martes, 5 de enero de 2016

Diciembre

El doceavo mes del año; el mas esperado, queda reducido a una semana, que luego se minimiza a dos días; 24 y 31. Nada!, 48 horas de las 8,760 que tiene el año. Pero es el mes de los balances, de las promesas, de las añoranzas, de las cuentas retrospectivas, de las reconciliaciones, abrazos, llamadas postergadas, visitas en familia, ademas de rumba y gastos por montones.

Sentarnos a hacer un recuento de lo vivido, termine en balance positivo o negativo siempre nos lleva a tener la esperanza de que el siguiente año será mejor, porque para prometer al calor de unos vinos la mayoría la tenemos grande, así al otro día el dolor de cabeza y la resaca nos impidan acordarnos de lo prometido y jurado.

De jóvenes, solteros, ambiciosos y vitales, prometemos amor eterno abrazando la calidez febril de un joven cuerpo temblando de extasis en nuestros brazos, pero el amor eterno en la juventud dura de tres a cuatro meses, mas tras el desasosiego y dolor por la perdida volvemos a recomenzar en otros brazos y con las mismas promesas. Es una montaña rusa, un sube y baja de emociones que a la larga son parte de nuestro crecimiento, de nuestra experiencia que en un futuro servirán para escoger a la persona adecuada que nos permitirá comenzar una vida en pareja y caminar por el sendero de la vida asido a la mano de alguien que nos dará la posibilidad de formar un hogar con hijos, sueños y esperanzas.

La primera persona con la que tuve esos sueños, caminó a mi lado por veinticinco años, me llevo de la mano por las selvas de Colombia, calles de Miami y Nueva York. Del fruto de ese truncado juvenil amor quedo una hija, el sol de mi vida, la cual vi crecer y convertirse de una niña juguetona y risueña a una mujer casada y con dos bellos hijos. La inmadurez, el gusto y deseo por cuanta mujer se atravesara en mi camino marchitaron esos sueños e ilusiones y me lanzaron a una carrera desbocada de lujuria y placer que terminaron con ese caminar juntos.

Cuarenta y cinco vueltas había dado la tierra al rededor del sol desde mi nacimiento cuando comencé a caminar solo otra vez. Encontré otra mano a la cual asirme y recomenzar el camino. Tomé otro rumbo y esa mano no se soltó de la mía, rodé cuesta abajo y la mano seguía aferrada a la mía, mas cuando toqué fondo la mano me ayudo a levantar, sacudirme el polvo, curar las heridas laceradas y ascender el camino cuesta arriba; lento, escarpado a veces, incierto en momentos, pero con paso firme me guío, avancé, trepé cimas, escalé riscos y llegué a la meta donde los sueños y las promesas se volvieron realidad.

Ahora, al final del año y llegando a la sesentena, el camino es largo todavía, mas sin embargo las metas se han ido cumpliendo. Es otra vida, otra familia; dos bellos hijos la componen mas una valiente y luchadora esposa que entregó su vida y su destino a cambio de un amor incierto y una semilla que germinaba en su vientre.

Quince años han pasado, el balance es muy positivo; mido el triunfo por el monto de mi felicidad, por el inmenso amor que nos tenemos, por la calidad de vida que poseo, por las increíbles “pertenencias” acumuladas que no se pueden comprar con dinero; el resto, lo material me ha llegado en su momento preciso, el universo me ha recompensado.

De Nueva York salí solo con mis cajas de libros, un bebe de cuatro meses y una joven madre asustada e inexperta, pero con la fe puesta en mi, en el amor que le prometía, en lo que le decía: “la fuerza mas poderosa que mueve el mundo es el amor y esa energía la tenemos por montones, así que triunfaremos”.

Siempre dije que mi Patita es un espíritu viejo, un alma milenaria que ha vivido muchas vidas y que ahora se encarnó en esa bella mujer que tengo por esposa. Vino a enseñarme, a estabilizarme, a que mi errante alma tomara un rumbo fijo. Cuantas veces nos habremos encontrado en el pasado, no lo se, pero algo me dice que varias. Y es que en estos quince años, cada que abro los ojos en las mañanas lo primero que veo es su rostro y lo primero que perciben mis sentidos es la tibieza de su cuerpo a mi lado, motivo suficiente para comenzar el día con una sonrisa y un optimismo gigantesco.

De este año que culmina, dos hechos me han parecido increíbles y determinantes para las personas que los vivieron: El compadre Afredo y el primo de mi esposa, David; los dos están viviendo su segunda oportunidad, los dos se nos fueron y volvieron gracias al milagro de la medicina moderna, gracias a la energía positiva de familiares y amigos que oraron y estuvieron a su lado día y noche hasta verlos renacer.

De mis hijos, el mayor, Mateo, salió del “Middle School” para entrar al “High School”; estaba muy nervioso y asustado al principio, pero poco a poco con la invaluable ayuda de su mama que casi todos los días se quedaba con el hasta la media noche estudiando, logró salir adelante venciendo sus temores y superándose en su cometido.

Lukitas, el menor, no se quedo atrás y a la par de Mateo se convirtió en un aventajado estudiante, ademas de ser uno de los mejores jugadores de baloncesto en el equipo de la YMCA a la que pertenece.

En mi trabajo, después de unos cuantos meses difíciles de prueba, logré la estabilidad por la que luchaba y un buen contrato laboral. Maupa Printing, nuestra empresa familiar también reportó buenos dividendos.

