolección de la basura encontrábamos artefactos eléctricos o utensilios de cocina casi nuevos que al momento recogíamos para llevar a casa y exhibir como trofeo de guerra.

En los veranos, casi siempre en el Flushing Meadow Park, el pulmón verde de Queens se celebraban festivales hispanos y torneos de fútbol.  Ahí estábamos nosotros con los carros llenos de cerveza  fría en la bodega. En las bicicletas colocábamos un maletín con hielo y cerveza, recorríamos el parque vendiéndola y esquivando la policía que cuando nos detectaba nos perseguía. Nos mezclábamos entre la multitud y los perdíamos. Una que otra vez nos pillaron y nos decomisaron el cargamento. Éramos como el titulo del libro de “Gabo” “Felices e indocumentados “, eran otras épocas. Otros sueños y otras ilusiones nos motivaban.

Mucha agua a pasado debajo del puente desde aquellos lejanos años, mas de 25 creo. Pero el Homerin que conocí, con el que reí, bromeé, jugué y también llore aun lo tengo presente en mi memoria. No se cual fue el día de su partida ni bajo que tristes y dolorosas circunstancias exhalo su ultimo suspiro, me desconecte de los Toro hace mucho, nos alejamos por caminos diferentes, pero las vivencias y los recuerdos del muchacho alegre y bromista siempre los llevaré  conmigo.


jueves, 14 de abril de 2016

La promesa

-Amores como el nuestro, muy pocos,- dijo el dentista. Se besaron detrás de una fría columna en el aeropuerto; un intenso beso de despedida, con sabor a nunca mas. Se quedó viéndolo como se alejaba, como se desdibujaba tras los gruesos y grandes ventanales del pasillo en la sección de abordaje del aeropuerto.

-Mijo, tenemos que hacer algo diferente, esto acá es muy duro, yo no entiendo por que nos vinimos-. El la miro largo rato, como escudriñando en su mente, como diciéndole con el silencio, esa pregunta sobra. Estaban en la treintena de sus vidas, habían sido novios desde la secundaria y en uno de esos escarceos amorosos había quedado embarazada, una niña era el fruto de esa relación y ahora, después de mas de diez años volvía a quedar embarazada. Dos largos años de estar cambiando de trabajos; lavando carros, limpiando casas, haciendo entregas a domicilio en supermercados y nada que despegaban y de repaso con este segundo embarazo, le tocaría a el solo hacerle frente a la situación económica.

Acá estaban mas tranquilos, especialmente ella, después de aquella infidelidad que casi le cuesta el matrimonio, salvando la relación solamente con la promesa de irse de Bogotá para poner tierra de por medio. Borrón y cuenta nueva, un nuevo comienzo en Miami.

Esa noche, en el hotel donde trabajaba de valet parking tuvo tiempo de remontarse al pasado, a su amorío, a esa experiencia que lo sacudió de pies a cabeza, que lo enloqueció hasta perder la cordura y entregarse con pasión a ese desenfreno que le cambio para siempre la forma de ver la vida, de amar y hasta de pensar, conclusiones que hacia mientras conducía un carro hacia el sótano del hotel.

El dentista, un hombre con mas de medio siglo de vida encima, en buena forma física de piel blanca, delgado y con unos hermosos ojos color avellana había captado su atención desde el momento de la entrevista para el cargo de asistente dental que solicitaba. Lo atendió con una amabilidad soterrada que lo intranquilizaba. Esos ojos penetrantes, intensos y magnéticos parecían escudriñar su mente, adentrarse en sus pensamientos, en sus deseos y no tenia por que ser así, era solo una entrevista de trabajo y además de ahora en adelante seria su jefe.

-Usted va a ser mi mano derecha aquí en la clínica, me gusta su actitud, sus ganas y positivismo para hacer el trabajo, le espera un futuro muy prometedor a mi lado-. Aun se acordaba de esas palabras, palabras que en su momento no alcanzo a vislumbrar el profético y arrollador efecto que ejercerían en su vida. Por eso estaba acá, pensó mientras cuadraba el ultimo carro del turno de la noche en el hotel.

