martes, 13 de enero de 2015

La Plumita

Mijo?. Que?.
Estuve oyendo un programa radial donde hablaban de una plumita.
Y?
Papi es algo novedoso… un juguete!
Los niños ya tienen muchos juguetes, para que mas?
No mijo, no me ha entendido. Si ve que yo le hablo y usted no pone cuidado!
Claro mija una plumita no?, de eso estamos hablando.
Si pero el programa era de una sexologa muy reconocida.
¡Sexologa!?, quiere que le haga cosquillas o qué?
Si ve papi que usted no me toma en serio, déjeme le explico….
… y la plumita se pasa por la espalda y una se eriza lo mas de rico papi.

Estacionamos el carro a una distancia prudente del luminoso aviso que en grandes y centelleantes letras rojas decía: “ADULT TOYS”. Que vergüenza, le dije a mi esposa, si algún conocido, ve mi carro aquí, lo primero que va a pensar es que ya no funciono y que estoy buscando un…. bueno mija usted sabe que dirán.

La dependiente, una rubia enorme, abundante en carnes y con unos pechos como para amamantar una guardería entera, apenas nos vio se levanto y al vaivén del oleaje de sus pechos y sus voluminosas nalgas se nos acerco: "Hi guys what can I do for you?"

Mi esposa, con libidinosos ojos de complicidad le explico en ingles el por que de nuestra visita en aquella exótica tienda. Mientras hablaban y nos dirigíamos por los pasillos le eche una mirada al lugar; por doquier colgaban juguetes sexuales, vestimentas eróticas, látigos, muñecas plásticas con carnosas bocas abiertas, preservativos con cabeza de medusa y gigantes miembros de plástico en constante vibración.

Seguíamos las redondeces de la dependiente que con asombrosa agilidad esquivaba cuanto obstáculo se encontraba en los pasillos cuando de pronto se detuvo ante una estantería llena de peluches, almohadones, colgandejos de seda y una variedad de plumas que iban desde unas pequeñas unidas por una vara de bambú que mas bien parecía un utensilio para sacudir el polvo que algo erótico, hasta gigantes plumas de pavo real y avestruz.

Salimos de la tienda con un jueguito de plumas con olores, colores y texturas diferentes, mas otra bolsita de plumitas para esparcir por la cama y hacer, según la dependiente, el ambiente mas romántico y erótico, y ademas con una diminuta pijama de encaje y seda que, también nos dijo la empleada seria el complemento ideal para la noche de infinito placer que iríamos a tener.

La planificación fue perfecta; los niños se fueron para cine con la tía; tendríamos dos horas para jugar con la plumita. Bañado y listo para comenzar, me tendí en la cama a esperar a que mi esposa saliera del baño; las plumitas estaban regadas en la cama. Comencé a sentir un nerviosismo inusual y un cosquilleo por todo el cuerpo. Mientras la esperaba el cosquilleo aumentaba, acompañado de un estornudo que iba en crescendo. Me incorpore un poco y las plumitas se me pegaron a la espalda y los brazos convirtiendo el cosquilleo en rasquiña; otro estornudo, este si fuertísimo, las plumitas volaron por el aire y una de ellas sutil, volátil y pequeña, en un alegre y gracioso vaivén descendió suavemente hasta posarse en mi boca, pero que al tratar de esquivarla y soplarla, la aspire.

Ante la tos y la carraspera que me produjo la plumita, mi esposa salió a prisa del baño, para encontrarme lleno de plumas por todo el cuerpo, enrronchado y revolcándome en el piso con un ataque de tos.

Las dos fantásticas horas que tendríamos disponibles para nuestro placer las gastamos en la sala del hospital esperando a que me recetaran un antialergico para las plumitas.

martes, 6 de enero de 2015

La Marucha

Fue a finales de los noventa, en Manhattan, New York, cuando la conocimos; llegó tarde, como siempre disculpándose y riéndose. Era el primer día de clases. Comenzaba un semestre mas de "Commercial Photography" en el "Center for the Media Arts" y mi amigo y yo, que ya habíamos terminado los estudios, estábamos trabajando en la academia, en el laboratorio de fotografía. En aquella época, aun existían los cuartos oscuros donde se revelaban los rollos fotográficos y se imprimían las imágenes en cubetas de revelado.

Casi siempre recibíamos a los nuevos alumnos y les hacíamos un recorrido por la escuela: comenzábamos por el primer piso donde estaban los estudios fotográficos con sus enormes rollos de papel o lienzo que hacían las veces de "background", las luces de estudio, los flashes, las cámaras de fuelle de 5x7 montadas en los pesados trípodes de patas firmes, luego en el tercer piso estaban ubicados los pequeños y oscuros cubículos que contenían cada uno la ampliadora, donde se colocaba el negativo para proyectar la imagen sobre el sensible papel fotográfico que después era transportado por los estudiantes al laboratorio donde la imagen se fijaba al papel por medio de los químicos de revelado y fijación.

Ahí llego la peruanita, con su piel color de ébano, sus grandes ojos negros y expresivos, su sonrisa picaresca y su bien formado cuerpo que media casi 1.80 de altura. Estaba interesada por aprenderlo todo; curioseaba por aquí y por allá y, casi de inmediato mi amigo se convirtió en su tutor personal.

Mi amigo, el único que conservo de aquella época en New York, siempre callado, serio y laborioso, se alegraba cada vez que la veía. ella con su risa y su magnetismo lo absorbía y así poco a poco fue surgiendo una gran amistad que después se convirtió en romance y amores que perduraron a través de los años, las enfermedades y vicisitudes de la vida.

Pasado un tiempo, mi amigo y yo nos retiramos de la escuela fotográfica y en compañía de otras personas montamos un negocio de revelado de una hora y estudio de fotografía, justo en la columna vertebral de la comunidad hispana en Queens:  "La Roosevelt Avenue".

Teníamos en el primer piso las maquinas de revelado de una hora y la impresora automática que daba imágenes de 3.5x2 hasta 8x10 pulgadas de impresión. Abajo, en el sótano, estaba acondicionado el estudio fotográfico con una variedad de “backgrounds”, las cámaras, el cuarto oscuro y el vestier para que los clientes se cambiaran de ropa en las sesiones fotográficas según la occasion.

Allá también llego ella, de la mano de mi amigo; mano que mi amigo le sujetaría toda la vida y no se la soltaría sino en el momento en el que ella le dio su ultima mirada, su ultimo adiós.

Llegaba con cantidad de rollos para revelar e imprimir; bodas, bautizos, primeras comuniones y algo de modelaje. Al comienzo nos tocaba hacer maravillas para lograr hacer un buen trabajo: recortar imágenes, corregir color, sombras, encuadre y desenfoque. Por eso y por que le gustaba mucho mi amigo decidió acompañarla a los trabajos. Así se fueron conociendo mas, gustando mas y apegandose mas el uno al otro.

A veces iba a la fotografía y nos sentábamos a conversar; de su país, de su familia, de su hijo que estaba criando sola, de su hermana, que eran inseparables, y de mi amigo; de que le contara si lo veía con otra, de que se lo cuidara, yo le decía que si, que le contaría y ella quedaba contenta. Nos reíamos y se nos pasaba el tiempo.

Y el tiempo paso. Cerramos el negocio fotográfico y yo me vine a vivir a la Florida. Ellos se quedaron e iniciaron una vida juntos. Sin hijos en común y sin ataduras se dedicaron a viajar, conocieron Europa, Sur America y otras regiones mas. Me enviaban fotos de vez en cuando, se les veía felices, aferrados el uno al otro como queriendo detener el tiempo en las imágenes que enviaban, como presagiando negros nubarrones y tempestades venideras.

Salió del consultorio medico abatida; las palabras del doctor retumbaban en su cabeza y la hacían temblar de frío, de miedo, de pavor.; "Cancer de medula ósea", palabras mortales que te lanzan al vacío a la desesperanza, a vivir el día a día sin pensar en el mañana. La pesadilla había comenzado, el peregrinaje por hospitales, laboratorios medicos, oficinas de seguro no se hizo esperar. Luego vino la quimioterapia y a rezar por los resultados aferrandose a un santo, a una veladora, a un atisbo de mejoría para pensar en el mañana, para soñar en ganarle días, meses y tal vez años a la vida, pero el deterioro era irreversible.

