Revoloteábamos por la embarcación tratando hacer algo; de pensar, de solucionar, mientras las provisiones y nuestras pertenencias comenzaban a flotar dentro de la misma y otras a salirse por el borde. Mi papa, ante la inminencia del naufragio se tercio la escopeta al hombro y agarró a mi mama que no sabia nadar, se la acomodo en su espalda esperando parado el momento del hundimiento. a mi me toco mi hermana que tampoco sabia nadar; el negro con sus dos hijos aferrados a sus piernas nos miraba mientras tomo de una caja de la embarcación un cuerno de toro el cual sopló emitiendo un sonido grave y lastimero.
Así en unos pocos minutos bajo nuestros pies se hundió la firmeza de la canoa que nos mantenía a flote y quedamos a la deriva; la ropa, los zapatos y el rifle, mas mi hermana en la espalda me impedían mantenerme a flote, me hundía y salía tratando de aguantar para bracear hacia una orilla que no divisábamos. El negro seguía tocando el cuerno cuando sus hijos aferrados al cuello se lo permitían.
Salieron de la nada, tres, cuatro o mas embarcaciones, llegaron remando y en un santiamén nos agarraron unos oscuros y fornidos brazos para levantarnos y ponernos a salvo en sus canoas, vociferaban entre ellos una jerga que no entendíamos. Otros mas que llegaron clavaron inmediatamente al río y se sumergieron para después salir con las provisiones y demás objetos hundidos. Mas adelante nos explicaron que en esa parte del río, por lo ancho del recodo, el agua se aquietaba y no había mucha corriente que arrastrara las cosas del naufragio. Así lograron salvar la mayoría de lo hundido en dos o tres viajes que hicieron de la orilla al sitio de la tragedia.
Llegamos a la orilla y nos tendimos en la ancha playa grisácea que dejaba el río a su paso; mi mama y mi hermana vomitaron toda el agua que habían tragado. Nos rodearon un manojo de negritos y negritas riendo, tocando, mirando y corriendo asustados cuando les hablábamos. Me llamo la atención que las muchachas ya mayorcitas, tal vez adolescentes con sus incipientes pechos en formación andaban solo en pantalones cortos o faldas con toda la naturalidad del caso, sin temores ni la incomoda vergüenza que sentíamos los "del interior", "los blancos" ante el cuerpo humano en su desnudez.
En unas cuantas horas habían amarrado la canoa hundida desde el fondo del río con una gruesa cadena y la habían arrastrado hasta sacarla en la orilla.
"Tres o cuatro días" nos dijo el negro de la embarcación. Tenían que ir al monte a cortar el "Otobo", árbol para reparar la canoa, luego del corte arrastrarlo por el monte y los riachuelos para trasladarlo a la playa, aserrarlo y procesarlo. Mientras tanto íbamos a quedar aislados en esa región costera del pacifico colombiano rodeada de selvas impenetrables y con una escasa comunicación por río y mar a la civilización.
Lo primero que mi papa hizo, después de aceptar a regañadientes la noticia fue extender su tela de "Dulceabrigo" roja con la cual envolvía siempre su escopeta y desarmar íntegramente la misma para con cuidado de relojero, secar pieza por pieza; resortes, tornillos, gatillo, detonador, todo quedo impecable, seco y reluciente. Lugo me toco el turno con mi rifle, eso si, bajo la supervisión de el. Terminada la labor extendimos nuestras pertenencias en la hierba para secarlas al sol.
Era el caserío una hilera de bohios, hechos de tierra prensada con techo de paja, circulares, sin puertas y unos agujeros en los lados que hacían las veces de ventanas; a pesar del calor y dado el grosor de las paredes, adentro se sentía fresco. Nos designaron un bohío para pasar la noche y las siguientes dos mas.
A esa hora del medio estaban llegando los pescadores con los frutos del mar para el sustento diario y las mujeres los recibieron para comenzar a limpiar y descamar los pescados y mariscos; otras morenas estaban en sus labores diarias lavando ropa: hundidas hasta mas arriba de las rodillas, muchas con sus pechos descubiertos fregaban y azotaban la ropa contra las piedras que sobresalían del río; enjuagaban, escurrían, azotaban y echaban en unos canastos la ropa para luego secarla al sol. Relucían sus espaldas arqueadas por la labor; bronce esculpido en la milenaria Africa y transportado por Galeones españoles en bodegas de esclavistas. Ultimos bastiones de esas tribus altivas y libres, ahora sometidas y diezmadas por el colonialismo, la pobreza y el ostracismo. Se llamaban a sí mismos LIBRES: Denominación que databa de la época de la abolición de la esclavitud cuando cambiaron su estatus de esclavos por el título de “hombres libres”.
Yo por mi parte acompañe a un grupo de muchachos mas o menos de mi edad, descalzos, descamisados, fibrosos, ágiles, oscuros y relucientes como porcelana china recién salida del horno hacia los "Colinos"; sementeras con sembrados de Plátano, banano, maíz, caña, chontaduro, borojó, yuca y papa. Iban riendo, contentos, haciendose bromas y contandome anécdotas de sus vidas, cada cual con su machete en la mano y una mochila de cabuya terciada al hombro. Me era difícil seguirles el paso, su destreza para esquivar matorrales, raíces y arbustos me asombraba; me quedaba, tropezaba, me caía, me enredaba en bejucos, lianas y vegetación
Llegamos por fin a los sembradíos y comenzó la recolecta. Las altas palmeras de chontaduro con su rugosa y áspera corteza no fueron impedimento para que los muchachos subieran hasta lo alto de ellas a cortar los cargados y grandes racimos del afrodisiaco fruto. Cortaron solo lo indispensable para el consumo de ese día; un racimo de verdes platanos, grandes, “E’ que el plátano de aquí e’ como el verdadero plátano, de la tierra pura. Allá en Cali le echan abonos, entonce no sabe lo mismo”, me dijo uno de los muchachos al verme la cara de admiración ante lo grande de los frutos. Unas cuantas yucas, otro racimo de amarillos y provocativos bananos mas unas cuantas libras de papa, completaron nuestro mercado del día.
Cargados de frutos nos devolvimos al caserío donde las negras tenían listo el hoyo en la arena para "El Tapao". De unos dos pies de profundidad por dos de diámetro mas o menos era el hoyo, lo cubrieron en toda su superficie (paredes y base) con hojas verdes de plátano, luego echaron en su interior los pescados, los mariscos, platanos, papa, yuca y demás hierbas aromáticas para darle sabor, mas el agua. Volvieron a tapar el hoyo con hojas de plátano, arena y unas cuantas piedras, enseguida levantaron una especie de hoguera con leños y le prendieron fuego a "El Tapao". Hirvió y se cocino la ingeniosa olla por no se cuantas horas, pero cuando la destaparon, el aroma que emanó a cocina criolla nos avivó el hambre a todos.
Ya estaba oscureciendo cuando terminamos de comer. El verdor de la vegetación se torno grisáceo, para luego uniformar el paisaje en una gama monocromática oscura que nos invito descansar. Dormimos profundamente por el agotamiento de los acontecimientos del día.
De mi paso por la tierra
martes, 7 de mayo de 2013
viernes, 3 de mayo de 2013
Naufragio en el rio San Juan - Parte I
El seco golpe giró la embarcación 90 grados y el chorro de agua comenzó a entrar a borbollones por el piso de madera en la pequeña canoa con motor fuera de borda, anunciando el inminente naufragio de la misma. Estábamos navegando por la desembocadura del Río San Juan en el litoral pacifico cerca del puerto de Buanaventura en Colombia.
Era la "Semana Santa" del 74 mi papa había planeado un viaje a la costa del pacifico colombiana para pescar y cazar; había quedado de reunirse con sus compañeros de cacería en el puerto de Buenaventura para tomar una lancha que nos llevaría a unas islas del pacifico donde abundaban los venados y guatines, aparte de otros animales de caza y habitaban unas cuantas familias negras residuos de la época de la esclavitud colonial en Colombia.
Llegamos tarde, no me acuerdo por que contratiempo, tal vez de esos que a ultima hora surgen en nuestra amada patria y que el poeta Julio Flóres plasmó en una certera frase con la que tituló uno de sus poemas: "¡Todo nos llega tarde, hasta la muerte!". El caso fue que al llegar, ya había partido la embarcación que nos llevaría al sitio de caza, así que mi papa contrató a un lugareño que por fortuna vivía en la isla y que estaba comprando provisiones para devolverse ese mismo día.
El hombre era un fibroso negro destentado de piel curtida y reseca como corteza de árbol milenario, de risa fácil y contagiosa que al abrir la boca mostraba sus rosadas encías, limpias de todo vestigio de dientes. Tenia una canoa que parecía hecha de un sólo tronco de algún gigantesco árbol con cuatro travesaños de tablas que servían de asientos. en uno de sus extremos estaba sujeto un viejo motor de una hélice que rugía y tosía como perro enfermo.
La embarcación en si no tendría más de 17 pies de eslora por 4 de ancho e iba abarrotada de cajas de víveres, bultos de arroz y otros granos, más dos o tres guacales de cerveza. Nos subimos y pareció que se iba a hundir pues se sumergió casi a ras de la superficie en las oscuras aguas del Pacifico.
Se me olvidaba contarles que el moreno viajaba con dos de sus pequeños hijos; un par de negritos descamisados de 4 o 5 añitos con grandes ojos de infinita soledad y narices mocosas todo el tiempo. Nosotros íbamos: mi papa, ataviado con su cinturón de municiones; terciada al hombro llevaba la escopeta "Beretta" de dos cañones superpuestos y su inseparable paquete de cigarrillos "Piel Roja" que por aquella época nunca le faltaban, mi mama, nerviosa y con las manos aferradas al borde del navío no miraba a ninguna parte en concreto, mi hermana Piedad de unos 15 años como siempre distraída y terca trataba de entablar conversación con los asustados negritos que la miraban agrandando sus ojos y abrazandose a las piernas del papa, y yo, con mi recién estrenado rifle calibre 22 de nueve tiros en la mano.
Nuestro equipaje se componía, de cuatro colchones inflables, una maleta con ropa, la atarraya, dos varas de pescar, panela, queso y unos cuantos enlatados más las cantimploras.
Partimos así, lentamente con el motor rugiendo cansadamente y esparciendo un olor a aceite y gasolina quemados. El cielo azul y despejado, dejaba pasar los inclementes rayos del sol canicular abrillantando la oscura piel del moreno que, aperlada por el copioso sudor y a contraluz, semejaba una escultura romana de un gladiador de tiempos imperiales.
Vadeando y esquivando otras pequeñas embarcaciones del atestado puerto que bullía de actividad comercial: gente gritando ofreciendo sus productos, niños corriendo y brincando entre las canoas, perros disputandose huesos viejos y desgastados, mas uno que otro ladronzuelo huyendo de los puestos de mercado callejeros al grito de :cójanlo", cójanlo", nos fuimos alejando del puerto. El ruido y la algarabía fueron disminuyendo sus decibeles a medida que vadeábamos la costa en busca del rio San Juan.
Paso por nuestro lado un carguero oxidado y chirrioso que con el oleaje producido estuvo a punto de voltear nuestra pequeña embarcación a no ser por la pericia del baquiano que logro colocar la proa frente a las olas para romper la onda y evitar la tragedia. Quedamos eso si empapados y con el sabor salubre del pacifico en la boca.
Se movía la embarcación en un vaivén de sube y baja en surcos de olas que nos mantenía aferrados a los bordes de la misma para evitar una caída al agua. No nos habíamos alejado mucho de los manglares y la algarabía de las garzas, el graznido del Guaco Manglero con el chapoteo de los peces saltando a nuestro al rededor hacían del paisaje una acuarela digna de Miró.
A las dos agitadas horas de navegación en las cuales mas de una vez se apago el motor, comenzamos a divisar la desembocadura del río San Juan: ancha cinta de agua dulce que cansadamente llegaba a morir en esta bahía de Buenaventura. Se aquietaban las aguas, se silenciaban las olas y el ronroneo del viejo motor se hacia mas consistente, de cuando en cuando un enorme pez delfín saltaba unos cuantos metros de la embarcación y mi papa jugaba a apuntarle con la escopeta para asustar a los hijos del boga.
El hombre direciono la pequeña embarcación por el centro del rio, arguyendo que las crecidas y las lluvias en la cordillera hacían que el rio arrastrara lodo y arboles caídos que pudieran entorpecer la marcha o dañar el motor. Así avanzamos por un rato en la quieta sonoridad de los manglares, a lo lejos en la manigua, se escuchaba el estridente chillido de los monos.
En un ancho recodo del rio en que este se ensanchaba mas de lo normal y las orillas del rio casi que se perdían en el horizonte fue cuando sentimos el seco golpe bajo la canoa, Esta giro en 90 grados y un chorro de agua comenzó a entrar a borbollones. El moreno apago el motor y se abalanzó sobre en agujero para taparlo con un trapo viejo que usaba para limpiar. El trapo salió despedido por la fuerza del chorro de agua, trato de taparlo con las manos pero fue inútil, nos pidió a mi papa y a mi las camisas para usarlas como tapón pero tampoco; el agua seguía entrando inundando la pequeña embarcación.
Era la "Semana Santa" del 74 mi papa había planeado un viaje a la costa del pacifico colombiana para pescar y cazar; había quedado de reunirse con sus compañeros de cacería en el puerto de Buenaventura para tomar una lancha que nos llevaría a unas islas del pacifico donde abundaban los venados y guatines, aparte de otros animales de caza y habitaban unas cuantas familias negras residuos de la época de la esclavitud colonial en Colombia.
Llegamos tarde, no me acuerdo por que contratiempo, tal vez de esos que a ultima hora surgen en nuestra amada patria y que el poeta Julio Flóres plasmó en una certera frase con la que tituló uno de sus poemas: "¡Todo nos llega tarde, hasta la muerte!". El caso fue que al llegar, ya había partido la embarcación que nos llevaría al sitio de caza, así que mi papa contrató a un lugareño que por fortuna vivía en la isla y que estaba comprando provisiones para devolverse ese mismo día.
El hombre era un fibroso negro destentado de piel curtida y reseca como corteza de árbol milenario, de risa fácil y contagiosa que al abrir la boca mostraba sus rosadas encías, limpias de todo vestigio de dientes. Tenia una canoa que parecía hecha de un sólo tronco de algún gigantesco árbol con cuatro travesaños de tablas que servían de asientos. en uno de sus extremos estaba sujeto un viejo motor de una hélice que rugía y tosía como perro enfermo.