Su esposa aun dormía cuando llegó del trabajo a casa. Con el pelo revuelto pegado a la cara y en estado de abandono en la cama dejaba traslucir su belleza en la penumbra, los desnudos pechos medio cubiertos por la cobija, las redondas caderas y el abultado estomago del sexto mes de embarazo la hacían mas voluptuosa mas sensual, mas suya; un ramalazo hormonal sacudió su cuerpo, se desnudó, se acostó a su lado; entre susurros y caricias le separo las piernas, la penetró y en la silenciosa duermevela del amanecer entre ayees y ahogados quejidos descargo su virilidad sin darle tiempo a despertar.

Esa noche, con su esposa pronta a dar a luz, estaba intranquilo, trabajaba expectante a recibir la llamada que lo convertiría en papa por segunda vez. El BMW llegó a hacer la fila en la línea de parqueo, identificó el carro como del hombre con las propinas generosas, nunca lo había atendido, esta vez espero pues necesitaba todo el dinero extra que le pudiera llegar. La oscura y reluciente ventanilla del lujoso sedan comenzó a descender suavemente, del interior del vehículo unos ojos avellana, intensos y penetrantes asomaron y lo enfocaron centelleantes. El corazón se le agiganto, se le acelero, estupefacto  trato de retroceder, oyó su nombre, escucho un -te he buscado por todas partes-, cerró los ojos como tratando de borrar ese momento, de desaparecer esos ojos color avellana que lo magnetizaban. El dentista se apeo del sedan lo tomo suavemente del brazo: el contacto de esa mano recia le impregnó una energía que le recorrió el cuerpo, que le revivió momentos, locuras, desenfrenos pero también culpabilidad, arrepentimiento; la imagen de su esposa embarazada, de sus promesas, lo llevaron a soltarse del dentista e irse rápidamente a atender otros huéspedes del hotel.

Nació su segunda niña, de dorados rizos y con los ojos verdes de su madre. Entre atenciones a la esposa recién hecha mama y la bebe se le fueron cayendo las hojas al almanaque y las dos semanas que tomó de vacaciones llegaron a su fin. En su primer día de trabajo evito a toda costa atender la fila donde se había encontrado el BMW, se sentía nervioso, navegaba en dos turbulentas aguas; en la una remaba fuertemente en dirección a su hogar, a sus promesas, a sus hijas y esposa que ignoraba este encuentro y en la otra, algo dentro de el ansiaba ese reencuentro, se dejaba arrastrar a momentos por esa pasión, por ese sentimiento que estaba seguro no competía con el amor que sentía por su esposa y sus hijas, pues eso lo tenia muy claro: esas niñas eran su vida y por ellas haría cualquier cosa. Esto era diferente, no sabia como describirlo, una dualidad, un dejarse ir por lo que su cuerpo le pedía, un disfrute, una bisexualidad que no quería cuestionar para no sentir culpas ni remordimientos, solo vivirla y punto. Si mi esposa comprendiera, pensó.

-Es muy importante que hable contigo.- La voz a sus espaldas lo sacó de cavilaciones, se le contrajo el abdomen y las piernas le temblaron; no giró sobre si para ver la procedencia de la voz, espero a que el dentista se le acercara y se situara frente a el. Solo habían pasado dos años pero la impresión que le causo verlo lo conmocionó, estaba avejentado, pálido, demacrado, sintió ganas de abrazarlo pero se contuvo, solo obedeció el ademan del dentista de subirse al carro. Esa madrugada al llegar a casa, se ducho con una urgencia de enjabonarse y borrar las huellas de infidelidad en la piel, de desaparecer a golpe de estropajo las caricias y el pecado de la carne. Se acostó al lado de su esposa que aun dormía, la abrazo y en silencio lloró largo rato con un remordimiento infinito e inconsolable antes de profundizarse.