Mi amigo, fiel compañero de su vida, estoica y calladamente se convirtió en su sombra, en su apoyo, su bastón y su luz en ese mundo de tinieblas y dolor que ella estaba transitando.

No puedo ni tan siquiera imaginarme el sufrimiento de ambos, en las noches mirandose con desesperanza, abrazandose en sollozos de consuelo; de que mañana será otro día y que las cosas mejoraran, de que este tratamiento será efectivo; mentiras piadosas que nos hacemos ante la adversidad y nos alejan de la realidad.

El enemigo era descomunal, cruel e inmisericorde. Perdió su desigual batalla, lo entregó todo en el camino, se fue marchitando como una rosa sin agua, secándose como una hoja al sol. Su sonrisa, la frescura de su mirada y su gracias se fueron apagando, de a poquitos, como una vela al viento se consumió.

La Maruchita, la Luisa, la amiga se nos fue, nos quedan los gratos recuerdos y la alegría de haber disfrutado de su amistad.



jueves, 27 de noviembre de 2014

El día de Acción de Gracias

Las navidades en casa comienzan en la celebración de Acción de Gracias; es el día en que me levanto temprano, abro las puertas y ventanas de la casa y dejo que el viento frío del norte entre por toda ella, la refresque, la renueve, dejo que el aire entre por todos los rincones y se lleve las energías negativas, que la sacuda, que la ponga a vibrar.

En la cocina comienzo los preparativos para la cena: lo primero que hago es colocar la música decembrina, las parrandas navideñas, las trullas boricuas y los melomerengues; música que me transporta al pasado, a los muchos diciembres en que he bebido, bailado y comido. Saco de la nevera el pavo y los perniles que han estado adobandose en vino y cerveza con especies aromáticas por mas de tres días. Preparo la tradicional ensalada de papa, acompañamiento obligado de todo plato en las fiestas colombianas. Claro, también destapo una botella de vino tinto, un Merlot y al ritmo de la música y el corre corre por la cocina voy consumiendo la botella en sorbitos suaves y degustados que me calientan y disimulan en mi cuerpo el frío viento que sigue entrando por la casa.

Mucho mas tarde, se levantan mis hijos y mi esposa, les tengo el desayuno listo, arepa de maíz caliente con queso y cafe negro, se integran a los preparativos: los niños picoteando la comida y mi esposa dando el veredicto final a la sazón.

Luego, al medio día, el arreglo de la casa; la decoración a cargo de mi hermano; en el patio trasero, sobre el césped, las mesas con sus sombrillas  y sus manteles blancos con individuales de colores ocres de acuerdo a la estación otoñal, las secas mazorcas de maíz, las calabazas y flores doradas como centros de mesa, los asientos, los candelabros, las copas, los cubiertos, todo en su lugar. En la tarde ya bañados, vestidos y ansiosos esperamos a los comensales: nuestros amigos y familiares con los que compartiremos este día tan especial para la cultura americana y que lo hemos adoptado como nuestro también.

Este año…, estoy solo con mis hijos, mi esposa esta en Colombia; montando patines fue a dar al suelo colocando su mano por delante para amortiguar la caída fracturándose la muñeca. Allá, en nuestro país la operaron.

No hubo pavo, ni destape el vino, solo puse la musica y me sente a escribir; la soledad y el frio de su ausencia se combinan con el frio del otoño y me entristecen. En la noche iremos con los muchachos a la casa de mi hermana que nos invito.

Ahora estoy pensando en lo frágil de la existencia humana, en que damos por sentado que nuestra vida transcurre como un tren sobre rieles que nunca se va a descarrilar. Pero…, en un segundo, en una decisión de si o no, o de voy por aquí o por allá, en un cambio de dirección, el destino nos cambia, se descarrila el tren o se acelera. Lo he vivido muchas veces, desde el instante, hace mas de 30 años en que acepte una invitación de 15 días para conocer Nueva York y me quede, no volví, hasta el momento en que conocí a mi segunda esposa en que la vida me dio otro vuelco de 180 grados.

Por su puesto esta ausencia en temporal, solo 15 días, pero me puso a pensar en la fragilidad del ser, que la vida es una hoja al viento, que en cualquier momento el viento la arrastra hacia otros rumbos, hacia otros mares y otras tierras.

lunes, 20 de enero de 2014

Aquella madrugada

“Cierre mi mano piadosa tus ojos de blanco sueño,
y empape suave beleño tus lágrimas de dolor.
Yo calmaré tu quebranto y tus dolientes gemidos,
apagando los latidos de tu herido corazón”.

José de Espronceda (España, 1908-1842)


Esa madrugada en particular se había levantado muy temprano; dio muchas vueltas en la cama tratando de conciliar el sueño pero le fue imposible. El calor húmedo y pegajoso mas el repetitivo ronroneo del ventilador lo exasperaban, lo desvelaban e intranquilizaban. En la noche, en la duermevela del silencio, al voltear el cuerpo buscando acomodo para sus dolencias rozó el de su esposa; abrió los ojos y delineo en la penumbra su contorno: se había engordado demasiado, yacía plácidamente en la cama con su bata de dormir enrollada hasta la cintura en una posición fetal que le dejaba al descubierto su descuidada y abultada figura. Habían pasado los años; de los últimos rescoldos de la llama de la juvenil pasión que los unió solo quedaban unas cenizas que el tedio se había encargado de diseminar. Sintió nostalgia por los tiempos idos y pena por ella pues el era de carácter fuerte y muy exigente en su hogar; con su comida, a la hora exacta y la temperatura adecuada; con su ropa, limpia y planchada lista para vestirse al salir de la ducha en las mañanas; el desorden lo irritaba, el ruido cuando trabajaba en casa lo molestaba, hasta el punto, se acordaba muy bien de aquella tarde en que enfurecido por una nimiedad que en su momento lo saco de casillas, se abalanzó contra ella, contrariado por que el vaso de jugo que le sirvió no estaba tan frío como el siempre lo requería, para asentarle un puñetazo en la espalda, con tan mala suerte para ambos que en el preciso instante en que levantaba la mano para darle el golpe ella se volteo y lo recibió en la cara. La sangre y la gritería alertaron a los vecinos que fisgoneaban por las ventanas, los cuales llamaron la policía; fue detenido por violencia domestica, pero su esposa desistió de los cargos para sacarlo de la inspección de policía donde permaneció todo el día.

Cerro los ojos nuevamente en un inútil esfuerzo por abandonarse al reconfortante sueño que tanta falta le hacia, no pudo, su mente dio paso al preciso instante en que la elegante mujer, con la sofisticada cámara fotográfica que había llevado a su taller le dijo apretando levemente su mano entre las suyas al despedirse: “cuidado con borrar las fotos de la memoria, hay unas cuantas que son muy especiales para mi, se las recomiendo”. Y guiñando el ojo con una sonrisa picaresca se había marchado. Seis meses, o tal vez ocho, no lo recordaba muy bien, habían pasado desde ese momento, y desde ese momento el tiempo había corrido vertiginosamente, su vida había cambiado y sus emociones se habían intensificado. Las fotos que contenía la cámara y que con curiosidad había querido ver apenas se hubo marchado la elegante dama no mostraban nada en especial; unas cuantas tomas de ella con una pareja de jóvenes en los veinte años que supuso eran sus hijos; otras de ella en temporada de invierno en algún país del hemisferio norte pues las calles estaban cubiertas de nieve y ella lucia muy abrigada. Solo dos o tres en una piscina, luciendo un ajustado traje de baño oscuro de una sola pieza que contrastaba con su blanca piel y le resaltaba su torneado cuerpo. Estaría en la cincuentena de su vida pensó en ese momento, pero se conserva muy bien se dijo a si mismo repasando las fotos de nuevo. “La plata”, se oyó decir en voz alta y terminó pensando: se ve que lleva una vida sin preocupaciones.

Abrió de nuevo los ojos y miro el reloj que pacientemente marcaba la hora con su tenue luz verde digital; las tres y media de la mañana. Todavía le quedaba hora y media, trato de dormirse cerrando los ojos, abrazó la almohada en su cara para minimizar los atronadores ronquidos de su esposa. Se fue desprendiendo un poco del entorno para caer en el justo momento en que la elegante dama volvía a la tienda a recoger la cámara fotográfica. El, por alguna desconocida razón la había estado esperando ansioso, quería verla, conversarle un poco y quien sabe, invitarla a un café. La espontaneidad, la risa fácil y contagiosa de la mujer lo hicieron olvidarse de todo por un momento en el que solo existía ella enfrente de el riendo, gesticulando, conversando y el, magnetizado, hipnotizado sin tan siquiera pestañear para no romper el encanto y desbaratar el hechizo de su arrolladora presencia.