En general fue un balance positivo; mi examen medico anual arrojó buenas noticias, estoy saludable, es reconfortante oír eso cuando se han vivido muchos años. Me acuerdo, en Nueva York, una vez con mi Patita nos encontramos con una pitonisa muy acertada que le dijo a mi esposa: “No se preocupe por la edad de su esposo que las cartas me dicen que usted tendrá viejo para rato!”.

Eso espero!.



sábado, 10 de octubre de 2015

El Predicador

El hombre, elegantemente vestido; con camisa de cuadros blanca y azul, manga larga y puño grande doblado hacia arriba, chaleco negro ajustado, jeans y botas, salió de un lado del escenario. Despacito, muy despacito con las manos juntas, los ojos semicerrados y la cara en dirección al cieloraso del teatro. La banda, compuesta de cinco muchachos jóvenes aumentó el sonido de sus instrumentos y entonando una alabanza impregnó el recinto de religiosidad. Los feligreses, entre los cuales me encontraba comenzaron a elevar las manos al cielo y entonando en coro el tribillo de la alabanza entraron en éxtasis espiritual. El predicador aprovechó el momento para comenzar su predica del domingo.

Hombre cincuenton, en buena condición física y sonrisa de azafata internacional, se acercó al centro del escenario, un rayo de luz lo iluminaba en su lento y estudiado recorrido, avanzaba con las manos unidas en oración: queridos hermanos esta mañana mientras estaba desayunando se me vino a la cabeza un versículo de la biblia que habla del "dar sin recibir nada a cambio", y al pronunciar ésta  última  frase, subió  la voz y lentamente la repitió de nuevo.

Cuantos de ustedes, reunidos  aquí han regalado algo bajo estas condiciones?. Cuantos, hermanos míos, esperan algo en retorno  cuando dan, cuando regalan o hacen un favor?. Levanten la mano los que la fe los mueve a dar, así no tengan nada para ellos, así se despojen de todo!.

Silencio  en el teatro, nadie levantó  la mano. El pastor aprovechó  el momento de silencio para contar la historia de Isaac, en la cual Dios le ordena llevar a su primogénito al monte para atarlo con una cuerda a la piedra de los sacrificios y apuñalarlo a sangre fría y sin ningún motivo en nombre  de la fe.  El hombre, cual cordero de Dios  (que hoy en día seria tratado por esquizofrenia severa y encerrado en un manicomio de por vida sin posibilidad de pasar a la historia como profeta sino como  peligroso orate), levantó al siguiente día  a su pequeño e inocente hijo que sin entender el porqué de esa madrugada, se dejó llevar por su padre en el cual confiaba ciegamente. Mas desconcierto le causó al niño el momento en que el profeta lo ató al altar de los sacrificios, oyendo una voz interior que le decía: “átalo, apuñálalo, te lo ordeno, soy tu Dios, obedéceme, Mátalo!.  Lo cierto es que cuando la mano del esquizofrénico Isaac bajaba veloz y certera a incrustar la daga en el agitado pecho de su hijito, la mano del todo poderoso Dios se lo impidió. Hombre de fe, hombre en el que puedo confiar diría después Dios para sus adentros.

Con esta y otras más anécdotas bíblicas el predicador ilustró la importancia  del dar, del desprenderse de las cosas terrenales pues "el que tiene  fe, el que cree en mi, nada le faltará".

Llevaba mas de una hora de prédica, música, alabanzas, oraciones y con su aterciopelada voz, con la música  de fondo, sus crescendos y silencios  poco a poco iba concientizando y preparando al embelesado auditorio para la estocada  final: "El Diezmo".

Oremos hermanos míos, que el Señor los trajo hoy aquí  por una poderosa razón, por que recuerden: nada, absolutamente  nada pasa sin su consentimiento, sin su divina voluntad.

Cuantos de ustedes, queridos hermanos  míos, se levantaron  hoy domingo pensando venir a la predica por compromiso, para luego irse de aquí, a comer, a cine o a cualquier otra diversión  sin tener en cuenta la obligación religiosa,  sagrada  y bíblica del diezmo, cuantos desobedecen la ordenanzas  del sagrado libro, cuantos son creyentes de dientes para afuera, cuantos al momento de poner en prueba su fe, ignoran los mandatos divinos!. Cuantos?. Pues para esos!, les tengo malas noticias: las puertas del cielo están cerradas, no se abrirán para esos faltos de fe al momento de su encuentro  con el todopoderoso, ellos!, ellos!, arderán en el fuego eterno sin posibilidad de subir al cielo y postrarse a la diestra del Señor!

Terminando esta última frase, la música creció  en decibeles y de los pasillos laterales salieron de la oscuridad los ayudantes con sus canastas a hacerlas circular de mano en mano entre los atemorizados  feligreses que hurgaban en sus bolsos, bolsillos y billeteras para asegurar la ascensión  al cielo.

Una ultima sugerencia, los cheques tienen que hacerlos a nombre de la congregacíon… alcancé a oír a mis espaldas que decía el predicador mientras abandonaba el recinto para ir a comer con mi esposa e hijos tras una semana de arduo trabajo en que para nada me apetecía regalar mi dinero.

sábado, 11 de julio de 2015

El tio Yesid, un breve recuerdo

De muchachos, los primos y yo, nos subíamos al techo de la vieja casona de San Nicolas; la casa de la abuela Dolores. Desde allí divisábamos el inmenso patio trasero con sus frondosos arboles, veraneras, rosales y demás vegetación que hacían de el un lugar adecuado para perdernos descubriendo pasadizos secretos y escondites seguros para nuestros juegos y travesuras.