La embarcación en si no tendría más de 17 pies de eslora por 4 de ancho e iba abarrotada de cajas de víveres, bultos de arroz y otros granos, más dos o tres guacales de cerveza. Nos subimos y pareció que se iba a hundir pues se sumergió casi a ras de la superficie en las oscuras aguas del Pacifico.
Se me olvidaba contarles que el moreno viajaba con dos de sus pequeños hijos; un par de negritos descamisados de 4 o 5 añitos con grandes ojos de infinita soledad y narices mocosas todo el tiempo. Nosotros íbamos: mi papa, ataviado con su cinturón de municiones; terciada al hombro llevaba la escopeta "Beretta" de dos cañones superpuestos y su inseparable paquete de cigarrillos "Piel Roja" que por aquella época nunca le faltaban, mi mama, nerviosa y con las manos aferradas al borde del navío no miraba a ninguna parte en concreto, mi hermana Piedad de unos 15 años como siempre distraída y terca trataba de entablar conversación con los asustados negritos que la miraban agrandando sus ojos y abrazandose a las piernas del papa, y yo, con mi recién estrenado rifle calibre 22 de nueve tiros en la mano.
Nuestro equipaje se componía, de cuatro colchones inflables, una maleta con ropa, la atarraya, dos varas de pescar, panela, queso y unos cuantos enlatados más las cantimploras.
Partimos así, lentamente con el motor rugiendo cansadamente y esparciendo un olor a aceite y gasolina quemados. El cielo azul y despejado, dejaba pasar los inclementes rayos del sol canicular abrillantando la oscura piel del moreno que, aperlada por el copioso sudor y a contraluz, semejaba una escultura romana de un gladiador de tiempos imperiales.
Vadeando y esquivando otras pequeñas embarcaciones del atestado puerto que bullía de actividad comercial: gente gritando ofreciendo sus productos, niños corriendo y brincando entre las canoas, perros disputandose huesos viejos y desgastados, mas uno que otro ladronzuelo huyendo de los puestos de mercado callejeros al grito de :cójanlo", cójanlo", nos fuimos alejando del puerto. El ruido y la algarabía fueron disminuyendo sus decibeles a medida que vadeábamos la costa en busca del rio San Juan.
Paso por nuestro lado un carguero oxidado y chirrioso que con el oleaje producido estuvo a punto de voltear nuestra pequeña embarcación a no ser por la pericia del baquiano que logro colocar la proa frente a las olas para romper la onda y evitar la tragedia. Quedamos eso si empapados y con el sabor salubre del pacifico en la boca.
Se movía la embarcación en un vaivén de sube y baja en surcos de olas que nos mantenía aferrados a los bordes de la misma para evitar una caída al agua. No nos habíamos alejado mucho de los manglares y la algarabía de las garzas, el graznido del Guaco Manglero con el chapoteo de los peces saltando a nuestro al rededor hacían del paisaje una acuarela digna de Miró.
A las dos agitadas horas de navegación en las cuales mas de una vez se apago el motor, comenzamos a divisar la desembocadura del río San Juan: ancha cinta de agua dulce que cansadamente llegaba a morir en esta bahía de Buenaventura. Se aquietaban las aguas, se silenciaban las olas y el ronroneo del viejo motor se hacia mas consistente, de cuando en cuando un enorme pez delfín saltaba unos cuantos metros de la embarcación y mi papa jugaba a apuntarle con la escopeta para asustar a los hijos del boga.
El hombre direciono la pequeña embarcación por el centro del rio, arguyendo que las crecidas y las lluvias en la cordillera hacían que el rio arrastrara lodo y arboles caídos que pudieran entorpecer la marcha o dañar el motor. Así avanzamos por un rato en la quieta sonoridad de los manglares, a lo lejos en la manigua, se escuchaba el estridente chillido de los monos.
En un ancho recodo del rio en que este se ensanchaba mas de lo normal y las orillas del rio casi que se perdían en el horizonte fue cuando sentimos el seco golpe bajo la canoa, Esta giro en 90 grados y un chorro de agua comenzó a entrar a borbollones. El moreno apago el motor y se abalanzó sobre en agujero para taparlo con un trapo viejo que usaba para limpiar. El trapo salió despedido por la fuerza del chorro de agua, trato de taparlo con las manos pero fue inútil, nos pidió a mi papa y a mi las camisas para usarlas como tapón pero tampoco; el agua seguía entrando inundando la pequeña embarcación.
jueves, 25 de abril de 2013
De hijo... a Papa
"El hombre no deja de amar cuando envejece, por el contrario: envejece cuando deja de amar" Pablo Picasso
"Let me tell you something with all respect, you have a beautifull daughter!". Dejé de leer la etiqueta del producto que estaba revisando en el supermercado y levante la vista, era un gringo alto y fortachón de más de sesenta años que me miraba con sonrisa de complacencia y admiración señalando a mi esposa, que con un ligero vestido de playa y su pelo aun mojado, caminaba hacia mi con algo de coquetería y gracia.
Ella enrojeció, yo sentí la sangre palpitar mas fuerte en mis sienes; "Gringo HP, es que estas ciego?", pensé. Pero al mirarlo, con su cara de abuelo y su sonrisa amable me calme diciéndome para mis adentros: "ciego no, con esas gafas esta viendo mejor que yo". "Oh thank you, really she is a wonderful woman!", le conteste y seguí con el carrito de compras por el pasillo y con Patita al lado, ya recuperada del asombro tratando de contener la risa por el comentario del gringo.
No era la primera vez que me pasaba. Unos cuatro o cinco años atrás, estando en el aeropuerto Internacional de Miami; mis dos hijos a la sazón de seis y tres añitos, jugaban a subir y bajar por una de las escaleras eléctricas de la sala de espera donde nos encontrábamos recibiendo a mis padres. Yo estaba absorto observandolos ir y venir todo el tiempo del primero al segundo nivel cuando un tipo con uniforme de seguridad se me acerco y me dijo crudamente: "Señor, no deje jugar sus nietos así que se van a salir cayendo en las escaleras". "Nietos!". Quise gritarle "pongase gafas, no ve que son mis hijos!", pero no, respire hondo para relajarme y llamando los muchachos me aleje del lugar.
En otra ocasión, disfrutando de una cena informal en un restaurante con los niños, mi esposa y la tía de ella (cincuentona de redondeces a lo escultura de Botero que se jacta y vanagloria de tener casi mi edad), una pareja de norteaméricanos con claros y severos problemas de distorsión de la realidad y las edades, se nos acercaron a la mesa y nos dijeron: "Hi guys, (dirigiendose a la tía y a mi) you have an adorable daughter and two precious grandchildren, congratulations". El bocado de comida que me estaba llevando a la boca se me atranco, enrojecí y tosí, no pude responderles su atrevimiento y solo los mire mientras buscaba algún liquido para bajar el enojo y la comida. La tía, en cambio disfrutaba del alhago, se esponjo, saco pecho, por un momento pensé que su apretado vestido se le iba a romper a lo "Incredible Hulk". "Gracias... thank you!", les repetía mientras me miraba saboreando el momento de la osadía. Mi esposa, al ver que me estaba hundiendo y reduciendo en tamaño debajo de la mesa, salió en mi rescate y les dijo tomandome la mano: "Oh no, he is my husband and she is my aunt, but thanks for the compliment". Ahora era yo el que miraba a la tía y retomaba mi lugar. La pareja de norteamericanos adularon un rato los muchachos y después se despidieron felicitandonos de nuevo y disculpandose por el equivoco.
Ya mucho tiempo atrás en mi veintena había estado en el otro extremo, el del muchacho con la mujer mayor, el hijo con la mama; ahora era el hombre mayor con la muchachita, el papa con la hija, el "Caballo Viejo" de la canción de Roberto Torres.
Por aquella época, con mi primera esposa, que a la inversa era ella quien me llevaba unos cuantos años de ventaja transitando por este mundo, la confusión era similar: pero las reacciones muy distintas. Recuerdo que una vez habíamos comprado no se que articulo y teníamos que devolverlo; fui a la tienda y el dependiente no quiso por ningún motivo recibir el articulo de nuevo, así que salí del lugar para subirme al carro. Ella me escuchó y se bajo del carro con el articulo. Se paro de frente al pobre empleado de la tienda y comenzó con una retahíla de improperios e insultos por la negativa, pero cuando el dependiente le dijo que "ya le explique todo a su hijo señora", ahí fue el clímax, el acabose; exploto, vocifero, insulto, trato de subirse por encima del mostrador para demostrarle que ella no era ninguna "vieja" y que podía con cualquiera.
Esas era las reacciones usuales; yo el apaciguador, ella la incontrolable. No una sino muchas veces. Desde el día del matrimonio, cuando entre a la iglesia vestido todo de blanco impoluto y se nos acerco el cura para decirnos que las primeras comuniones eran el mayo no en agosto. casi que se hace excomulgar con su algarabía y alboroto en la iglesia, la mayoría de los invitados ahogaron sus risitas por temor a la represalia, por poco se frustra el matrimonio.
Pero no se frustro, se consumo, me dio la felicidad de una hija y se prolongo por mas de 20 años. Mas sin embargo en el transcurso de ese tiempo nunca entendí por que reaccionaba tan agresivamente a la confusión por las disparejas edades. Y nunca lo entendí, aun ahora que estoy en sus zapatos pues a mi, la confusión me causa risa y tal vez un poco de orgullo machista de verme acompañado en esta segunda oportunidad por una mujer mas joven y con brios para las afugias diarias del hogar y el trabajo.
Que me sigan diciendo "abuelo" de mis hijos y "papa" de mi esposa poco me importa y creo que a ella tampoco; se ríe enfrente de cada incidente, me coge la mano, me abraza, me reafirma su amor, su compromiso de caminar por la vida a mi lado. Me acuerda, hace muchos años, antes de que nacieran nuestros hijos, en Nueva York, en que por casualidad coincidimos en una reunión con una conocida vidente y astróloga de Queens, en medio de la charla le tomo la mano a mi esposa y volteandola por el lado de la palma siguiendo con el dedo una linea imaginaria le dijo: "no se preocupe mijita que usted va a tener viejo para rato". Lo decía refiriendose a nuestro recién compromiso adquirido y la normal aprehensión que mi esposa tenia al comenzar la relación.
Han pasado trece años desde aquellos tormentosos e inseguros comienzos en que tome la decisión de abandonar Nueva York, la ciudad que me acogió por mas de 16 años y de la cual, a pesar de mis locuras, de mis osadías, de mis irresponsabilidades e inmadureces salí ileso, fortalecido y con ese premio, con ese regalo que el destino me dio y que se llama: Patita.
Picasso, en el otoño de su vida cuando le preguntaban la edad respondía muy solemnemente: "Tengo la edad de la mujer que amo y me ama, que me permite aun pintar y fornicar todos los días". Eso lo decía a los 90 años y a mi, honestamente aun me falta mucho para alcanzar esa edad.
"Let me tell you something with all respect, you have a beautifull daughter!". Dejé de leer la etiqueta del producto que estaba revisando en el supermercado y levante la vista, era un gringo alto y fortachón de más de sesenta años que me miraba con sonrisa de complacencia y admiración señalando a mi esposa, que con un ligero vestido de playa y su pelo aun mojado, caminaba hacia mi con algo de coquetería y gracia.
Ella enrojeció, yo sentí la sangre palpitar mas fuerte en mis sienes; "Gringo HP, es que estas ciego?", pensé. Pero al mirarlo, con su cara de abuelo y su sonrisa amable me calme diciéndome para mis adentros: "ciego no, con esas gafas esta viendo mejor que yo". "Oh thank you, really she is a wonderful woman!", le conteste y seguí con el carrito de compras por el pasillo y con Patita al lado, ya recuperada del asombro tratando de contener la risa por el comentario del gringo.
No era la primera vez que me pasaba. Unos cuatro o cinco años atrás, estando en el aeropuerto Internacional de Miami; mis dos hijos a la sazón de seis y tres añitos, jugaban a subir y bajar por una de las escaleras eléctricas de la sala de espera donde nos encontrábamos recibiendo a mis padres. Yo estaba absorto observandolos ir y venir todo el tiempo del primero al segundo nivel cuando un tipo con uniforme de seguridad se me acerco y me dijo crudamente: "Señor, no deje jugar sus nietos así que se van a salir cayendo en las escaleras". "Nietos!". Quise gritarle "pongase gafas, no ve que son mis hijos!", pero no, respire hondo para relajarme y llamando los muchachos me aleje del lugar.
En otra ocasión, disfrutando de una cena informal en un restaurante con los niños, mi esposa y la tía de ella (cincuentona de redondeces a lo escultura de Botero que se jacta y vanagloria de tener casi mi edad), una pareja de norteaméricanos con claros y severos problemas de distorsión de la realidad y las edades, se nos acercaron a la mesa y nos dijeron: "Hi guys, (dirigiendose a la tía y a mi) you have an adorable daughter and two precious grandchildren, congratulations". El bocado de comida que me estaba llevando a la boca se me atranco, enrojecí y tosí, no pude responderles su atrevimiento y solo los mire mientras buscaba algún liquido para bajar el enojo y la comida. La tía, en cambio disfrutaba del alhago, se esponjo, saco pecho, por un momento pensé que su apretado vestido se le iba a romper a lo "Incredible Hulk". "Gracias... thank you!", les repetía mientras me miraba saboreando el momento de la osadía. Mi esposa, al ver que me estaba hundiendo y reduciendo en tamaño debajo de la mesa, salió en mi rescate y les dijo tomandome la mano: "Oh no, he is my husband and she is my aunt, but thanks for the compliment". Ahora era yo el que miraba a la tía y retomaba mi lugar. La pareja de norteamericanos adularon un rato los muchachos y después se despidieron felicitandonos de nuevo y disculpandose por el equivoco.
Ya mucho tiempo atrás en mi veintena había estado en el otro extremo, el del muchacho con la mujer mayor, el hijo con la mama; ahora era el hombre mayor con la muchachita, el papa con la hija, el "Caballo Viejo" de la canción de Roberto Torres.