A las cinco en punto el irritante sonido del despertador le desbarato el hechizo pues en esa hora que le quedaba de sueño solo estuvo la elegante dama riendo, jugueteando con su pelo, moviendo las manos expresivamente al hablar, aceptando la invitación a tomar café, a cine, a bailar, a pasear y luego, por ultimo al motel en las afueras de la ciudad donde en un cuarto estrambóticamente pintado de rojo encendido, con espejos por todas partes y una tenue luz ámbar, el ya de 56 años, incipiente calvicie y exceso de peso, había desenterrado, alborotado y revivido su perdida vitalidad en un espasmo de locura, gritos, jadeos y sudor.

Encontró el paraíso perdido, en esos seis meses perdió peso, se le fueron los dolores físicos y le mejoro el carácter agrio que siempre se le acrecentaba al llegar en las noches a su casa. Reía, se acicalaba mas de la cuenta al salir en las mañanas para su tienda de reparación de cámaras fotográficas y en las noches, cuando llegaba a la casa conectaba su ipod al equipo de música de la sala para escuchar melodías alegres, bailables y en especial una del Grupo Niche que lo motivaba: “Una Aventura”.

El reconfortante choro de agua fría de la ducha lo despertó y vigorizó pero también le trajo las ultimas palabras de la dama elegante que nerviosamente le había dicho la semana anterior: “mi ex marido llegó de Nueva York, estuvo preso por tres años, tendremos que dejarnos de ver por un tiempo mientras arreglamos lo del divorcio”. Y que?, pensaba, fueron tres años, que viene a buscar el hombre?. “Es muy violento, me dijo que quería verme”. A el eso no le importaba, era un hombre de acción y nunca se había acobardado ante nada por muy riesgoso o peligroso que fuera; pero ella le había recomendado que no la llamara por ningún motivo, que ella lo buscaría de nuevo apenas solucionara este inconveniente. Una semana, una larga semana de aridez, de angustia que lo tenían nuevamente irritable; muchas veces había tomado el celular tratando de llamarla pero al  momento de marcar el ultimo numero se había contenido y eso le ahuecaba el corazón, le acrecentaba la soledad.

Al salir de la ducha el penetrante y agradable olor a café lo volvió a la realidad, su esposa ya estaba en la cocina preparándole el desayuno como a el le gustaba; primero le paso el jugo de naranja bien frío y después, en la mesa encontró la taza de café humeante con los huevos revueltos al lado y las dos tajadas de pan con mantequilla y mermelada justo en su punto, justo al momento de salir del baño. La miro un rato, mientras ella, de espaldas seguía con los quehaceres matutinos; la vieja bata de dormir desteñida se acomodaba a las redondeces de su cuerpo como una segunda piel, su desgreñado pelo, canoso y mal tenido lo sostenía en una moña que semejaba el nido de algún pájaro agorero. Tuvo un leve impulso de levantarse y abrazarla para agradecerle todos esos años de sufrimiento a su lado, de aguante y sumisión; trato de pararse y caminar hacia ella… pero no!, que le diría al abrazarla, que la quería, no!. Estaría abrazando a un cuerpo extraño, a alguien muy lejano que no encajaría en sus brazos, ni en su cuerpo, ni en su corazón, ni en su vida. Ella era parte de la casa, un mueble mas, mas no era parte de su vida. Se levantó, se cepilló los dientes y salió de la casa.

El ruido de los carros, la gritería de los vendedores ambulantes, el olor a gasolina y aceite quemado de los centenares de vehículos que a esa temprana hora transitaban atestados de gente lo alejaron de sus pensamientos y enfilando hacia la autopista se perdió entre la hilera de carros que pacientemente avanzaban. Frenando, avanzando, haciendo quites o insultando a algún peatón o motociclista que temerariamente le cerraban el paso logro llegar a su trabajo. Eran las ocho de la mañana, estacionó su vehículo a un lado del taller, al apearse del carro noto lo sucio que estaba el anden; botellas vacías, papeles por doquier. “Lo primero que tengo que hacer es barrer el anden”, se fastidio un poco pues el sol daba directo al lugar y el salir a barrer implicaría sudar un poco y tendría que estar todo el día con su ropa pegajosa y mal oliente. No se percato de los dos muchachos, tal vez en la quincena de su vida que distraídamente jugaban con un balón a esa temprana hora de la mañana a unos cuantos pasos de el. Avanzó hacia la reja metálica de protección que cubría la puerta de entrada al taller, se quitó el manojo de llaves que le colgaba en la cintura y comenzó a buscar la llave del candado para abrir la reja, la encontró, se agacho e introdujo la llave en el candado, lentamente retiro la gruesa cadena, el ruido de la pesada reja metálica al subir le impidió escuchar las dos detonaciones que a su espalda se produjeron. Justo en ese momento en que la reja terminaba de enrollarse sobre su cabeza en el marco de la puerta, sintió los dos quemonazos en su espalda, como si algo caliente lo hubiera atravesado, giro instintivamente sobre sus talones para mirar hacia atrás al tiempo que se llevaba las manos a su estomago y algo caliente y espeso comenzaba a mojarle las manos. En el cuello y en la pierna sintió en ese mismo instante los otros dos impactos que le doblaron el cuerpo mientras en la caída alcanzaba a ver a dos muchachos que corrían hacia el con algo en sus manos que no distinguió. Al derrumbarse al piso su rostro se golpeo duramente contra el pavimento y cosa extraña, pudo detallar en el suelo lo sucio que realmente estaba el anden, se preocupo por que ahora no podría barrerlo y con la espesa sangre saliendo de su cuerpo mucho menos. Comenzó a tener convulsiones y espasmos musculares incontrolables; era raro, a su cuerpo se le estaba escapando la vida por los agujeros producidos por las balas y el estaba contrariado por el anden. Una cortina de sangre le cubrió la vista y los ruidos, alboroto y gritería de la gente se fueron alejando hasta quedar todo en silencio y en la mas absoluta oscuridad.

Los muchachos doblaron la esquina guardando sus armas en la cintura y  mirando al cielo se echaron la bendición para agradecerle al Divino Niño un día mas de trabajo exitoso.

(En memoria a mi amigo de la infancia asesinado vilmente la semana pasada en nuestra ciudad natal)

viernes, 13 de setiembre de 2013

La jubilación del tío

La hélice del helicóptero se acercó peligrosamente a su cara, se asusto, perdió el control y se fue de espaldas al piso.

Estaba llegando a la edad del retiro, su jubilación venia en camino. El tiempo del ocio se le acercaba y lo tomaba desprevenido, no sabia que hacer. Hombre acostumbrado al trabajo de seis a seis en su oficina y muchas veces en su casa hasta bien entrada la noche, siempre ocupado, siempre corriendo, siempre sin tiempo.

Llegó el día en que se levanto corriendo para irse a… "a donde mijo si hoy es tu primer día de retiro", le dijo su esposa frenándole los ímpetus y sentándolo en la cama de nuevo con un leve y cariñoso empujón. Quedo en shock. Ahora le sobraba lo que nunca tuvo: tiempo.

"Hombre, comprate un perrito", le dijo su amigo de toda la vida, "que sea pequeño, son divertidos y se te va el tiempo rápido jugando con el", y terminó dicíendole: "lo mas emocionante de todo es cuando lo sacas a pasear al parque, las muchachas se te acercan a acariciar al perro y te consigues unas amigotaaaas….". Ni corto ni perezoso salió con su mujercita para el mejor criadero de perros que encontró en la ciudad, por que a pesar de la mentalidad ahorrativa que tenia, el hijo mayor que vivía en los Estados Unidos siempre le había dicho: "Dad déjate de ahorros pendejos, please!, la vida es para vivirla bien!, sin miserias!, ya trabajaste mucho, date gusto, enjoy it!".  