Al fondo a la derecha estaba el horno de ladrillo, grande y espacioso donde el tío Yesid colocaba ordenada y delicadamente las vasijas de barro y demás orfebrería que previamente había moldeado con sus prodigiosas manos en el taller. Las iba colocando en el suelo, sobre unas tablas próximas al horno en espera del momento adecuado para introducirlas al horno y cocinarlas; unas esperaban su turno brillantemente esmaltadas, otras bañadas en tintes minerales que les daban un aspecto de arte precolombino, otras en ocre barro crudo, rojizo, redondeadas vasijas de bronceada superficie semejando  voluptuosas caderas.

Allá arriba, pisando cuidadosamente para no romper las rojas tejas, caminábamos procurando no hacer ruido. El tío yesid, abajo, concentrado en su creativa y artística labor se sentaba en el rústico torno de madera y con el pie derecho hacia girar un disco que, conectado a un engranaje de poleas giraba otro disco de madera a la altura de su cintura donde colocaba el bloque de arcilla; barro humedecido y preparado que al girar vertiginosamente y al contacto de sus prodigiosas manos iba moldeando, formando, recortando, amasando hasta formar, ya una base de lampara, ya un jarrón, ya un florero, ya un candelabro u otra escultura artística que se le antojara.

Con los bolsillos llenos de pedruscos de diferentes tamaños, aguardábamos el momento preciso.

Lo veíamos salir y entrar del taller con su viejo sombrero de paja,  pantalones cortos de cuadros y desgastadas chanclas de cuero. El taller era una ramada construida sobre la pared final del patio con techo de laminas de zinc, enmarcada en frente con recuadros de malla metálica que permitían ver en su interior. Estaba abarrotado de recipientes con tintes minerales, bolsas de arcilla por todas partes, pinceles de todos los tamaños, rollos de papel, lienzos, cuadros, marcos, caballetes, acuarelas, pinturas inconclusas, libros de arte en el piso en columnas desordenadas. Lo mantenía bajo llave, pero en su ausencia no las ingeniábamos para entrar y husmear en todo el taller.

Una de nuestras travesuras predilectas era girar el torno a toda velocidad mientras uno de nosotros se aferraba al eje central aguantando al máximo el vértigo de la velocidad. Metíamos las narices y las manos en cuanta vasija y recipiente encontrábamos, husmeábamos todo, desordenábamos el estudio, ese pequeño lugar era la cueva de Ali Baba para nosotros; encontrábamos tesoros en cada rincón.

Nuestras caucheras, hechas del árbol de guayaba, seleccionando la mejor rama en “Y”, con cauchos fuertes unidos por el cuero que servia de cama para la piedra estaba lista en nuestras manos para comenzar la diversión.

El tío Yesid caminó hacia el interior de la casa dando por terminada su labor de creación para en la tarde comenzar el procedimiento de cocinado. Nosotros aprovechamos es momento para afinar la puntería y competir quien acertaba mas en las vasijas de barro que pacientemente esperaban el turno para endurecer su blanda superficie y convertirse en reales objetos de decoración o uso diario. Los pedruscos catapultados por las caucheras atravesaban la recién moldeada arcilla agujereando y deformando sus bellas formas.

El tío Yesid regresó inmediatamente del interior de la casona, tal vez a recoger del estudio alguna cosa olvidada o tal vez por ese raro presentimiento que tenemos las personas cuando algo interno nos avisa de un peligro. Del incrédulo asombro al ver parte de su obra destruida paso a la cólera, con su fuerte vozarrón lanzo improperios hacia todas partes girando su cuerpo hasta detectarnos en el tejado de la casona. Comenzó a arrojarnos cuanta piedra y objeto pesado encontrara en el suelo, se acerco, correa en mano y dando saltos blandio varias veces la gruesa correa de cuero que pasaba muy cerca de nuestros cuerpos que en alocada desbandada huíamos dando brincos por el tejado y rompiendo cuanta teja pisábamos en la escapada.

La paliza en nuestras casas no se hizo esperar cuando el tío Yesid, muy ofendido puso la queja a sus hermanos. Inconscientes, dañinos, traviesos, eso éramos en aquella época de infancia. Solo por el hecho de divertirnos hacíamos de las nuestras sin pensar en las consecuencias.

Hoy, con mucho tiempo y distancia de por medio veo la imagen de mis hijos reflejada en aquellas travesuras cuando por alguna razón actúan de la misma forma. Me enojo, los reprendo, tal vez me excedo un poco, pero después pienso en mi infancia y me digo; son solo niños tratando de divertirse un poco.

Me fui del país, me aleje de mi ciudad, pero mi papa siempre me enviaba los recortes de prensa o las revistas donde el tío Yesid era entrevistado o reseñada alguna exposición de su extensa obra. Nunca lo volví a ver ni cuando regrese a Colombia, pero siempre lo admire; un artista de vanguardia; el acuarelista, el ceramista, el pintor, el hombre incomprendido, el humano irreverente, el artista prolifero y genial, el Maestro Yesid Montaña Rizo, Q.E.P.D.

viernes, 10 de abril de 2015

La traición

El abatido hombre miro la soga colgando del árbol, la apretó entre sus manos y se meció en ella, "aguanta conmigo", dijo para si mismo, "mañana a esta hora ya me habrán encontrado"; una risita de satisfacción y nerviosismo se le dibujó en los resecos labios.