Ella comenzó a notarlo un poco distraído, silencioso y apático, evitaba su presencia y con disculpas de cansancio se encerraba en su cuarto a dormir. Ella lo comprendía pues aparte del trabajo de tiempo completo había conseguido un empleo de media jornada en la tarde para poder sufragar los gastos de la casa. No se explicaba y en eso la admiraba, como hacia para hacer rendir el poco dinero que el llevaba a casa. procuraba no pensar, solo trabajar, llegar a casa, cerrar los ojos y dormirse para abrirlos en unas cuantas horas y seguir la rutina. Los días se fueron acumulando a su espalda, las semanas y los meses cumplieron un año desde aquel encuentro, todo parecía en el olvido pero solo aquella promesa lo atormentaba, le taladraba el cerebro y lo perseguía en sus sueños; promesa que el sabia era real, que algún día se cumpliría, pero no estaba dispuesto a pagar el costo de aceptarla.

Cuando llegó a casa en la mañana ya su esposa lo estaba esperando en el comedor del apartamento, olía a cafe recién colado, se sentó frente a ella esperando su taza de cafe y lo primero que vio sobre la mesa fue un pasaje de avión, intrigado lo abrió, estaba a su nombre y en claras letras azules leyó: MIAMI-BOGOTA. La miro asombrado, no entendía, no comprendía, no supo que decir y por primera vez en ese largo año la miro directamente a los ojos. Los verdes ojos de su esposa lo miraron fijamente, se notaban enrojecidos de llanto reciente. Era un pasaje de una sola via, sin regreso, sin posibilidades de volver pues habían llegado de turistas y aun ahora después de tres largos años estaban ilegales en el país. -Es para que vaya a Colombia y haga valer los derechos, los derechos de la promesa, o ya se le olvido?-.

La promesa. Que sabia ella de la promesa, de su encuentro clandestino, de su lucha interna, de ese infierno que tenia anidado en el pecho, que lo quemaba, que lo consumía; de ese bloque de hielo que le pesaba en el estomago, que lo enfriaba, que lo insensibilizaba hasta convertirlo en un zombi. -La promesa mijo-, volvió y escuchó que su esposa le decía. Se sentó a escucharla en la silla con la taza de cafe vacía en la mano.

Hacia ya mas de un año que el dentista se  comunicaba con ella, recibía una mensualidad que le giraba cada mes -Como cree mijo que he hecho para que con el poco sueldo que usted gana podamos sobrevivir los cuatro, no me decía a cada rato que hacia milagros con su sueldo.- El milagro tenia nombre; el solo escuchaba en silencio, con la cabeza agachada, de vez en cuando la levantaba para mirarle esos verdes ojos que centelleaban. -El me habló de la promesa que le hizo a usted hace un año cuando se encontraron, se acuerda?-. Esta vez la miro con los ojos muy abiertos pues ese tiquete de avión solo significaba una cosa; que el dentista había fallecido. No pudo gesticular palabra alguna, ella con la mirada se lo confirmó, se sentó de nuevo y se cogió la cabeza con ambas manos, estaba confuso, no alcanzaba a digerir toda la revelación que su esposa le decía. No podía ser posible que ella lo supiera todo y se lo callara. Y mucho menos que se comunicaran, si en Bogota cuando ella descubrió la infidelidad fue a la clínica a confrontarlo y se armo un lío con escándalo y policías, esa era la razón por la que estaban exiliados en Miami.

Que había pasado, desconocía a su esposa, la mujer que con esa calma le contaba los hechos se le hacia una extraña. Que poco la conocía, pensó. Ella que era impulsiva y no podía guardarse nada, como había aguantado ese silencio. -El dinero mijo, nuestro futuro económico,- oyó que ella le decía como si le leyera el pensamiento. Tiene que irse ya i hacer valer sus derechos, si es que cumplió con la promesa, -le doy un mes para que resuelva la situación, si en ese plazo no pasa nada, igual me voy con las niñas para allá, que ya no aguanto estar comiendo mierda aquí-. le dijo sin darle tiempo ni opción a objetarle la sentencia.

En el aeropuerto El Dorado de Bogota el lujoso sedan BMW se acercó suavemente a recoger a la pasajera que llegaba de Miami con sus dos hijitas, el chofer le dijo que su esposo no había podido venir a recogerla pues estaba en una junta de reestructuración de la clínica dental. Se cumplió la promesa pensó la mujer con una risilla de satisfacción en su boca. Eran dueños de la clínica, en dentista dejó antes de morir todo a nombre de su esposo. En fin de cuentas ella veía esa relación de su esposo con el dentista desde otra perspectiva, como la de un padre hacia un hijo que lo quería mucho y le heredo toda su fortuna, ahora todo seria diferente, serian felices y ricos, por fin la suerte le sonreía.