Después de mucho escoger se compraron un Chihuahua, "el perro de moda en Hollywood", les dijo muy convencido el dependiente de la tienda, un muchacho despistado y oloroso a alimento para perros. Salieron con el delgaducho y orejón animalejo cargado como bebe recién nacido; sobándolo y acariciándolo por todas partes con cara de padres orgullosos del primer retoño en la familia. El pobre perrito, por su parte los miraba con ojos agrandados y temblando de susto ante esos dos rostros que muy cerca de el le hacían muecas grotescas y exageradas.

Aparte del diminuto y escuálido cachorro, el amable y solícito muchacho de la tienda les sugirió comprar la camita, la cobijita, el surtidor de agua, el de alimentos, la ropita para el frio, la pijamita para las noches, el biberon, la maletita para llevarlo de viajes largos, los juguetes, el cortaúñas, el cepillo de dientes, el del pelo y el cochecito para sacarlo a pasear. Compraron todo. Pero eso si, le advirtió el tio muy serio a su mujer: "Yo ni loco voy a pasear el perrito en coche por el parque, eso es de gays!".

El tío se enfundó en una llamativa ropa deportiva que había comprado en su ultimo viaje al exterior, se bajo del carro y deposito el pequeño y nervioso animal en el prado. No se movió, con la punta del pie lo empujo suavemente para que comenzara a caminar pues ya había divisado otros caninos, cuyas dueñas, forradas en sus trusas mostraban sus redondeces y atributos femeninos y hacia allá quería encaminarse.

Nada, el quieto animalejo se acostó y con la cabeza y sus orejitas bien erguidas solo oteaba el lugar. El tío lo empujaba y el perrito nada, se agachó y lo levantó y el terco enclenque se acostó de nuevo. De atrás, de un árbol grande que estaba a su derecha salió un perro grandulón corriendo por el prado persiguiendo a otro mas pequeño. El chihuahua se levantó, dio una vuelta corriendo al rededor de la pierna del tío y emprendió la persecución del grandulón. El tío estaba distraído observando una muchacha en minifalda darle unas galletitas a un perrito, en cada agachada de la muchacha el tío se empinaba para observar mejor sus torneadas y bronceadas piernas, error fatal; el chihuahua tensó la correa enredada en su pierna y el tio perdió el equilibrio, rodó por el prado y cayó justo a los pies de la bien torneada muchacha que se abalanzó a ayudar al infortunado señor. "Pobrecito el señor, esta bien, le paso algo?". El tio escupiendo pasto por la boca se levantó como pudo y renqueando se alejo avergonzado lo mas rápido posible sin decir ni pio. Le regaló el desnutrido e impertinente perrito a su hermana, estuvo con el tobillo dislocado en convalecencia mas de un mes echándole pestes a su amigo y a el perrito.

"Dad, hazme caso, ya te lo dije, buscate un hobby, necesitas una distracción diferente, envíame el cash y te compro un helicóptero a control remoto, grande, potente, eso si te va a entretener y no corres ningún peligro. I love you viejo".

Llegó la preciada caja con el juguete dentro, desarmado en mil partes de todos los tamaños, colores y formas. Todo un reto para el y su mujercita que pacientemente se sentó con el en el suelo; los planos de helicóptero parecían un mapa a escala miniatura del universo y el manual de instrucciones era del tamaño de un diccionario Larrouse ilustrado traducido en 5 idiomas. "La parte A va con la parte # 1,230, (de color azul) estas dos ensambladas se conectan al panel de la cabina"; "Después de armar las partes #25, #38, #152, #650, todas de color rojo, se ensamblan en el rotor (parte #431, color negro) y todo esto se ajusta con una llave octagonal para unirlo a la cola del helicóptero".

Tardaron mas de un mes en armarlo, pero al final, un fin de semana el hermoso helicóptero reposaba reluciente en la mesa del comedor listo para emprender el primer viaje por los aires. Estaban contentos, felices y orgullosos, lo bajaron con mucho cuidado por las gradas teniendo cuidado de no dañar las enormes aspas de la hélice con las barandas de las gradas. Ocho baterías le instalo al enorme control remoto el tío, tenia un simulador de timón y botones de izquierda, derecha, arriba, abajo y otros que aun no sabia para que servían.

Puesto sobre el asfalto del enorme parqueadero del elegante edificio donde vivían se alejo el tío prudentemente del juguete como le había recomendado su hijo. Con el dedo indice pulsó el botón de encendido y el pequeño pero potente motor del helicóptero comenzó a rugir y querer elevarse del piso. Movió suavemente la palanca de elevación y el pájaro metálico dio unos brinquitos de gallina clueca tratando de tomar altura. El tío se emocionó, se secó las manos sobre su ropa pues estaba comenzando a sudar por la excitación y nerviosismo. Volvió y accionó la palanca con mas seguridad, el costoso juguete se elevo por los aires yéndose de un lado para el otro, el tío inmediatamente accionó la palanca de balanceo y lo logró estabilizar. Majestuoso espectáculo la nave en miniatura volando al rededor del tío y su emocionada y orgullosa esposa que festejaba a dos manos el acontecimiento dando saltitos de felicidad.

Con mas confianza en sus incipientes habilidades lo hizo caer en picada para luego elevarlo y hacerlo remontar vuelo en una maniobra arriesgada que mereció el efusivo aplauso de la esposa. "Urraaa!!! papi, bravo!!!" le gritaba ella emocionada. El tío, seguro de si mismo y un poco agrandado por los urras de la esposa lo puso a girar en torbellino para luego hacerlo virar en 180 grados sobre sus cabezas. El helicóptero se descontroló, como pájaro herido se vino al piso en caída libre, el tío movió controles en un desesperado intento de estabilizarlo. Faltando unos dos metros para estrellarse contra el piso lo logró, la nave se enderezó y retomó su horizontal vuelo con tan mala suerte que se dirigió directamente contra la cara del tío el cual arqueó la espalda hacia atrás para esquivarlo pero las aspas alcanzaron a golpearlo en la nariz. La sangre no se hizo esperar y la cara de la esposa de risa triunfal se convirtió en mueca de desesperación. Como pudo le arrebató el control y comenzó a presionar botones para alejar el peligroso juguete de la cara de su esposo. Este daba vueltas sobre si mismo tratando de recuperar su equilibrio mientras se llevaba las manos a la nariz para tratar de contener la hemorragia. Logró alejarlo un poco, pero para regresar como un bumerán dispuesto a seguir atacando a su víctima y esta vez a la altura de la pantorrilla, el tío saltaba, pateaba brincaba hasta que en un salto cayó sobre el y lo aplastó y lo siguió aplastando hasta no quedar sino en el asfalto un reguero de piezas y partes igual al que tenían en el apartamento cuando comenzaron a armarlo.

"Dad, lo mejor es…" . "Lo mejor es nada, no mas consejos pendejos!, me voy a sentar aquí a ver televisión y de aquí no me mueve nadie!"


 

miércoles, 11 de setiembre de 2013

9/11

Ya había llegado a la redacción del periódico, un edificio situado en un suburbio de Queens llamado Woodside. Las oficinas estaban en el segundo piso, cuya ventana dibujaba una impresionante postal del bajo Manhattan, mostrando la imagen sobrecargada de rascacielos y construcciones monumentales que, desde acá, parecía no había lugar ni para las calles; de estos edificios sobresalían los "Gemelos", que semejaban las dos piernas de un gigante clavadas en la tierra cuyo cuerpo se perdiera arriba en el infinito cielo cubierto de nubes.

Las oficinas de periódico se componían de tres cuartos; el primero era la recepción, el segundo la sala de redacción y el tercero la oficina del "publisher". Estábamos en mi oficina con el editor y el jefe de redacción opinando sobre los sucesos deportivos del día anterior cuando oímos por televisión que una pequeña avioneta se había estrellado accidentalmente contra la torre norte del "World Trade center". Nos asomamos inmediatamente a la ventana y pudimos observar como un pequeño hilo de humo negro salia de la cara sur de la torre. El cielo estaba azuloso y despejado y el pequeño hilo de humo negro semejaba un clavo que se hubiera hendido en un lienzo y comenzara poco a poco a rasgarlo, dejando entrever el negro fondo del cuadro.

Reaccionamos sorprendidos, mas no asustados, las torres son altas. algún aprendiz de piloto pudo haber fallado con los controles y provocar un accidente fatal, pensábamos y concluíamos todos al mismo tiempo. No habíamos terminado de comentar la funesta noticia e íbamos para la segunda taza de café cuando de nuevo los canales de televisión anunciaron, esta vez con mas dramatismo, el segundo impacto en la torre sur.