De sangre italiana que lo convertían en un hombre sociable, galán y picaresco. El trato amable y cálido le permitía que rápidamente al conocerlo te tratara como a un viejo amigo dispuesto a hacer cualquier cosa por ti. Y eso hacia desde siempre con su mejor amigo, el irlandés, al que conocía desde la infancia; el que había hecho una fortuna con sus negocios y aun conservaban la amistad, a pesar de que el no había progresado mucho en lo económico. El sitio de encuentro preferido era el gimnasio, donde entre risas, bromas y charlas hacían ejercicios, pesas y aeróbicos para mantenerse, a sus cincuenta en buena forma física.

Ahí la conoció; la vio llegar con sus cortos pantaloncitos de lycra pegados al cuerpo dejando ver sus bien torneadas y bronceadas piernas. Caminaba con soltura, de risa estridente, descomplicada en sus ademanes y hablar suelto. Casi al instante se ofreció a enseñarle las maquinas y el funcionamiento del gimnasio. Desde el principio se convirtió en su entrenador personal y luego en su compañero, su amante y su todo.

"Hay cosas que el dinero no puede comprar", le decía en broma a su amigo el irlandés y le señalaba su gacela, su diva, su musa, su universo. Ella venia y le daba un sonoro beso en la boca que lo hacía henchir el pecho y su orgullo de hombre. Muchas veces en el modesto apartamento donde vivía, después de una intensa noche de placer, murmullos y promesas, el la observaba levantarse de la cama para ir al baño; el cuerpo se le silueteaba en contraluz, el observaba la firmeza de sus carnes, el perfecto contorno de sus caderas y el magnetizante vaivén sus gluteos al caminar desnuda, "Bocatto di Cardinale" decía en silencio, cerraba los ojos y le daba gracias al Creador por ese regalo tan espléndido que la vida le había dado en el otoño de su existencia.

Cuando salían a cenar a buenos sitios, casi siempre por cuenta del irlandés, ella se robaba el show, por lo irreverente, por lo impredecible de sus comportamiento, por sus brios de muchacha loca; el le seguía el juego, le celebraba todo por absurdo que fuera y la abrazaba. El irlandés con su pareja, una elegante mujer cincuentona, delgada y con aires de aristocracia la miraban y se reían, eran mas aplomados, mas acartonados, pero igual el se sentía feliz de ver a su amigo contento con esa loca yegua sin freno.

El irlandés la recogió en su flamante y lujosa camioneta, ella de un brinco quedó sentada con las piernas cruzadas sobre el confortable asiento de cuero y comenzó a cambiar estaciones de radio buscando música rock y muy de moda. Bajó la ventana de la camioneta para permitir que el aire entrara y jugara con su pelo dorado que caprichosamente le cubría el rostro y le hacían resaltar los rojos y carnosos labios que de vez en cuando humedecía con su lengua mirando con ingenua coquetería al irlandés. Este se sonrojaba como un tomate maduro y solo pensaba en lo afortunado que era su amigo el italiano en tener para si una espléndida muchacha como esta.

Pero claro, era simplemente una cita de negocios, ella trabajaba en una oficina de Real Estate y se había ofrecido a mostrarle casas puesto que el andaba en búsqueda de una residencia cerca de la playa. Llevaban viendo casas hace mas de 30 días y el Irlandés, día a día comenzaba a descubrir lo mucho que le agradaba aquella loca muchacha. El trataba en vano de apartarse de ella, negándose a ver casas diariamente, pero una corriente como río embravecido lo arrastraba y no tenia de donde asirse para salirse de ese torbellino que irremediablemente lo iba consumiendo hasta el punto de soñarse con ella muchas veces despertándose agitado, sudoroso y con ganas de verla.

"Hay razones que la razón no entiende" se decía para si mismo el irlandés tratando de justificarse por haberla invitado. Se bajó rápidamente de la camioneta para abrirle la puerta a la loca muchacha que no podía creer conde estaban. El irlandés sabia de sobre que llevándola a ese restaurante en el exclusivo sector de Las Olas en Fort Lauderdale, la rendiría a sus pies y podría hacer con ella lo que quisiera. Ya lo había hecho muchas veces y le había funcionado; una mezcla de poder y dinero, la combinación perfecta para que una mujer aceptara cualquier propuesta. El lo sabia. lo hacia y lo disfrutaba. Al calor de los vinos y la deliciosa comida de mar se fueron distensionando un poco, pero como tenían una cita para ver una casa, salieron del restaurante mas rápido de lo esperado

La tarde estaba calurosa, entraron a ver la casa, que tenia una vista espectacular; era una hermosa villa campestre con una piscina cruzada de tonalidades verde azulosa, refrescante y provocativa enmarcada en una espesa vegetación que invitaba a sumergirse en ella. La chica loca se despojó de su blusa y falda y en ropa interior saltó sorpresivamente a la piscina. El que estaba al borde observando extasiado el panorama recibió un baño de agua y al voltearse enojado, vio ese hermoso cuerpo casi que desnudo nadando debajo del agua en perfecta sincronía con los reflejos que emitía la baldosa azul y las olas del agua que su cuerpo iba dejando al desplazarse. Emergió al borde en el cual se encontraba el y soltó una sonora carcajada. Rojo y enfadado por que la muchacha había arruinado su ropa estaba a punto sacarle en cara su desfachatez; el que se esmeraba en el vestir imecable y que un doblez de mas en el pantalón lo irritaba, elegante siempre, metódico en sus actos y decisiones, la vio salir del agua y del enojo paso al desconcierto, a la admiración y la emoción.