El nuevo dueño de la clínica dental le paso la mano por el hombro al joven empleado y le dijo:-Usted va a ser mi mano derecha aquí en la clínica, me gusta su actitud, sus ganas y positivismo para hacer el trabajo, le espera un futuro muy prometedor a mi lado-.

sábado, 5 de marzo de 2016

En el Gym

-Con el colesterol elevado, mas la presión arterial alta, lo mejor que puede hacer es una caminata de una hora para reducir grasas y fortificar los músculos-. Estas eran las palabras del doctor después  de leer  y releer los resultados de mis exámenes  médicos. Entre líneas fruncía el ceño y mas de una vez negaba con la cabeza mientras me miraba por encima de sus espejuelos. -Pero doc, le repliqué: no tengo tiempo para esa caminata. –a su edad mi amigo no tiene excusas ni disculpas para cuidar su salud y hacer ejercicio; es cuestión de vida o muerte-.

Con este vaticinio tan sombrío y con mucho que hacer todavía en este planeta no me podía dar el lujo de ignorar  las palabras del doctor. Ni corto ni perezoso me inscribí  en un gimnasio  cerca de casa que ofrecía un buen plan.

60 minutos  de caminata era lo que me había recomendado el doctor; así que llegue al gym ataviado con pantalones cortos de nylon muy sueltos, camiseta ancha de algodón para disimular  los excesos  alimenticios,  botella de agua en la mano y zapatillas verde fosforescente muy de moda  para comenzar la rutina que me llevaría a mejorar mi silueta y conservar la salud.

A esa hora de la tarde el sitio estaba relativamente  vacío, así  que di una vuelta por el lugar revisando  las diferentes  maquinas  con curiosidad  de niño explorador; estaba la elíptica, la banda caminadora,  la bicicleta  estática y otras maquinas mas sofisticadas de nombres impronunciables para mi corto entendimiento en materia de ejercicios.

Opte por la banda caminadora, pues me pareció fácil de usar; solo deslizarme sobre ella por una hora y ya, cumpliría  con la meta del día. Pulse el botón del tiempo hasta dejarlo en los 60 minutos que requería mi rutina diaria, la banda comenzó a moverse muy suavemente así que eleve un poco la inclinación de la maquina y luego ajuste la velocidad a 7 k/h. Fantástico,  maravilloso, mis pies rodaban por la banda acompasadamente; hombre y maquina sincronizados en un solo movimiento.

Tiempo recorrido: 10 minutos. En la siguiente  hilera de caminadoras, frente a mi, una rubia forrada en una traje de licra pegado al cuerpo como una brillante y sedosa segunda piel se apodero de la maquina comenzando a caminar y al poco tiempo a correr sobre la banda. El dorado cabello humedecido por el sudor caía en cascada sobre sus desnudos hombros y terminaba cubriendo su diminuta cintura que daba paso al nacimiento de dos inflados y redondeados globos simétricos que en constante movimiento subían y bajaban rítmicamente creando un efecto de fijación hipnótica en mi.

Tiempo recorrido: 20 minutos.  A mi diestra se posesionó de la caminadora un señor, muy mayor el, quizás de 70 años o mas, con piel de corteza de árbol milenario y descascarado. Lo mire y me arqueo la espesa y canosa ceja en señal de saludo. Comenzó suave, muy suave pero en cuestión de minutos estaba corriendo sobre la banda a zancadas de perseguido por perros rabiosos. Volví y lo mire para recalcularle la edad pues me parecía imposible; tal vez esté curtido y arrugado por el sol y sea joven, tal vez pensé. Traté de aumentarle un poco la velocidad a mi maquina para no desentonar con el añejo y vital personaje, pero una vocecita interna me advirtió: "cuidado que te falta media hora, deja de hacerte el sobrador". me resistí y seguí a paso de tortuga.

Pero, cuando a mi izquierda se ubicó una señora, rubia y bien tenida ella, también de piel bronceada y en la cincuentena de su vida, que en un abrir y cerrar de ojos presionó botones y movió controles para comenzar a volar sobre la banda, sentí que mi orgullo de hombre latino estaba quedando por el suelo.