Impresionante, aterrador, dos fatales accidentes tan seguidos?, nos preguntamos todos ya instalados nuevamente frente a la magnifica vista panorámica que nos mostraba la ventana, vimos como el azuloso y despejado cielo de Manhattan; la postal de la "Gran Manzana" comenzaba su viraje de 180 grados a una escena dantesca, el humo gris se torno negro y se apodero del firmamento, de las ventanas de las fallecidas torres comenzaron a brotar llamaradas incandescentes de fuego que crepitaban y se agigantaban a medida que rompían vidrios y estrangulaban las indefensas y mortalmente heridas torres.

Atónitos y estupefactos quedamos todos parados frente a la ventana, congelados, enmudecidos ante el holocausto, el caos reinaba tanto en la imagen que nuestras retinas agrandadas procesaban como en los noticieros que no sabían que pasaba; del accidente de avionetas pasaron a bombas o misiles y por ultimo a la impactante y aterradora verdad: ataque suicida usando como misiles dos aviones comerciales secuestrados y desviados de sus rutas originales, llenos de inocentes pasajeros. Luego dos mas uno en el Pentágono y otro derrumbado en Pensilvania.

Sentimos que la seguridad y estabilidad que nos brindaba este país se desmoronaba, desaparecía bajo los pies, de lo que veníamos huyendo en nuestros países, del inclemente terrorismo, del salvajismo de la guerrilla, de la delincuencia que nos perseguía hasta en sueños, se había materializado y la teníamos frente a nuestros ojos.

"Comenzó el apocalipsis" dijo el redactor que era muy dado a temas esotéricos, "han herido la democracia de muerte" dijo el editor de noticias. En las dos horas siguientes, previas al colapso de las torres vimos como, cual gigantesco fósforo la cabeza de las torres ardía, se consumía, chisporreteaba y perdía estabilidad. La gente que estaba en las torres, desesperada en un ultimo y agónico esfuerzo de salvación se lanzaban al vacío tratando de caer en las redes de lona que los bomberos habían tendido en las calles alrededor de los moribundos edificios. A las dos horas del impacto las colosales torres sucumbieron ante la gravedad de sus heridas. Colapsaron, llevándose en su mortal descenso a mas de 3.000 personas a una colectiva tumba debajo de las torres.

El estruendo de la caída, como una hecatombe de truenos acalló las voces y comezaron a rodar lágrimas por nuestras mejillas, el dolor, la rabia, la frustración, el sentimiento de impotencia que genera un acto de esta magnitud nos embargaba, no sabíamos que decir. Luego el cielo de Manhattan se oscureció, el humo y la polvareda que produjo el derrumbe se levanto kilómetros hacia arriba y los lados del gigantesco montículo de escombros, hierros retorcidos y lamentos humanos como un enorme hongo de explosión nuclear con proporciones apocalípticas.

El mundo cambió para siempre, los terroristas partieron en dos la historia moderna, "antes del 9/11 y después del 9/11". La economía de Norteamericana se tambaleo, la guerra comenzó y este es el momento en que ni la economía se ha recuperado ni la guerra se ha ganado.

El redactor de noticias saco de su archivo un librito y nos leyó dos párrafos de las profecías de Nostradamus:

"En el año del nuevo siglo y nueve meses

Del cielo vendrá un gran rey de terror

El cielo quemará a cuarenta y cinco grados

Fuego alcanzará la gran nueva ciudad

En la ciudad de Dios habrá un gran colapso,

Dos hermanos gemelos se separarán por el caos

Mientras la fortaleza resiste el gran líder sucumbirá

la tercera gran guerra comenzará cuando la gran ciudad esté en llamas"


                                                                               Michel de Nostradamus

martes, 10 de setiembre de 2013

Un futuro que se torció

Guilty!
El seco golpe del mallete del juez retumbó en sus oídos, se le nubló la vista y se desmadejó en brazos de su abogado defensor.

"Serán solo cinco años en prisión", le dijo después el, "pero apelaremos la sentencia, este es el comienzo de la batalla legal, ademas estaré a su lado".  La hermosa rubia, de ojos carmelita claro y seductoras pestañas, sentada en la litera de la celda se echó a llorar. El abogado aprovecho la oportunidad para abrazarla y consolarla; le gustaba, lo atraía demasiado como para desperdiciar ese único momento de tenerla en sus brazos.

Ella, con su uniforme color café claro se dejó abrazar y consolar, se estaba deshaciendo en llanto; habían sido nueve meses de juicio, un proceso largo en el que en cada cita, en cada indagatoria, en cada careo perdía fuerzas y voluntad para luchar. El abogado sintió el juvenil e indefenso cuerpo pegado al suyo temblando de desconsuelo e infinita desesperanza. Una leve e imperceptible sonrisa se dibujo en la comisura de sus labios; tenia cinco largos años para conquistarla, para hacerla suya.

El negocio estaba ubicado en un segundo piso sobre la avenida Roosevelt en el condado de Queens, Nueva York. Envíos de dinero y carga a Centro, Sur América y el Caribe, anunciaba el luminoso aviso colocado en los amplios ventanales que daban a la concurrida avenida. La rubia se acomodo en su mullida silla detrás del elegante escritorio de madera circular que rodeaba su cuerpo. Se sentía orgullosa, triunfante. Fue a la ventana y miro un rato la gente pasar apresurada por la acera; hispanos casi todos, trabajadores, inmigrantes de toda clase, eso era lo que necesitaba, estaba bien ubicada la oficina. Todos ellos, cada fin de semana enviarían sus ahorros por intermedio de ella, tenia asegurado su futuro económico.

Nuevamente sentada en la cómoda silla reclinomática, lanzó un breve repaso a su vida desde que había tocado suelo norteamericano. Llevaba tan solo cinco años en este país, había inmigrado con su hermano, el único compañero y amigo en todos estos años de arduo trabajo y soledad. Comenzó, se acordaba muy bien, como promotora de ventas en una agencia de publicidad y mercadeo, puesto ideal para ella, pues era carismática, de suave voz aterciopelada, seductora mirada y sonrisa contagiosa.

Se sabía bella y utilizaba las armas de la seducción para incrementar las ventas. De porte elegante y distinguido, caminar provocativo y paso firme. Insinuaba sus atributos femeninos sin ser vulgar ni atrevida. Vendia, escalaba posiciones dentro de la compañía y le seguían una corte de admiradores y pretendientes que habilmente rechazaba y esquivaba.

Con su hermano caminaban por la Avenida Roosevelt en Queens; ella despertaba la curiosidad y envidia de las mujeres que la veían pasar y el por su parte el suspiro de muchas otras por su elegancia, altura y porte aristocrático. Iban abrazados, cogidos de la mano, enganchados de brazo, saludaban a todos con gracia y donaire.

Amaba a su hermano. Dos años mayor que ella, lo cuidaba y protegía como a un hijo; frágil, de contextura delgada y manos alargadas, un poco afeminado en sus modales y llamativo en su vestimenta. El le alejaba los pretendientes, se los seleccionaba y clasificaba por intereses en los cuales ambos estaban de acuerdo como: posición económica, educación y belleza física. Los iban eliminando sin contemplación, fríamente los tachaban de la lista y dejaban solo los que reunían los requisitos adecuados. Aveces, el candidato ideal que seleccionaban, investigando mas a fondo descubrían lastimosamente que era casado y tenían que volver a comenzar con la filtración y el depuramiento de la lista.

Era divertido y los entretenía. Llegaban por las noches; el de trabajar en el bajo Manhattan, en las torres gemelas del World Trade Center como asistente de cafetería en uno de los pisos altos del exclusivo rascacielos neoyorquino y ella de su oficina de marketing en Queens. Revisaban fotos, escogían candidatos, seleccionaban cualidades, destacaban defectos, se reían, se burlaban; este muy barrigón, el otro es calvo, el siguiente muy bajito, aquel tiene un tic nervioso. Y así entre juegos y bromas se les iba la noche y a veces los sorprendía el día en su peculiar y extraña labor de escoger el candidato ideal para ella.