Un estremecimiento, un suave temblor acompañado de una punzada en el bajo vientre indicándole que la sangre había comenzado a irrigarse por las venas de su falo lo pusieron en alerta y  nervioso. Ella lo haló del mojado pantalón y lo invitó a sumergirse con ella un rato. Se levantó un poco mas, vió ese hermoso cuerpo emerger del agua como una diosa, como una bella sirena, el dorado y húmedo cabello enredado en su alegre cara, cubriendole parte de los hombros la hacian ver seductora, el sostén húmedo y sedoso se le pegaba a los blancos y firmes pechos haciendo resaltar la roja y saliente protuberancia en  que remataban. Por unos segundos quedo magnetizado, absorto ante la húmeda, fresca y voluptuosa muchacha que lo invitaba a compartir con el ese rectángulo lleno de agua, lleno de energía, lleno de tentaciones, de pecado y traición. No lo pensó mas, se desvistió torpe y rápidamente, para caer de lleno en la piscina.

La fresca tibieza del agua clorificada lo recibió. Nado bajo del agua hacia el lado opuesto de ella para ganar tiempo y dominar un poco el deseo que sentía de besarla, de abrazarla, de poseerla. Pero ella salió a la superficie al lado de el y comenzó a golpear el gua para salpicarlo, reía y saltaba como una ingenua niña que juega con un amigo de infancia girando en torno a el. Trato de cogerle las manos para evitar el chapoteo y se entrelazaron en un jugueteo, en un forcejeo que terminó por abrazarlos, quedaron muy juntos, con los rostros cerca, cerquisima que alcanzaron a rozar sus mejillas, sus labios. El no pudo mas, se estaba cocinando vivo, busco sus goteantes y carnosos labios y los beso, los mordisqueo, los saboreo.

Se hundieron en el agua, se hundieron en sus cuerpos, se desbordaron, en desorden se tocaban, se entrelazaban, el en un arrebato primigenio de copulación la volteo y a tientas la penetró por detrás. Esa sensación de su miembro en el agua fría contrastó con la ardiente humedad de ella al penetrarla, se le escapó un suspiro ahogado, un grito, se sujetó de ella, del borde de la piscina, fue rápido, breve, no se pudo contener, se sacudió y explotó abrazándola, sellando en ese orgasmo el fatídico destino que se les avecinaba. 

En el gimnasio, el italiano lo esperaba contento, se le había cumplido su sueño: irse de vacaciones para Europa con ella por tres semanas, por fin había conseguido el dinero y el permiso en el trabajo para tan anhelado momento. Generalmente era un tipo alegre y extrovertido, esta vez estaba excitado, desbordante de emociones y le decía a su amigo que lo pellizcara para no creer que estaba sonando. El irlandés lo felicitó y se dedicó de lleno a hacer sus ejercicios. La muchacha no se presentó ese día para hacer sus entrenamiento habitual.

La semana se fue rápido; no tuvo tiempo de ir por el gimnasio para su rutina diaria de ejercicios, estaba muy ocupado con los preparativos del viaje, quería adelantarse y darle la sorpresa de tenerlo todo listo, pues ella siempre lo criticaba por lo descuidado en sus cosas. Tampoco la llamo de seguido para tener tiempo de organizar el viaje. Partían el Domingo; ese viernes en la noche la llamo desde temprano, le contestó con evasivas y disculpas, quedaron de verse en la noche, no noto el cambio en su voz, la sequedad de sus respuestas, la emoción lo embriagaba y anulaba la realidad.

A eso de las 10: 30 de la noche, en vista de que ella no llegaba a la cita ni respondía al teléfono, decidió ir a su apartamento y ver que estaba pasando. Temió un accidente, o que estuviera enferma, o tal vez el celular se quedo sin batería, o donde estaba no había señal, o no se, no sabia, tenia dudas, dudas normales, nada grave, pensó mientras conducía. llego al apartamento, pero no la encontró, esta vez si le entró un nerviosismo de que algo le pudiera haber pasada. Llamo a su amigo pero este tampoco contesto, el irlandés apagaba el celular en las noches para dormir tranquilo, el lo sabia y por eso decidió acercarse hasta su casa y despertarlo para que le ayudara a pensar y localizar a su muchacha, a su universo, a su todo.

Llego donde el irlandés, se bajo del carro y rodeo la casa para entrar por el patio y acceder directamente a la parte trasera como siempre lo hacia; al pasar por el lado de la casa, justo por el cuarto principal vio luz y agradeció que su amigo estuviera despierto, levanto la mano para tocar la ventana con los nudillos para alertarlo de que había llegado. Al mirar por entre las persianas observo a su amigo desnudo en una posición un poco extraña, estaba como arrodillado en el piso y se movía compulsivamente, opto por no tocar y moverse un poco para divisar mejor a su amigo desde otro ángulo.

Volvió y sopeso la cuerda entre sus manos, se apuro otro trago de vodka para tratar de borrar la imagen de la noche anterior de su mente, de su memoria, de su vida; pero esta escena iba y venia repetidamente como una daga clavándose en el corazón, desangrando su existencia. Matándolo de a poquitos; “y para vivir así, es mejor no vivir”.

Se subió al banquillo que había colocado cerca del árbol justo bajo la soga y la colocó alrededor de su cuello, un escalofrío lo recorrió todo. Tembló descontroladamente, estuvo a punto de caerse del banquillo, se asusto y se paro con firmeza. “Nó” se dijo, la ultima decisión la tomo yo, no un accidente involuntario. Miro su ropa; lucia la camisa blanca de lino con la que pensaba viajar y los pantalones de tela cruda, se despojó de las sandalias; dicen que los ahorcados lo primero que botan son los zapatos en el forcejeo por no dejar escapar el ultimo aliento de vida.