Por aquella época, con mi primera esposa, que a la inversa era ella quien me llevaba unos cuantos años de ventaja transitando por este mundo, la confusión era similar: pero las reacciones muy distintas. Recuerdo que una vez habíamos comprado no se que articulo y teníamos que devolverlo; fui a la tienda y el dependiente no quiso por ningún motivo recibir el articulo de nuevo, así que salí del lugar para subirme al carro. Ella me escuchó y se bajo del carro con el articulo. Se paro de frente al pobre empleado de la tienda y comenzó con una retahíla de improperios e insultos por la negativa, pero cuando el dependiente le dijo que "ya le explique todo a su hijo señora", ahí fue el clímax, el acabose; exploto, vocifero, insulto, trato de subirse por encima del mostrador para demostrarle que ella no era ninguna "vieja" y que podía con cualquiera.
Esas era las reacciones usuales; yo el apaciguador, ella la incontrolable. No una sino muchas veces. Desde el día del matrimonio, cuando entre a la iglesia vestido todo de blanco impoluto y se nos acerco el cura para decirnos que las primeras comuniones eran el mayo no en agosto. casi que se hace excomulgar con su algarabía y alboroto en la iglesia, la mayoría de los invitados ahogaron sus risitas por temor a la represalia, por poco se frustra el matrimonio.
Pero no se frustro, se consumo, me dio la felicidad de una hija y se prolongo por mas de 20 años. Mas sin embargo en el transcurso de ese tiempo nunca entendí por que reaccionaba tan agresivamente a la confusión por las disparejas edades. Y nunca lo entendí, aun ahora que estoy en sus zapatos pues a mi, la confusión me causa risa y tal vez un poco de orgullo machista de verme acompañado en esta segunda oportunidad por una mujer mas joven y con brios para las afugias diarias del hogar y el trabajo.
Que me sigan diciendo "abuelo" de mis hijos y "papa" de mi esposa poco me importa y creo que a ella tampoco; se ríe enfrente de cada incidente, me coge la mano, me abraza, me reafirma su amor, su compromiso de caminar por la vida a mi lado. Me acuerda, hace muchos años, antes de que nacieran nuestros hijos, en Nueva York, en que por casualidad coincidimos en una reunión con una conocida vidente y astróloga de Queens, en medio de la charla le tomo la mano a mi esposa y volteandola por el lado de la palma siguiendo con el dedo una linea imaginaria le dijo: "no se preocupe mijita que usted va a tener viejo para rato". Lo decía refiriendose a nuestro recién compromiso adquirido y la normal aprehensión que mi esposa tenia al comenzar la relación.
Han pasado trece años desde aquellos tormentosos e inseguros comienzos en que tome la decisión de abandonar Nueva York, la ciudad que me acogió por mas de 16 años y de la cual, a pesar de mis locuras, de mis osadías, de mis irresponsabilidades e inmadureces salí ileso, fortalecido y con ese premio, con ese regalo que el destino me dio y que se llama: Patita.
Picasso, en el otoño de su vida cuando le preguntaban la edad respondía muy solemnemente: "Tengo la edad de la mujer que amo y me ama, que me permite aun pintar y fornicar todos los días". Eso lo decía a los 90 años y a mi, honestamente aun me falta mucho para alcanzar esa edad.
martes, 23 de abril de 2013
Un buen Hombre
Si, ahora lo veía claro; el nebuloso y borroso manto que cubría sus recuerdos comenzaba a clarificarse; había sido ella, la que saliendo la noche anterior del bar con el bochorno característico de los veranos floridanos más el embotamiento producido por las cervezas se había subido al carro sofocada, sudando, sintiendo las gotitas de sudor condensarse en su espalda formando un hilillo tibio que comenzaba a bajarle por la espalda hasta llegar a sus gluteos para darle un extraño cosquilleo que más que incomodarla le produjo cierta sensación de placer que fue acrecentándose a medida que el sudor la empapaba mas y mas.
No aguanto, se abalanzó sobre su amiga y con mas torpeza que pasión la abrazo, la beso, la estrujo, le desabotono la blusa liberando los níveos y adormilados pechos que a pesar de la sorpresa despertaron los pezones entumeciéndolos con firmeza. Fue salvaje. Se sofocaba, gemía, apretaba, tocaba, babeaba. La amiga, trato levemente de resistirse, de apartarla, cogiendo sus manos para retirarla, pero ella (se sonrojaba un poco al recordarlo) aprovecho para guiar esas esquivas manos hacia su entrepierna. Abrió los gruesos muslos y dejo respirar su sofocado sexo que entre sudor y fluidos recibió las manos de su amiga que terminaron de empaparla y llevarla a un paroxismo de locura y éxtasis; lo recordaba muy bien y se estremecía al recrearlo en su mente sintiendo de nuevo esa increíble sensación, que a pesar de sus prejuicios estaba dispuesta a vivir de nuevo.
Estaba en la cuarentena de su vida, tenia dos hijos, casada con un buen hombre comprehensivo y tolerante que le permitía de vez en cuando salir a tomarse unas copas con sus amigas para liberar el estrés del trabajo y el hogar. El mismo que la había ayudado a bajar del carro cuando en la madrugada, ebria, sudorosa y agitada, aun con las piernas temblando había subido las gradas para llegar a la habitación y con ropa haberse tendido en la cama. Amaneció empiyamada, el buen hombre de su esposo la había cambiado y le tenia el desayuno calientito en la cama. Que buen hombre se había conseguido, buen proveedor, buen padre y esposo y lo mas importante: tolerante con ella.
Sentada en el porche de la casa, con una humeante tasa de café en sus manos se fue yendo al pasado, al remoto suburbio de Queens en Nueva York, cuando a los quince años llena de ilusiones y vitalidad, firmes sus carnes y volátiles sus ilusiones había salido en una noche invernal con su amiga de la infancia a una fiestecita del barrio. No tomaba licor todavía, una o dos cervezas toda la noche, no como ahora que tal vez buscaba fuerzas y razones en el licor para justificar muchos de sus actos. Regresaron temprano, no podía llegar muy tarde, sus padres eran muy estrictos y tenían reglas a la vieja usanza de las familias hispanas. Venían caminando, sintiendo el viento helado de febrero en sus rostros, se juntaban, se abrazaban, se rozaban para calentarse y reían.
Ya en casa, se desvistieron rápidamente para meterse bajo las cobijas. El contraste del tibio ambiente de la calefacción con sus cuerpos fríos las hicieron juntarse, apretujarse, abrazarse, rozarse los cuerpos y las aun frías mejillas. Y entre risitas nerviosas y jugueteos la amiga, un poco mas osada y traviesa la beso en la boca. Sintió una punzada en el estomago e inmediatamente aparto a su amiga con nerviosismo. La amiga río, volvió y la abrazo, entrelazó sus piernas con las de ella y le dijo que eran solo jugueteos de amigas, que era normal besarse si realmente se querían como "mejores amigas". No recordaba muy bien como habían terminado hechas un nudo, un amasijo de piernas y brazos tocandose bajo las cobijas, respirando agitadamente, ahogando risas y suspiros, buscando sus bocas y entrelazando sus lenguas en la oscuridad. Si recordaba claramente que creyó, en un momento dado que se iba a orinar, pues su vientre se contrajo y una corriente, un chispazo de energía la recorrió desde el vientre hasta el húmedo sexo haciéndola expulsar un liquido tibio que no pudo contener.
Ahora lo comprendía, había sido orgasmo, intenso, único, maravilloso... y solo Dios sabia como había tratado de olvidarlo, de sepultarlo en los múltiples quehaceres de la vida matrimonial. Pero, era inútil, ella lo sabia. Si lógico, se casó, tuvo dos hijos, tenia un matrimonio "normal" y feliz; pero lo "otro", lo llevaba tatuado en su piel, en sus reacciones primitivas, en sus deseos, en sus instintos naturales. Pensaba en silencio mientras veía el sol salir de entre unas espesas nubes y entibiarle un poco la piel. Una mosca, furtiva y ligera trato de posarse en la taza de café y ella, instintivamente, sin pensarlo levanto su mano y la aparto. Exacto, dedujo, así como mi mano reacciono sin pensarlo y aparto la mosca, así reacciono yo ante una caricia femenina, ante una mirada insinuante, sólo actúo, respondo a mis instintos, esta en mi y... "que carájo me siento cómoda así!", terminaba con esta frase cerrando sus cavilaciones para dedicarse a sus actividades cotidianas.
El marido llegó, se acercó y le acaricio el pelo. Aun conservaba su oscura y rizada cabellera que la hacia lucir muy joven y contrastaba perfectamente con la piel blanca; ella le tomo la mano y se la besó; el, como el común de todos los hombres interpreto ese beso como una insinuación, como una invitación a proseguir los besos y las caricias en la alcoba. Ella, muy sutilmente le soltó la mano y le dijo que estaba cansada, que le dolía la cabeza, que otro día o que tal vez en la noche cuando los hijos estuvieran dormidos. El la beso en la frente aceptando sumisamente la disculpa y se alejó.
Lo vio alejarse y de pronto un sentimiento de remordimiento la envolvió, trato de llamarlo, de invitarlo a seguir con las caricias... pero se contuvo, como iba a profanar lo vivido la noche anterior, tenia las caricias vivas en la piel, el olor sofocante y pesado del encerrado ambiente en el carro, el gimiente ronroneo de su amiga en los oídos. Hubiera podido complacerlo, pero no, se abstuvo alejando de si cualquier sentimiento de culpa que la embargara.
Lo quería claro, lo amaba y le era fiel. Lógico que le era fiel!, por su puesto, razonaba muy segura de si: "seria incapaz de desvestirmele a otro hombre, de tener algún tipo de relación, que vergüenza que me viera desnuda". Estaba satisfecha con su esposo... no necesitaba otro hombre y eso, para ella era fidelidad. Esto era diferente, diferentísimo, no estaba engañando a su hombre con otro hombre, ella estaba bien con el, este era otro terreno, su marido ni nadie podía competir con "lo otro".
Las amigas se desnudaban para cambiarse de ropa, para ir al baño, para mirarse sus cuerpos, medirse ropa y comparar su figura, era muy natural, no había vergüenza en ello, eran mujeres, el mismo genero. El terreno varonil de su hombre estaba respetado, era sagrado e intocable para ella, eso lo tenia muy claro en su vida y le permitía dormir en paz.
El buen hombre del marido salió calladamente de la casa y se alejo en el auto, sonreía tristemente pensando en su esposa. Anoche, cuando la desvestía para cambiarle la ropa le sintió el olor; el característico olor agridulce que deja la pasión mezclada con sudor y licor, la ropa apestaba a pecado, a traición, a secreto. "Secreto", dijo en voz alta, secreto que para el había dejado de serlo hacia mucho tiempo. Se preguntaba a si mismo si la costumbre puede mas que la razón, que la lógica. Y lo lógico era haberse separada hace mucho tiempo, desde aquella nefasta pero reveladora mañana en que llegó de prisa a la casa a recoger unos documentos que había olvidado.
Llego sigilosamente y en silencio para no hacer ruido y despertar a su esposa pues la noche anterior había salido (como de costumbre cada 15 días) con las amigas a celebrar el cumpleaños de una de ellas y estaba trasnochada. "Mujeres solas", le dijo cuando el quiso unirse al festejo y acompañarla; le toco quedarse en casa con los hijos, "como siempre" pensó. Al salir con los documentos en la mano y tratar de cerrar la puerta oyó un ruido, le pareció un quejido, un lamento procedente de arriba en el cuarto donde su esposa dormía plácidamente. Cerro nuevamente la puerta y subió las gradas tratando de ubicar e identificar la procedencia del quejido. Se acrecentó el quejido a medida que se aproximaba al cuarto, llegando a la puerta para abrirla y tomar la manija entre sus manos oyó claramente que el quejido procedía de dos gargantas no de una y que se hacia rítmico y jadeante. Se le helo la sangre, se le detuvo el pulso, se congelo el tiempo.
En esa milésima de segundo en que se congelo le cupo toda una vida; recuerdos, momentos, alegrías, llantos, nacimientos y orgasmos pasaron por su mente; secuencialmente rodaban las imágenes, de ella riendo, de el amandola, de los hijos, del perro, de la primera compra de la casa, del carro, del bote, hasta este momento en que tenia su mano aferrada y soldada al picaporte de la puerta.
Quiso irrumpir violentamente y afrontar la situación pero se contuvo, se sintió incapaz de ver una escena semejante. Trato de borrar de la mente a su amada esposa revolcandose desnuda con otro hombre, de ver ese cuerpo donde sólo el había puesto sus manos y depositado su inmenso amor siendo profanado por alguien. Respiro profundo y comenzó lentamente a abrir la puerta procurando hacer el menor ruido posible. Los gemidos, las quejas y los ayes se fueron acrecentando a medida que la puerta se abría, sentía el corazón salirse por su boca y las palpitaciones estremecer su cuerpo. Vislumbró reflejado en el espejo del tocador un cuerpo en la penumbra del cuarto arrodillado al borde de la cama, tardo unos pocos segundos en adaptarse a la oscuridad de la habitación. El otro cuerpo yacía en la cama con las piernas abiertas. La monocromía del lugar solo le permitía ver, contornos, siluetas sin detalle, pero enfocando con mas atención descubrió, para su asombro que el supuesto amante de su mujer era otra mujer!.
Se avergonzó, no supo que hacer, sólo cerró la puerta y bajó calladamente las gradas para subirse al carro y alejarse de allí lo mas rápido posible. "Una mujer", pensaba y la imagen del cuarto iba y venia por su mente en blanco y negro, en color, en cámara lenta, silente como en un sueño, luego ruidosa como en un carnaval, grotesca, burlesca. Estaciono el carro a un lado de la vía, el nerviosismo se había apoderado de su cuerpo, temblaba, se asqueo, sintió ganas de vomitar, abrió la portezuela del carro y doblo su cuerpo a un lado para tratar de expulsar la imagen, la visión, el recuerdo, el momento pero le fue inútil, la imagen estaba frente de el, cerraba los ojos y la veía, los abría y también.
Ese día trabajo hasta bien entrada la noche en la oficina, no quería verla y mucho menos acostarse en esa cama, donde en una repetición infinita veía los dos cuerpos rodar y rodar en una espiral inacabable. Durmió al borde de la cama esa y muchas noches mas para no tocarla, para no sentirla, para no enfrentarla. Se levantaba muy temprano y regresaba muy tarde, "exceso de trabajo" le decía cuando ella lo cuestionaba.