A los dos años de vivir en Queens se le presentó la oportunidad de comprar una pequeña taberna enclavada en un barrio griego de Queens, Astoria. La remodelaron, la adecuaron y le pusieron por nombre "Derroches". Salian a toda prisa de sus trabajos para abrir la taberna y atender a los clientes. Al comienzo curiosos y vecinos griegos del barrio, pero después la fueron latinizando con su música y la buena atención, la prosperidad se les vino encima. Ella se salió de trabajar para atender de lleno la taberna, el no, si algo tenia era ser muy precavido y meticuloso en sus decisiones, no dejaba su trabajo por si de pronto algo salía mal y así como habían subido, cayeran y lo perdieran todo.

Pasaba el tiempo y seguían solos y unidos; pero en las sombras, a oscuras y escondidas, cada uno por su lado había encontrado refugio para calmar sus urgencias. El por su parte tenia un amigo muy especial que lo entendía, que le comprendía su carácter, su soledad y su finura. Ella de tanto escoger se había involucrado con un hombre casado que la trataba no como a la dama elegante, sofisticada e inalcanzable en que se había convertido, sino, simple y llanamente como una mujer, sedienta de un abrazo mas fuerte que el de su afeminado hermano, de una caricia mas pasional y atrevida que el tierno roce de su hermano en las noches cuando se tocaban durmiendo. Ninguno supo lo del otro hasta el momento en que estaba tan avanzada la relación que decidieron en un mutuo acuerdo de silencio no recriminarse nada, no enculparse y continuar la vida así, abrazados caminando por la avenida Roosevelt como si nada estuviera pasando en sus normales y prosperas vidas.

A los dos años de inaugurada la taberna la vendió, se tomo un par de meses de descanso y luego, terminando el segundo mes apareció el candidato ideal que por tantos años habían buscado ella y su pulcro y elegante hermano.

En el final de la treintena de su vida estaba el hombre. De mediana estatura, grueso pero no obeso, elocuente conversador, de risa fácil y contagiosa, moreno claro, amigo de parrandas y amanecidas y por supuesto buen anfitrión. Hacían buena pareja; ambos emprendedores, ambiciosos y jóvenes.

Se olvido del hombre casado y se entregó de lleno a su nueva relación; ahora caminaban los tres por la  avenida Roosevelt, los tres orgullosos, los tres felices y prósperos, saludando a cuanta persona se cruzara por su lado.

De la mano de su nuevo amor le llegó otra oportunidad comercial a la bella rubia y se hizo al negocio de envíos de dinero. Lo administraba muy bien, el candidato ideal le ayudaba, le conseguía clientes, era la imagen de la compañía de puertas para afuera. Un buen día, pasados casi dos años desde la compra, fecha aciaga que les cambiaría la vida a todos, se apareció el candidato con el dueño de un restaurante que quería hacer envíos semanales. Según el nuevo cliente, había ahorrado mucha plata y estaba construyendo en su país un edificio, necesitaba transferir la plata; evadir un poco de impuestos, cosa mínima según el. El cliente se ganó la confianza de la bella rubia y su enamorado y comenzaron a enviar el dinero ahorrado, al comienzo en pequeñas cantidades y después aumentaron la suma hasta pasarse del limite establecido por las autoridades federales que regulaban los envíos.

De la noche a la mañana se les volteó el barco en el que viajaban triunfalistas y exitosos. El cliente del restaurante resulto ser un policía encubierto que los tentó y convenció de enviar enormes cantidades de dinero. Los detuvieron. Ella, consiente de su error aguantó estoicamente el castigo. El candidato ideal, al contrario, trato de lavarse las manos, le acomodo toda la responsabilidad a ella y decidió colaborar con la justicia inculpando a mas personas para acortar su condena. Salió deportado a los dos años y cuatro meses del cautiverio para su país de origen.

Ella no, se fue a juicio y por eso estaba sollozando en brazos del abogado defensor. Dispuesta sin saber como a soportar lo mejor que pudiera los cinco años de condena. Ella, una mariposa al viento, una luciérnaga en la oscuridad que brillaba con luz propia iba a languidecer en ese encierro, se iba a opacar,  a marchitar, lo sabia y por tal motivo lloraba de desconsuelo, sabiendo que la rubia elegante y luminosa que entraba a ese lugar nunca mas saldría de allí; saldría otra, muy diferente y desde ahora comenzaba a sentir pesar por esa otra que seria en cinco años.

Estando en la cárcel, su fino y acongojado hermano que la visitaba casi diariamente fue sorprendido trabajando arduamente en las torres gemelas del World Trade Center cuando trágicamente colapsaron sepultándolo bajo toneladas de tierra, metales retorcidos y escombros. Quedo sola. Sin dinero, sin pretendientes, sin hermano y sin futuro. Se refugió en el abogado defensor. El hombre aprovechó, no tuvo necesidad de seducirla, de conquistarla, ella cayó vencida, como en la fiesta taurina el toro se entrega derecho al matador con las banderillas bien puestas y sangrando por todas partes a morir en sus brazos.

Mayor que ella mas de veinte años, pequeño, aindiado, de rostro tosco, estomago abultado, piernas cortas y muy separadas. Enfundado en un traje entero oscuro y raído, así era el abogado defensor, la anti-imagen del candidato ideal; pero no había de donde escoger, era su tabla de salvación, sino se aferraba a el se ahogaba y se hundiría en la locura del encierro y la soledad.

Salió de la penitenciaria federal después de cinco largos años de cautiverio con unas cuantas canas en su rubia cabellera, algunas arrugas de mas en su bello rostro, un poco avejentada y una hija de dos añitos, fruto del matrimonio en la cárcel con el abogado. Se la llevó a vivir a un pequeño apartamento que el especialmente había rentado y decorado para ella, bonito y pequeño, acogedor nido de amor; lo que pudo conseguir, después de un tormentoso divorcio en el cual su ex-mujer se le había quedado con casi todo. Hizo un esfuerzo sobrehumano, trabajó en diferentes casos y estaba sacando la cabeza del atolladero económico en que se había sumido, solo para darle gusto a su rubia, su sueño hecho realidad, porque ella se lo merecía todo, hasta el ostracismo de sus hijos que le reprochaban la locura que estaba cometiendo.

Sus bellos ojos color carmelita claro se habían marchitado, la otrora mujer elegante, de altivo porte, de generosas y abundantes redondeces se había perdido, se había quedado tras los gruesos barrotes de la prisión; la marchita mujer que ahora, sentada en el marco de la ventana del apartamento miraba nostálgica hacia la calle era otra, el abogado lo supo y sintió una tristeza inconsolable, un dolor agudo y cavernoso en el corazón.

El quería mantenerla encerrada en su jaula de oro, llena de comodidades, de afectos, de mimos que la empalagaban, que la fastidiaban y atosigaban. Ella había roto los barrotes de la prisión quería disfrutar de la libertad, salir a su antojo, caminar sin rumbo fijo como muchas veces lo hacia con su hermano que le había dejado un hueco en el corazón imposible de llenar. Lo único que la hacia vivir, que le mantenía encendida la llamita de la ilusión, el deseo de seguir adelante era la tierna mirada de su hijita al acostarla en las noches, cuando en la complicidad oscura del cuarto ella le decía muy suave al oído: "mamita te quiero mucho"; se le salía una lagrima y la abrazaba con todas la fuerza, con todo su amor y con todas sus esperanzas puestas en ese frágil ser que había parido fruto de su desesperanza en la cárcel.

Caminaba lenta, despacio, acrecentando la distancia del cuartito de su hija a la alcoba de ellos para nunca llegar, para no tener que sentir el acoso, el desenfreno sexual al que el abogado, lleno de pasión, rebosante de colonia barata y de vellosidades por todo el cuerpo la sometía casi todas las noches en una algarabía de quejidos, aullidos, gemidos y babosidades que la dejaban insatisfecha y asqueada. En esos momentos, como en la prisión, en la duermevela de su infinita soledad, soltaba el cuerpo y su espíritu volaba, caminaba por la avenida Roosevelt con su hermano; reían, se contaban las cosas, se ponían al día en chismes, en comentarios, escogían candidatos, desechaban otros mientras su desnudo cuerpo allá bajo, abandonado en la cama sufría los desesperados embates del abogado que en medio de un estremecimiento epiléptico acompañado de un estruendoso y primitivo bramido culminaba su faena amorosa.