Miro al alrededor, era la ultima visión que iba a tener del mundo, Trato de imaginar la reacción del par de traidores; pero solo le llegaba la imagen del sudoroso rostro de su loca muchacha, toda despeinada debajo del corpulento cuerpo de su "amigo" gimiendo de placer. Falsos, desleales, como podían haber cometido semejante felonía, sin pensar en las consecuencias, en su amistad, en el respeto por el, los que no merecían vivir eran ellos, pero no se iba a involucrar en un asesinato, aunque lo había pensado, lo había deseado, pero igual su dolor seguiría por siempre y la imagen de ella también.

Lo mejor era esto, irse de este mundo, no había razón para vivir, no había motivo para levantarse en las mañanas y dar gracias al creador por un nuevo día por que cuando se pierden las ilusiones, cuando se anulan los deseos, la llamita de la esperanza se paga y con ella la vida. Ya estaba decidido, había sacado toda la ropa de ella, todas sus pertenencias, sus fotos y hasta la comida dietética que guardaba en la nevera y la había arrojado a la basura. Trato de apilarla en el centro del patio y quemarla, prenderle fuego y consumirla en llamas, pero temió que el humo alertara a los vecinos y llamaran a la policía.

Volvió y se concentró en sus últimos actos: cogería rápidamente el banquillo con los pies y lo arrojaría lejos para así quedar colgando. Tenia que ser muy rápido antes de que comenzara la agonía, la asfixia y le diera por arrepentirse. Fue corriendo los descalzos y sudorosos pies muy lentamente hacia el borde del banquillo para poder asirlo con los dedos y arrojarlo lo mas lejos posible, quiso mirar sus pies pero la gruesa soga que rodeaba su cuello se lo impidió, se resigno a mirar hacia arriba, el cielo estaba azuloso, unas cuantas nubes blancas formaban figuras extrañas, se acordó de niño en su natal Italia, cuando con sus primos jugaban a descubrir animales en el cielo cargado de nubes que iban pasando arrastradas por el viento como en un carrusel de blancas y algodonosas imágenes.

Tiro el banquillo y se desplomó, la presión de la soga con el peso de su cuerpo lo atraganto, quiso toser y no pudo, trato de mover los pies como en una imaginaria escalera que lo subiría y le aflojaría la presión de la soga; inútil, el pataleo le apretaba mas la soga, la sangre comenzó a acumularsele el la cabeza, un dolor agudo en la cabeza lo invadió, subió las frías manos para tratar de agarrar la soga y subir por ella; imposible, sus manos resbalaban por la soga, sintió frío, sudor, agonía, los estertores de la muerte lo poseyeron y convulsionó, sus ojos solo veían el cielo, las nubes y entre las nubes vio la forma de una mano que lo llamaba, que le extendía los etéreos dedos llamándolo, la forma nebulosa pareció acercarse a el, extendió las manos nuevamente hacia el cielo aferrandose de la nada, los agrandados y enrojecidos ojos vieron por ultima vez la nube que lo envolvía y en ese momento se cerraron para siempre.







miércoles, 18 de febrero de 2015

La profesora de ingles

Fué un instinto animal, una acto salvaje, primitivo, hormonal que ella entendió y aceptó al instante; rodaron por el suelo en una confusión de pieles desnudándose, en un amasijo de piernas y brazos, jadeos, mordiscos y suspiros.

Hacia unos cuantos meses la pareja había decidido contratar los servicios de una profesora de ingles que les ayudara con el idioma pues recién habían llegado a Nueva York y necesitaban del idioma para conseguir un mejor trabajo. De todas las candidatas a la esposa le gusto esta pues solo hablaba ingles, con lo cual les exigía a ellos olvidarse del español y comunicarse solo en ingles, ademas era cuarentona casi llegando a los cincuenta y su aspecto desaliñado e informal no inspiraba ningún peligro para la relación. El también estuvo de acuerdo con la escogencia; era alta, de rubio pelo ensortijado que le caía descuidadamente en los blancos hombros. Poseedora de unos Intensos ojos azules enmarcados en unas gafitas redondas que la hacían parecer una intelectual. Su informal vestimenta de jeans rotos y desgastados le daban un aire de hippie de los sesentas.

Acordaron verse los domingos en el apartamento de ellos en las mañanas y recibir dos horas de clase. La profesora, a pesar de ser muy distraída, se mostraba profesional y con preguntas y respuestas les fue enseñando los fundamentos basicos del idioma.

El adivinaba que debajo de esos desgastados jeans debían de haber unas bien torneadas y blancas piernas que de solo imaginarlo le producían un cosquilleo en la parte baja del vientre; pensamiento que rápidamente alejaba de su mente pues lo desconcertaba de la clase.

Aquel domingo en que la profesora se apareció con la blusita negra de encaje, hombros destapados y un desabotonado escote que mostraban el níveo nacimiento de esas blancas palomas que tenia por pechos, el esposo no tuvo concentración en la clase. Su imaginación iba y venia por esas blancas redondeces que al ritmo de su respiración temblaban y lo hacían estremecerse de excitación.

Cada domingo era un tormento, cada domingo por dos horas su imaginación volaba, su imaginación subía ondulante por esos muslos y sentía la textura de su piel, la tibieza de su vientre y la dorada vellosidad de su sexo. El hombre se estaba quemando vivo, consumiendo en una pasión imposible, en un deseo inalcanzable, era un tormento insufrible.