Aun ahora, en que avanzaba sigiloso por la autopista estatal rumbo hacia los pantanos de Everglades la imagen lo atormentaba, no había podido superarlo; tal vez si se hubiera separado hace 20 años ya lo habría olvidado, pero la tenia al lado todos los días. Cada que entraba al cuarto lo primero que veía era la imagen reflejada en el espejo de los dos cuerpos, por eso antes de salir de la casa había cubierto el espejo con una cobija para no ver el reflejo. O tal vez lo hubiera superado si el incidente hubiese sido algo fortuito, aislado, una única experiencia y nada mas. Pero no, ella había seguido saliendo y llegando borracha impregnada de alcohol y deseo, ese olor que lo fastidiaba, que lo mortificaba hasta el punto de querer acabar con todo y salir huyendo de la casa.
Cuantas veces, en la oscura soledad de la noche se despertaba asfixiado, acorralado pues su esposa dormida e inconsciente lo abrazaba y eso, a el le fastidiaba, le repugnaba y suavemente la apartaba y volvía a su refugio, al borde de la cama donde ella no lo alcanzaba. Otras veces era lo contrario; el inmenso vacío que dejaba la ausencia de ella en las noches lo desvelaba, no porque le hiciera falta, sino porque el tic-tac del reloj le taladraba el cerebro como en un martilleo infinito de segundos y minutos que lo mantenían dando vueltas en la cama hasta que ella llegara y lo arrinconara al borde de la cama.
Muchas veces había estado allí, en ese paraje boscoso y escondido de la civilización. Camino que encontró por casualidad y desembocaba justo al borde del pantano, "ideal para refugiarse, para esconderse y ponerle fin a este tormento" pensaba.
Apago las luces del carro, bajo los vidrios, el olor putrefacto de las aguas estancadas lo impregnó. Se quedo un rato sentado oyendo los ruidos del pantano, tratando de identificarlos; el croar de las ranas, el ulular de los búhos, el grillar de los grillos, el zumbido de los mosquitos, el graznido de los cuervos y el golpeteo amenazador de las mandíbulas de los cocodrilos que merodeaban por el pantano.
Respiro profundo sin importarle la fetidez del lugar, se sentía libre, seguro y optimista del cambio que iba a ocurrir en su vida. Bajo del carro y dio una vuelta al vehículo asegurando que su soledad allí era total. Abrió el baúl del carro y contempló por un momento el pesado bulto que ocupaba casi toda la cajuela. "El fin de mi sufrimiento se encuentra aquí", se dijo para sus adentros. Tenia la adrenalina al ciento por ciento y eso le permitió sacar el bulto del carro sin mucho esfuerzo y arrastrarlo al borde del pantano. Con los pies lo empujo, lo dejo rodar un poco para que se fuera sumergiendo en las pantanosas y oscuras aguas. No se hundió, se enredo en una rama que sobresalía de las aguas. Busco otra rama seca que encontró en los matorrales y lo empujo un poco. Se trabo mas en la rama, comenzó a sudar e intranquilizare. Trato con la rama de desenredarlo pero esta se rompió.
Dudo por un momento en avanzar hasta el bulto y desenredarlo el mismo. Dudo pero lo hizo, se sumergió en el pantano. La pesada y estancada agua le rodeo las piernas y se le dificulto un poco el avanzar por el lodo y la vegetación. Sudoroso y jadeante llego hasta el bulto y forcejeo hasta desenredarlo, comenzó, ahora si a hundir definitivamente su tormento, su angustia. La tela del flotante pero pesado bulto se había rasgado con la rama y de pronto una mano fría salió de la abertura y lo asió por su antebrazo. Reaccionó y perdió el equilibrio, se hundió en el viscoso pantano, braceó y se levanto, pero la mano seguía aferrada a su muñeca. Intentó soltar dedo por dedo de esa fría mano que parecía una garra de águila aferrada a su presa. imposible, no podía, se agitaba, se impacientaba, luchaba, empujaba, inútil. En su desespero, en su angustia no noto que el ruido y el movimiento del agua había despertado a un habitante del pantano y cuando sintió el ruido en su espalda y giro, fue demasiado tarde, solo alcanzó a distinguir las abiertas mandíbulas del cocodrilo que se cerraron hermética y fatalmente sobre su cuerpo.
No aguanto, se abalanzó sobre su amiga y con mas torpeza que pasión la abrazo, la beso, la estrujo, le desabotono la blusa liberando los níveos y adormilados pechos que a pesar de la sorpresa despertaron los pezones entumeciéndolos con firmeza. Fue salvaje. Se sofocaba, gemía, apretaba, tocaba, babeaba. La amiga, trato levemente de resistirse, de apartarla, cogiendo sus manos para retirarla, pero ella (se sonrojaba un poco al recordarlo) aprovecho para guiar esas esquivas manos hacia su entrepierna. Abrió los gruesos muslos y dejo respirar su sofocado sexo que entre sudor y fluidos recibió las manos de su amiga que terminaron de empaparla y llevarla a un paroxismo de locura y éxtasis; lo recordaba muy bien y se estremecía al recrearlo en su mente sintiendo de nuevo esa increíble sensación, que a pesar de sus prejuicios estaba dispuesta a vivir de nuevo.
Estaba en la cuarentena de su vida, tenia dos hijos, casada con un buen hombre comprehensivo y tolerante que le permitía de vez en cuando salir a tomarse unas copas con sus amigas para liberar el estrés del trabajo y el hogar. El mismo que la había ayudado a bajar del carro cuando en la madrugada, ebria, sudorosa y agitada, aun con las piernas temblando había subido las gradas para llegar a la habitación y con ropa haberse tendido en la cama. Amaneció empiyamada, el buen hombre de su esposo la había cambiado y le tenia el desayuno calientito en la cama. Que buen hombre se había conseguido, buen proveedor, buen padre y esposo y lo mas importante: tolerante con ella.
Sentada en el porche de la casa, con una humeante tasa de café en sus manos se fue yendo al pasado, al remoto suburbio de Queens en Nueva York, cuando a los quince años llena de ilusiones y vitalidad, firmes sus carnes y volátiles sus ilusiones había salido en una noche invernal con su amiga de la infancia a una fiestecita del barrio. No tomaba licor todavía, una o dos cervezas toda la noche, no como ahora que tal vez buscaba fuerzas y razones en el licor para justificar muchos de sus actos. Regresaron temprano, no podía llegar muy tarde, sus padres eran muy estrictos y tenían reglas a la vieja usanza de las familias hispanas. Venían caminando, sintiendo el viento helado de febrero en sus rostros, se juntaban, se abrazaban, se rozaban para calentarse y reían.
Ya en casa, se desvistieron rápidamente para meterse bajo las cobijas. El contraste del tibio ambiente de la calefacción con sus cuerpos fríos las hicieron juntarse, apretujarse, abrazarse, rozarse los cuerpos y las aun frías mejillas. Y entre risitas nerviosas y jugueteos la amiga, un poco mas osada y traviesa la beso en la boca. Sintió una punzada en el estomago e inmediatamente aparto a su amiga con nerviosismo. La amiga río, volvió y la abrazo, entrelazó sus piernas con las de ella y le dijo que eran solo jugueteos de amigas, que era normal besarse si realmente se querían como "mejores amigas". No recordaba muy bien como habían terminado hechas un nudo, un amasijo de piernas y brazos tocandose bajo las cobijas, respirando agitadamente, ahogando risas y suspiros, buscando sus bocas y entrelazando sus lenguas en la oscuridad. Si recordaba claramente que creyó, en un momento dado que se iba a orinar, pues su vientre se contrajo y una corriente, un chispazo de energía la recorrió desde el vientre hasta el húmedo sexo haciéndola expulsar un liquido tibio que no pudo contener.
Ahora lo comprendía, había sido orgasmo, intenso, único, maravilloso... y solo Dios sabia como había tratado de olvidarlo, de sepultarlo en los múltiples quehaceres de la vida matrimonial. Pero, era inútil, ella lo sabia. Si lógico, se casó, tuvo dos hijos, tenia un matrimonio "normal" y feliz; pero lo "otro", lo llevaba tatuado en su piel, en sus reacciones primitivas, en sus deseos, en sus instintos naturales. Pensaba en silencio mientras veía el sol salir de entre unas espesas nubes y entibiarle un poco la piel. Una mosca, furtiva y ligera trato de posarse en la taza de café y ella, instintivamente, sin pensarlo levanto su mano y la aparto. Exacto, dedujo, así como mi mano reacciono sin pensarlo y aparto la mosca, así reacciono yo ante una caricia femenina, ante una mirada insinuante, sólo actúo, respondo a mis instintos, esta en mi y... "que carájo me siento cómoda así!", terminaba con esta frase cerrando sus cavilaciones para dedicarse a sus actividades cotidianas.
El marido llegó, se acercó y le acaricio el pelo. Aun conservaba su oscura y rizada cabellera que la hacia lucir muy joven y contrastaba perfectamente con la piel blanca; ella le tomo la mano y se la besó; el, como el común de todos los hombres interpreto ese beso como una insinuación, como una invitación a proseguir los besos y las caricias en la alcoba. Ella, muy sutilmente le soltó la mano y le dijo que estaba cansada, que le dolía la cabeza, que otro día o que tal vez en la noche cuando los hijos estuvieran dormidos. El la beso en la frente aceptando sumisamente la disculpa y se alejó.
Lo vio alejarse y de pronto un sentimiento de remordimiento la envolvió, trato de llamarlo, de invitarlo a seguir con las caricias... pero se contuvo, como iba a profanar lo vivido la noche anterior, tenia las caricias vivas en la piel, el olor sofocante y pesado del encerrado ambiente en el carro, el gimiente ronroneo de su amiga en los oídos. Hubiera podido complacerlo, pero no, se abstuvo alejando de si cualquier sentimiento de culpa que la embargara.
Lo quería claro, lo amaba y le era fiel. Lógico que le era fiel!, por su puesto, razonaba muy segura de si: "seria incapaz de desvestirmele a otro hombre, de tener algún tipo de relación, que vergüenza que me viera desnuda". Estaba satisfecha con su esposo... no necesitaba otro hombre y eso, para ella era fidelidad. Esto era diferente, diferentísimo, no estaba engañando a su hombre con otro hombre, ella estaba bien con el, este era otro terreno, su marido ni nadie podía competir con "lo otro".
Las amigas se desnudaban para cambiarse de ropa, para ir al baño, para mirarse sus cuerpos, medirse ropa y comparar su figura, era muy natural, no había vergüenza en ello, eran mujeres, el mismo genero. El terreno varonil de su hombre estaba respetado, era sagrado e intocable para ella, eso lo tenia muy claro en su vida y le permitía dormir en paz.
El buen hombre del marido salió calladamente de la casa y se alejo en el auto, sonreía tristemente pensando en su esposa. Anoche, cuando la desvestía para cambiarle la ropa le sintió el olor; el característico olor agridulce que deja la pasión mezclada con sudor y licor, la ropa apestaba a pecado, a traición, a secreto. "Secreto", dijo en voz alta, secreto que para el había dejado de serlo hacia mucho tiempo. Se preguntaba a si mismo si la costumbre puede mas que la razón, que la lógica. Y lo lógico era haberse separada hace mucho tiempo, desde aquella nefasta pero reveladora mañana en que llegó de prisa a la casa a recoger unos documentos que había olvidado.
Llego sigilosamente y en silencio para no hacer ruido y despertar a su esposa pues la noche anterior había salido (como de costumbre cada 15 días) con las amigas a celebrar el cumpleaños de una de ellas y estaba trasnochada. "Mujeres solas", le dijo cuando el quiso unirse al festejo y acompañarla; le toco quedarse en casa con los hijos, "como siempre" pensó. Al salir con los documentos en la mano y tratar de cerrar la puerta oyó un ruido, le pareció un quejido, un lamento procedente de arriba en el cuarto donde su esposa dormía plácidamente. Cerro nuevamente la puerta y subió las gradas tratando de ubicar e identificar la procedencia del quejido. Se acrecentó el quejido a medida que se aproximaba al cuarto, llegando a la puerta para abrirla y tomar la manija entre sus manos oyó claramente que el quejido procedía de dos gargantas no de una y que se hacia rítmico y jadeante. Se le helo la sangre, se le detuvo el pulso, se congelo el tiempo.
En esa milésima de segundo en que se congelo le cupo toda una vida; recuerdos, momentos, alegrías, llantos, nacimientos y orgasmos pasaron por su mente; secuencialmente rodaban las imágenes, de ella riendo, de el amandola, de los hijos, del perro, de la primera compra de la casa, del carro, del bote, hasta este momento en que tenia su mano aferrada y soldada al picaporte de la puerta.
Quiso irrumpir violentamente y afrontar la situación pero se contuvo, se sintió incapaz de ver una escena semejante. Trato de borrar de la mente a su amada esposa revolcandose desnuda con otro hombre, de ver ese cuerpo donde sólo el había puesto sus manos y depositado su inmenso amor siendo profanado por alguien. Respiro profundo y comenzó lentamente a abrir la puerta procurando hacer el menor ruido posible. Los gemidos, las quejas y los ayes se fueron acrecentando a medida que la puerta se abría, sentía el corazón salirse por su boca y las palpitaciones estremecer su cuerpo. Vislumbró reflejado en el espejo del tocador un cuerpo en la penumbra del cuarto arrodillado al borde de la cama, tardo unos pocos segundos en adaptarse a la oscuridad de la habitación. El otro cuerpo yacía en la cama con las piernas abiertas. La monocromía del lugar solo le permitía ver, contornos, siluetas sin detalle, pero enfocando con mas atención descubrió, para su asombro que el supuesto amante de su mujer era otra mujer!.
Se avergonzó, no supo que hacer, sólo cerró la puerta y bajó calladamente las gradas para subirse al carro y alejarse de allí lo mas rápido posible. "Una mujer", pensaba y la imagen del cuarto iba y venia por su mente en blanco y negro, en color, en cámara lenta, silente como en un sueño, luego ruidosa como en un carnaval, grotesca, burlesca. Estaciono el carro a un lado de la vía, el nerviosismo se había apoderado de su cuerpo, temblaba, se asqueo, sintió ganas de vomitar, abrió la portezuela del carro y doblo su cuerpo a un lado para tratar de expulsar la imagen, la visión, el recuerdo, el momento pero le fue inútil, la imagen estaba frente de el, cerraba los ojos y la veía, los abría y también.
Ese día trabajo hasta bien entrada la noche en la oficina, no quería verla y mucho menos acostarse en esa cama, donde en una repetición infinita veía los dos cuerpos rodar y rodar en una espiral inacabable. Durmió al borde de la cama esa y muchas noches mas para no tocarla, para no sentirla, para no enfrentarla. Se levantaba muy temprano y regresaba muy tarde, "exceso de trabajo" le decía cuando ella lo cuestionaba.