Mire el tiempo faltante: 15 minutos, -es poco, puedo aumentar la velocidad-, decidí. Mis pies comenzaron a tratar de llevarle el ritmo a la banda que se deslizaba mucho mas rápido que mis movimientos, no me quedo otra opción que asirme a las barras paralelas de la maquina y aminorar el efecto de la velocidad. El alivio fue momentáneo pues la banda seguía ganándole en velocidad a mis piernas que ya comenzaban a flaquear. Aguanta, aguanta me decía para mis adentros. La señora rubia del lado me miro muy ufana y sonrío.

10 minutos faltantes, el reloj digital de la maquina avanzaba en oposición a la velocidad: entre mas rápido iba, mas lento transcurría el tiempo. 8 minutos, uf!, lento, lentísimo el tiempo. El viejo del otro lado seguía a su ritmo, inmutable, constante, inalterado. Debe de haber nacido, crecido y vivido en la caminadora, es su medio habitual no hay duda.

5 minutos, ya casi cumplo con hora diaria. Sudaba a chorros, respiraba jadeante, el sudor me empañaba los ojos y las gafas, trate de limpiarme la cara pero al intentar soltar la barra sentí que mi cuerpo se balanceaba peligrosamente, desistí de la idea. Al mirar hacia abajo note que un cordón del zapato se había soltado y existía la posibilidad de que en mi errática carrera lo pisara, abrí un poco las piernas para correr evitando el cordón que se bamboleaba para lado y lado sobre la banda como gusano con epilepsia.

2 minutos, 1:59, 1:58 que lento disminuye el conteo y que rápido voy. El cordón saltarín amenaza con dejarse pisar y yo en cabriolas y maromas trato de esquivarlo.

1:30, mantengo el ritmo, sudo, jadeo, aguanto, brinco, salto y evado el cordón.

1:00, me aferro con mas fuerza a las barras paralelas pues ya no siento mis piernas.

0:45, sigo corriendo por inercia, como rodando cuesta abajo en una pendiente, pero aguanto, resisto y me aferro a las barras.

0:30, la maquina comienza a reducir velocidad para bajarle el ritmo al trote pero mi cuerpo y mis piernas siguen aceleradas, no bajan la velocidad, tardan unos segundos en obedecerme.

Descanso,... alivio..., me bebo de un solo sorbo la botella de agua. tiemblo un poco por el esfuerzo, pero respiro satisfecho.

!Que duro es llegar a viejo y mantenerse en forma, mañana será otro día y otra hora, ya veremos!.

sábado, 13 de febrero de 2016

La Inolvidable Tia Nila

Ese domingo amaneció llorando a chorros. Grises y oscuros nubarrones impedían que la tibieza del naciente sol nos iluminara. Por que llorará el día, por que estará triste, de quien se lamentara?. La respuesta llegó por un texto en el teléfono: la Tia Nila había partido de este terrenal mundo hacia otros lares desconocidos.

Muy temprano en la mañana, después de leer el texto, el olor a café recién colado me fue llevando de la mano con su aroma hacia el pasado, hacia muchos años atrás; me regrese a Colombia, a Cali y la volví a ver por allá en los setentas, en el barrio de San Nicolas; no se cuantos años tendría por esa época, pero era una mujer espectacular, de una altivez y arrogancia inusuales en las mujeres de su tiempo que sumisamente y agachando la cabeza obedecían sin cuestionar a sus esposos o padres. Era irreverente, caprichosa e impredecible, tenia el respaldo de su apellido y de sus seis hermanos, hombres fuertes y recios, curtidos en las labores del campo.