La esposa en cambio disfrutaba de las clases, aprendía cada día mas; las dos reían y conversaban de muchos temas. Al despedirse se daban un abrazo y un beso en la mejilla, pero el era incapaz de tan solo darle la mano pues sudaba frío y le hervía la sangre al mismo tiempo en un sube y baja de emociones imposibles de aguantar.

Aquel domingo en especial le había tocado ir a recibir la clase en el apartamento de ella, su pareja se había quedado porque tenia un poco de dolor de cabeza. La profesora con el pelo suelto cayéndole en cascada de oro por los desnudos hombros, aun con gotitas de agua de la ducha abrió la puerta y la invito a sentarse en la sala mientras terminaba de vestirse. Salió nuevamente del cuarto y al darse el abrazo de recibimiento, sus mejillas se rozaron y sus miradas se cruzaron; fue un instante eterno en que la intensidad de esos ojos azules hicieron que perdiera el control y se incendiaran en un beso, en un mordisco, en un arrebato, en un fogonazo que las arrojó al suelo, que las desvistió, que las fusionó en una sola sombra y entre jadeos, suspiros y quejidos, se desgranaron en un intenso climax.

"Sorry", le dijo la profesora vistiendose apresuradamente, "I don’t know how this happened".

 "I just want one thing", le suplicó ella ruborizada en el limitado ingles que había aprendido: "I don’t want my husband to know about this".

martes, 10 de febrero de 2015

Los vecinos

El viento sopló de oeste a este, la pareja de ancianos aguzaron la vista escudriñando las ramas del frondoso árbol que, cargado de hojas secas en la estación de otoño comenzó a mecerse suavemente desprendiendo su otoñal pelaje. Perezosamente, al ver caer las secas hojas, los ancianos se incorporaron de su silla y él rastrillo en mano, se dedicó a recoger la hojarasca del césped. Ella, paleaba a una gran bolsa negra los montoncitos de hojas que su marido muy diligentemente había hecho.

Impecables, cuidadosos, ordenados, meticulosos la pareja de ancianos tenían tiempo suficiente para mantener la casa reluciente. Estaban jubilados desde hacia unos cuantos años y su principal pasatiempo o entretenimiento era cuidar de la casa; cada 15 días, muy temprano se levantaban a “hacer patio” como llaman por acá a las labores pertinentes al cuidado de las zonas verdes de la casa. Sombrero de paja de ancho vuelo, gafas grandes de protección estilo soldador, guantes de plástico hasta el antebrazo, botas pantaneras  y overol de gruesa tela era el usual atuendo que el y ella usaban para sus actividades.

Comenzaban por el espacioso frente de la casa que con una entrada circular y amplias zonas cubiertas de grama a lado y lado les tomaba casi toda la mañana terminarla. Normalmente escogían el domingo para esta faena; muy a las 7 de la mañana empezaba yo a sentir un ruidito imperceptible de motor que poco a poco iba aumentando los decibeles y de ronroneo arrullador, pasaba al estridente sonido de la cortacéspedes que retumbaba en mis oídos. Quedaba sentado en la cama con los pelos de punta. Ahi terminaban mis planes de hacer pereza un domingo en la cama hasta bien tarde. Por mas vueltas que diera en la cama tratando de cubrirme los oídos con la almohada era imposible; el taladrante sonido de la cortadora parecía estar debajo de mi cama.

Ya está, pensé, otro domingo perdido. Por su puesto mi esposa aprovechaba la ocasión para ponerlos de ejemplo: “Si los ve, cuidando la casa y mire la nuestra, la perrita sale al patio y se pierde en la selva que tenemos por jardín, siga el ejemplo de esos ancianos y corte el césped”. Pero nó, el séptimo día se hizo para descansar, así lo dijo midiosito y si midiosito descansa, descansamos todos, palabra del señor!.

Todo el santo domingo lo perdían en ese ir y venir por las zonas verdes de la casa, ya con la cortadora de césped, ya con la guadaña eléctrica haciendo los bordes, luego con la sopladora a motor acumulando las hojas secas y cuanta vegetación habían cortado para recogerla o, la mayoría de las veces soplarla hacia mi casa.

En una ocasión, estaba saliendo muy temprano a trabajar cuando el vecino, desde el porche de su casa me hizo señas para que fuera a hablar con el. Vecino, me dijo, Yo vivo aquí hace mas de 15 años y me gusta cuidar de mi casa, si la tiene muy bonita, le dije. Mantengo mi césped libre de hojas si lo ve? claro, lo felicito, le respondí. Y usted sabe de donde son las hojas que afean mi jardín?, si de estos arboles, le acoté. Y esos tres arboles están en su propiedad, me dijo ya muy seriamente. Qué, como así, honestamente no lo había notado, salgo y entro a la casa sin mirar para los lados le dije. No le gusto la bromita. Espero que me colabore y recoja mas a menudo las hojas de SUS arboles que caen en MI propiedad y la afean. Y con un gracias vecino dio media vuelta y se fue.

Me dejo pensativo, pero luego recapacité, son cosas de la sabia naturaleza, las hojas secas se caen por el viento y la gravedad, imposible que se caigan para arriba. No hay nada que hacer, yo no planté los arboles, yo no soplo las hojas para su lado, es el viento y el viento es caprichoso, ademas el hace una buena labor con su casa cada 15 días. En cambio a mi, la estación que mas me gusta del año es el otoño precisamente por eso por las hojas secas en el suelo que van desde el amarillo bien pálido hasta el rojo mas encendido haciendo del paisaje una vivida pintura de intenso colorido de Vincent Van Gogh.