Aun ahora, en que avanzaba sigiloso por la autopista estatal rumbo hacia los pantanos de Everglades la imagen lo atormentaba, no había podido superarlo; tal vez si se hubiera separado hace 20 años ya lo habría olvidado, pero la tenia al lado todos los días. Cada que entraba al cuarto lo primero que veía era la imagen reflejada en el espejo de los dos cuerpos, por eso antes de salir de la casa había cubierto el espejo con una cobija para no ver el reflejo. O tal vez lo hubiera superado si el incidente hubiese sido algo fortuito, aislado, una única experiencia y nada mas. Pero no, ella había seguido saliendo y llegando borracha impregnada de alcohol y deseo, ese olor que lo fastidiaba, que lo mortificaba hasta el punto de querer acabar con todo y salir huyendo de la casa.
Cuantas veces, en la oscura soledad de la noche se despertaba asfixiado, acorralado pues su esposa dormida e inconsciente lo abrazaba y eso, a el le fastidiaba, le repugnaba y suavemente la apartaba y volvía a su refugio, al borde de la cama donde ella no lo alcanzaba. Otras veces era lo contrario; el inmenso vacío que dejaba la ausencia de ella en las noches lo desvelaba, no porque le hiciera falta, sino porque el tic-tac del reloj le taladraba el cerebro como en un martilleo infinito de segundos y minutos que lo mantenían dando vueltas en la cama hasta que ella llegara y lo arrinconara al borde de la cama.
Muchas veces había estado allí, en ese paraje boscoso y escondido de la civilización. Camino que encontró por casualidad y desembocaba justo al borde del pantano, "ideal para refugiarse, para esconderse y ponerle fin a este tormento" pensaba.
Apago las luces del carro, bajo los vidrios, el olor putrefacto de las aguas estancadas lo impregnó. Se quedo un rato sentado oyendo los ruidos del pantano, tratando de identificarlos; el croar de las ranas, el ulular de los búhos, el grillar de los grillos, el zumbido de los mosquitos, el graznido de los cuervos y el golpeteo amenazador de las mandíbulas de los cocodrilos que merodeaban por el pantano.
Respiro profundo sin importarle la fetidez del lugar, se sentía libre, seguro y optimista del cambio que iba a ocurrir en su vida. Bajo del carro y dio una vuelta al vehículo asegurando que su soledad allí era total. Abrió el baúl del carro y contempló por un momento el pesado bulto que ocupaba casi toda la cajuela. "El fin de mi sufrimiento se encuentra aquí", se dijo para sus adentros. Tenia la adrenalina al ciento por ciento y eso le permitió sacar el bulto del carro sin mucho esfuerzo y arrastrarlo al borde del pantano. Con los pies lo empujo, lo dejo rodar un poco para que se fuera sumergiendo en las pantanosas y oscuras aguas. No se hundió, se enredo en una rama que sobresalía de las aguas. Busco otra rama seca que encontró en los matorrales y lo empujo un poco. Se trabo mas en la rama, comenzó a sudar e intranquilizare. Trato con la rama de desenredarlo pero esta se rompió.
Dudo por un momento en avanzar hasta el bulto y desenredarlo el mismo. Dudo pero lo hizo, se sumergió en el pantano. La pesada y estancada agua le rodeo las piernas y se le dificulto un poco el avanzar por el lodo y la vegetación. Sudoroso y jadeante llego hasta el bulto y forcejeo hasta desenredarlo, comenzó, ahora si a hundir definitivamente su tormento, su angustia. La tela del flotante pero pesado bulto se había rasgado con la rama y de pronto una mano fría salió de la abertura y lo asió por su antebrazo. Reaccionó y perdió el equilibrio, se hundió en el viscoso pantano, braceó y se levanto, pero la mano seguía aferrada a su muñeca. Intentó soltar dedo por dedo de esa fría mano que parecía una garra de águila aferrada a su presa. imposible, no podía, se agitaba, se impacientaba, luchaba, empujaba, inútil. En su desespero, en su angustia no noto que el ruido y el movimiento del agua había despertado a un habitante del pantano y cuando sintió el ruido en su espalda y giro, fue demasiado tarde, solo alcanzó a distinguir las abiertas mandíbulas del cocodrilo que se cerraron hermética y fatalmente sobre su cuerpo.
viernes, 16 de noviembre de 2012
Un buen corazón
La razón -amigo mío- sí, sólo la razón debe advertirnos que perjudicar a nuestros semejantes no puede jamás hacernos felices, y nuestro corazón, que contribuir a su felicidad es lo mas grande que la naturaleza nos haya dado en la tierra. Toda moral humana se encierra en esta sola frase: hacer a los demás tan felices como uno mismo desea serlo, y no causarles nunca un mal que no quisiéramos recibir. Estos son, amigo mío, estos son los únicos principios que debemos seguir y no hay necesidad de religión ni de dios para apreciarlos y admitirlos: Sólo se necesita un buen corazón.
Marques de Sade, del libro: "Diálogo entre un sacerdote y un moribundo".
Fue un buen amigo, me dijo la prima señalando el cuerpo sin vida de nuestro desafortunado amigo. "Noooo", respondió la tía de mi esposa. "Como se les ocurre decir eso, era gay y para completar ateo, no iba a misa, no creía en Dios, por algo se murió". sentenció con sus habituales comentarios ponzoñosos y venenosos. La mire con rabia, porque tenia que prejuiciar a las personas por sus gustos o creencias, porque no veía al ser humano que yacía en la cama como el amigo incondicional que fue para todos nosotros.
Era una fría noche de diciembre en Queens, New York, caminábamos con mi sobrino y Fabito por la acera cubierta de nieve y de vez en cuando nos empujábamos para caer en los níveos montículos que se habían formado a lado y lado de la calle. La luna, acerada y resplandeciente nos iluminaba, dando al paisaje un aspecto irreal, reflejando una claridad sideral por todos los rincones. Con unas copas de mas, no nos importaba caernos y revolcarnos un poco en la nieve. En una de esas caídas, Fabito tropezó con un par de pies que sobresalían de un pasadizo entre dos apretujados edificios del vecindario; reaccionamos alejándonos un poco del sitio, pero Fabito se acerco para mover los pies y noto que el resto del cuerpo estaba cubierto por cartones. El viejo, mal oliente y refunfuñando se incorporo un poco para maldecir al impertinente que acababa de traerlo a la fría realidad de su miserable vida, pero Fabito, con su impecable ingles lo apaciguo pidiendole disculpas y aconsejandole que se guareciera mas al fondo del pasillo. Nosotros, con mi sobrino nos sentamos en una helada banca a esperarlo, mas cuando miramos hacia el pasillo Fabito ya no estaba; antes de preguntarle al "homeless", este nos señalo enfrente, al otro lado de la calle.
Era este un vecindario eminentemente asiático donde los negocios y en especial los de comida con sus coloridas vitrinas y estanterías llenas de exóticos platos permanecían abiertos hasta la madrugada. Fabito venia atravesando la calle con una humeante y caliente sopa china que le acababa de comprar al hombre. De cuclillas y al lado del desamparado anciano espero y cuando el indigente hubo acabado observo que los zapatos del pobre hombre estaban rotos por todas partes, Fabito sin pensarlo dos veces se quito sus botas de invierno y se las calzo al sorprendido anciano que no supo de decir, al igual que nosotros, que sabiendo lo impredecible que era lo regañamos por la acción. Nos miro entre risas y sorpresa y dijo: "solo estamos a dos bloques del apartamento, allá tengo muchos pares de zapatos, este pobre hombre no tiene ninguno, no creen que lo mas justo que puedo hacer es darle un par".
Seguimos rumbo al apartamento callados, cada uno sumido en sus pensamientos, de vez en cuando miraba a Fabito y lo veía contento esquivando pozos de agua en el anden para no mojar sus medias.
Ese era la clase de persona que cubierto con una sabana yacía en la cama del hospital y mas sin embargo la tía seguía lanzando improperios y bajezas.
De joven, en su natal Colombia solía llevar desamparados para alimentarlos a casa de la abuela con la cual vivía pues su mama había emigrado a los Estados Unidos siendo muy niño. Era incorregible, travieso, andariego y soñador. Muchas veces los desamparados robaron pertenencias de la casa y los abuelos molestos decidieron enviarlo para Nueva York para poner punto final a la situación. En los estados Unidos fue voluntario de cuanta organización caritativa existiera. La mama desesperada viviendo la misma experiencia de los abuelos con los desamparados decidió enlistarlo en el ejercito de los Estados Unidos.
Lo acantonaron en Europa, en una base militar de Alemania. Dos largos años estuvo por esos lares, pero faltando una semana para su baja, en un rutinario ejercicio de paracaidismo, la vida le jugo una mala pasada trabando el cordón que acciona el compartimiento que abre el paracaídas. En su vertiginosa caída, nos contaría mas adelante, veía como el paisaje terrestre se agigantaba a medida que la fuerza gravitacional lo empujaba a una muerte segura. Faltando unos cuantos metros se abrió el paracaídas pero ya era inminente el estrellón de su cuerpo contra el globo terráqueo. Quedo inconsciente y moribundo. Su mama viajo de emergencia al país teutón justo a tiempo para que el capellán militar le aplicara los santos óleos pues su estado era terminal. Se batió como el guerrero que era contra la muerte, la toreo de frente y salió triunfante; sobrevivió. Pero el destino no se la iba a dejar tan fácil, quedo sufriendo de la "enfermedad divina", como llamaban los antiguos romanos a la epilepsia.
De regreso a Nueva York se sumió en la depresión, se rebeló contra la dosis de medicamentos diarios que ingería y se hundió en las drogas y el alcohol. Muchas madrugadas el ring ring del teléfono me sobresalto para escuchar su voz al otro lado de la linea pidiendome que fuera por el pues había sufrido un ataque epiléptico y estaba lacerado o herido en algún hospital, en otras era alguien distinto que se lo encontró en la calle desorientado y ebrio.
Los grandes espíritus no conocen la paz ni tienen vidas ordinarias, están en los extremos, o en la cima del cielo dando lo mejor de si o en los abismos del infierno purificando su alma.
Cierta ocasión en que mis padres se encontraban de visita en Nueva York, decidimos ir al vecino país del Canadá a saludar a nuestra hermana y de paso conocer las Cataratas del Niagara. Resulto que mis padres por ser turistas necesitaban visa para ingresar al Canadá, fuimos a solicitarla y se demoraba dos semanas. Apenas se hubo enterado Fabito fue a la embajada canadiense en Manhattan e hizo valer sus derechos de pensionado del ejercito de los Estados Unidos saliendo con los pasaportes sellados y visados el mismo día.
Era el traductor de cuanto recién llegado conociera, los ayudaba a buscar vivienda barata o el mismo los hospedaba en su apartamento, les solucionaba papeleos de inmigración, de hospitales, de justicia, de trabajo, todos lo buscaban y a todos atendía.
Conversábamos mucho, en las noches, nos clareaba el día hablando de espiritualidad, de la vida después de la muerte, del karma y reencarnación. Sabia que me apasionaban esos temas y estaba obsesionado por saber que le deparaba el destino al otro lado. Sentía su fin aproximarse y le daba temor. Yo no sabia que decirle y supongo que nadie sabe que hay al otro lado, así que solo le hablaba de lo que leía, de conjeturas, de especulaciones y creencias, nada mas. Me hizo jurarle que el día de su muerte estaría a su lado ayudandole en esa final transición de su vida. Se lo prometí.
Varias veces estuvo a punto de cruzar esa frágil linea divisoria entre la vida y la muerte, como la vez en que saliendo del subway en Manhattan y yendo por las escaleras eléctricas sufrió un repentino ataque de epilepsia. cayo de frente sobre las metálicas y móviles gradas de las escaleras partiendose el mentón, la nariz y la frente. Ahí estuve, en el hospital, a su lado, acompañandolo. Salió con mentón, nariz y frente metálicas pues los huesos en esas partes quedaron astillados. Se recupero, subió de nuevo a la cima para después caer a los infiernos de nuevo, no una sino muchas veces como en un carrusel de feria, iba y venia de las sombras a la claridad, pero esa intensidad, ese vértigo en su vida lo estaba minando, lo estaba destruyendo y se estaba quedando sin fuerzas para subir de nuevo la montaña.
Un buen día le dije que me iba para la Florida a vivir, se puso triste, lo abrace y me dijo: "y la promesa"?. "Llamame que yo vendré". Pasaron los meses y cada vez que angustiado me llamaba, la mama me decía; "no es nada, lo de siempre, el sale de esta también". Así paso el tiempo hasta que recibí la fatal llamada, esta vez de la mama: "es definitivo, creo que se nos va, podes viajar"?.
Llegue tarde, ya había cruzado la linea, estaba al otro lado libre de ataduras terrenales vagando como el espíritu indomable que fue. Lo incineramos y esparcimos sus cenizas por Manhattan, la ciudad que amo y que conoció tan bien. Le incumplí la promesa y me duele, por eso le escribí este pequeño homenaje para recordar al amigo, que tenia tan solo un buen corazón.
Marques de Sade, del libro: "Diálogo entre un sacerdote y un moribundo".
Fue un buen amigo, me dijo la prima señalando el cuerpo sin vida de nuestro desafortunado amigo. "Noooo", respondió la tía de mi esposa. "Como se les ocurre decir eso, era gay y para completar ateo, no iba a misa, no creía en Dios, por algo se murió". sentenció con sus habituales comentarios ponzoñosos y venenosos. La mire con rabia, porque tenia que prejuiciar a las personas por sus gustos o creencias, porque no veía al ser humano que yacía en la cama como el amigo incondicional que fue para todos nosotros.
Era una fría noche de diciembre en Queens, New York, caminábamos con mi sobrino y Fabito por la acera cubierta de nieve y de vez en cuando nos empujábamos para caer en los níveos montículos que se habían formado a lado y lado de la calle. La luna, acerada y resplandeciente nos iluminaba, dando al paisaje un aspecto irreal, reflejando una claridad sideral por todos los rincones. Con unas copas de mas, no nos importaba caernos y revolcarnos un poco en la nieve. En una de esas caídas, Fabito tropezó con un par de pies que sobresalían de un pasadizo entre dos apretujados edificios del vecindario; reaccionamos alejándonos un poco del sitio, pero Fabito se acerco para mover los pies y noto que el resto del cuerpo estaba cubierto por cartones. El viejo, mal oliente y refunfuñando se incorporo un poco para maldecir al impertinente que acababa de traerlo a la fría realidad de su miserable vida, pero Fabito, con su impecable ingles lo apaciguo pidiendole disculpas y aconsejandole que se guareciera mas al fondo del pasillo. Nosotros, con mi sobrino nos sentamos en una helada banca a esperarlo, mas cuando miramos hacia el pasillo Fabito ya no estaba; antes de preguntarle al "homeless", este nos señalo enfrente, al otro lado de la calle.