No sabia cuanto iba a soportar esa vida de entrega, ese martirio agónico que la estaba consumiendo, que la estaba minando y debilitando por dentro mas que la vida en prisión donde por las noches dormía tranquila, sin sobresaltos; salvo en dos o tres ocasiones en que alguna atrevida reclusa intentó llegar a su litera amparada en las sombras de la noche a proponerle afecto, cariño y protección. Salió airosa de esos avances nocturnos, con un poco de astucia y convencimiento las alejó y nunca mas volvieron a molestarla.

Lo esperó una tarde decidida a hablar con el aprovechando que la niña jugaba en el parquesito de en frente. El abogado montó en cólera: malagradecida; la había sacado de la cárcel y casándose con ella había impedido su deportación pues no tenia visa legal para permanecer en este país. Desconsiderada: abandonó mujer e hijos para seguirla y ahora sus hijos lo aborrecían. Injusta: estaba trabajando doble jornada para poder darle gusto a ella y la niña, que mas quería le grito acercándose a ella con la cara roja y el cuerpo tembloroso de rabia. La hermosa rubia decidió, asustada dejarlo todo así por el momento.

El abogado comenzó a controlarla, a llamarla a cada instante, a aparecerse en el apartamento a las horas menos esperadas. Tenia un nuevo carcelero, una nueva prisión, un nuevo encierro y esta vez un arma de doble filo pendía sobre su cabeza, pues aun no se había completado el tiempo fijado por las autoridades de inmigración para ella obtener su residencia definitiva en este país. Tenia un visado temporal conseguido por el abogado y, se lo dijo claramente; a la hora que el quisiera la ponía de patitas en su país y sin la niña, puesto que ella si era ciudadana norteamericana.

Lo planeó todo cuidadosamente, cada detalle, cada insignificancia la sopesaba, la valoraba, la ajustaba a sus planes. Se había acostumbrado a tomarse el tiempo suficiente para pensar y hacer las cosas sin prisa, como en prisión, con todo el tiempo del mundo a su favor. Fue sacando su ropa y las pocas pertenencia que tenia de una manera muy sutil, muy imperceptible, sacaba una caja llena y la reemplazaba por una vacía, de a poquitos, día a día, semana por semana. Para no despertar sospechas al abogado se había vuelto mas solicita con el, mas atenta y servicial. Con su comida, siempre servida a tiempo; su ropa, lavada y planchada como a el gustaba y complaciente con sus bufantes embestidas  nocturnas que el no perdonaba ni por que estuviera cansado o llegara muy tarde.  Con la niña era otra cosa, tenia juguetes regados por todo el apartamento y demasiada ropa por que si algo tenia de bueno el abogado era el desmedido amor por su tardía hija.

En el tren que la llevaba hacia New Jersey sintió, abrazada a su pequeña hija el frío viento de marzo acariciarle el rostro y alborotarle la rubia y descuidada cabellera, se sintió feliz, como cuando las pesadas y metálicas puertas de la prisión se cerraron a sus espaldas y dio los primeros pasos por el anden de la libertad. El cuarto era pequeño, en un quinto piso de unos apartamentos populares y económicos en Newark, ciudad industrial de New Jersey; ideal para esconderse con su pequeña hija y buscar trabajo en las múltiples factorías y negocios que pululaban cerca de su nueva vivienda. Para lo barato que iba a pagar  por la renta del cuarto no estaba del todo mal, pensó mientras desempacaba la ultima caja que contenía el cuadro del Divino Niño Jesus al cual siempre le prendía una veladora para que la ayudara y la guiara por el buen camino.

Esa noche, antes de acostarse la niña le preguntó sorpresivamente: "¿Y mi papito a que horas llega a darme la bendición?", se le hizo un nudo en la garganta y el corazón se le apretó en un silencio largo, pesado, angustioso; sintió la ausencia, sintió la soledad y abrazando aun mas a ese frágil cuerpecito solo se le ocurrió decirle: "hoy no vendrá, esta de viaje, a lo mejor llega la otra semana." Pasó la otra semana y la otra y estas se convirtieron en meses y el papito no llegó, pero siguieron las preguntas y las respuestas evasivas, los no se, los de pronto, hasta que se le agotaron las mentiras.

El abogado llegó a la guardería con los agentes federales y la orden de captura. La niña al verlo reaccionó asustada y tímida al comienzo, pero después de unos lentos y expectantes segundos corrió y abrazó a su papito sollozando de alegría. El hombre se conmovió, se trago las lagrimas y se sentó en el cuarto de juegos a esperar a que la bella rubia llegara a recoger su hija. Le dijo a los agentes federales que se fueran, que el arreglaba este penoso asunto solo, en familia.

Había sido difícil rastrearla, tardo meses, pero gracias a sus contactos con el FBI logro ubicar la niña apenas la mama la registró para que comenzara en la guardería. No reaccionó instintivamente corriendo a detenerla y recuperar la niña. Se tomo su tiempo para enfriar las emociones y poder actuar sin enojos, pues se conocía y sabia que su impulsividad lo había llevado a cometer muchos errores en la vida. Esta era la segunda semana que venia vigilando la guardería y viéndola recoger la niña, las había seguido, sabia donde vivían. La primera vez que la vio se impresiono muchísimo; envuelta en un viejo y descolorido abrigo de lana, que mas que puesto, le colgaba de sus huesudos hombros, con el rostro demacrado, los ojos como de pájaro muerto, sin brillo y el pelo, esa abundante y dorada cabellera que rizada le caía en cascada coquetamente sobre los desnudos hombros eran un manojo, un chamicero de hilachas grises y opacas.

Se impresiono, lo embargó una profunda pena, sintió lastima y dolor, pero el amor por su rubia lo percibió intacto, reactivandose al verla. Esa noche que llegó a casa durmió por primera vez tranquilo, sin sobresaltos ni desvelos. La iba a recuperar de nuevo y esta vez sin los errores del pasado.

La niña corrió contenta a abrazar a su mama y darle la buena noticia de que papito por fin había regresado del viaje. Se miraron tensamente; ella con los ojos agrandados de miedo, de desespero, buscando de reojo un escape, una salida para tomar su niña y correr, huir del lugar; el con la mirada anhelante del que encuentra la cura para sus males, del desahuciado al que le escuchan sus plegarias y se cura milagrosamente. Ninguno se movió, ninguno habló. Ella estaba petrificada, el ansioso de abrazarla y temeroso del seguro rechazo.

La niña corrió hacia su mama para tomarla de la mano y acercarla hacia su papito para que se abrazaran los tres, ella no se movió, no podía, estaba anclada en ese lugar. Por su mente desfilaban como en una vieja y silente película proyectada en la pared los momentos vividos con el abogado, las noches de entrega a sus desenfrenos hormonales, las llamadas para controlarla, las intempestivas aparecidas en el apartamento, la huida en el tren, las noches de paz en que abrazada a su pequeña hija se dormía pensando en el incierto futuro que le esperaba y en este momento en que el abogado apareciera de nuevo.

Cedió ante la alegría y la efusividad con que su hija celebraba el encuentro, se acerco lentamente, casi sin respirar, muda y fría. El abogado reaccionó y aprovechando la ocasión, -como aquella primera vez en la celda que la abrazo largamente para consolarla-  apoyado por la felicidad de la niña se acercó también y la abrazo. Fue diferente el abrazo, un hombre anhelante, esperanzado y titubeante con una mujer fría, asustada y desesperanzada. Dos seres lejanos, separados, aislados, volvían y cruzaban sus diferentes caminos forzando sus destinos nuevamente.

El abogado se sentía cansado, el peso de los años lo agobiaba con una enorme carga de temores, dudas y frustraciones sostenida en sus encorvados hombros. Sabia que su tiempo se estaba acortando y quería soltar la rienda un poco, ser mas tolerante y permisivo con su bella rubia para mantenerla a su lado. Le dijo claramente que ahora que la niña estaba estudiando podía trabajar medio tiempo para mantenerse ocupada y tener un poco de plata disponible para ella. Aceptó, el hombre que estaba hablándole, que tenia en frente de ella no era el abogado altivo y orgulloso  de sus raíces indígenas, era un anciano de liso cabello cenizo y rostro surcado como corteza de árbol viejo. Ella también se sentía acabada pero sus cuerpo estaba vivo y su espíritu seguía indomable.