Pero, la paciente, repetitiva y constante insinuación -cantaleta- de mi esposa, de que tuviera consideración con los vecinos, de que la casa nuestra era la mas abandonada del barrio… y antes de dormirme y al despertarme y al medio día el mismo verso, surtieron efecto.

Un domingo quebranté el sagrado mandamiento de “Santificarás las fiestas” y me levanté muy a las 7 de la mañana dispuesto a subir de categoría la casa en nuestro barrio. Me calcé las botas de jardinería, me enfundé el sombrero “voltiao”, me deslicé los ásperos guantes de construcción en las manos y comencé la estoica labor de sacar las herramientas del garaje.

Llené el tanque de la cortacéspedes con gasolina, revisé la sopladora de motor, el cortasetos eléctrico, la motosierra, la aspiradora y sopladora de hojas, los cables de extension, las bolsas de basura para los deshechos vegetales y comencé.

Por lo crecido del césped, casi un pie de alto, la cortadora se ahogaba al tratar de sesgarlo y se apagaba cada dos o tres minutos. Imposible pensé, esta titánica labor no la termino hoy. Eran las diez de la mañana y ya sudaba copiosamente y tenia pasto, hojas y vegetación por todo el cuerpo. No me podia imaginar como los vecinos hacían esta faena cada 15 días con una naturalidad y agilidad asombrosas. De pronto un crujiente y ahogado ruido metálico silenció la cortadora; una fatídica piedrecita se nos atravesó en el camino y le quebró una de las cuchillas de corte.

Salí raudo y veloz para la ferretería a conseguir el repuesto. En la tienda le pregunte a dos morenos que también estaban comprando repuestos por la forma mas fácil y segura de terminar mi labor. Nosotros me contestaron al instante. Ustedes!.  Los mire con una sonrisa de triunfo y les dije: quedan contratados.

A Las cuatro de la tarde que llegó mi esposa de una fiestecita con los niños estaba yo sentado en el porche de la casa disfrutando de una cerveza bien fría y admirando lo bello y bien cortado que me había quedado el jardín.



                                                                

miércoles, 4 de febrero de 2015

A los cuarenta

Amaneciste con la edad en la cual entras a la plenitud de la vida; la madurez. En que como una jugosa  fruta tropical, te endulzas, te aromatizas y tu piel, cual mango maduro incita a deleitarse con los cinco sentidos.

A tu lado he sido testigo de esta transformación, de como tu cuerpo se moldeó para ser madre, se ensanchó para que nuestros hijos crecieran en ti y se alimentaran de ti y luego salieran a la vida a travez de ti, de como tus pechos se agrandaron para alimentarlos y tus brazos se hicieron fuertes para arrullarlos.

Han sido quince años en los cuales pasaste directamente de amante a madre, de madre a esposa y de esposa a ser mi universo, mi todo. De tu mano he recorrido un largo camino, he aprendido a ser compañero, me enseñaste que la fidelidad se gana con respeto, con amor y no con exigencias ni amenazas. A mirar en una sola dirección, a caminar la misma senda y a soñar los mismos sueños. Aprendi a ser un todo contigo y no una parte individual, aprendí a mirarte a los ojos y decirte "te amo" sin temor a que descubras en mi una mentira porque no la hay.
Y como cambie en el camino, ni yo mismo me lo creo. Si miro en retrospectiva y veo al Mauricio de hace quince años o mas, es alguien muy diferente a mi, ya no hay nada de ese "buena vida", mujeriego, loco y aventurero que vivía en Nueva York. Ahora, gracias a tu entrega, a tu amor, a todo lo que representas para mi, soy  lo que soy ahora: una persona nueva, con una responsabilidad y un futuro por delante que no lo tuve antes.

Pero realmente hoy quiero hablar de ti, no de mi, por lo que representas para mi, por que no concibo la vida sin ti, por que el regalo mas precioso que me da la vida es, en las mañanas abrir los ojos y verte ahí, a mi lado, enredada en mi cuerpo, calentando nuestra cama y mi vida.

No es maravilloso amar a alguien así, alguien a quien durante 45 años de tu vida no conocías, no representaba nada para ti, y ahora lo es todo, es como si hubieras nacido con esa persona, como si fuera parte de ti y hubieras recorrido toda la vida a su lado.

Realmente estoy agradecido con el destino, con el universo, con la predestinación, por haber escogido los caminos y las tomado las decisiones correctas que me llevaron a ti, que me dieron el valor o la descabellada locura de decirte, al siguiente día de conocerte que ibas a tener un hijo conmigo; Te fuiste, corriste gradas abajo diciendo: usted esta loco Don Mauricio.

Y tenias razón, Don Mauricio se quedo en Nueva York, perdido en las calles de Queens persiguiendo quimeras y sueños imposibles. El que un día se levanto y te dijo: nos vamos para la Florida, fue el que estaba naciendo, fui yo, el que te escribe, el que tomo la decisión de partir, con una muchachita de 25 años, un hijo de cuatro meses y 400 dólares en el bolsillo a lo desconocido a abrirse camino en la vida, a recomenzar de la nada y sin nada, solo con tu apoyo, con tu amor y con la fe en que a tu lado podía conquistar el mundo.

Gracias amor por creer en mi, por seguirme y apoyarme. Te amo y te amare por siempre.