Era este un vecindario eminentemente asiático donde los negocios y en especial los de comida con sus coloridas vitrinas y estanterías llenas de exóticos platos permanecían abiertos hasta la madrugada. Fabito venia atravesando la calle con una humeante y caliente sopa china que le acababa de comprar al hombre. De cuclillas y al lado del desamparado anciano espero y cuando el indigente hubo acabado observo que los zapatos del pobre hombre estaban rotos por todas partes, Fabito sin pensarlo dos veces se quito sus botas de invierno y se las calzo al sorprendido anciano que no supo de decir, al igual que nosotros, que sabiendo lo impredecible que era lo regañamos por la acción. Nos miro entre risas y sorpresa y dijo: "solo estamos a dos bloques del apartamento, allá tengo muchos pares de zapatos, este pobre hombre no tiene ninguno, no creen que lo mas justo que puedo hacer es darle un par".
Seguimos rumbo al apartamento callados, cada uno sumido en sus pensamientos, de vez en cuando miraba a Fabito y lo veía contento esquivando pozos de agua en el anden para no mojar sus medias.
Ese era la clase de persona que cubierto con una sabana yacía en la cama del hospital y mas sin embargo la tía seguía lanzando improperios y bajezas.
De joven, en su natal Colombia solía llevar desamparados para alimentarlos a casa de la abuela con la cual vivía pues su mama había emigrado a los Estados Unidos siendo muy niño. Era incorregible, travieso, andariego y soñador. Muchas veces los desamparados robaron pertenencias de la casa y los abuelos molestos decidieron enviarlo para Nueva York para poner punto final a la situación. En los estados Unidos fue voluntario de cuanta organización caritativa existiera. La mama desesperada viviendo la misma experiencia de los abuelos con los desamparados decidió enlistarlo en el ejercito de los Estados Unidos.
Lo acantonaron en Europa, en una base militar de Alemania. Dos largos años estuvo por esos lares, pero faltando una semana para su baja, en un rutinario ejercicio de paracaidismo, la vida le jugo una mala pasada trabando el cordón que acciona el compartimiento que abre el paracaídas. En su vertiginosa caída, nos contaría mas adelante, veía como el paisaje terrestre se agigantaba a medida que la fuerza gravitacional lo empujaba a una muerte segura. Faltando unos cuantos metros se abrió el paracaídas pero ya era inminente el estrellón de su cuerpo contra el globo terráqueo. Quedo inconsciente y moribundo. Su mama viajo de emergencia al país teutón justo a tiempo para que el capellán militar le aplicara los santos óleos pues su estado era terminal. Se batió como el guerrero que era contra la muerte, la toreo de frente y salió triunfante; sobrevivió. Pero el destino no se la iba a dejar tan fácil, quedo sufriendo de la "enfermedad divina", como llamaban los antiguos romanos a la epilepsia.
De regreso a Nueva York se sumió en la depresión, se rebeló contra la dosis de medicamentos diarios que ingería y se hundió en las drogas y el alcohol. Muchas madrugadas el ring ring del teléfono me sobresalto para escuchar su voz al otro lado de la linea pidiendome que fuera por el pues había sufrido un ataque epiléptico y estaba lacerado o herido en algún hospital, en otras era alguien distinto que se lo encontró en la calle desorientado y ebrio.
Los grandes espíritus no conocen la paz ni tienen vidas ordinarias, están en los extremos, o en la cima del cielo dando lo mejor de si o en los abismos del infierno purificando su alma.
Cierta ocasión en que mis padres se encontraban de visita en Nueva York, decidimos ir al vecino país del Canadá a saludar a nuestra hermana y de paso conocer las Cataratas del Niagara. Resulto que mis padres por ser turistas necesitaban visa para ingresar al Canadá, fuimos a solicitarla y se demoraba dos semanas. Apenas se hubo enterado Fabito fue a la embajada canadiense en Manhattan e hizo valer sus derechos de pensionado del ejercito de los Estados Unidos saliendo con los pasaportes sellados y visados el mismo día.
Era el traductor de cuanto recién llegado conociera, los ayudaba a buscar vivienda barata o el mismo los hospedaba en su apartamento, les solucionaba papeleos de inmigración, de hospitales, de justicia, de trabajo, todos lo buscaban y a todos atendía.
Conversábamos mucho, en las noches, nos clareaba el día hablando de espiritualidad, de la vida después de la muerte, del karma y reencarnación. Sabia que me apasionaban esos temas y estaba obsesionado por saber que le deparaba el destino al otro lado. Sentía su fin aproximarse y le daba temor. Yo no sabia que decirle y supongo que nadie sabe que hay al otro lado, así que solo le hablaba de lo que leía, de conjeturas, de especulaciones y creencias, nada mas. Me hizo jurarle que el día de su muerte estaría a su lado ayudandole en esa final transición de su vida. Se lo prometí.
Varias veces estuvo a punto de cruzar esa frágil linea divisoria entre la vida y la muerte, como la vez en que saliendo del subway en Manhattan y yendo por las escaleras eléctricas sufrió un repentino ataque de epilepsia. cayo de frente sobre las metálicas y móviles gradas de las escaleras partiendose el mentón, la nariz y la frente. Ahí estuve, en el hospital, a su lado, acompañandolo. Salió con mentón, nariz y frente metálicas pues los huesos en esas partes quedaron astillados. Se recupero, subió de nuevo a la cima para después caer a los infiernos de nuevo, no una sino muchas veces como en un carrusel de feria, iba y venia de las sombras a la claridad, pero esa intensidad, ese vértigo en su vida lo estaba minando, lo estaba destruyendo y se estaba quedando sin fuerzas para subir de nuevo la montaña.
Un buen día le dije que me iba para la Florida a vivir, se puso triste, lo abrace y me dijo: "y la promesa"?. "Llamame que yo vendré". Pasaron los meses y cada vez que angustiado me llamaba, la mama me decía; "no es nada, lo de siempre, el sale de esta también". Así paso el tiempo hasta que recibí la fatal llamada, esta vez de la mama: "es definitivo, creo que se nos va, podes viajar"?.
Llegue tarde, ya había cruzado la linea, estaba al otro lado libre de ataduras terrenales vagando como el espíritu indomable que fue. Lo incineramos y esparcimos sus cenizas por Manhattan, la ciudad que amo y que conoció tan bien. Le incumplí la promesa y me duele, por eso le escribí este pequeño homenaje para recordar al amigo, que tenia tan solo un buen corazón.
sábado, 10 de noviembre de 2012
Viene a matarme (Cuento breve)
"Viene a matarme"' le dijo la asustada mujer a su interlocutora
"Ridícula" le contesto, "como se te ocurre decir semejante disparate, si fue tu marido".
La mujer guardo silencio (cosa que nunca hacia) y se sumió en sus pensamientos. A su memoria acudió aquella lluviosa noche de diciembre, muchos años atrás, cuando llevaban poco más de un año de casados, en que él llegó pasado de tragos y sin motivo alguno la halo del pelo acercándola violentamente a su cara para decirle: "aun esta caliente, mirálo!, todavía esta humeante!, no me tembló la mano para usarlo y no me temblará para lo que sea!, así que mucho cuidado que a mi el que me la hace me la paga y doble!". Ella aun sentía el aliento a rancio licor y el olor a pólvora del revolver que su marido le había mostrado aquella vez.
Miro de nuevo a su interlocutora: "tu no sabes como es el", le dijo.
En su cabeza iban y venían trozos de malos recuerdos, temores y angustias que viviera a su lado, como aquella vez, en que viajando en la camioneta se le atravesó un perro viejo y renco (de eso si se acordaba muy bien, de la renquera, por que apenas lo vio, sintió lastima por el animalejo) y el sin ningún asomo de misericordia aceleró la camioneta para atropellarlo, le pasó por encima y viendo por el espejo retrovisor que aun estaba vivo, retrocedió y lo remató. "Llevaba una existencia miserable, no lo viste?, viejo, enfermo y renco, le ahorre sufrimiento en su vida, debe de estar contento, descansó!". La mujer no pudo hablar, era de llanto fácil y este acontecimiento la tenia al borde de la desesperación.
Quería huir, alejarse, correr lo mas lejos posible, pero estaba unida a el en vinculo matrimonial y había jurado acompañarlo en las "buenas y en las malas". Palabras que recordaba muy bien haberlas escuchado aquella mañana de domingo, ya no por la voz del sacerdote que los casó, sino por la imperante voz de su mama, cuando al verla llegar, aun en pijama, con cara de trasnocho y llorando inconsolable a pedirle que le permitiera quedarse en su casa, que ya no lo soportaba mas, que ese hombre algún día la iba a matar en una de sus borracheras, que por misericordia se apiadara de ella. La mama, en medio de su infinita fe católica le recordó que ese era el hombre que ella había escogido en santo matrimonio para compartir su vida, que todos los hombres (sin excepción, enfatizó) al comienzo, mientras se adaptan a su vida de casados, actúan así, que todo es cuestión de esperar, resignarse e ignorarlo, que con el tiempo cambiaría y llegaría a valorar la buena y santa mujer con la que se caso. Y ademas, cuando vengan los hijos, ya veras como cambia.
Los hijos nunca vinieron, los años pasaron y ella se canso de esperar a que el hombre cambiara. Ella en cambio si cambio, se volvió andariega, amiguera y parrandera. Salía por las mañanas bien maquillada y emperifollada con sus amigotas, casi todas en la cuarentena de sus vidas ademas de separadas, a cuanta reunión, agasajo y evento social las invitaran. Claro no faltaban las copitas y las invitaciones a escondidas, que al comienzo como buena mujer casada rechazaba tajantemente: "Como se le ocurre, si yo soy una mujer casada, no sea atrevido, pero y porque se ha fijado en mi habiendo tanta muchacha joven y bonita en la reunión?"
En la casa, en la intimidad de su hogar y frente al espejo viendo reflejada su desnudez, se preguntaba: "Será que aun gusto, será que alguien se fija en mi". Cerraba los ojos y se dejaba llevar por la fantasía de tener una aventura, sentía los brazos fuertes del amante imaginario rodeándola por detrás, la respiración agitada en su cuello, su boca buscando ávidamente la suya para besarla y..., "no! que estoy pensando, que locura es esta!". El bochorno subía por su cuerpo enrojeciéndola. Avergonzada se vestía rápidamente y olvidaba el asunto.
El mulato, un hombre rudo, ordinario pero de buen trato con las feminas sabia que la mujer era una presa fácil. La había escuchado en el trabajo quejarse con sus amigas, comentar que su marido llegaba borracho casi todas las noches y que no la tocaba sino para maltratarla. Comenzó con los piropos casuales y desprevenidos: "señora que bonita esta hoy", "Su sonrisa en las mañanas me alegra el día". La galantería y las buenas atenciones acabaron por derrumbar la poca resistencia que tenía y terminó creyendo en sus halagos, cayendo en sus brazos y en su cama.
Fue volcánica, se entrego toda, sin limitaciones, tantos años de abstinencia, de represión terminaron por romper el dique y la pasión se desbordo. Se sintió mujer, se sintió hembra poseída por su macho y perdió el decoro, el respeto y la prudencia.
La señora entro como una tromba a la oficina y fue directamente hacia la mujer. Solo la reconoció cuando ya la tenia encima y le había asestado el primer golpe. Hicieron falta tres personas para quitarsela de encima. Cuando la llevaban en rastras fuera de la oficina le alcanzo a gritar a la pobre mujer: "No te metas mas con mi marido por que te juro por mis cinco hijos que le cuento a tu marido para que te mate!".
Lo negó, juro y perjuro que era una equivocación, que la señora había entrado a la oficina equivocada y arremetido contra una víctima inocente.
El único que le creyó fue el marido que consolandola le dijo: "Yo se que sos incapaz de hacerme una cosa así a mi, por que siempre te lo he dicho, ¡Te mato!".
Puso tierra y agua de por medio, se exilo en otro país. Al marido pronto lo olvido, pero al amante no. En las noches, en la oscura soledad de su cuarto, en un estado de duermevela, soñaba y pensaba en su mulato, en que venia a rescataba de ese remoto país y los dos ya separados de ataduras matrimoniales pasaban los últimos años de su vida en un idílico romance y en una pasión desenfrenada.
La realidad era otra y los temores otros.. La mujer le había pedido el divorcio al marido y aconsejada por su abogada le estaba reclamando casa, negocio y finca. El marido (ella se había enterado) estaba averiguando la dirección de ella para hablar directamente y zanjar ese molesto asunto de una vez por todas. La mujer, pobrecita, asustada sola e indefensa suponía que el marido venia a matarla.
En el puesto de inmigración del aeropuerto el hombre paso sin ningún problema, se sentía nervioso como en aquellos lejanos tiempos en los que la adrenalina que segregaba en el "cumplimiento del deber" lo mantenían desconfiado y malhumorado. Desdoblo el arrugado papel que traia en su mano y se lo paso al conductor del taxi, no hablaba ingles pero el haitiano leyó la dirección y se dirigió al lugar de su destino.
Habían pasado mas de 10 años. El hombre recostado en el asiento trasero del "Crown Victoria", adormecido por el viaje se arrullaba por el silencioso y potente motor de ocho cilindros del sedan y se perdía en la bruma de los recuerdos tratando de imaginar como seria la mujer que vería en unos momentos. No fue mal proveedor, pensaba, le había dado casa, viajes y todo cuanto ella quiso, no entendía como le había pagado tal mal, por que ese afán de avaricia con las cosas de el si nunca lo tuvo en el pasado, era mejor, pensaba, ponerle fin a esto como estaba acostumbrado.
El taxi se parqueo en frente del desvencijado local y el hombre se bajo presuroso del carro no sin antes hacerle señas al conductor que lo esperara. En el interior del local, mostró otro papel al dependiente y este le entrego un paquete. El hombre salió y nuevamente en el taxi le dio otro papel al haitiano, el taxi se dirigió a el nuevo destino.