El hermano llegó y se sentó en la cama a su lado, le sobo su desmarañada cabellera y con el revés de la mano le acaricio la mejilla, ella soltó en llanto, trato de levantarse de la cama para abrazarlo pero no pudo, el la detuvo, la miro profundamente con una mirada milenaria, infinita, llena de amor, de ese amor que los unió cuando el estaba encarnado y era su hermano. Ahora era otro ser, ella lo conocía, había sido su hermano, pero también su hijo en una vida muy antigua, en la que andaban descalzos, pidiendo limosna en las calles de una gran ciudad y habían muerto de peste muy jóvenes.  Sentía una paz espiritual que la llenaba toda, que la envolvía en un mundo etéreo, luminoso y atemporal. "Todo va a estar bien, sigue tu corazón" sintió que le decía pues sus labios no se movían y la voz venia dentro de ella, retumbaba en su mente, en sus entrañas, en todo su cuerpo y la sonoridad de la voz la relajaba, la apaciguaba y adormecía.

Amaneció radiante, alegre y animosa. Por primera vez en muchos años sintió la apagada vitalidad de su cuerpo en la ducha, al bañarse cuando el cálido chorro de agua golpeó descuidadamente sus pechos experimentando un leve y tímido despertar de sus pezones; se estremeció, se ruborizo, trato de apartar su desnudo y ansioso cuerpo del chorro de agua. Pudo mas el soterrado placer, el escondido deseo que la vergüenza del solitario gozo. Se dejo llevar por las emociones, por las sensaciones, abandonó su cuerpo al goce, dirigió el chorro de agua hacia su bajo vientre que comenzó a contraerse rítmicamente, apretó, en un torpe intento de caricias los blancos pechos con una mano y con la otra dirigió el placentero chorro de agua a su sexo ya húmedo y deseoso de sentir. Lo cobijó con su mano, lo estrujó, lo acarició y se dobló cayendo de rodillas sintiendo que la vida, en cada espasmo se le iba con el agua por entre sus afanosos dedos que no querían parar.

Como pudo asió al paralítico por detrás, lo cargo para depositarlo en la bañera, el hombre agradecido la miro con cariño y comenzó a enjabonarse. Llevaba trabajando con el casi seis meses y era la primera vez que le tocaba ayudarlo a bañar. Desnudo, con sus delgadas piernas colgándole como flecos de cortina y el arrugado miembro escondido en sus pliegues, comenzó a secarle el cuerpo después de que, aunando fuerzas con el lo había acostado en la cama. Era joven y aun conservaba su atlético cuerpo de la cintura para arriba; de rostro armónico y unas espesas cejas que le daban un aire de pensador y filosofo. Con la fricción de la toalla por su pecho y abdomen el paralítico comenzó a sentir una leve energía que le llegaba de su bajo vientre y el despertar del dormido falo no se hizo esperar. El paralítico se ruborizo y ella tapó el agrandado apéndice masculino con la toalla, saliéndose rápidamente del cuarto para que el terminara su labor solo. Al siguiente día lo primero que hizo al verla fue disculparse, que había sido un acto involuntario, que el no había tenido control, que el mismo estaba sorprendido por que era la primera vez después del accidente que eso pasaba, le juró y rejuró que no volvería a pasar delante de ella. Volvió a pasar y ambos entre juegos y risas fueron perdiendo la vergüenza, el temor y el respeto.

Terminó ella, sin saber a ciencia cierta si lo hacia por pasión, por curiosidad, por mera lastima con el muchacho o como un acto de ayuda y consuelo al paralítico acostándose con el en una maniobra en la que era ella la que llevaba la pauta y el ritmo en el acto pues el solo la miraba tendido en la cama con unos ojos de agradecimiento eterno, de infinita dulzura que le provocaban a ella un desconsuelo y unas ganas de llorar cada que terminaban de hacerlo, que mas que alivio a sus necesidades la entristecía. No tenia remordimientos ni se sentía culpable por lo que hacia, pues hacia tiempo que no tenia contacto intimo con el abogado y este solo le inspiraba un simple afecto, un leve cariño de benefactor.

Sus afugías económicas las tenia resueltas viviendo con el abogado, pero su vida se estaba desmoronando, ansiaba la llegada de la noche para en sueños encontrarse con su hermano, con su hijo o con su esposo pues se había visto en diferentes épocas, en pasadas vidas viviendo con el de diferentes formas, aunque el amor siempre había sido el mismo, permanecía intacto a través del tiempo, a través de muchas vidas juntos. Amanecía renovada, entusiasta, pero a medida que transcurrían las horas se iba desmotivando, se iba apagando y un cansancio, un abandono la invadía y ahora mas que nunca pues el muchacho paralítico había contraído una infección pulmonar y estaba agonizando en un hospital.

Después de la muerte del paralítico, como en una cascada de acontecimientos fatales que siempre habían rodeado su vida, el abogado cayó enfermo y murió. Volvió y quedo sola, desamparada y abandonada. El único consuelo, la única esperanza de nuevo fue su hija que estaba terminando la universidad y por la cual tenia que seguir viviendo, seguir sufriendo y seguir trabajando.

El cliente estaba apurado y exigía atención inmediata, ella corrió nerviosa con la bandeja en la mano y tropezó llegando justo donde el apurado comensal. La ensalada, la sopa y el vaso de jugo cayeron junto con la rubia sobre el enfadado hombre que de un brinco se paro vociferando maledicencias contra la pobre rubia que en el suelo trataba desesperadamente de ponerse de pie y recoger bandeja, platos, cubiertos y comida a la vez. Al momento el indignado cliente reaccionó tratando de suavizar su enojo pues considero que había sido culpa suya por sus imperiosas exigencias de atención inmediata en un restaurante atestado de clientela. Enseguida se agachó para tratar de ayudar a la señora que inútilmente trataba de ordenar el reguero y disculparse a la vez. De cuclillas ambos se miraron a los ojos, ella avergonzada y el apenado, al instante el reconoció esos ojos carmelita claro de seductoras pestañas y ella se ruborizó aun mas al ver en ese rostro maduro de cabello un poco cenizo al hombre casado de su época de la Avenida Roosevelt.

La esperó a la salida del restaurante, fueron a tomar un café juntos, se abrazaron largo y fuerte, ella lloró desconsoladamente en un desahogo imparable, incontenible, como un diluvio lloró hasta quedar sin lagrimas y esos ojos enrojecidos por el llanto le parecieron a el aun bellos a pesar de los años, a pesar del sufrimiento y el dolor por el que ella había pasado. Después de que ella se enamoró del candidato ideal, habían quedado de buenos amigos, confidentes, inclusive el la visitó unas dos o tres veces en la penitenciaria, pero después de su huida a Newark se habían desconectado hasta este momento en que la casualidad los ponía de nuevo uno enfrente al otro. Sabia ella que el se había divorciado, trató inútilmente de buscarlo, pero le fue imposible. El estaba casado nuevamente y tenia dos hijos, vivía en otro estado El destino les había regalado ese único encuentro, para consolarse, para abrazarse y contarse sus cuitas y para decirse adiós como buenos amigos.

Arrodillada en la iglesia, en la misa matutina del domingo le pedía al Divino Niño Jesus, su patrono, el que nunca le fallaba, que ayudara a su hija en los exámenes de graduación del ultimo semestre en la universidad, se iba a recibir de abogada y era la ultima alegría, el ultimo regocijo que creía iba a tener en vida. Se levantó difícilmente limpiándose las rodillas, estaba un poco pesada y las articulaciones le dolían en las mañanas y en especial en esos gélidos días de noviembre en que ese molesto frío se le entraba por toda su osamenta y la entumecía hasta el punto de no querer salir de la casa para nada y quedarse acostada todo el tiempo. Se vistió a pesar de sus dolencias y pesares, saco de su ropero el mejor traje que encontró y que aun le entallaba pues su descuido la había llevado a engordar demasiado. Lloro, pero esta vez de la alegría, de la emoción y orgullo de ver a su hija graduada, convertida en una bella muchacha de piel trigueña y ojos claros como los de ella. La ceremonia duro poco y después fueron a cenar, hablaron de trivialidades y ella le contó a su hija parte de su vida y sus pesares. Llegando a la casa al dobla la esquina, antes de subir las gradas que la llevarían a su apartamento alcanzo a divisar en la otra acera a su hermano, estaba igual de joven y elegante, la llamo sonriéndole y oyó que le decía "ya es hora ven, tu sufrimiento termino". Se acostó sabiendo que esa misma noche volvería a caminar por la avenida Roosevelt con su hermano.