En mi memoria se agolpan hechos, vivencias, momentos: jueves en “Cauquita”, ella de blujeans doblados hasta la pantorrilla, camiseta de manga corta y pelo recogido en una moña dando ordenes a las empleadas para el sancocho de gallina, ordenándonos a nosotros, sus sobrinos que nos subiéramos a los arboles frutales y le escogiéramos las mejores frutas. Cáimos, mangos, guayabas, mamoncillos, guamas, bananos, naranjas, que ella degustaba entre risotadas y algarabía. Fines de semana en río claro; la chevrolet azul celeste y blanca llegaba con el compartimiento de carga lleno de muchachos, de primos, de primas y amigos, apretujados en diminutos espacios o sentados peligrosamente en el borde de la cajuela desafiando el precario equilibrio que manteníamos por sentir la brisa del viento y la desafiante velocidad que la Tia Nila le imprimía al acelerador para complacer nuestras peticiones de “mas rápido  Tia”. Era adrenalina pura la que la Tia Nila nos imprimia para después, al llegar a la finca, recompensarnos con un traguito de aguardiente en la tapa de la canequita para que no nos volviéramos ¨cochosos¨ según  sus palabras.

Veranos inolvidables nos dejó  la Tia Nila en aquella etapa de la adolescencia en que la rebelión de las hormonas en franco alboroto enloquecían y afiebraban nuestros sentidos. Comenzábamos a sentir la picazón  del primer amor, ese inexplicable cosquilleo en el estomago que nos paralizaba en presencia de la persona que nos gustara. Pero allí estaba la Tia Nila, acolitando amores o prohibiéndolos según sus preferencias. Conspirando encuentros secretos, aconsejando estrategias, censurando o apoyando romances.

Dos meses del año era el período de vacaciones en los  cuales disfrutábamos a plenitud ese torbellino, ese huracán vital que la Tia Nila llevaba  por dentro y que nos contagiaba. Concursos de pesca, carreras de encostalados, escondite en parejas, penitencias y por las noches, reunidos al rededor de una fogata con la absoluta y fantasmagórica oscuridad de la noche a nuestras espaldas comenzaban los relatos con los mitos y leyendas de nuestros fantasmas locales, “La pata sola”, “La viuda alegre” y muchas mas que nos aterrorizaban y mantenían en zozobra y apretujados en el circulo hasta que de pronto, de la nada, a nuestras espaldas aparecía en carrera desenfadada hacia nosotros la Tia Nila envuelta en una sabana blanca gritando como un fantasma para caer encima nuestro creando una desbandada y gritería de muchachos asustados corriendo despavoridos hacia la seguridad de la casa, ella entraba ya sin la sabana encima eufórica, exaltada y entre risotadas y gesticulaciones describía nuestras caras de susto y pánico. Así era, así la recuerdo.

Me reclino un poco en la silla, cierro los ojos y la veo bailando, en los inolvidables diciembres en la casona de San Nicolás; puro ritmo, cadencia soltura, los hombres queriendo, deseando una mirada, una lisonja para poder invitarla a bailar, las mujeres, en cambio envidiándola, celándola o deseando ser como ella.

Tengo mis recuerdos estancados en esa remota época por que emigre hace mas de 30 años, periodo en el cual me desconecte de la familia y regrese brevemente en dos ocasiones. En la primera después de 8 años de ausencia la vi de nuevo y aun conservaba su porte y donaire. En la segunda ocasión fui a visitarla y ya estaba en silla de ruedas, avejentada y senil, no me reconoció, yo tampoco la reconocí e inmediatamente rescate de mi memoria la Tia Nila de mi pasado, del pasado de todos, de esa numerosa prole de muchachos que crecimos viéndola, admirándola y queriéndola.

En esta segunda visita que hice a Colombia, también conocí a el abuelo de mi actual esposa, criado en San Nicolás según me contó en una charla que tuvimos, tratando él de ahondar en mi árbol genealógico. Trabajó por muchos años en la fabrica de Croydon en el barrio Obrero y cláro, por supuesto me dijo, conocí a su familia, los “Montaña”, si me acuerdo de la hermana de ellos, la de la camioneta azul, que bonita mujer, como me gustaba. Una vez me hice invitar a una de las fiestas que hacían en la casa del la sexta, frente al parque, toda la noche la ronde para que me concediera una pieza de baile, era imposible, aun la recuerdo, estaba vestida con una falda de boleros y encajes floreada que al bailar pareciera que las flores del vestido cobraban vida semejando un rosal mecido por el viento. Que mujer, inolvidable me dijo.

Inolvidable, repetí para mis adentros.

Adios a la Tia Nila!.