La mujer colgó el teléfono y sus manos comenzaron a temblar, un sudor frío recorrió su espalda y la sangre desapareció de su rostro. "Esta allá, cuidado que sabe la dirección y va por ti", esas palabras, pronunciadas a través del hilo telefónico por su hermana la dejaron muda.
El hombre desenvolvió lentamente el paquete, tenia doble envoltura, no había prisa, abrió la caja, el reluciente y brillante artefacto lo dejo ensimismado unos instantes, al tocarlo sintió el frio del metal. Lo iba a sacar de la caja pero observo que el haitiano lo miraba con curiosidad por el espejo retrovisor, se abstuvo y lo guardo de nuevo.
La mujer se apuro dos pastillas para los nervios y sentada en la cama observó que no podía controlar su nerviosismo. Temblaba de pies a cabeza y su respiración se dificultaba. Noto que no había nadie en la casa, estaba sola e indefensa.
El hombre le pagó al haitiano el costo del viaje y con su paquete en la mano se dirigió a la casa que el taxista le señaló. Busco en la puerta el timbre y lo pulsó. El ritmico sonido sobresalto a la mujer que casi se cae de la cama, trato de levantarse y no pudo, sintió que la cabeza le iba a estallar del agudo dolor y que sus brazos se le dormían. El hombre pulso el timbre por segunda ves, la ansiedad lo devoraba, pero espero. Camino unos pasos hacia la ventana contigua a la puerta y trato de mirar por entre las persianas pero no vio nada. La mujer miro a su alrededor y noto que el celular estaba sobre la mesita de noche, trato de levantarse para cogerlo pero el repentino movimiento hizo que cayera al piso, sus ojos se nublaron y quedo a oscuras. El hombre miro hacia atras y noto que el taxi aun permanecia allí, con la mano le hizo una señal de que lo esperara, escribió una apresurada nota en un papel, dejo la caja en el piso con la nota, cogió el taxi y se marcho.
La dueña de casa llego una hora mas tarde y tropezó con el paquete, se agacho y lo recogió. Al abrir el paquete puso cara de asombro y sorpresa, entró en la casa agitadamente llamando a la mujer, pero esta no contestó. Fue directamente al cuarto y encontró a la mujer yaciendo en el piso con una mueca de dolor y panico en el rostro, trato de moverla, pero estaba fria y yerta . Miro nuevamente el contenido del paquete y se preguntó: "que clase de persona deja un paquete así en una puerta sin pensar en que se lo pueden robar, este anillo de compromiso debe ser costoso, leyó la nota reconciliatoria y reviso el pasaje de regreso que el hombre le había dejado a la mujer y pensó: "Todo nos llega tarde, hasta la muerte".
"Ridícula" le contesto, "como se te ocurre decir semejante disparate, si fue tu marido".
La mujer guardo silencio (cosa que nunca hacia) y se sumió en sus pensamientos. A su memoria acudió aquella lluviosa noche de diciembre, muchos años atrás, cuando llevaban poco más de un año de casados, en que él llegó pasado de tragos y sin motivo alguno la halo del pelo acercándola violentamente a su cara para decirle: "aun esta caliente, mirálo!, todavía esta humeante!, no me tembló la mano para usarlo y no me temblará para lo que sea!, así que mucho cuidado que a mi el que me la hace me la paga y doble!". Ella aun sentía el aliento a rancio licor y el olor a pólvora del revolver que su marido le había mostrado aquella vez.
Miro de nuevo a su interlocutora: "tu no sabes como es el", le dijo.
En su cabeza iban y venían trozos de malos recuerdos, temores y angustias que viviera a su lado, como aquella vez, en que viajando en la camioneta se le atravesó un perro viejo y renco (de eso si se acordaba muy bien, de la renquera, por que apenas lo vio, sintió lastima por el animalejo) y el sin ningún asomo de misericordia aceleró la camioneta para atropellarlo, le pasó por encima y viendo por el espejo retrovisor que aun estaba vivo, retrocedió y lo remató. "Llevaba una existencia miserable, no lo viste?, viejo, enfermo y renco, le ahorre sufrimiento en su vida, debe de estar contento, descansó!". La mujer no pudo hablar, era de llanto fácil y este acontecimiento la tenia al borde de la desesperación.
Quería huir, alejarse, correr lo mas lejos posible, pero estaba unida a el en vinculo matrimonial y había jurado acompañarlo en las "buenas y en las malas". Palabras que recordaba muy bien haberlas escuchado aquella mañana de domingo, ya no por la voz del sacerdote que los casó, sino por la imperante voz de su mama, cuando al verla llegar, aun en pijama, con cara de trasnocho y llorando inconsolable a pedirle que le permitiera quedarse en su casa, que ya no lo soportaba mas, que ese hombre algún día la iba a matar en una de sus borracheras, que por misericordia se apiadara de ella. La mama, en medio de su infinita fe católica le recordó que ese era el hombre que ella había escogido en santo matrimonio para compartir su vida, que todos los hombres (sin excepción, enfatizó) al comienzo, mientras se adaptan a su vida de casados, actúan así, que todo es cuestión de esperar, resignarse e ignorarlo, que con el tiempo cambiaría y llegaría a valorar la buena y santa mujer con la que se caso. Y ademas, cuando vengan los hijos, ya veras como cambia.
Los hijos nunca vinieron, los años pasaron y ella se canso de esperar a que el hombre cambiara. Ella en cambio si cambio, se volvió andariega, amiguera y parrandera. Salía por las mañanas bien maquillada y emperifollada con sus amigotas, casi todas en la cuarentena de sus vidas ademas de separadas, a cuanta reunión, agasajo y evento social las invitaran. Claro no faltaban las copitas y las invitaciones a escondidas, que al comienzo como buena mujer casada rechazaba tajantemente: "Como se le ocurre, si yo soy una mujer casada, no sea atrevido, pero y porque se ha fijado en mi habiendo tanta muchacha joven y bonita en la reunión?"
En la casa, en la intimidad de su hogar y frente al espejo viendo reflejada su desnudez, se preguntaba: "Será que aun gusto, será que alguien se fija en mi". Cerraba los ojos y se dejaba llevar por la fantasía de tener una aventura, sentía los brazos fuertes del amante imaginario rodeándola por detrás, la respiración agitada en su cuello, su boca buscando ávidamente la suya para besarla y..., "no! que estoy pensando, que locura es esta!". El bochorno subía por su cuerpo enrojeciéndola. Avergonzada se vestía rápidamente y olvidaba el asunto.
El mulato, un hombre rudo, ordinario pero de buen trato con las feminas sabia que la mujer era una presa fácil. La había escuchado en el trabajo quejarse con sus amigas, comentar que su marido llegaba borracho casi todas las noches y que no la tocaba sino para maltratarla. Comenzó con los piropos casuales y desprevenidos: "señora que bonita esta hoy", "Su sonrisa en las mañanas me alegra el día". La galantería y las buenas atenciones acabaron por derrumbar la poca resistencia que tenía y terminó creyendo en sus halagos, cayendo en sus brazos y en su cama.
Fue volcánica, se entrego toda, sin limitaciones, tantos años de abstinencia, de represión terminaron por romper el dique y la pasión se desbordo. Se sintió mujer, se sintió hembra poseída por su macho y perdió el decoro, el respeto y la prudencia.
La señora entro como una tromba a la oficina y fue directamente hacia la mujer. Solo la reconoció cuando ya la tenia encima y le había asestado el primer golpe. Hicieron falta tres personas para quitarsela de encima. Cuando la llevaban en rastras fuera de la oficina le alcanzo a gritar a la pobre mujer: "No te metas mas con mi marido por que te juro por mis cinco hijos que le cuento a tu marido para que te mate!".
Lo negó, juro y perjuro que era una equivocación, que la señora había entrado a la oficina equivocada y arremetido contra una víctima inocente.
El único que le creyó fue el marido que consolandola le dijo: "Yo se que sos incapaz de hacerme una cosa así a mi, por que siempre te lo he dicho, ¡Te mato!".
Puso tierra y agua de por medio, se exilo en otro país. Al marido pronto lo olvido, pero al amante no. En las noches, en la oscura soledad de su cuarto, en un estado de duermevela, soñaba y pensaba en su mulato, en que venia a rescataba de ese remoto país y los dos ya separados de ataduras matrimoniales pasaban los últimos años de su vida en un idílico romance y en una pasión desenfrenada.
La realidad era otra y los temores otros.. La mujer le había pedido el divorcio al marido y aconsejada por su abogada le estaba reclamando casa, negocio y finca. El marido (ella se había enterado) estaba averiguando la dirección de ella para hablar directamente y zanjar ese molesto asunto de una vez por todas. La mujer, pobrecita, asustada sola e indefensa suponía que el marido venia a matarla.
En el puesto de inmigración del aeropuerto el hombre paso sin ningún problema, se sentía nervioso como en aquellos lejanos tiempos en los que la adrenalina que segregaba en el "cumplimiento del deber" lo mantenían desconfiado y malhumorado. Desdoblo el arrugado papel que traia en su mano y se lo paso al conductor del taxi, no hablaba ingles pero el haitiano leyó la dirección y se dirigió al lugar de su destino.
Habían pasado mas de 10 años. El hombre recostado en el asiento trasero del "Crown Victoria", adormecido por el viaje se arrullaba por el silencioso y potente motor de ocho cilindros del sedan y se perdía en la bruma de los recuerdos tratando de imaginar como seria la mujer que vería en unos momentos. No fue mal proveedor, pensaba, le había dado casa, viajes y todo cuanto ella quiso, no entendía como le había pagado tal mal, por que ese afán de avaricia con las cosas de el si nunca lo tuvo en el pasado, era mejor, pensaba, ponerle fin a esto como estaba acostumbrado.
El taxi se parqueo en frente del desvencijado local y el hombre se bajo presuroso del carro no sin antes hacerle señas al conductor que lo esperara. En el interior del local, mostró otro papel al dependiente y este le entrego un paquete. El hombre salió y nuevamente en el taxi le dio otro papel al haitiano, el taxi se dirigió a el nuevo destino.
La mujer colgó el teléfono y sus manos comenzaron a temblar, un sudor frío recorrió su espalda y la sangre desapareció de su rostro. "Esta allá, cuidado que sabe la dirección y va por ti", esas palabras, pronunciadas a través del hilo telefónico por su hermana la dejaron muda.
El hombre desenvolvió lentamente el paquete, tenia doble envoltura, no había prisa, abrió la caja, el reluciente y brillante artefacto lo dejo ensimismado unos instantes, al tocarlo sintió el frio del metal. Lo iba a sacar de la caja pero observo que el haitiano lo miraba con curiosidad por el espejo retrovisor, se abstuvo y lo guardo de nuevo.
La mujer se apuro dos pastillas para los nervios y sentada en la cama observó que no podía controlar su nerviosismo. Temblaba de pies a cabeza y su respiración se dificultaba. Noto que no había nadie en la casa, estaba sola e indefensa.
El hombre le pagó al haitiano el costo del viaje y con su paquete en la mano se dirigió a la casa que el taxista le señaló. Busco en la puerta el timbre y lo pulsó. El ritmico sonido sobresalto a la mujer que casi se cae de la cama, trato de levantarse y no pudo, sintió que la cabeza le iba a estallar del agudo dolor y que sus brazos se le dormían. El hombre pulso el timbre por segunda ves, la ansiedad lo devoraba, pero espero. Camino unos pasos hacia la ventana contigua a la puerta y trato de mirar por entre las persianas pero no vio nada. La mujer miro a su alrededor y noto que el celular estaba sobre la mesita de noche, trato de levantarse para cogerlo pero el repentino movimiento hizo que cayera al piso, sus ojos se nublaron y quedo a oscuras. El hombre miro hacia atras y noto que el taxi aun permanecia allí, con la mano le hizo una señal de que lo esperara, escribió una apresurada nota en un papel, dejo la caja en el piso con la nota, cogió el taxi y se marcho.
La dueña de casa llego una hora mas tarde y tropezó con el paquete, se agacho y lo recogió. Al abrir el paquete puso cara de asombro y sorpresa, entró en la casa agitadamente llamando a la mujer, pero esta no contestó. Fue directamente al cuarto y encontró a la mujer yaciendo en el piso con una mueca de dolor y panico en el rostro, trato de moverla, pero estaba fria y yerta . Miro nuevamente el contenido del paquete y se preguntó: "que clase de persona deja un paquete así en una puerta sin pensar en que se lo pueden robar, este anillo de compromiso debe ser costoso, leyó la nota reconciliatoria y reviso el pasaje de regreso que el hombre le había dejado a la mujer y pensó: "Todo nos llega tarde, hasta la muerte".
miércoles, 7 de noviembre de 2012
La fe perdida
Los siete muchachos encaramados en la tarima del auditorio cantaban y tocaban sus instrumentos con los ojos cerrados, como en éxtasis; estaban entonando alabanzas, eran cánticos religiosos enfocados a fomentar la fe y sus creencias religiosas. En frente de ellos, los feligreses, levantaban las manos y, también con los ojos cerrados coreaban las canciones, moviendo sus cuerpos rítmicamente al compás de la música.
Al abrir la puerta del recinto y encontrarme de frente con esta imagen, me detuve, pare en seco, trate de retroceder y salir inmediatamente de allí; un apretón de manos de mi mujer me detuvo, giré la cabeza y al verla leí en sus apremiantes ojos una suplica y un "me lo prometiste".
Unos meses atrás, me había soltado la pregunta a quemarropa: ¿"Que vamos a hacer con nuestros hijos"?, "Hacer qué con ellos" le pregunté. "Viste los hijos de Orlando, tan educaditos y los de Fernando, juiciosos, calladitos, sus papas los llevan a misa todos los domingos". La miré e iba a hablarle pero me interrumpió: "y los nuestros, inquietos, traviesos, no tienen ningún culto, ninguna religión, tienen que creer en algo, sentir temor y respeto por Dios, ir a misa por ejemplo".
Quede pensativo. "Ya sabes lo que pienso y además"..., volvió a interrumpirme: "si pero tu naciste de una familia católica y después escogiste no creer en nada, de niño aprendiste el temor y el respeto a"..., ahora era yo el que la interrumpía: "precisamente, le dije, de niño la religión con sus temores, sus pecados y amenazas absurdas de arder eternamente en el infierno si tan sólo le cogía la mano a la vecinita con la que jugábamos a ser novios, no sólo cohibían y mutilaban el desarrollo normal de nuestra juventud sino también nuestra intelectualidad y sed de conocimiento al prohibirnos pensar libremente. Todo era pecado, censurado y prejuicioso y lo sigue siendo, nada a cambiado", terminé diciendo. En este punto siempre mi esposa callaba y dábamos por terminada la discusión sin llegar a un punto medio.
Quería que mis hijos ejercieran el razonamiento, el libre pensar antes que la fe ciega y las creencias religiosas que no admiten "porqués", pero para mi esposa eso era educarlos en un estado salvaje, sin ética ni principios. Sabia yo, que uno puede inculcarles a los muchachos bases espirituales y éticas con una buena formación moral sin emplear las palabras "castigo", "pecado"," infierno", "temor", "condena eterna", "Dios o Jesucristo". Solo crearles consciencia de lo que es bueno o malo, respetando la naturaleza y sus semejantes, a que actuaran correctamente, no por temor a la ira de Dios, sino por convicción, por elección libre sin prohibiciones.
Le prometí buscar una religión un culto, una secta o un movimiento que me agradara para que fuéramos con los niños y tratáramos de orientarlos, pero me envolví en la cotidianidad de la vida y eché en saco roto la promesa de buscar, hasta que un día me volvió a tocar el tema, pero esta vez fue mas concreta: "este domingo vamos a ir con los compadres a curiosear en una iglesia que me han recomendado mucho, muy liberal, abierta e independiente". Estaba contra la pared, me acorde de la promesa de buscar y no supe que contestarle. Así que cedí, claudique y acepté. Y aquí estaba, entrando con paso lento y temeroso al la casa del "Señor", a rendirle cuentas por mi osadía, atrevimiento y blasfemia.
Los cánticos y alabanzas duraron mas de media hora, para luego apagarse las luces y quedar un solo foco de luz dirigido a las pesadas y oscuras cortinas de donde apareció lentamente, muy despacio y todo vestido de negro, también con los ojos entrecerrados el "Pastor". Nosotros, las ovejas callamos y el pastor sin mirar a su obediente rebaño, en un susurro, en un murmullo que fue acrecentandose comenzó la predica.
Me dedique a observar al hombre, a la persona que subido al escenario caminaba y hablaba con naturalidad, firmeza y seguridad; se notaba que llevaba años haciendo lo mismo y que conocía sus habituales feligreses pues los llamaba por su nombre y acusaba familiaridad con todos ellos; por eso quizás detectó las caras nuevas que, como mi esposa alababan y agradecían todas las bondades y regalos que, según el, Dios nos daba todos los días y en cada momento.
El sermón en si no fue mayor cosa, como era el mes de "Thanksgiving", lo dedico a la gratitud, a lo agradecidos que debíamos de estar con Dios por que nos dio el don de la vida, de compartir con la familia, amigos y de residir en este país. Enfatizó, eso si, que la gratitud debe ser solo y únicamente para con El que es el que nos permite tener amigos, comer, dormir y vivir; de nada vale agradecerle a un amigo o a las personas que amamos por estar en nuestras vidas si no lo alabamos para que nos lo permita. Eso si, aclaró que los dones que recibimos del Señor entran al hogar por la cabeza de familia que es el "HOMBRE", pero que si el individuo no tiene gratitud, el Señor sigue de largo saltandose esa pobre familia que dio con un mal hombre. Un poco machista y discriminatorio me pareció, o sea que por culpa de las malas acciones del hombre pagan la mujer y los hijos?, y si es un hogar honesto y sufrido de una madre soltera?, ni se asoma el Señor?. Y si de pronto se cruza con una familia de parejas del mismo sexo?, ahí si que acelera y pasa raudo y veloz.
En fin, dos o tres chistes y anécdotas graciosas justo en el momento preciso completaron la predica, no sin antes llamar a los "nuevos" al frente para saludarlos personalmente y agradecerles la visita, además de invitarnos a un almuerzo en la sede de la iglesia para conocernos mejor. Y lo mejor fue la atención y cuidado que le dispensaron a nuestros hijos, desde el momento en que llegamos los separaron por edades y se los llevaron a jugar y entretenerlos. Nosotros, realmente nos despreocupamos de ellos y ellos también se sintieron muy a gusto en sus actividades. "Dejad que los niños vengan a mi", pregonaba Jesucristo en su época y el pastor completa, "que yo me encargo de catequizarlos".
En el comedor nos sentaron en mesas separadas a todas las parejas que estábamos invitados para interactuar y conocernos mejor. Nuestros hijos, como siempre con especial atención los ubicaron en unos salones diferentes para sus actividades de acuerdo a sus edades. En el almuerzo, el pastor mas informal y relajado bromeo y charlo con todos nosotros; por unos momentos me olvidaba que estábamos en una platica religiosa, parecía más bien un encuentro de parejas con un orientador psicológico o terapeuta. El tema principal era conocernos al máximo los integrantes de la mesa para luego, escogiendo al azar a cualquiera de nosotros, pudiéramos describir a cada uno de los integrantes de nuestra mesa y hacernos merecedores a un premio.
Fue interesante, en un ambiente muy relajado, el pastor hablaba, reía, contaba chistes y nos invito a los presentes a contar los nuestros. Presentó a su familia; su esposa que también tiene a cargo unos seminarios de orientación familiar a los cuales fuimos invitados. Sus cinco hijos (algunos integrantes de la banda musical), muy bien puestos, educados y respetuosos (mas adelante en el viaje de regreso, mi esposa me los pondría de ejemplo todo el tiempo) también contaron sus cuentos.
Aparte de la predica el pastor dijo, "los invitamos a que traigan sus hijos a clase de música dos veces por semana y tenemos", enfatizó "una de las mejores academias de "soccer" de la región, donde, aparte de aprender y jugar los domingos en la tarde, pasamos un día compartiendo con todos en el parque". El compadre estaba feliz, pues aparte de ser argentino e hincha del Boca, saca a jugar al Maradona que lleva dentro ocasionalmente los fines de semana. Y para completar su euforia el pastor resulto haber sido jugador de fútbol profesional colombiano y de nacionalidad argentina.
Fantástico todo, pero ahora como soportare a mi esposa hablandome de las maravillas y milagros de la labor que realiza el pastor en la comunidad. Ya han pasado cuatro días y mi esposa sigue hablando de las maravillas que va a obrar en nuestros hijos esta nueva orientación. Esta contenta, habla, se ríe, vuelve y me pone de ejemplo a los hijos del pastor, yo la escucho, me gusta verla feliz, motivada, eso me agrada... pero yo por mi parte sigo incrédulo, desconfiado del adoctrinamiento al que se van a someter, la duda se me acrecienta, la desconfianza me alerta, la lógica me frena simplemente por que sigo con la fe perdida.
Al abrir la puerta del recinto y encontrarme de frente con esta imagen, me detuve, pare en seco, trate de retroceder y salir inmediatamente de allí; un apretón de manos de mi mujer me detuvo, giré la cabeza y al verla leí en sus apremiantes ojos una suplica y un "me lo prometiste".
Unos meses atrás, me había soltado la pregunta a quemarropa: ¿"Que vamos a hacer con nuestros hijos"?, "Hacer qué con ellos" le pregunté. "Viste los hijos de Orlando, tan educaditos y los de Fernando, juiciosos, calladitos, sus papas los llevan a misa todos los domingos". La miré e iba a hablarle pero me interrumpió: "y los nuestros, inquietos, traviesos, no tienen ningún culto, ninguna religión, tienen que creer en algo, sentir temor y respeto por Dios, ir a misa por ejemplo".
Quede pensativo. "Ya sabes lo que pienso y además"..., volvió a interrumpirme: "si pero tu naciste de una familia católica y después escogiste no creer en nada, de niño aprendiste el temor y el respeto a"..., ahora era yo el que la interrumpía: "precisamente, le dije, de niño la religión con sus temores, sus pecados y amenazas absurdas de arder eternamente en el infierno si tan sólo le cogía la mano a la vecinita con la que jugábamos a ser novios, no sólo cohibían y mutilaban el desarrollo normal de nuestra juventud sino también nuestra intelectualidad y sed de conocimiento al prohibirnos pensar libremente. Todo era pecado, censurado y prejuicioso y lo sigue siendo, nada a cambiado", terminé diciendo. En este punto siempre mi esposa callaba y dábamos por terminada la discusión sin llegar a un punto medio.
Quería que mis hijos ejercieran el razonamiento, el libre pensar antes que la fe ciega y las creencias religiosas que no admiten "porqués", pero para mi esposa eso era educarlos en un estado salvaje, sin ética ni principios. Sabia yo, que uno puede inculcarles a los muchachos bases espirituales y éticas con una buena formación moral sin emplear las palabras "castigo", "pecado"," infierno", "temor", "condena eterna", "Dios o Jesucristo". Solo crearles consciencia de lo que es bueno o malo, respetando la naturaleza y sus semejantes, a que actuaran correctamente, no por temor a la ira de Dios, sino por convicción, por elección libre sin prohibiciones.
Le prometí buscar una religión un culto, una secta o un movimiento que me agradara para que fuéramos con los niños y tratáramos de orientarlos, pero me envolví en la cotidianidad de la vida y eché en saco roto la promesa de buscar, hasta que un día me volvió a tocar el tema, pero esta vez fue mas concreta: "este domingo vamos a ir con los compadres a curiosear en una iglesia que me han recomendado mucho, muy liberal, abierta e independiente". Estaba contra la pared, me acorde de la promesa de buscar y no supe que contestarle. Así que cedí, claudique y acepté. Y aquí estaba, entrando con paso lento y temeroso al la casa del "Señor", a rendirle cuentas por mi osadía, atrevimiento y blasfemia.
Los cánticos y alabanzas duraron mas de media hora, para luego apagarse las luces y quedar un solo foco de luz dirigido a las pesadas y oscuras cortinas de donde apareció lentamente, muy despacio y todo vestido de negro, también con los ojos entrecerrados el "Pastor". Nosotros, las ovejas callamos y el pastor sin mirar a su obediente rebaño, en un susurro, en un murmullo que fue acrecentandose comenzó la predica.
Me dedique a observar al hombre, a la persona que subido al escenario caminaba y hablaba con naturalidad, firmeza y seguridad; se notaba que llevaba años haciendo lo mismo y que conocía sus habituales feligreses pues los llamaba por su nombre y acusaba familiaridad con todos ellos; por eso quizás detectó las caras nuevas que, como mi esposa alababan y agradecían todas las bondades y regalos que, según el, Dios nos daba todos los días y en cada momento.
El sermón en si no fue mayor cosa, como era el mes de "Thanksgiving", lo dedico a la gratitud, a lo agradecidos que debíamos de estar con Dios por que nos dio el don de la vida, de compartir con la familia, amigos y de residir en este país. Enfatizó, eso si, que la gratitud debe ser solo y únicamente para con El que es el que nos permite tener amigos, comer, dormir y vivir; de nada vale agradecerle a un amigo o a las personas que amamos por estar en nuestras vidas si no lo alabamos para que nos lo permita. Eso si, aclaró que los dones que recibimos del Señor entran al hogar por la cabeza de familia que es el "HOMBRE", pero que si el individuo no tiene gratitud, el Señor sigue de largo saltandose esa pobre familia que dio con un mal hombre. Un poco machista y discriminatorio me pareció, o sea que por culpa de las malas acciones del hombre pagan la mujer y los hijos?, y si es un hogar honesto y sufrido de una madre soltera?, ni se asoma el Señor?. Y si de pronto se cruza con una familia de parejas del mismo sexo?, ahí si que acelera y pasa raudo y veloz.
En fin, dos o tres chistes y anécdotas graciosas justo en el momento preciso completaron la predica, no sin antes llamar a los "nuevos" al frente para saludarlos personalmente y agradecerles la visita, además de invitarnos a un almuerzo en la sede de la iglesia para conocernos mejor. Y lo mejor fue la atención y cuidado que le dispensaron a nuestros hijos, desde el momento en que llegamos los separaron por edades y se los llevaron a jugar y entretenerlos. Nosotros, realmente nos despreocupamos de ellos y ellos también se sintieron muy a gusto en sus actividades. "Dejad que los niños vengan a mi", pregonaba Jesucristo en su época y el pastor completa, "que yo me encargo de catequizarlos".
En el comedor nos sentaron en mesas separadas a todas las parejas que estábamos invitados para interactuar y conocernos mejor. Nuestros hijos, como siempre con especial atención los ubicaron en unos salones diferentes para sus actividades de acuerdo a sus edades. En el almuerzo, el pastor mas informal y relajado bromeo y charlo con todos nosotros; por unos momentos me olvidaba que estábamos en una platica religiosa, parecía más bien un encuentro de parejas con un orientador psicológico o terapeuta. El tema principal era conocernos al máximo los integrantes de la mesa para luego, escogiendo al azar a cualquiera de nosotros, pudiéramos describir a cada uno de los integrantes de nuestra mesa y hacernos merecedores a un premio.
Fue interesante, en un ambiente muy relajado, el pastor hablaba, reía, contaba chistes y nos invito a los presentes a contar los nuestros. Presentó a su familia; su esposa que también tiene a cargo unos seminarios de orientación familiar a los cuales fuimos invitados. Sus cinco hijos (algunos integrantes de la banda musical), muy bien puestos, educados y respetuosos (mas adelante en el viaje de regreso, mi esposa me los pondría de ejemplo todo el tiempo) también contaron sus cuentos.
Aparte de la predica el pastor dijo, "los invitamos a que traigan sus hijos a clase de música dos veces por semana y tenemos", enfatizó "una de las mejores academias de "soccer" de la región, donde, aparte de aprender y jugar los domingos en la tarde, pasamos un día compartiendo con todos en el parque". El compadre estaba feliz, pues aparte de ser argentino e hincha del Boca, saca a jugar al Maradona que lleva dentro ocasionalmente los fines de semana. Y para completar su euforia el pastor resulto haber sido jugador de fútbol profesional colombiano y de nacionalidad argentina.
Fantástico todo, pero ahora como soportare a mi esposa hablandome de las maravillas y milagros de la labor que realiza el pastor en la comunidad. Ya han pasado cuatro días y mi esposa sigue hablando de las maravillas que va a obrar en nuestros hijos esta nueva orientación. Esta contenta, habla, se ríe, vuelve y me pone de ejemplo a los hijos del pastor, yo la escucho, me gusta verla feliz, motivada, eso me agrada... pero yo por mi parte sigo incrédulo, desconfiado del adoctrinamiento al que se van a someter, la duda se me acrecienta, la desconfianza me alerta, la lógica me frena simplemente por que sigo con la fe perdida.
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